miércoles, octubre 21, 2026
La Voz del Arte

EL MOTÍN DE LAS CANCIONES TONTAS

-McCartney hizo lo más elegante, lo estaban llamando cursi…

Miguel Ángel Ávila*

Hace medio siglo, que se dice pronto, un Paul McCartney ya madurito —tenía 33 años— y bastante harto de que los sumos sacerdotes de la crítica musical lo trataran como al niño blando de The Beatles, decidió montar su propia trinchera. No exactamente en Abbey Road, aunque allí se cocinó buena parte del asunto: las sesiones de Wings at the Speed of Sound comenzaron en 1975 y se prolongaron hasta febrero de 1976, con Abbey Road como cuartel general. McCartney estaba empeñado, además, en demostrar una cosa que a esas alturas todavía parecía necesario demostrar: que Wings era una banda y no simplemente el cortijo privado de Sir Paul con una cuadrilla de músicos alrededor.

¿Y qué hizo el de Liverpool? Lo que cualquier genio con un ego razonablemente bien amueblado y un sentido del humor a prueba de bombas haría: montó su particular experimento de democracia musical. Si Wings era una banda, entonces todos iban a tener su momento. Manda huevos.

Aquel invento se llamó Wings at the Speed of Sound, quinto álbum de estudio de Wings, publicado el 26 de marzo de 1976. McCartney decidió que cada miembro de aquella formación —Linda McCartney, Denny Laine, Jimmy McCulloch, Joe English y él mismo— tendría ocasión de ponerse delante del micrófono. Y cuando digo cada uno, es cada uno. Denny Laine cantó “The Note You Never Wrote” y “Time to Hide”; Jimmy McCulloch se hizo cargo de “Wino Junko”; Linda puso voz a “Cook of the House”; y Joe English, el baterista, terminó cantando “Must Do Something About It”. Paul, por supuesto, se reservó unas cuantas.

La cosa tenía algo de declaración de principios. Después de años en los que Wings había sido recibido por buena parte de la prensa como una banda de segunda división dirigida por un ex-Beatle, McCartney quería que aquello sonara a grupo. Y, sobre todo, quería que pareciera que todos estaban disfrutando. No era precisamente el método de trabajo de una asamblea soviética, pero sí una manera bastante astuta de decir: señores, esto es Wings.

Y entonces apareció Linda. En “Cook of the House”, Linda McCartney se puso al frente del micrófono mientras Paul se encargaba incluso del contrabajo, utilizando nada menos que el instrumento que había pertenecido a Bill Black, el legendario bajista de Elvis Presley. Pero lo verdaderamente glorioso vino después: decidieron que la canción necesitaba sonidos de cocina. Así que el 19 de febrero de 1976 llevaron la unidad móvil de EMI a 7 Cavendish Avenue, la casa londinense de los McCartney, tendieron cables hasta la cocina y grabaron el tocino y las papas friéndose en una sartén. Luego se comieron la comida con los ingenieros. Porque, qué demonios, cuando has compuesto “Yesterday” y eres Paul McCartney, si quieres meter una sartén con tocino en un disco, metes una sartén con tocino en un disco.

Pero la verdadera obra maestra de la ironía vino en forma de canción. Durante años, McCartney había soportado las acusaciones de que sus canciones eran demasiado sentimentales, demasiado melosas, demasiado fáciles. John Lennon tampoco había sido precisamente piadoso con él, y la crítica musical llevaba tiempo colocando a Paul en el rincón de los compositores capaces de fabricar melodías irresistibles, sí, pero poco respetables para los guardianes de la alta cultura rockera.

Así que McCartney hizo lo más elegante que podía hacer un hombre al que estaban llamando cursi: escribió una canción titulada “Silly Love Songs”. Y no una cualquiera.

Un monstruo de cinco minutos con un bajo que parece haber sido diseñado por un demonio especialmente contratado para humillar a los bajistas del futuro. Una canción construida alrededor de voces superpuestas, armonías, cuerdas, metales y un pulso descaradamente cercano a la música disco. Paul no estaba pidiendo disculpas. Estaba preguntando, con una sonrisa de oreja a oreja: ¿y qué tienen de malo las canciones tontas de amor?

El resultado fue una auténtica bofetada con guante blanco. “Silly Love Songs” alcanzó el número uno del Billboard Hot 100 y permaneció cinco semanas en la cima. El sencillo se convirtió además en el gran éxito popular de 1976 y terminó siendo uno de los mayores triunfos de toda la carrera de McCartney después de los Beatles. La canción que debía servir como respuesta a sus detractores terminó convertida en la prueba de que quizá el problema no estaba en las canciones de amor de Paul, sino en quienes se empeñaban en despreciarlas.

Y lo mejor es que McCartney no necesitaba ponerse solemne para ganar la discusión. Le bastaba con hacer una canción extraordinariamente buena.

Claro que no todo era azúcar, armonías celestiales y olor a tocino. Entre tanta melodía luminosa se colaba “Wino Junko”, cantada por Jimmy McCulloch y escrita por el propio guitarrista junto con Colin Allen. McCulloch tenía entonces apenas 24 años. La canción hablaba de drogas y adicción, un asunto que no era precisamente ajeno al mundo del rock de aquellos años. tres años después, en septiembre de 1979, McCulloch aparecería muerto en su apartamento londinense de Maida Vale. Tenía sólo 26 años. El informe forense señaló intoxicación por morfina, con alcohol y cannabis también presentes. De modo que escuchar hoy aquella voz joven cantando “Wino Junko” produce un escalofrío que probablemente nadie en Abbey Road podía prever.

Y por si faltaba testosterona en la historia, ahí estaba John Bonham. Porque sí: el mismísimo John Bonham, el hombre que le hacía al sádico aporreando los cueros en Led Zeppelin como si estuviera defendiendo las Termópilas, tocó con McCartney una primera versión de “Beware My Love”. Pero aquí conviene poner orden en la leyenda: aquella toma no se grabó durante las sesiones principales de Wings at the Speed of Sound en Abbey Road, sino el 28 de agosto de 1975 en Olympic Studios, con Bonham a la batería, Jimmy McCulloch al bajo, Denny Laine a la guitarra, Linda al Moog y Paul al piano y la voz.

Aquella versión quedó guardada durante casi cuatro décadas. Para el álbum de 1976, Wings volvió a grabar “Beware My Love” con Joe English a la batería. La toma de Bonham no vería oficialmente la luz hasta 2014, cuando apareció en la Wings at the Speed of Sound – Archive Collection. Y cuando uno la escucha, entiende por qué aquella grabación había adquirido con los años una especie de aura de Santo Grial para los coleccionistas de McCartney y Zeppelin.

Pero hay algo más interesante todavía. Wings at the Speed of Sound salió en marzo de 1976 y la crítica no se arrodilló precisamente ante el altar de McCartney. El álbum recibió críticas tibias, incluso cuando comercialmente se convirtió en otro éxito enorme: llegó al número uno en Estados Unidos y al número dos en el Reino Unido. Y apenas unas semanas después, Wings se embarcó en la gigantesca gira Wings Over America, la primera gira de McCartney por Estados Unidos desde la última actuación de The Beatles allí, en 1966. Es decir: mientras algunos críticos seguían discutiendo si aquello era rock serio o música para amas de casa, McCartney estaba haciendo algo bastante más sencillo y bastante más difícil: llenando estadios.

Hoy, cincuenta años después, uno mira hacia atrás y, qué quieren que les diga. En su momento, los puristas se llevaron las manos a la cabeza porque el disco parecía demasiado amable, demasiado doméstico, demasiado poco interesado en demostrar que su autor era un genio. Pero quizá ahí estaba precisamente la gracia. McCartney no necesitaba demostrarlo. Ya lo había hecho.

Podía, él y su banda, escribir una canción de amor, una canción sobre drogas, una canción para que cantara el baterista, otra para que cantara su mujer sobre una sartén llena de tocino. Podía poner a John Bonham detrás de una batería, esconder la grabación durante décadas y después sacar una melodía de tres acordes que sonara como si hubiera existido desde los años cincuenta.

Y luego podía escribir “Silly Love Songs” y convertir la supuesta debilidad en un arma. Porque ésa fue quizá la verdadera genialidad de aquel disco: McCartney no se defendió de sus críticos. Se rió de ellos. Les dijeron que escribía canciones tontas de amor. Y él respondió escribiendo una de las canciones más populares de 1976. Les dijeron que Wings era el vehículo de un ex-Beatle. Y él puso a todos sus músicos a cantar. Les dijeron que la música debía ser más seria. Y él grabó tocino friéndose.

Les dijeron que el rock necesitaba testosterona. Y él llamó a John Bonham.

Y mientras los sumos sacerdotes seguían decidiendo qué era música respetable y qué no, Paul McCartney siguió haciendo lo que llevaba haciendo desde Liverpool: escribir canciones que la gente quisiera escuchar. Cincuenta años después, quizá ésa sea la mejor respuesta de todas. Aquel disco no era una obra maestra perfecta. Ni falta que le hacía.

Era algo mucho más divertido: un genio riéndose del mundo, repartiendo juego entre sus amigos y demostrando que, incluso cuando parecía estar jugando, seguía sabiendo exactamente dónde estaba el gol. 

*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. ​Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. ​En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.

Imagen: Internet    

La Voz del Árabe (LVÁ) – La Voz del Arte – Cd. de México, octubre 21 del 2026

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