martes, junio 9, 2026
Editorial

LOS COSTOS DE LA GUERRA EN EL GOLFO PÉRSICO

-La prolongación de las acciones bélicas en Medio Oriente y la interdicción del estrecho de Ormuz

…impactan sobre la energía y los fertilizantes, al tiempo que provocan una devastación ecológica sin precedentes en un conflicto que amenaza la economía mundial

Adalberto Agozino 

El polvorín de Oriente Próximo ha estallado con una virulencia que desafía cualquier cálculo previo. Lo que comenzó como un intercambio de hostilidades entre Estados Unidos, Israel e Irán se ha transformado en apenas unos días en una hemorragia económica de dimensiones globales. Las cifras que emanan del conflicto no solo describen la devastación material inmediata, sino que dibujan un escenario de parálisis financiera, energética y logística que amenaza con reconfigurar el orden económico mundial.

Según estimaciones de la prestigiosa publicación especializada Defense Review, el coste diario combinado de las operaciones militares y de las repercusiones económicas directas en la región ya supera los 15.000 millones de dólares. A ese ritmo de consumo de recursos, cada semana de guerra equivale al presupuesto anual de defensa de varios países europeos de tamaño medio. En apenas unos días, la contienda ha comenzado a alterar mercados energéticos, rutas marítimas, cadenas de suministro industriales y el delicado equilibrio del comercio agrícola global.

Pero el verdadero impacto de esta guerra no se limita al dinero gastado en misiles, combustible o bombarderos. A medida que el conflicto se intensifica, emergen efectos estructurales que pueden prolongarse durante años: la destrucción de infraestructuras energéticas, la interrupción del suministro de fertilizantes esenciales para la agricultura mundial y un daño ecológico que recuerda a los peores episodios ambientales del siglo XX.

El desorbitado precio del despliegue militar – La maquinaria bélica desplegada por la alianza entre Washington y Jerusalén opera bajo una estructura de costes que se dispara con cada hora de combate. Israel ha movilizado buena parte de su aviación estratégica, baterías de defensa antimisiles y unidades de inteligencia electrónica en una operación militar sostenida que exige una logística extremadamente compleja.

Los costes operativos directos —combustible de aviación, mantenimiento de aeronaves, municiones guiadas de precisión y despliegue de drones— se sitúan en torno a los 700 millones de dólares diarios. Sin embargo, el verdadero salto financiero aparece cuando se incorpora el precio de los sistemas de defensa antimisiles.

Interceptores utilizados por sistemas como David’s Sling, Patriot o los misiles navales SM-3 y SM-6 tienen un coste que puede oscilar entre uno y cuatro millones de dólares por unidad. En un escenario de ataques sostenidos con misiles balísticos, el gasto en defensa aérea puede superar rápidamente el coste de las operaciones ofensivas.

Cuando se suman las reparaciones de infraestructuras dañadas, la movilización de reservistas y la reposición de equipos militares, el gasto diario israelí supera los 2.000 millones de dólares.

Estados Unidos, por su parte, sostiene una operación aún más costosa. El despliegue incluye bombarderos estratégicos, portaaviones, destructores equipados con sistemas Aegis, plataformas de vigilancia electrónica y decenas de misiles de crucero Tomahawk.

Cada ataque de precisión lanzado desde estas plataformas implica millones de dólares en armamento, combustible y logística. Con la intensidad actual de los bombardeos, el coste combinado de las operaciones estadounidenses e israelíes se sitúa en una horquilla de entre 5.000 y 8.000 millones de dólares cada 24 horas.

El daño a infraestructuras militares en el Golfo multiplica aún más esa factura. La reconstrucción de instalaciones estratégicas dañadas en bases estadounidenses de la región podría superar los 10.000 millones de dólares.

El Golfo paralizado: un golpe seco al corazón financiero regional – El impacto económico se ha extendido rápidamente a los países vecinos. Las monarquías del Golfo —Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán— han visto cómo su actividad económica se contrae de forma abrupta.

El cierre parcial de espacios aéreos y la suspensión de vuelos comerciales ha generado pérdidas que superan los mil millones de dólares diarios en el sector aeronáutico. Aerolíneas internacionales han cancelado rutas, mientras que aeropuertos que normalmente reciben millones de pasajeros al mes operan ahora con tráfico mínimo.

El turismo, uno de los pilares económicos de ciudades como Dubái o Doha, se ha desplomado. Hoteles de lujo permanecen abiertos, pero prácticamente vacíos. Grandes ferias internacionales han sido canceladas o pospuestas.

Al sumar los impactos indirectos —interrupciones logísticas, caída del comercio y fuga de capitales— los estados del Golfo enfrentan pérdidas adicionales que oscilan entre 3.000 y 5.000 millones de dólares diarios.

La situación se agravó cuando Irán declaró que los centros financieros vinculados a intereses occidentales podrían convertirse en objetivos militares. La advertencia provocó un efecto inmediato en los mercados. Varias aseguradoras internacionales comenzaron a recalcular el riesgo de las propiedades comerciales en la región, mientras que algunas instituciones financieras trasladaron temporalmente parte de sus operaciones hacia centros más seguros como Singapur.

El estrecho de Ormuz y el colapso del comercio mundial – El estrecho de Ormuz se ha convertido en el epicentro de la crisis. Esta estrecha vía marítima, de apenas 34 kilómetros de ancho en su punto más angosto, es uno de los puntos neurálgicos de la economía global.

Por sus aguas circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y cerca del 20% del gas natural licuado comercializado en el planeta. La interrupción parcial de esta ruta ha generado una conmoción inmediata en los mercados energéticos.

La Agencia Internacional de la Energía estima que hasta diez millones de barriles diarios han dejado de fluir hacia los mercados internacionales.

El tráfico marítimo en la zona se ha reducido a menos del diez por ciento de su volumen habitual. Numerosos petroleros permanecen anclados a la espera de instrucciones, mientras que otros han sido desviados hacia rutas alternativas.

Para las grandes navieras, la alternativa consiste en rodear África por el Cabo de Buena Esperanza. Este desvío puede añadir entre diez y catorce días a cada travesía, con un aumento considerable en el consumo de combustible.

El resultado ha sido una explosión de los costes logísticos. Las tarifas de transporte marítimo se han disparado y las primas de seguro para buques que atraviesan la región se han triplicado.

Los efectos ya comienzan a reflejarse en las cadenas de suministro globales. Se prevén retrasos en la entrega de componentes electrónicos, maquinaria industrial y materias primas esenciales para diversas industrias.

La crisis silenciosa de los fertilizantes – Entre los efectos más preocupantes del conflicto se encuentra la interrupción del mercado mundial de fertilizantes nitrogenados. La región del Golfo Pérsico alberga algunas de las mayores plantas petroquímicas del planeta dedicadas a la producción de amoníaco y urea.

Estos compuestos son fundamentales para la fabricación de fertilizantes utilizados en la agricultura moderna.

La urea, en particular, es el fertilizante nitrogenado más utilizado en el mundo. Cada año se producen aproximadamente 180 millones de toneladas, de las cuales una parte significativa proviene de países del Golfo y de Irán.

La producción de urea depende directamente del gas natural, que se utiliza como materia prima para la síntesis de amoníaco mediante el proceso Haber-Bosch. La interrupción del suministro energético o los daños en plantas petroquímicas pueden paralizar rápidamente esta industria.

Irán producía antes de la guerra más de ocho millones de toneladas anuales de urea destinadas principalmente a mercados de Asia y América Latina. Varias de sus plantas situadas en la costa del Golfo han reducido operaciones debido a los bombardeos y a la interrupción de suministros.

Qatar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos también albergan grandes complejos petroquímicos cuya actividad se ha visto afectada por la crisis logística y la inseguridad marítima. El resultado es una presión creciente sobre los precios internacionales de los fertilizantes.

Durante la crisis alimentaria de 2022, provocada en parte por la guerra en Ucrania, los precios de la urea llegaron a triplicarse en algunos mercados. Los analistas temen ahora un escenario similar.

Si los fertilizantes se encarecen de forma sostenida, los agricultores de América Latina, África y Asia podrían reducir la cantidad aplicada a los cultivos. Esa decisión tendría consecuencias directas sobre los rendimientos agrícolas.

Algunos expertos estiman que una reducción del 10% en el uso global de fertilizantes nitrogenados podría provocar caídas del 5% al 8% en la producción mundial de cereales.

Seguridad alimentaria mundial en riesgo – El impacto potencial sobre la agricultura global podría ser profundo. Países como Brasil, India, Indonesia o Argentina dependen en gran medida de las importaciones de fertilizantes para sostener su producción agrícola.

Brasil, por ejemplo, importa cerca del 85% de los fertilizantes que utiliza. Argentina depende en gran medida de la urea para sus cultivos de trigo y maíz.

Si los precios se disparan o los suministros se reducen, los productores podrían enfrentar costos significativamente mayores en la próxima campaña agrícola. Esto podría traducirse en una nueva ola de inflación alimentaria global.

El Banco Mundial ya había advertido en informes recientes que el sistema alimentario mundial se encuentra en una situación de fragilidad estructural debido al cambio climático, la volatilidad energética y los conflictos geopolíticos.

La guerra en el Golfo podría añadir una nueva presión a ese sistema.

China y la geopolítica del petróleo – En medio del bloqueo generalizado, Irán ha implementado una estrategia selectiva para mantener abiertos algunos flujos comerciales.

Buques vinculados a la llamada “flota en la sombra” continúan transportando petróleo iraní hacia China, que absorbe entre el 80% y el 90% de las exportaciones petroleras de Teherán. Desde el inicio del conflicto, se estima que más de once millones de barriles han llegado a puertos chinos.

El incentivo económico es evidente. China obtiene petróleo con descuentos que pueden alcanzar los doce dólares por barril respecto al Brent.

Para Irán, estas exportaciones representan una fuente crucial de ingresos que le permite sostener su esfuerzo militar.

La devastación ecológica – Más allá de la economía, el conflicto está provocando un daño ambiental que podría perdurar durante décadas.

Las explosiones en refinerías y depósitos de combustible liberan enormes cantidades de contaminantes a la atmósfera. Incendios en instalaciones petroleras generan columnas de humo cargadas de dióxido de azufre, partículas finas y compuestos orgánicos volátiles. Estos contaminantes pueden provocar problemas respiratorios y cardiovasculares en millones de personas.

Los derrames de petróleo representan otra amenaza grave. El Golfo Pérsico alberga ecosistemas marinos extremadamente frágiles, incluidos arrecifes de coral y zonas de reproducción de numerosas especies de peces. Un vertido masivo podría devastar estos ecosistemas durante décadas.

Las comparaciones con la Guerra del Golfo de 1991 resultan inevitables. Durante aquel conflicto, el incendio de pozos petroleros en Kuwait liberó más de mil millones de barriles de petróleo y generó una de las mayores catástrofes ambientales de la historia moderna.

La actual guerra podría generar daños comparables si los ataques contra infraestructuras energéticas continúan.

El colapso de la capacidad de refinación – La destrucción de refinerías representa otro desafío crítico.  Las refinerías son instalaciones industriales extremadamente complejas. La destrucción de torres de destilación, unidades de craqueo o reformadores catalíticos puede paralizar completamente una planta durante años.

Antes de la guerra, Irán contaba con una capacidad de refinación de aproximadamente 2,2 millones de barriles diarios. Los ataques recientes han reducido significativamente esa capacidad.

El problema es que el petróleo crudo almacenado no puede utilizarse directamente. Sin refinerías para procesarlo, el sistema energético global enfrenta un cuello de botella que ninguna reserva estratégica puede resolver.

El horizonte de una reconstrucción generacional – Incluso si el conflicto terminara mañana, la reconstrucción de las infraestructuras dañadas tardaría años. La construcción de una refinería moderna puede requerir inversiones superiores a los 10.000 millones de dólares y plazos de cinco a siete años.

La restauración de ecosistemas contaminados por derrames de petróleo puede tardar aún más.

Mientras tanto, los mercados energéticos ya anticipan un escenario de precios extremadamente elevados.  Algunos analistas consideran plausible que el petróleo alcance los 200 dólares por barril si el conflicto se prolonga.

La factura final de esta guerra no se medirá únicamente en el coste de los misiles o en los edificios destruidos. También se reflejará en la inflación de los alimentos, en la degradación de ecosistemas marinos, en el aumento del precio de la energía y en una inestabilidad económica global que podría acompañar a la economía mundial durante toda la próxima década.

Información: Atalayar / Imagen: Vista aérea de la isla de Qeshm, separada del continente iraní por el estrecho de Clarence, en el estrecho de Ormuz – REUTERS      

La Voz del Árabe (LVÁ) – EDITORIAL – Cd. de México, abril 13 del 2026

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