ESE ES UN HOMBRE

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-Una particularidad de las sociedades de corte beduino es la inadmisión de las libertades individuales. Todos están sujetos a los designios de la manada. Cuando alguien intenta levantar la voz en solitario, se convierte en un paria…

Bachir Edkhil*

En aquel día, en el poblado de tiendas beduinas que nosotros llamamos jaimas, se notaba una cierta agitación poco corriente para ese precario mundo donde la nada vive en medio de la nada. Allí todo era parco y tranquilo. Siempre las mismas caras gastadas por el sol y por las inclemencias del ambiente, los mismos ojos idos que parecían observar algo tormentoso en el más allá, las bocas abiertas hablando siempre de lo mismo

Ese día era muy importante para el pueblo, pues era el día del Aid, la Celebración del Sacrificio, la festividad mayor para los musulmanes. Pero para mí era un día fático: también era la jornada donde los niños varones, menores de diez años, pasaban por la macabra ceremonia de la circuncisión. Éramos obligados a transitar por esa dura prueba para dar el salto de ser niños a “ser hombres”. Era un día solemne y de orgullo para los padres, pero triste para los hijos. Era esa la primera prueba verdadera de dolor físico y moral

De pequeño solía oír entre mis compañeros, en referencia a alguien, la expresión “ese es un hombre”. En verdad no entendía el verdadero significada de aquella sentencia hasta ese desdichado día del Aid de principios de los años sesenta, cuando me tocó a mí la china.

Por la noche mi madre se me acercó con la intención de comunicarme algo. Pude ver en su rostro una sonrisa, más por la expresión de sus ojos que por la de sus labios. Me dijo que, en la mañana siguiente sin falta, sería un gran día para la familia, no por la celebración del Aid, sino porque su bien amado hijo, tal y como le correspondía en algún momento a todos los varones de la tribu, iba a ser un hombre, y eso implicaba que debía prepararme para la circuncisión. Como se adivina, me entró un pánico indescriptible. No dormí esa noche, inundado por el miedo y el temor que me producía una escena que ya había podido ver en otros años. En el fondo de mí, no quería ser un hombre, pero nadie me había pedido mi opinión, así que pasé la noche como un condenado a la espera de la consumación de su fusilamiento en la madrugada siguiente. No sé por qué las cosas terribles ocurren casi siempre de madrugada, como las tormentas del desierto.

Esa larga noche, desvelado por el miedo, esperé muy pavorido un destino que no podía rechazar. No hay nada más terrible que la espera. Esperé y esperé una madrugada que no llegaba, hasta agotarme y sentir flaquear mis fuerzas. Era la primera vez que me enfrentaba realmente al peligro, un peligro inminente y obligatorio. Era un deber sagrado atravesar esa fase en la vida, porque era un dictado de la tradición. Asumí una posición de observador: mi momento había llegado y debía simular una falsa valentía.

Poco a poco por fin se impuso el sol, el amo y señor del desierto. Mi madre y sus vecinas se apresuraron para dejar todo listo para la ceremonia. Tenían preparado el imprescindible mortero, el mismo que utilizaban para moler la cebada. También tenían listas unas cuantas vendas del dispensario del cuartel y habían conseguido un poco de Mercromina, un antiséptico que resultaba casi milagroso encontrarlo por aquel entonces. Del otro lado de la escena estábamos yo, la victima pavorida y acorralada, y las ganas de que empezara la función.

¡Que empiece la función!

Iba en aumento el jolgorio de las mujeres, que se confundía con el zumbido de mi corazón en mis sienes y orejas. Estaba prácticamente despavorido. En eso, irrumpe en la tienda un gigante bárbaro y despiadado, que hacía las veces del “doctor”. El ejecutor era esperado por esa pequeña multitud, testigo del solemne evento religioso. En realidad, el hombre no era más que el único carnicero del frig, el grupo de tiendas que conformaba el pueblo. Pertrechado como un guerrillero del desierto, traía consigo un cuchillo de grandes dimensiones, como si en vez de una circuncisión se tratara del degollamiento de un camello. Su cara tenía la expresión de aquellos verdugos que aparecen en las películas que retratan a los inquisidores de la Edad Media. Su semblante era horrible y de muy pocos amigos. Al valorar sus dimensiones e intenciones casi me desmayé. No fue así por milagro, pero estuve a punto, lo confieso. Me veía como un pajarito enjaulado ante un feroz animal carnívoro e inclemente. No es que fuera en exceso blandengue, pero la ocasión así me lo exigió.

Imaginen un niño, en medio de una algarabía, sentado con sus pequeñas piernas entreabiertas encima de la base de un mortero grande de madera, a la espera, con ojos platos, que le corten una parte de su pene. En el acto, no llegué a recapacitar sobre lo que ocurría en ese momento. No me mostraron tan siquiera un poco de amabilidad. Era una sentencia inapelable. Ahora mismo, mientras escribo estas líneas, recuerdo la imagen del verdugo, llamado Abuam, y su evocación aún me provoca angustia.

Llegó el momento esperado. El hombre, con fuerza, me agarró por mis axilas y me asentó sobre el mortero que había sido convertido en una especie de tarima. Conocedor de su oficio, Abuam levantó mis pocas ropas, y agarró un pequeño y asustado pene perdido entre mis piernas. Mientras gritaba, sus gordos dedos, a modo de pinzas, se apoderaron de mi sexo. Se dispuso a masajearlo, con el desesperado propósito de levantarlo. A pesar del pavor, ocurrió el milagro. El gusanillo se movió, poco a poco. Erguido ya, quizá más por inercia o inconsciencia, renació, a pesar de lo extraño de la situación, de su flacidez eterna.

Abuam, muy seguro de sí mismo, tomó con visible fuerza el prepucio y le introdujo un granito seco de cagarruta. Lo estiró hacía él, y convertido en una especie de dedo cargado, con una precisión asombrosa dio un golpe seco con el cuchillo, como un mazazo, partiendo el prepucio del resto del pene. Recuerdo el ruido del choque del cuchillo con el mortero volteado boca abajo. El duro golpe cumplió la misión. Un pequeño glande, como una esfera rojiza, vio la luz natural, en medio de la sangre, como si acabara de nacer, mientras que lo otro ya no formaba parte de mi cuerpo. Un bonito prepucio desperdiciado y perdido para siempre. La sangre brotaba con efusión, como si toda mi sangre se hubiera podido vaciar por esa enorme herida de cuchillo en mi parte más intima. Fue allí cuando perdí mi virginidad e inocencia, y donde también me perdí un poco a mí mismo. Mi única arma fue un torrente de lágrimas y gritos desesperados, mientras las mujeres lanzaban su típico ulular, símbolo de alegría o júbilo, como el aullido de una manada de los lobos hambrientos perdidos en un bosque.

Se armó la algarabía de las mujeres, con más celeridad, por el olor a sangre y por “el importante” acontecer que rompió la eterna monotonía de un poblado donde nunca ocurría nada. Y yo, en el centro de toda esa gente con mis partes íntimas al aire, berreé con todas mis fuerzas, por miedo e incomprensión de la realidad que acontecía en ese momento. Parecía que, en el fondo, mi suerte no le interesaba a nadie de los presentes. Era un hombre sacrificado y llevado a la hoguera. Era el motivo de todo eso, pero no la causa. Nadie tenía en cuenta, en ese momento álgido de la exaltación multitudinaria, un yo particular, mi yo sintiente. Consumado el acto, yo ya no importaba. Solo era un miembro más del grupo. No importaba lo que sintiera ni lo que pensara. Era parte de algo mucho mayor y más fuerte que mí mismo. Uno más de la manada, del clan.

Una particularidad de las sociedades de corte beduino es la inadmisión de las libertades individuales. Todos están sujetos a los designios de la manada. Cuando alguien intenta levantar la voz en solitario, se convierte en un paria, tal como me sucedería a mí mismo décadas más tarde. En este sentido, es un acierto lo que apuntó Doris Lessing en su momento: “mantener una opinión disidente, siendo miembro del grupo, es la cosa mas difícil del mundo”.

Prosigamos con el relato de la hazaña para alcanzar mi “hombría”.

Las mujeres, que todo lo convertían en fiesta, estaban visiblemente muy emocionadas. Unas iban de aquí para allá sin objetivos aparentes, otras tocaban el tambor africano, las menos, interesadas y responsables encendieron el fuego y prepararon la comida. En definitiva, el evento no fue un funeral, para todos fue una fiesta, menos para mí. Fue el día más triste en toda mi corta vida de niño. Yo seguía casi gimiendo de dolor, de mucho dolor, de demasiado dolor. Nunca había sentido nada parecido hasta entonces. El dolor era tan intenso, que ni siquiera soportaba que mi ropa pudiera tocar mis partes heridas.

En medio del tumulto se me acercó mi madre, esta vez sonreía con los labios y también con los ojos, y me dijo feliz: “ahora eres un hombre”. Con sumo cuidado, con cariño de madre, me vistió con una blanca y nueva daraa, el vestido africano de nuestra gente. Me llevó en brazos, como un herido de guerra, al tapiz tendido sobre una estera, la misma que vio nacer a casi todos mis hermanos, más gastada que mis propios padres, por la dureza de la vida y la desesperanza. Allí pasé un tiempo que me pareció casi una eternidad, hasta que pude volver a salir y vestir mi pantalón, para jugar con los demás niños en medio del polvo y el aire libre.

Durante un largo tiempo, los cuarenta días siguientes, aprendí el oficio de tener separadas las piernas y las rodillas levantadas, a modo de langosta. Me convertí en una especie de langosta humana (me surge ahora en la mente la metamorfosis del Kafka), con las dos rodillas en guardia, días y noches, como si fueran antenas protectoras de mi pequeño sexo herido. Y cada vez que pasaba alguien cerca de mí, por inercia, levantaba las dos manos como si se trataran de un parachoques, para que nadie se me acercara y me hiciera daño.

Allí comenzó mi comprensión de la dureza de algunas leyes humanas, de la ignorancia reinante y de la fragilidad del ser, así como del poco límite que existe entre un ser civilizado y la barbarie. De hecho, en un instante volátil, uno puede convertirse en un ser bárbaro y violento. Confieso que esa agresión violenta y horrible me sigue marcando. Sus surcos de dolor siguen escarbando mi alma. La verdad que no le encuentro explicación. Lo que me hace pensar, también, en el poder de la manada sobre los individuos, en cuanto a las aplicaciones de sus leyes o ideas. Lo burdo e inexplicable es seguir a esa manada, que pierde la razón y se vuelca a su estado animal primario, al encontrar el primer agitador fanático con un discurso irreal y falso.

La agresividad recibida, en ese momento, cuando todavía era un niño, aunque algunos la justifiquen a través de diferentes razones, no tiene razón de ser, sobre todo en un mundo que se cree civilizado donde podrían tratarse a los otros de un modo más clemente. Sin embargo, a pesar de las distintas tradiciones e interpretaciones de los textos sagrados, observo que el sexo parece ser el epicentro de casi todas las relaciones humanas. Para muchas personas, sus vidas están condicionadas por su trato al sexo.

Es entonces cuando descubro que lo que llevan las personas entre las piernas, “esa cosa”, es el centro del mundo. En este punto, en mi opinión, el adelantado Freud no se equivocó. Es lo que determina nuestros destinos en el tierra y lo que está detrás de muchos de nuestros conflictos y frustraciones personales. De ello dependen nuestras guerras y paces a lo largo de nuestras efímeras vidas. Todo, o casi todo, gira a su alrededor. Incluso los más viles improperios, usados a diario por una razón u otra, derivan de ello, tal es caso de insultos como marica, puta, hijo de puta, entre otros. De igual forma, también son comunes expresiones como coño, joder, leches o a tomar por culo. Nuestro lenguaje está repleto de expresiones coloquiales relacionadas con el sexo. El sexo y sus metáforas, o su sombra, impregnan nuestras vidas. Es quizás la razón por la cual está tan protegido, tapado y oculto, aunque en estos tiempos ya no tanto. Unos lo ocultan con taparrabos o vestidos afganos, una persona más moderna con un festival de prendas de todos los colores y formas, y a otros les encanta mostrarlo, en todas partes, como si la firmeza de su existencia dependiera de ello.

De él depende nuestro orgullo y nuestra vida. Y más para un beduino, para quien todas las etapas de su vida están marcadas por el despojo de partes de sí. Es como un cohete al que, en su viaje, se le va desprendiendo un cacho o una parte. Llega a la tumba, al final de su trayectoria, medio desnudo, desposeído de todo, menos su sexo. Es por ello por lo que el hombre apremia casarse o relacionarse con el otro sexo hasta su muerte. Conozco ancianos que aún a sus edades son padres de una tropa de niños pequeños y grandes. Son tantos, que cada vez que uno de esos ancianos está en frente de uno o una de sus hijos, le pide que le diga el nombre de su madre para adivinar su nombre. Primero tiene que conocer el nombre de la esposa, o exesposa, para adivinar el nombre del niño. Las sociedades del desierto no conciben personas que no están casadas y menos a una mujer. Y cuando reciben alguna mujer extranjera, lo primera pregunta que les ocurre formular es para saber si está casada o no. Y si tiene hijos o no.

En definitiva, una vez consumida mi circuncisión, años después me tocó pelar el mechón distintivo de mi tribu gracias a la escuela española. La camada de las tribus beduinas lleva cada cual algún tipo de peinado distintivo. Una matrícula de honor en su cráneo. El mío era un largo mechón que recorría gran parte de la cresta de mi cráneo y otros dos pequeños mechones paralelos situados en cada lado, un poco como los indígenas norteamericanos. Nosotros también somos como esos indígenas, a nuestro modo. No tenemos al gran Jefe Sentado, pero si al Jeque levantado o tumbado. En algunas tribus guerrilleras, sus mozos, para adentrarse en la vida adulta, están llamados a arrebatar un arma al enemigo, en alguna batalla o escaramuza, condición indispensable para merecer el respeto del grupo y convertirse en un hombre, esta vez “de verdad”.  Felizmente, en mi generación no le arrebatamos ningún tipo de arma a nadie. Nos salvó el sedentarismo y la escuela española.

De ese modo, entre el corte del prepucio que desnuda el glande y el acto de afeitar el mechón transcurren años. Ambos sucesos tienen en común ser actos violentos, con agresividad y sangre de por medio. La dureza de la vida y la injusticia de los ritos, casi paganos, adelanta la agresividad a la suavidad, la fuerza al amor, la violencia a la razón. Me congratulo que, por suerte para las próximas generaciones de niños y jóvenes del desierto, fuimos la última generación que sufrió esa inexplicable y abyecta violencia, en nombre de las milenarias tradiciones.

Ese día me convertí en un hombre, a cambio de la pérdida de mi prepucio y el descubrimiento de mi glande para siempre. Eso era ser hombre en el desierto, en aquel tiempo…

      En una jaima, 20/05/21

 

*Bachir Edkhil, hispanista de origen magrebí. Activista en pro del desarrollo sostenido y responsable de las bases de la pirámide donde los más afectados puedan participar en la solución de sus problemas inherentes al subdesarrollo y carencia de medios. Estudió Ciencias de la Educación, Estudios Hispanos y Ciencias Políticas. Ha colaborado en la formación y desarrollo de organizaciones sin ánimo de lucro en pro del respeto a la vida humana. Columnista en revistas marroquíes e hispano marroquíes. Participa en cursos y mesas redondas sobre el Sáhara, en España y diferentes países del mundo. Colabora en la investigación sobre cuestiones saharauis y autor de artículos para prensa. Conferencista en la radio y televisión. Organiza con la Universidad Mohamed V congresos académicos “Entre dos orillas” para fomentar diálogo y entendimiento entre pueblos y naciones del Sur. Comprometido en el desarrollo de una red de proyectos para la economía social en el territorio saharaui para beneficio de personas sin recursos. Es politólogo, experto en economia social y presidente de Alter Forum, la ONG líder en el Sahara (http://www.alterforum.org/). Es diplomático correspondiente de la Academia Española del Reino de España. Autor del libro Duna Desnuda y de Escribir sobre dunas (Sahara).

 

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Imagen: LVÁ

    La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, septiembre 9 del 2021

 

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