martes, octubre 27, 2026
Cultura

LECCIONES DE MATADERO

– Al final, el matadero no es únicamente el cielo sobre Alemania…

Miguel Ángel Ávila*

Mire usted, hay una hornada inagotable de cantamañanas contemporáneos —criados entre calefacción central, cursos de superación personal y sillones de imitación piel— convencidos de que dirigir personas consiste en repartir sonrisas de catálogo, practicar una empatía de utilería y dar palmaditas en la espalda. Creen, los muy ingenuos, que el liderazgo consiste en ser el más simpático de la oficina mientras se reparten frases motivacionales. A toda esa bola de vendedores de humo habría que amarrarla a una silla frente a una pantalla y obligarla a tragarse, sin anestesia, dos horas de cine en blanco y negro filmado en 1949: Twelve O’Clock High, titulada en español Almas en la hoguera.

Porque mandar de verdad no es salir en la foto de la empresa ni soltar discursos sobre el trabajo en equipo. Mandar es uno de los oficios más solitarios y despiadados que existen. Es mirar a los ojos a un puñado de muchachos que apenas dejaron atrás la adolescencia, saber que algunos no volverán y que otros regresarán hechos pedazos, y aun así ordenarles que suban a un ataúd de aluminio con alas, vuelen a más de siete mil metros de altura, soporten temperaturas de decenas de grados bajo cero y atraviesen un infierno de fuego antiaéreo y cazas enemigos.

La Octava Fuerza Aérea del Ejército de Estados Unidos, desplegada en Europa, no fue una pandilla de caballeros del aire jugando a los héroes. Fue una trituradora de hombres. Más de 26 mil de sus integrantes murieron durante la guerra, en una campaña aérea que cobró un precio brutal mucho antes de que los cazas de escolta de largo alcance permitieran proteger eficazmente a los bombarderos sobre Alemania. La historia de aquella carnicería terminó convertida en una novela publicada en 1948, escrita no por dos observadores de palco, sino por dos hombres que conocían de primera mano la maquinaria militar y las consecuencias de mandar a otros a jugarse la vida.

Uno era Beirne Lay Jr., oficial de las Fuerzas Aéreas del Ejército y guionista de Hollywood antes de la guerra. En agosto de 1943 participó en la desastrosa misión contra Regensburg como copiloto del B-17 Piccadilly Lily. De los aviones enviados a ese objetivo, muchos no regresaron a Inglaterra; el propio Lay sobrevivió a aquella experiencia y, al año siguiente, fue derribado sobre Francia mientras volaba en otra unidad de bombarderos. Ayudado por la Resistencia francesa, consiguió regresar a territorio aliado. El otro era Sy Bartlett, también guionista y oficial de inteligencia, que conoció desde dentro los cuarteles generales donde se planeaban las operaciones y se tomaban decisiones que podían condenar a cientos de tripulantes.

Ambos conocían el 306.º Grupo de Bombardeo, la unidad real que sirvió como principal modelo para el ficticio 918.º Grupo de Bombardeo de la novela y la película. El resultado fue una obra en la que la ficción no oculta la realidad: la comprime, la reorganiza y le da una estructura dramática capaz de transmitir lo que los informes operativos difícilmente podían contar. Y si se fijan en el bombardero insignia de la cinta, el célebre Piccadilly Lily, conviene recordar que el nombre no salió de la imaginación de un guionista: era el del B-17 en el que el propio Lay voló sobre Regensburg el 17 de agosto de 1943.

Después llegó el cineasta Henry King, respaldado por la Twentieth Century-Fox, y Gregory Peck se puso al frente de una de las películas bélicas más sobrias de su época. En 1949, cuando Hollywood todavía podía convertir una guerra en un desfile de heroísmo y fanfarrias patrióticas, King y su equipo apostaron por algo mucho más incómodo: mostrar el combate aéreo sin convertirlo en un espectáculo triunfalista. La película emplea imágenes auténticas de combate, filmadas por cámaras estadounidenses y alemanas, que se mezclan con las escenas rodadas para la producción. En los momentos más duros, el ruido de los motores, las ráfagas de las ametralladoras y el estruendo de los impactos hacen innecesaria cualquier fanfarria. Y un detalle técnico para los puristas: los cuatro motores del B-17 eran Wright R-1820 Cyclone, no Pratt & Whitney.

Ver un bombardero desintegrarse en el aire y caer hacia tierra no tiene nada de glorioso. Es la constatación de lo barata que puede volverse la vida cuando los Estados deciden resolver sus disputas a fuerza de explosivos. La película entiende esa verdad sin necesidad de subrayarla con discursos. Lo mismo sucede con uno de sus detalles narrativos más memorables: la jarra de cerveza con forma de personaje, el llamado Toby jug, colocada sobre la chimenea. Mientras mira hacia la pared, los hombres pueden relajarse; cuando alguien la gira hacia el bar, saben que habrá misión al amanecer. Sin gritos, sin comunicados solemnes, sin una junta de recursos humanos. Un simple objeto basta para recordarle a un muchacho que quizá esa noche deba escribir su última carta.

Pero el meollo del asunto, donde la película te agarra del pescuezo, está en el choque entre dos maneras de entender el mando. Al principio aparece el coronel Keith Davenport, interpretado por Gary Merrill, cuyo modelo histórico fue el coronel Charles B. «Chip» Overacker. Es un hombre decente, preocupado por sus subordinados, demasiado involucrado emocionalmente con sus tripulaciones para conservar la distancia que exige el puesto. Su compasión no es fingida; precisamente por eso, el problema resulta tan complejo. En el grupo se han debilitado la disciplina y la confianza en la misión, y las pérdidas acumuladas han minado la moral. La situación llega a oídos del mayor general Ira C. Eaker, representado en la película por el mayor general Patrick Pritchard, quien termina por tomar la decisión que Davenport no quiere afrontar: relevarlo del mando y poner a otro hombre al frente.

Ese hombre es Frank A. Armstrong Jr., transformado por la ficción en el general Frank Savage, interpretado por Gregory Peck. Armstrong había demostrado que podía imponer orden en unidades que necesitaban recuperar su eficacia operativa. La película, sin embargo, se toma libertades importantes: la crisis nerviosa que termina sufriendo Savage no le ocurrió a Armstrong, sino que se inspiró en la experiencia de otro comandante. La distinción importa porque la película no es un documental disfrazado de drama, sino una historia construida a partir de experiencias reales, personajes compuestos y licencias narrativas.

Gregory Peck interpreta a Savage como un hombre dispuesto a cargar con el odio de sus subordinados si cree que eso les permitirá sobrevivir. No busca que lo quieran; necesita que cumplan las órdenes y que recuperen la disciplina. Retira privilegios, reprende a los indisciplinados y crea la célebre «Colonia de Leprosos», donde termina relegado el personal que considera incapaz de cumplir con su deber. Su método es brutal, pero la película no lo presenta como una fórmula mágica ni como una celebración de la crueldad. Lo muestra como un hombre convencido de que, en determinadas circunstancias, la indulgencia puede costar más vidas que la dureza.

Y ojo, porque aquí casi nadie está de adorno. El áspero mayor Joe Cobb, jefe de operaciones del grupo, fue inspirado en parte por el teniente coronel Paul W. Tibbets Jr. Sí, el mismo Tibbets que en agosto de 1945 pilotaría el Enola Gay en la misión que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima. No significa que Cobb sea un retrato exacto de Tibbets, sino que los autores tomaron rasgos y experiencias de militares reales para construir sus personajes.

Algo parecido sucede con el teniente Jesse Bishop, cuya hazaña le vale la Medalla de Honor en la película. Su historia remite a la del segundo teniente John C. «Red» Morgan, condecorado por mantener el control de su bombardero durante una misión sobre Europa mientras el piloto, gravemente herido por un ataque enemigo, se encontraba incapacitado para desempeñar sus funciones. Morgan tuvo que enfrentarse, además, a la violencia y la confusión de un compañero herido que amenazaba con desestabilizar la situación en plena emergencia. Aquello no fue una escena inventada para darle emoción al guion: fue una de esas experiencias extraordinarias que explican por qué las tripulaciones de los bombarderos podían regresar a casa convertidas en hombres distintos.

También merece atención el mayor Harvey Stovall, interpretado por Dean Jagger, quien ganó el Óscar al mejor actor de reparto por su trabajo. Stovall es el veterano que vuelve al aeródromo abandonado y, al recorrerlo, revive mentalmente los acontecimientos de la guerra. El personaje está ligado a las experiencias de Beirne Lay y al ambiente del 306.º Grupo, aunque no conviene atribuir cada detalle biográfico de la pantalla a un único oficial real. Esa es precisamente una de las virtudes de la película: reunir en personajes reconocibles las huellas de una generación entera.

Y entonces llega la parte más incómoda. Porque hasta el acero mejor templado se quiebra si recibe suficientes martillazos. La grandeza trágica de Almas en la hoguera consiste en que Savage no es inmune al veneno de la culpa. El hombre que impone disciplina, que exige a sus subordinados lo que él mismo considera indispensable para sobrevivir, termina descubriendo que también tiene un límite. En la misión decisiva, su mente y su cuerpo se niegan a seguir adelante. El mando que parecía inquebrantable se desmorona ante la presión acumulada.

La película se atrevió a representar algo que no encajaba cómodamente en el imaginario heroico de la posguerra: un comandante de alto rango incapacitado por el agotamiento psicológico. No era una debilidad moral ni una falta de carácter. Era el precio de la exposición prolongada al miedo, la responsabilidad y la muerte. Para los veteranos que regresaron de Europa con pesadillas, temblores y recuerdos que no podían compartir con nadie, aquella escena debió de resultar mucho más familiar que cualquier discurso patriótico. Mientras la sociedad estadounidense se volcaba en la prosperidad de la posguerra, los automóviles nuevos y los electrodomésticos, la película recordaba que no todos podían dejar la guerra atrás con la misma facilidad.

Por eso Twelve O’Clock High terminó convirtiéndose en una referencia para la formación de mandos militares y para el estudio del liderazgo en condiciones extremas. Durante años fue utilizada en cursos de la Fuerza Aérea estadounidense, precisamente porque planteaba una pregunta que sigue vigente: ¿cómo se exige a otros que cumplan una misión cuando el costo puede ser su propia vida? No se trata de idealizar la dureza ni de convertir la obediencia ciega en una virtud absoluta. Se trata de entender que el mando implica responsabilidad, distancia emocional y, sobre todo, la obligación de tomar decisiones difíciles sin refugiarse en la popularidad.

Ahí está la lección que los departamentos de recursos humanos, con sus manuales de colores y sus talleres de motivación, suelen pasar por alto. Dirigir no consiste en caerle bien a todo el mundo. Tampoco consiste en maltratar a la gente y disfrazar la crueldad de disciplina. Consiste en establecer estándares claros, reconocer la realidad, asumir las consecuencias y comprender que las personas no son piezas intercambiables, aunque una organización mal dirigida termine tratándolas como tales.

La piedad mal entendida puede ser tan destructiva como la crueldad; la disciplina sin juicio puede convertirse en una maquinaria de abuso. Entre ambos extremos está el verdadero desafío del liderazgo: exigir sin deshumanizar, proteger sin paralizar y recordar que cada decisión tiene consecuencias que no siempre aparecen en un informe.

Porque, al final, el matadero no es únicamente el cielo sobre Alemania. Es cualquier lugar donde alguien con autoridad manda a otros al peligro y luego pretende lavarse las manos. Y la factura de ejercer el poder sin comprender su peso siempre termina llegando. A veces se paga con una carrera, otras con la conciencia y, en la guerra, con sangre.

*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. ​Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. ​En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.

Imagen: Autor     

La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, octubre 26 del 2026

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