PALACIO NACIONAL – MÉXICO – Parte I

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– El Palacio Nacional es la sede del Poder Ejecutivo Federal de México. Ubicado al oriente de la Plaza de la Constitución en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en la demarcación Cuauhtémoc, está construido sobre un área de 40 000 m².

Un recinto que además de poder admirarse por su grandiosa arquitectura, guarda un legado histórico importante…

Los orígenes de este bellísimo palacio se remontan a tiempos prehispánicos, ya que se sabe que justo donde ahora está, se encontraba el Palacio de Moctezuma Xocoyotzin, un recinto que desafortunadamente fue destruido durante la Conquista de Tenochtitlán, y que en su lugar se construyó un gran palacio para que fungiera como residencia de Hernán Cortés.

Más tarde en 1562, la hermosa construcción fue vendida a la Corona, por su hijo Martín Cortés. Esto se hizo con el fin de contar con nuevas instalaciones para la administración del Virreinato de la Nueva España. El primer virrey en habitarlo fue Luis de Velasco y el último fue Juan O´Donojú quien llegó a la Nueva España cuando Agustín de Iturbide acababa de consolidar la Independencia de México en 1821.

En ese año, el palacio fue entregado a Iturbide, quien encabezó el primer Imperio Mexicano, razón por la que el famoso recinto comienza a ser llamado Palacio Imperial.

Después, en 1824 cae Iturbide y se firma la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos. En la que se decreta que todos los lugares que tuvieran la designación de “imperial” fueran sustituidos por “nacional” y así es como el Palacio adopta el nombre con el que se le conoce actualmente.

Tras 40 años de luchas, el recinto se designó como sede del poder del Segundo Imperio Mexicano dirigido por Maximiliano de Habsburgo. A su caída, el palacio se convirtió en residencia del entonces presidente Benito Juárez, quien falleció en este lugar víctima de una angina de pecho en 1872. Durante décadas, este lugar fue hogar de muchísimos personajes históricos como: Santa Anna y Guadalupe Victoria, se dice que el último en habitarla fue Porfirio Díaz. 

Actualmente, este legado arquitectónico es la sede del poder ejecutivo federal, en él se realizan diversos actos como la celebración del grito, desfiles militares, mensajes de la presidencia y la recepción de jefes de estado, entre otros eventos.

El Palacio Nacional es la sede del Poder Ejecutivo Federal de México. Ubicado al oriente de la Plaza de la Constitución en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en la demarcación Cuauhtémoc, está construido sobre un área de 40 000 m². Al formar parte del mencionado conjunto arquitectónico en esa área de la ciudad, es en consecuencia Patrimonio de la humanidad desde 1987.

Su construcción se inició en 1522, como segunda residencia privada de Hernán Cortés, encima de una parte del palacio del tlatoani Moctezuma Xocoyotzin. Luego fue adquirido por la corona y destinado como sede de los Virreyes de la Nueva España, de la mayoría de las instituciones coloniales. Durante aquel periodo sufrió un gran incendio y fue casi demolido en 1692, posteriormente fue reconstruido por las autoridades virreinales.

Consumada la Independencia de México, fue sede de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de los diferentes regímenes republicanos y monárquicos del país durante la mayor parte del Siglo XIX, incluso fue residencia personal de todos los gobernantes entre 1822 y 1884, a partir de ahí, permaneció como oficina presidencial hasta 1968, recuperando parcialmente dicha función en 2012, de manera completa en 2018. Además, a partir de julio de 2019 volvió a ser residencia del presidente de la república.

Sin embargo, ha sido permanentemente escenario de actos oficiales, protocolarias y cívicos de la Presidencia de la República, tales como la recepción de jefes de Estado y de gobiernos extranjeros, entrega de cartas credenciales del cuerpo diplomático y las ceremonias festivas del Grito de Dolores el 15 de septiembre de cada año,  y del inicio de la Independencia el 16 de septiembre.

Por casi quinientos años esta construcción ha tenido un gran número de ampliaciones y modificaciones en las que han quedado plasmadas las huellas de los distintos gobiernos que ha tenido el país durante el periodo colonial, así como durante su vida como nación independiente. En su construcción se pueden encontrar elementos neoclásicos, barrocos y neocoloniales, siendo el aspecto que hoy tiene el edificio en su exterior resultado de su última ampliación, acontecida durante la segunda década del siglo XX cuando fue añadido el tercer nivel. Alberga un valioso patrimonio histórico-artístico, destacando el conjunto de murales del pintor muralista mexicano Diego Rivera.

Durante la Conquista de México, de 1519 a 1520, las fuerzas de Hernán Cortés pusieron sitio a Tenochtitlan y en su avance destruyeron la mayor parte de la ciudad. Derrotados los tenochcas, Hernán Cortés se apropió de ella, junto con el Palacio de Axayacatl o Casas Viejas de Moctezuma, donde se hospedó durante la primera etapa de la conquista, y en enero de 1522 comenzó la reconstrucción de la ciudad de México-Tenochtitlan, lo que ahora se conoce como el Centro Histórico de la Ciudad de México. ​

La nueva ciudad reconstruida se hizo habitable a partir de 1524, bajo una nueva traza de corte europeo, la cual incluía una plaza central y casas para los conquistadores indígenas y españoles. Las de estos últimos, con una marcada forma de fortaleza. Hernán Cortés como principal conquistador toma el predio del Palacio de Axayacatl ubicado en el lugar que hoy ocupa la casa matriz del Nacional Monte de Piedad que para la época se encontraba dando frente a la plaza del Empedradillo y a la antigua construcción de la Catedral, en este estableció su primera residencia en la ciudad, por lo que se le conoció como “Casas Viejas de Cortés”. Más tarde, la Real Audiencia y el primer virrey Antonio de Mendoza la tomaron como casa de gobierno.

Cortés, al verse impedido de utilizar su residencia utilizada por el gobierno novohispano, inició la construcción de un nuevo palacio para su uso personal en los terrenos que antes habían ocupado las Casas Nuevas de Moctezuma, residencia que conformó parte de su Marquesado del Valle de Oaxaca, ratificado por cédula real del emperador Carlos V en 1529. El propio Cortés, ayudado por Luis de la Torre y Juan Rodríguez de Salas, se encargó de hacer la traza del edificio, en el predio que ocupaban las Casas nuevas de Moctezuma y una parte donde estuvo el templo de Tezcatlipoca. En 1528 ya podían verse los muros de la planta baja y empezaban a levantarse las habitaciones, columnas y arcos de los patios, todo en cantera labrada. Debido a la lentitud de las obras, Cortés solo habitó por un breve lapso su palacio. Para la construcción usó la mano de obra y materiales que tenía en su marquesado, sobre todo de los pueblos dependientes de Coyoacán, como Tacubaya para piedras y arena, Cuajimalpa para madera, etc.

En los años inmediatos a la conquista, la Plaza Mayor de la ciudad de México mostraba en su lado oriental la nueva gran propiedad de Hernán Cortés, hacia el sur, las construcciones que albergaban las casas del Cabildo, la cárcel del ayuntamiento y la carnicería, hacia el poniente se levantaban las Casas Viejas de Cortés, rentadas para albergar a la Real Audiencia y al virrey. En el lado norte se encontraba un modesto templo religioso y las ruinas del Templo Mayor mexica que con el tiempo dejarían su lugar a la catedral. La construcción del palacio culminó en 1550, entre encendidas disputas legales del conquistador y sus herederos con las autoridades enviadas por el rey de España. A la muerte de Cortés en 1547, la obra constaba de tres patios arcados y dos pisos, así como de una extensa huerta en el área que luego sería la Plaza del Volador y que hoy ocupa el edificio de la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Al crecer la burocracia del gobierno virreinal, se hizo necesario contar con una sede propia para albergar las instituciones de la Nueva España y con el fin de dejar de pagarle renta a Cortés y a sus herederos. Tras 41 años de litigios sobre rentas y prerrogativas de los Cortés el 19 de enero de 1562, el segundo virrey Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón y Martín Cortés, hijo del conquistador, acuerdan la venta del palacio ubicado al costado oriente de la Plaza Mayor de la ciudad, en 264 mil reales, equivalente a 33 mil pesos de aquella época, por lo que devuelven a la familia de Cortes el palacio frente a la catedral. De inmediato fueron trasladadas ahí algunas dependencias virreinales, para lo cual el virrey Luis de Velasco encargó al arquitecto Claudio Arciniega reparar y adaptar las habitaciones de la Casa Real de los Virreyes. Ocho meses después, las Casas Nuevas de Cortés se convierten en la sede del poder virreinal, que por lo mismo reciben desde entonces el nombre de Palacio Virreinal.​

La construcción de ese entonces se trataba de una maciza fortaleza con troneras en las esquinas, para los cañones y aspilleras en el suelo, para la fusilería, tenía 19 ventanas a lo largo del segundo cuerpo y al centro, sobre el pretil, un reloj y una campana. ​ Colindaba al norte con una especie de plaza, la cual terminaba en la actual calle de Moneda que tenía un canal y daba frente al palacio del Arzobispado, al oriente con otro terreno baldío que debió de servir como patio, huerta y ruta de escape para las Atarazanas, puerto de las embarcaciones que navegaban rumbo a Texcoco, al sur con la acequia Real, actualmente la calle de Corregidora, que cruzándola contaba con un terreno en el cual se ponía un mercado que después se conocería como la Plaza del Volador, y al poniente con la Plaza Mayor y el mercado del Parián.

El edificio fue adaptado en 1563 para albergar al gobierno, siendo el segundo virrey Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón el primero en residir en él, dentro del piso superior del palacio, junto con la Real Audiencia, mientras tenía abajo la cárcel de la Corte Real, la cual fue quemada en 1659, y una serie de bodegas donde los comerciantes podían ser vigilados

SIGLO XVII – Con el paso de los años se construyeron nuevos edificios en el costado sur oriental, construcciones que no alteraron el extenso jardín ni las huertas que tenía. Hacia finales del siglo, el entonces llamado Palacio de los Virreyes, concebido para la defensa, tenía el aspecto de una fortaleza, con dos torres en las esquinas protegidas por artillería, con pocas ventanas y con troneras para la fusilería. Este palacio era mucho más pequeño que el actual, con solo dos patios y dos alturas; tenía solo tres puertas, dos daban a la Plaza Mayor y una a la calle de las huertas.

Durante el gobierno del virrey fray García Guerra, entre los años 1611 y 1612, se construyó una plaza de toros, en la parte oriental del palacio, que resultó destruida por un terremoto.

En este siglo el Palacio Virreinal consolidó su imagen como símbolo del poder político. Puertas adentro el virrey y su corte vivían al modo aristocrático de las casas reales europeas, con sus distintas reuniones y festividades, la élite novohispana exhibía su abundancia y preeminencia social.

El 15 de enero de 1624 una revuelta de indígenas, mulatos y mestizos incitados por religiosos y encabezados por el arzobispo Juan Pérez de la Serna, irrumpieron en el palacio al grito de consignas contra el gobierno y el virrey Diego Carrillo de Mendoza y Pimentel, quien logró escapar disfrazado como uno de los rebeldes, al tiempo que el edificio era dañado y saqueado.

El siguiente virrey, Rodrigo Pacheco y Osorio, ordenó la reparación de los daños y embellecimiento del edificio. Las obras estuvieron a cargo del arquitecto Juan Gómez de Trasmonte, quien a partir de 1628 construyó un conjunto de habitaciones para el virrey y doce balcones con barandales de hierro que daban a la Plaza Mayor. De esos años data la ampliación definitiva de la fachada principal, el aspecto de esta, en aquellos días, consistía en unos portales con arcos de cantera que enmarcaban tres puertas. Al centro de ella había un remate coronado con almenas que mostraba un reloj. Contaba dos niveles y cuatro patios, además de dos puertas laterales en las fachadas sur y norte.

El 8 de junio de 1692, una terrible hambruna propició el motín de unos ocho mil indígenas en la Ciudad de México, que se reunieron en la Plaza Mayor para exigir comida. El virrey Gaspar de la Cerda y Mendoza ordenó a los soldados disparar a la multitud desarmada, entre los muertos se contabilizó una mujer embarazada, esto provocó que la gente se hiciera justicia irrumpiendo en el Palacio Virreinal y Ayuntamiento donde quemaron los edificios y saquearon oficinas, casas particulares y comercios en toda la Ciudad de México. El erudito Carlos de Sigüenza y Góngora intentó salvar muchos de los archivos coloniales que se guardaban en ambos edificios. Al amanecer después del motín el estado del Palacio era desolador. Muchas áreas de la sólida construcción quedaron hechas cenizas, siendo la zona más devastada la que rodea el Patio de Honor. El virrey Cerda y Mendoza dedicó los meses siguientes a apresar miles de personas acusadas de participar en el incendio y saqueo, ejecutando públicamente a cientos sin comprobar participación ni juicios.

SIGLO XVIII – Antes del incendio, se cuenta que el Palacio Virreinal tenía un estado tal que recordaba un muladar. En su interior había cuartos de habitación de puesteros de la plaza, bodegas para guardar frutas y otros comestibles, fonda y vinatería que se llamaba la botillería, panadería con amasijos, pulquerías, zonas de juego público de naipes y juego de boliche, donde incluso se podía terminar la parranda por la mañana. Todo esto causaban montones de basura que se acumulaban en el interior del palacio.

El palacio quedó en ruinas varios años, pero en 1711, bajo las órdenes del virrey Pedro Cebrián, se reinició la reconstrucción, manteniendo la composición básica original de dos patios y dos pisos, pero con acabados más modernos tipo Barroco y almenado, dejando de lado mucho de su aspecto de fortaleza, las aspilleras fueron convertidas en ventanas con rejas de hierro. Las obras se enfrentaron a la continua falta de presupuesto, que llegaron a costar 195,500 pesos, razón por la cual el palacio se mantuvo en obras continuas casi todo el siglo XVIII. En esta época también se construía el nuevo edificio de la catedral, con el frente a la Plaza Mayor. El palacio se amplió hacia el Norte, hasta llegar a la calle de Moneda, con patios más pequeños y habitaciones para el virrey, con una pequeña puerta que daba directo a la cárcel de palacio. La puerta del suroeste daba al patio de honor, cuya parte superior estaba destinada a las habitaciones del virrey, el entresuelo a la secretaría y archivo del virreinato, y la parte baja a la servidumbre, la guardia de alabarderos y los almacenes del estanco del azogue. Este patio se comunicaba con el jardín botánico. El patio central conformado con arquería soportada por altos pilares almohadillas, daba acceso a las salas de la Real Audiencia, los tribunales de cuentas, del consulado, de minería, la tesorería general, la capilla real y la sala del trono. En el extremo norte estaban la cárcel y las habitaciones de los guardianes.

Con la llegada del virrey Juan Vicente de Güemes II, Conde de Revillagigedo, que se inicia la limpieza y dignificación del palacio y la Plaza Mayor, realizando con ello los más importantes trabajos de mantenimiento, funcionalidad y belleza hasta entonces hechos al inmueble. En 1789 se emitió el primer reordenamiento del comercio ambulante e higiene, que desalojó a los comerciantes del palacio, la Plaza Mayor y las calles de la ciudad de México, aunque con su sucesor en el cargo la situación volvió a lo que solía, pero fuera de Palacio.

Durante esa época solo la Capilla Real, construida en la parte oriental, se mantuvo a salvo, ésta tenía pintado el martirio de Santa Margarita por la mano del sevillano Alonso Vázquez. Al sur de la capilla, tras los edificios de la Casa de Moneda, hoy Museo Nacional de las Culturas, se realizó el Jardín Botánico, que servía de paseo a los habitantes del palacio.

SIGLO XIX – El 15 de septiembre de 1808 fue escenario del primer golpe de estado que se recuerde en territorio novohispano, cuando elementos armados tomaron el palacio y aprendieron al virrey José de Iturrigaray, quien apoyaba abiertamente los intentos autonomistas del Ayuntamiento de la capital, encabezado por Francisco Primo de Verdad y Ramos y Melchor de Talamantes, entre otros.

El 27 de septiembre de 1821, después de un desfile por parte del ejército Trigarante, desde el Palacio del Ex Arzobispado, en Tacubaya, Juan O’Donojú entrega el gobierno virreinal a Agustín de Iturbide. Al día siguiente, el 28, se instaló en el salón de recepciones del antes Palacio Virreinal, la Junta Provisional Gubernativa, que emitió el Acta de Independencia del Imperio Mexicano quedando en espera de que el rey español Fernando VII reclamara para si el trono de México, según el Plan de Iguala y los Tratados de Córdoba. Fernando VII rechazó la independencia de la Nueva España y por ende el trono mexicano. El 19 de mayo de 1822 el Congreso proclamó a Iturbide como emperador, aunque Agustín I continuó viviendo en el palacio de los condes de San Mateo de Valparaíso, actualmente el Museo Palacio Cultural Banamex, también conocido como Palacio de Iturbide, el Palacio virreinal pasa a ser llamado Palacio Imperial. A pesar de las intenciones de transformar el inmueble en un recinto mucho más fastuoso, el gobierno imperial, limitado por la inestabilidad económica y política del naciente país, apenas alcanzó a modificar ligeramente la fachada del edificio, algunos de los cambios fue pintar la fachada principal con un diseño de almohadillados estilo renacentista y la colocación de adoquines en las garitas laterales de cada puerta.

Tras la caída de Iturbide en 1823, en el templo de San Pedro y San Pablo, actualmente el Museo de las Constituciones de la UNAM, se llevan a cabo las sesiones del Congreso Constituyente, que firma el Acta Constitutiva de la Federación Mexicana y, posteriormente, la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos de 1824. Fundada la República, el Congreso decretó que todos los lugares que en su nombre llevaran los términos de «Imperial» serían sustituidos por el de «Nacional», y por ello, el palacio adoptó desde entonces el nombre de Palacio Nacional. Se remodeló para dar cabida a los tres poderes federales que se formaron en la nueva república: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Para entonces, la construcción del Palacio Nacional cubría ya toda la fachada poniente que daba a la Plaza Mayor.

Los posteriores golpes de estado y revueltas afectaron en menor o mayor medida al Palacio Nacional. Las obras de reconstrucción y adecuación fueron continuas durante el siglo XIX y por causa de los movimientos políticos y simples accidentes, se fueron perdiendo obras artísticas de la época colonial. En 1830 la cárcel fue cambiada al edificio de la Acordada. También se dio la ocupación indebida de espacios, la anulación de la pequeña puerta que conectaba con la cárcel en 1831 para mejorar la seguridad de las habitaciones presidenciales. El 15 de marzo de 1825, la Suprema Corte de Justicia de la Nación se estableció en la esquina noroeste del Palacio Nacional, lugar donde permaneció hasta 1853. Pero sobre todo, lo que más lo transformó, fue la edificación del Recinto Parlamentario en 1829, creado para albergar la Cámara de Diputados y que habría de incendiarse en 1872. En tanto que la Cámara de Senadores se instaló en la planta alta del ala sur en 1845.​ En julio de 1840, la revuelta federalista de Valentín Gómez Farías y José Urrea ocasionó graves daños al palacio, entre ellos un cañonazo que derribó parte de la fachada en una las torres del inmueble.

A raíz de la Intervención estadounidense en México, luego de la toma del último reducto que protegía la ciudad en el Castillo de Chapultepec, el 14 de septiembre de 1847, el ejército estadounidense entró en la plaza principal de la Ciudad de México e izó su bandera en el Palacio Nacional, en señal de victoria, aunque por instrucciones del General Winfield Scott se respetaron las instalaciones. De esta manera, el 16 de septiembre de 1847 en que se celebraría la independencia de México, los estadounidenses concretaban la ocupación del país. La ocupación del ejército de Estados Unidos terminó tras la firma y ratificación del Tratado de Guadalupe Hidalgo el 30 de mayo de 1848 por el que se perdió más de la mitad del territorio mexicano. La desocupación del Palacio Nacional se realizó hasta el 28 de junio del mismo año. Al día siguiente se izó de nuevo la bandera nacional mexicana en una ceremonia.

En 1852 durante el gobierno del presidente Mariano Arista se llevaron a cabo las primera reformas significativas en Palacio Nacional: se restauraron los patios del ala norte, que habían quedado abandonados desde que saliera de ahí la cárcel en 1832, se abrió el pasillo que comunica esta área con el patio central por la parte superior, se cambiaron pisos, puertas y ventanas, se dictaron reglamentos para recuperar zonas ociosas y se abrió la tercera puerta de la fachada principal, de uso exclusivo del presidente de la república conocida más tarde como Puerta Mariana en honor al citado mandatario. El día 5 de febrero de 1857 en el recinto legislativo de Palacio se jura frente a un crucifijo la Constitución de 1857, de corte liberal.

Durante la Guerra de los Tres Años o Guerra de Reforma de 1857 a 1861, el país tuvo dos gobiernos simultáneos: por un lado, desde el Palacio Nacional, se mantenían los presidentes del gobierno conservador. Por otro, el presidente Benito Juárez instaló al gobierno federal en el puerto de Veracruz de donde ingresará a la Ciudad de México hasta enero de 1861.

El 31 de mayo de 1863, durante la Intervención francesa, Benito Juárez se vio obligado a dejar la capital y por tanto al Palacio Nacional, que simbólicamente cierra la puerta central. En junio de 1863 el ejército francés ocupó el Palacio Nacional por breve tiempo de 1863 a 1867, nuevamente se le llamará Palacio Imperial, durante el Segundo Imperio Mexicano de Maximiliano de Habsburgo, aunque no lo usó como residencia, ya que en 1863 el emperador cambió su residencia al Castillo de Chapultepec, dejando al Palacio Nacional como un edificio puramente administrativo y de protocolo. No obstante ordenó diversas obras en su interior para que adquiriera un toque majestuoso y dejar atrás algo del estilo sobrio que le caracterizaba, convirtiéndolo en un lugar ideal para bailes y recepciones oficiales, y la sede de lujosas oficinas públicas.

Se destruyeron las viviendas que por años habían invadido la azotea y se levantó el nivel de los patios para evitar inundaciones, al mismo tiempo que se destruían paredes que por el inevitable deterioro ya resultaban inútiles o peligrosas, uno de los más distintivos de esos cambios por órdenes expresas de Maximiliano, se dio en el Salón de Recepciones: en el amplio y alargado aposento, se retiraron los rasos del techo para dar aire a la magnífica viguería virreinal de cedro, también conocido como Salón del Dosel o del Trono, además fue motivo de redecoración con la instalación de la galería de retratos que recibió óleos de los pinceles de Petronilo Monroy, retrato de Iturbide, José Obregón, retrato de Matamoros, Ramón Pérez, retrato de Allende, Joaquín Ramírez, retrato de Hidalgo, y el propio Santiago Rebull, encargados expresamente por el Emperador para “buscar una vinculación con el heroico pueblo que presido”.

Además, en el Palacio se amplió el Jardín Botánico, se liberó el edificio de la Casa de Moneda y se fundó el Teatro de la Corte, una alteración relevante fue la adición de una nueva escalera en los “Departamentos Imperiales” a la que comúnmente se llama “Escalera de la Emperatriz Carlota”, que hoy comunica los patios marianos. La construcción fue ordenada por Maximiliano a los hermanos Juan y Ramón Agea para uso exclusivo de la corte, estaría cubierta por un tragaluz de cristal, la peculiar escalinata de muy ligeros peldaños causó revuelo e inquietud en 1867 cuando fue entregada. Por instrucciones del emperador, se convirtió a todos los salones del frente de la fachada principal en un solo e inmenso salón, destinado para banquetes, recepciones oficiales y fiestas de la corte imperial, las paredes se tapizaron con tapiz carmesí que tenía grabado el escudo imperial, se instalaron candelabros de bronce, jarrones de mármol blanco. En los salones se instalaron finos muebles europeos y se colocaron a manera de galería, en los pasillos principales de las áreas del emperador, retratos de los principales héroes de la independencia de México. Las adecuaciones imperiales se hicieron de acuerdo con el proyecto de los arquitectos Ramón Rodríguez Arangoiti y Ramón Agea.

Derrotado el imperio de Maximiliano, el 15 de julio de 1867 el presidente Benito Juárez regresó a la Ciudad de México, abrió simbólicamente las puertas centrales de Palacio Nacional y presidió, desde el palco central, el desfile triunfal.​

Pocos años después, con el bronce de varios cañones capturados al conservador Miguel Miramón en Calpulalpan, y con el de los obuses que sirvieron para la defensa de Puebla durante el sitio de 1863 se llevó a cabo la estatua sedente del presidente Juárez que se encuentra entre el primer y segundo Patios Marianos.

Ya durante el gobierno del presidente Porfirio Díaz fueron realizadas varias obras de infraestructura, adecuación y modernización del Palacio. Una de ellas fue la creación de una puerta especial para el acceso directo a las oficinas del Ejecutivo en el costado sur Poniente. Asimismo, se instalaron la primera línea de energía eléctrica y el primer elevador de la ciudad de México, en las áreas de oficinas del presidente que aún sigue siendo de uso exclusivo del jefe del ejecutivo federal. En 1877 se construyó un observatorio astronómico y otro meteorológico.

El 14 de septiembre de 1886 se llevó a cabo con una ceremonia oficial la instalación de la campana original del templo de Dolores Hidalgo en Guanajuato, la cual fue transportada con honores militares. La llamada Campana de Dolores se ubica sobre el balcón central del Palacio Nacional que da al Zócalo, en un nicho que fue especialmente construido, por lo que se demolió el original copetón del centro. Es a partir de entonces que se usa para celebrar el aniversario del Grito de Dolores.

En 1892 el entonces secretario de hacienda José Yves Limantour reinstaló las oficinas de esa dependencia en el ala norte, en torno a tres patios sucesivos, más uno grande interior destinado a la Oficina Impresora del Timbre. Toda la fachada principal se aplanó con mezcla, formando rectángulos que simulaban bloques de piedra. Por dentro se remodelaron las estancias presidenciales, el comedor, el Salón Embajadores, la cocina, la sala de estar, las cocheras y las caballerizas.

El último presidente que usó el Palacio Nacional como residencia fue Manuel González, quien terminó de rehabilitar el Castillo de Chapultepec, mismo que sería usado como residencia por su sucesor Porfirio Díaz, siguiendo los pasos de Maximiliano y Lerdo de Tejada. Aunque continuó siendo la sede del Poder Ejecutivo, albergando las oficinas principales de las secretarías de Guerra y Marina, de Gobernación y Hacienda siendo esta última la única que queda a la fecha dentro de Palacio, además de la comandancia de la Primera Zona Militar.

Continuará la próxima semana…

La Historia de Palacio Nacional – https://www.youtube.com/watch?v=mnXxbq8Az78

PALACIO NACIONAL MEXICANO – https://www.youtube.com/watch?v=3oZRilAMJjQ

 

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La Voz del Árabe (LVÁ) – MÉXICO – Cd. de México, junio 25 del 2021

 

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