ALBERTO TALISE, UN SIRIO DE CORAZÓN VENEZOLANO

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Alberto Talise, el sirio de corazón venezolano, que siempre fue reconocido y llamado por todos “Alberto Talise”, durante el viaje en barco de regreso a Siria abrió su pasaporte y supo entonces su verdadero nombre: Abdallah Talise.

Ruth Figueroa

Poco a poco he conocido a los venezolanos que radican en nuestra ciudad de León, Gto. Hace unos meses conocí a Natali Talise. Hubo una gran conexión entre nosotras. Me enamoró su origen árabe–venezolano, sus gustos y conocimientos sobre la gastronomía árabe, y compartimos tantas cosas que me sentí interesada en conocer su historia familiar, y así, una de las tantas ocasiones que coincidimos, decidimos reunirnos. Me cautivó desde que nos conocimos. Percibí una conexión muy especial entre su papá y ella. No me equivoqué. Pronto me di cuenta de que Natali y su familia han pasado una vida entera sobreviviendo, migrando y comenzando de cero, pero llena de determinación y de un inmenso amor.

Alrededor del año 1946, después de la Segunda Guerra Mundial, Venezuela recibe a Alberto Talise junto con sus padres, comerciantes de telas, que se establecieron más de diez años en el municipio de La Guaira. Se acostumbraron a la cultura venezolana, a vivir en libertad y en felicidad plena, en un país próspero. Cuando Alberto tenía quince años de edad, comenzó una matanza de extranjeros, y sus padres, al sentirse en riesgo, decidieron vender el negocio de telas para volver a Alepo, Siria.

Alberto, el sirio de corazón venezolano, que siempre fue reconocido y llamado por todos “Alberto Talise”, durante el viaje en barco de regreso a Siria abrió su pasaporte y supo entonces su verdadero nombre: Abdallah Talise, y con toda la ingenuidad e inocencia de un chico de su edad, tomó su pasaporte y tachó Abdallah para poner Alberto. Al llegar a Siria pidieron su pasaporte para acceder al país, y al ver el nombre tachado, pensaron que estaba robando la identidad de alguien, que él era un delincuente y lo metieron preso tres días a sus quince años de edad. A pesar de las súplicas de su papá, las autoridades decidieron con firmeza que él debía vivir ese castigo.

La familia disfrutaba mucho de la riqueza gastronómica de medio oriente junto con los aromas, los colores y las estaciones del año. Sin embargo, el tema religioso era difícil porque eran católicos cristianos en donde en ese entonces el ochenta por ciento de la población era musulmana, y el otro veinte por ciento, católicos cristianos. Constantemente los católicos recibían rechazo y discriminación por su credo.

Alberto mencionaba que Abdallah es un nombre musulmán que significa: “Ciervo de Dios”. En una ocasión quiso inscribirse en un gimnasio y escribió su nombre Abdallah Talise. Los que le atendían nunca imaginaron que él era católico. Cuando estaba en los vestidores para cambiarse, se quitó la camisa y un chico musulmán le descubrió una cadena de oro con una cruz y le dijo: “Mira, americano ¿tú eres cristiano católico?” Alberto, sorprendido, le respondió: “¡Sí!” El chico musulmán le dijo: “este gimnasio es para musulmanes, así que te vas o te cortamos la cabeza”. Alberto tomó sus cosas y jamás regresó a ese sitio. Este tipo de historias eran frecuentes entre católicos y musulmanes, pero Alberto pensaba que no sólo era un tema de religión, sino que tenía relación con la forma en que las mujeres veían y percibían a los hombres y la imposibilidad de acercarse a ellas.

Alberto salía todos los días por las mañanas en bicicleta y unas vecinas se asomaban por la ventana para saludarlo. En una ocasión al salir como cada mañana se encontró con el papá de las chicas y le dijo: “mira, americano, tú vuelves a saludar a mis hijas y te corto la cabeza, ¡No te metas con mis hijas, no las saludes!”. Nunca había hablado con ellas, solamente se saludaban. Alberto cambió su dinámica, entonces cada que tenía que salir lo hacía por la parte trasera de la casa. Le llamaban americano por haber vivido en América.

Un día Alberto no fue a la escuela y se quedó en casa, había una señora que vendía pan árabe de casa en casa. Natali me contó que es común que entre mujeres musulmanas puedan verse el rostro, no hay ningún problema que no lleven puesto el velo en la cara. Esa mañana tocaron a la puerta y su mamá le pidió a Alberto que abriera, al abrir, la señora del pan no llevaba cubierto el rostro porque siempre la recibía la mamá de Alberto, y al ver que él abrió, inmediatamente se levantó el vestido prefiriendo que vieran las pantaletas con tal de cubrirse el rostro…

Años más tarde, Alberto confesó a Natali que él no podía con ese tipo de cosas y deseaba regresar a Venezuela. Su papá quería que se inscribiera en la escuela militar, pero él no quiso. Se cumplió un año de estar en Siria cuando Alberto decide regresar a Venezuela, pero en esta ocasión lo hace solo, con autorización y permiso especial de su papá y firmándole una carta. Con unas cuantas monedas y el billete del viaje en la mano, se marchó de Siria, se trasladó a Líbano en donde esperó un mes entero el barco, con una comida asegurada al día para finalmente irse. Recorrió distintos países europeos durante la travesía en barco.

Llegó a Venezuela con las manos vacías, pero decidido a establecerse. Por un tiempo sus días los pasó viviendo frente al mar de manera muy solitaria y sin dinero. Con mucho esfuerzo, poco a poco, fue saliendo adelante hasta que logró cambiarse a una habitación. Nunca se dio por vencido.

A sus escasos veintidós años de edad fundó el colegio Instituto Politécnico Venezolano que no tardó en llenarse de alumnos y en ganarse el reconocimiento como una institución exitosa dirigida a adultos. Alberto contaba que se dejaba crecer la barba y el bigote para aparentar más edad y facilitarse las cosas y que no se dieran cuenta de que era un hombre mucho más joven. Se convirtió en el único árabe que impartía clases de español. Se destacó por escribir libros en español, de ortografía, de caligrafía y mecanografía dinámica, entre otros.

Estudió en la Universidad de Florida por correspondencia porque su deseo era crecer, superarse y decía que no quería ser “un árabe más”; recibió su título por correspondencia. Alberto estudió porque él creía firmemente que la educación es primordial y que él era un hombre de pensamientos: “Yo tengo pensamientos y mis pensamientos son libres, soy escritor, yo soy poeta, periodista…” “El turco de La Guaira” no tardó mucho en fundar la revista Progreso de Venezuela que se mantuvo treinta años en el mercado.

Alberto defendía ser sirio y no turco e insistía en las diferencias entre uno y otro, pero para las personas cercanas a él, los que lo querían le llamaban turco porque les daba lo mismo: “¡Dios mío, yo no soy turco, soy sirio!” Cabe mencionar que en esa época llegaron muchos turcos a la ciudad, fue cuando los otomanos dominaron la región árabe de aquellos años, era un referente para los demás, se creía que todos eran turcos…

Más tarde, Alberto encontró el amor al lado de una venezolana. Él estaba en una parada de autobús cuando la vio a lo lejos a través de una ventana impartiendo clases y decía a Natali al contarle la anécdota: “Maktub”, que en árabe quiere decir: “Todo está escrito”, “Yo me enamoré de esa mujer desde que la vi”, lo recordaba Alberto lleno de ilusión. Tuvo cuatro hijas, una de ellas es Natali Talise, mi gran amiga.

Alberto llegó a ser un personaje muy querido y distinguido, por lo que cada año, para el primero de enero, recibía invitaciones para asistir a las fiestas del entonces presidente Rafael Caldera en el Palacio de Miraflores sede del Gobierno de Venezuela. Con sus ahorros de años de trabajo, Alberto construyó con todo su amor e ilusión una hermosa casa para él y su familia, con todos sus gustos y caprichos arquitectónicos arabescos y detalles como piso de mármol, marcos, granito, veinticuatro columnas, e incluyó sus plantas favoritas: la vid. Natali me contó que su padre tenía gustos ostentosos. La casa era un sueño hecho realidad.

Cuando Alberto estaba a punto de cumplir sesenta años, en 1999, ocurrió una tragedia en Vargas, Venezuela y con esto se perdió esa casa inmensa, todos sus libros, sus contactos y sus clientes de treinta años: el deslave que venía de El Ávila hacia la zona costera de La Guaira y Maiquetía se llevó todo a su paso, junto con la pérdida de más de cien mil personas. Natali me contó a detalle: “la tragedia de Vargas nos enseñó lo que significa estar al borde de la muerte, no sólo el perderlo todo, sino cómo tu vida se vuelve una película en un instante, en el peligro real de muerte, cuando no hay nada más qué hacer, más que despedirte de tu familia como nos pasó a nosotros. Cuando llegó el deslave junto con una gran ola que rebasaba el techo de mi casa de dos plantas nos dimos por muertos, nos abrazamos y nos despedimos, pero en eso ¡una roca provocó que se dividiera la ola y pasó por debajo de nosotros y veíamos cómo salían nuestras cosas por las ventanas, la nevera, ¡El árbol de navidad!… Era época navideña, todo esto fue el 15 de diciembre de 1999, lo recuerdo bien y vimos salir todo…

Pensamos que había llegado nuestro momento. Nunca había tenido la sensación de muerte, no había forma de salvarnos, pero oramos toda la madrugada, durante horas previas estuve con miedo, rezando arrodillada y no podíamos dormir por los gritos de la gente que se hundía entre el barro, los coches, el agua, toda nuestra casa se movía de un lado a otro porque el río impactaba contra ella. Pasamos muchas horas en espera de ayuda o de un fatal final. Todo empezó el miércoles 15 de diciembre a las 12 de la noche y el viernes nos sacaron en helicóptero para trasladarnos a un refugio junto con otros sobrevivientes. No había agua, tomábamos agua de la lluvia. Fue agotador, pero puedo decir que, en ese lecho de muerte, cuando vives todo eso y te resignas, sientes paz, porque ya no había nada qué hacer, pero en ese momento, justo cuando llegó la ola y pasó por mi casa, sentí paz, porque no había nada más qué hacer, hasta aquí queda… Después vienen las secuelas de cómo enfrentar la vida sin nada, es muy complicado, pero todo está en manos de Dios. Me permitió seguir viva. Ese día creí más que nunca en Dios a pesar de la cantidad de gente que murió, así como supe que nosotros teníamos que continuar aquí en la tierra. Vi cómo mucha gente se salvó aferrándose a una palmera y perdieron a toda su familia. Había un árabe que perdió a su esposa e hijas porque no pudo ayudarlas, se las llevó el río y su casa quedó enterrada”.

Muy conmovida me compartió cómo es que perdieron la casa y todo lo que tenían. “Nos quedamos en la calle. Yo tenía 19 años, comenzamos de cero. Ese hombre que logró tantas cosas, se quedó sin casa, sin trabajo, sin una identidad social, se quedó en la calle a los 59 años. Eso lo devastó emocional y espiritualmente. Desde lo vivido en la tragedia de Vargas, sus hijas fueron la fortaleza que él necesitaba para salir adelante. Mi papá era fuerte, celoso, estricto, dominante pero muy amoroso con sus hijas y su mujer, nos decía una frase árabe: “La sangre no se vuelve agua”, así dicen los árabes. El venezolano es muy distinto, el venezolano es libre, el árabe no.

Respecto a las tradiciones y costumbres, en la casa se vivían las dos, platillos típicos navideños árabes, armenios y venezolanos. Cada año en la época navideña se cocinaban manjares, banquetes exquisitos que toda la familia gozaba. Se trataba de una familia bicultural árabe–venezolana que compartía todo, disfrutando cada momento. Natali con la inmensa sonrisa de siempre y llena de felicidad me dijo: “¡Te hubiese encantado pasar una navidad en mi casa! ¡Era divino!”

Con mucha tristeza Alberto vería la situación actual de Venezuela porque él conoció en sus tiempos un país feliz, próspero y en libertad. En alguna ocasión le pregunté a Natali: ¿Crees que tu papá hubiera decidido vivir en México como tú, si fuera testigo de lo que hoy está pasando en Venezuela? Me respondió: “¡Sí! Él amaba a México y muchas cosas que yo sabía de México las supe por él”. Entre risas mencionó: “Mi papá nunca visitó México, pero era fan de Pedro Infante y cada aniversario de la muerte del cantante era día de luto en casa”. Por motivo de la crisis humanitaria que atraviesa Venezuela desde hace varios años, Natali y su esposo decidieron llegar a nuestro país para establecerse desde hace un tiempo. Natali se siente muy contenta porque después de un proceso largo y complicado logró obtener su nacionalidad mexicana.

“Mi papá, horas antes de morir cantaba canciones de Pedro Infante. Me despedí de esa manera junto a él, yo le cantaba Amorcito Corazón. Siempre hizo lo mejor que pudo para su familia. Para mí eso vale mucho más la pena, más que todas las riquezas, porque es el ser que me construyó. A pesar de las adversidades, con todo su amor, siempre se mantuvo fuerte”.

Alberto Talise, Abdallah Talise, “El americano”, “El turco de la Guaira”, aquel hombre que se comió el mundo y que nunca dejó de esforzarse por sus sueños, falleció en 2016 a los 73 años de edad, pero su espíritu sigue aquí con sus hijas.

Alberto solía llamar a Natalihabibi” que en árabe significa “mi amor”. En sus últimos momentos de vida Alberto le dio a Natali un brazalete de plata que lleva su nombre grabado “Alberto Talise”, y ella lo guarda como uno de sus más grandes tesoros. “Si tienes vida, siempre puedes volver a empezar”, Natali Talise.

Escrito dedicado a Natali Talise en memoria de su padre, Abdallah Talise. A todo aquel que se ha visto obligado a dejar su tierra para migrar en búsqueda de una vida mejor.

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Imagen: Propiedad de Natali Talise

La Voz del Árabe (LVÁ) – ESPECIAL – Cd. de México, junio 3 del 2019

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