EL GLADIADOR QUE MURIÓ CON LA ESCOBILLA DEL RETRETE
-El gladiador que prefirió morir con la escobilla del retrete antes que dar espectáculo en el anfiteatro
Hay formas gloriosas de pasar a la historia, como matar un dragón, conquistar un imperio, realizar un descubrimiento… y luego está este pobre desgraciado, cuyo nombre ni siquiera conocemos, pero que consiguió convertirse en protagonista de una de las escenas más surrealistas de la antigüedad utilizando “la escobilla del retrete”.

Cuenta el filósofo Séneca que un gladiador germano, capturado por Roma, espera su turno para salir a la arena. Allí no le aguarda la gloria, sino miles de espectadores ansiosos por ver cómo alguien le abre las tripas mientras se comen unas narices de nutria, bollo horneado de dromedario o chips de pezón de lobo. Roma llamaba a aquello entretenimiento. El hombre sabe que tiene dos opciones: morir despacio para divertir al público… o encontrar una salida antes de convertirse en el protagonista involuntario del espectáculo. Entonces utiliza el viejo truco de pedir ir al baño, en este caso las letrinas.
Y allí agarró el único utensilio que encontró: un «tersorium», un palo rematado con una esponja cuyo uso exacto sigue siendo discutido por los arqueólogos, porque durante mucho tiempo se creyó que servía para la higiene personal, y hoy muchos investigadores piensan que era, en realidad, una herramienta para limpiar la propia letrina. Vamos, que ni siquiera sabemos con certeza para qué servía aquel artilugio, pero sí sabemos que acabó protagonizando uno de los suicidios más insólitos que nos ha legado la antigüedad.
Según relata Séneca en sus Cartas a Lucilio (70,20), el gladiador tomó aquel utensilio y se lo introdujo por la garganta hasta provocarse la muerte. La escena resulta casi increíble porque precisamente rompe todos nuestros esquemas del concepto cinéfilo de un gladiador, un luchador. En cambio, este hombre eligió el objeto más miserable y humillante que encontró a mano para arrebatarle a Roma lo único que aún podía decidir: el momento de su muerte. No buscó una muerte heroica. Buscó una muerte libre.
Y eso era exactamente lo que interesaba a Séneca, porque el filósofo no cuenta la historia para escandalizar, sino para demostrar una de las ideas centrales del estoicismo: mientras una persona conserve la capacidad de elegir, ni siquiera el tirano posee un poder absoluto sobre ella. Si un esclavo encadenado podía decidir cómo morir, argumentaba Séneca, también un hombre libre debía recordar que siempre conservaba un último espacio de libertad.
Porque detrás del brillo de los anfiteatros, de los emperadores con corona de laurel y de las películas llenas de músculos perfectamente depilados había una industria del espectáculo alimentada con seres humanos.
La inmensa mayoría de los gladiadores no eran héroes voluntarios; eran esclavos, prisioneros o condenados cuya muerte servía para llenar una tarde de ocio. Y uno de ellos decidió que prefería morir en el retrete antes que regalarle un minuto de diversión a más de 50.000 romanos.
Información: Historias de la Historia / Imagen: Historias de la Historia
La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, julio 30 del 2026
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