UN CADÁVER DEBAJO DEL BRONCE
– Fue él quien cosechó algunas de las victorias decisivas de la Guerra de Reforma.
Miguel Ávila-Vázquez*
A este país siempre le han gustado los héroes estatuarios: pulcros, inmóviles y perfectamente disecados. Nos fascinan los altares patrios con sus próceres impecables, limpios de polvo y paja, esculpidos en ese bronce mentiroso que sirve para que los leguleyos de turno legitimen sus desvergüenzas. Por eso, la historia oficial mexicana, tan dada a la hagiografía escolar y al dogma para parvulitos, suele mentar lo menos posible al general Jesús González Ortega. Resulta demasiado incómodo. Demasiado de carne y hueso. Y, sobre todo, representa el testimonio vivo de cómo la santidad de las leyes puede terminar estrellándose contra las necesidades —o los intereses— del poder.
Miren que la cosa tiene su guasa. Mientras don Benito Juárez andaba por ahí, primero en su gobierno itinerante y después por los caminos del norte, sobreviviendo a base de decretos, diplomacia angustiosa y correspondencia interminable, quien se tragaba la mierda, la metralla y el barro en la trinchera era González Ortega. Un hombre de formación civil, convertido en militar por las circunstancias y dueño de una intuición para la guerra que no necesitó demasiadas academias para demostrar su eficacia.
Fue él quien cosechó algunas de las victorias decisivas de la Guerra de Reforma. Venció a las fuerzas conservadoras en Peñuelas y Silao y, finalmente, derrotó a Miguel Miramón en Calpulalpan, el 22 de diciembre de 1860, batalla que puso punto final a la Guerra de Reforma.
González Ortega entró en la Ciudad de México al frente del ejército liberal. Pudo haber utilizado aquel prestigio, aquellas tropas y aquella victoria para convertirse en otro caudillo dueño de la finca. No lo hizo. Entregó el poder político a Benito Juárez y poco después aceptó la presidencia de la Suprema Corte de Justicia, cargo que, conforme al orden constitucional de entonces, lo convertía también en sustituto del presidente de la República en caso de falta de éste.
Ahí comenzó la verdadera tragedia. Llegaron los franceses en 1862, y tras la muerte de Ignacio Zaragoza en septiembre de 1862, González Ortega recibió el mando del Ejército de Oriente. Al año siguiente tuvo que defender Puebla frente a una fuerza expedicionaria francesa muy superior.
El Sitio de Puebla de 1863 duró 62 días, del 16 de marzo al 17 de mayo. No fue una estampita patriótica: fue hambre, enfermedad, deserciones, agotamiento y una plaza progresivamente estrangulada por el enemigo. El auxilio exterior no consiguió romper el cerco y, para mediados de mayo, las municiones y los víveres estaban prácticamente agotados.
Entonces González Ortega tomó una decisión que puede discutirse militarmente, pero cuya dimensión simbólica resulta difícil negar: ordenó disolver el Ejército de Oriente, romper el armamento e inutilizar la artillería para impedir que cayera intacta en manos francesas. Después, él y sus generales, jefes y oficiales se entregaron como prisioneros de guerra.
No fue una rendición elegante de salón. Fue una derrota. Pero tampoco fue una capitulación cómoda.
Los franceses intentaron imponer a los prisioneros un compromiso bajo palabra de honor para permanecer neutrales durante el resto de la guerra. González Ortega y buena parte de los oficiales se negaron a firmarlo. Posteriormente, durante el traslado de los prisioneros, consiguió escapar y regresó a la lucha republicana.
Un hombre así podía resultar muy útil mientras el enemigo estuviera enfrente. El problema vino cuando el enemigo empezó a hablar español.
En 1861, González Ortega había sido elegido presidente de la Suprema Corte de Justicia. Y ahí estaba el detalle que terminaría por incendiar sus relaciones con Juárez: la Constitución de 1857 establecía en su artículo 79 que, en determinadas circunstancias, el presidente de la Suprema Corte debía sustituir al presidente de la República.
El periodo presidencial de Juárez concluía a finales de noviembre de 1865. El problema era que México seguía en guerra, gran parte del territorio estaba ocupado por las fuerzas francesas y las condiciones para celebrar unas elecciones ordinarias resultaban, cuando menos, extraordinarias. El propio gobierno sostuvo que la Constitución no había previsto una situación semejante.
Y entonces apareció el nudo de la tragedia. El 8 de noviembre de 1865, Juárez expidió un decreto por el que prorrogó su mandato mientras las circunstancias de la guerra impidieran realizar nuevas elecciones. En otro decreto de la misma fecha se dispuso también que González Ortega no pudiera ejercer la sustitución presidencial, argumentando que había abandonado sus funciones como presidente de la Suprema Corte y sus obligaciones militares.
Aquí es donde la historia se vuelve bastante menos cómoda que el bronce. Decir simplemente que Juárez dio un “golpe de Estado constitucional” resulta una fórmula polémica —y deliberadamente provocadora—, pero describe una controversia real: González Ortega consideraba que la Constitución le daba derecho a suceder a Juárez; el gobierno sostuvo que las facultades extraordinarias concedidas por el Congreso permitían prorrogar el mandato presidencial mientras durara la guerra. La cuestión no fue una simple disputa sentimental entre dos generales: fue un conflicto serio sobre la legalidad, la continuidad del gobierno republicano y el alcance de las facultades extraordinarias en tiempos de guerra.
Y aquí conviene reconocer algo que vuelve la historia todavía más interesante: González Ortega tampoco estaba completamente limpio de polvo.
Había viajado a Estados Unidos para buscar recursos, armas y hombres para la causa republicana. A finales de 1864 había obtenido autorización para ausentarse temporalmente, pero posteriormente el gobierno cuestionó el alcance de aquella autorización y sostuvo que había abandonado sus funciones sin licencia suficiente. El asunto terminó convertido en arma política contra él.
La discusión jurídica pronto se convirtió en una guerra política.
González Ortega protestó contra la prórroga del mandato de Juárez y pretendió hacer valer sus derechos constitucionales. No consiguió el respaldo suficiente entre los liberales ni entre los gobernadores. El gobierno, por su parte, lo acusó de haber abandonado sus responsabilidades militares y su cargo en la Suprema Corte.
Y ahí el héroe de Calpulalpan comenzó a convertirse en un problema.
En 1867, cuando la República estaba recuperando el terreno perdido frente al Imperio, González Ortega regresó a México. El 8 de enero llegó a Zacatecas y fue detenido. De allí fue trasladado a Saltillo y posteriormente a Monterrey, donde permaneció preso durante más de un año.
No había sido derrotado por los franceses. Había sido derrotado por la política.
Fue liberado en 1868 y decidió retirarse de la vida pública. Ya no tenía interés en continuar aquella batalla. Había descubierto, quizá demasiado tarde, que una cosa era pelear por una República y otra muy distinta disputar el poder dentro de ella.
Y aquí aparece la ironía final, porque la historia mexicana tiene un sentido del humor bastante más negro que cualquier novelista.
En enero de 1881, apenas unas semanas antes de su muerte, el presidente Manuel González restituyó a Jesús González Ortega su jerarquía militar y reconoció formalmente sus méritos. El viejo general murió en Saltillo el 28 de febrero de aquel mismo año.
Así terminó la historia de un hombre que había ganado batallas decisivas para la República, defendido Puebla hasta que la plaza dejó de ser defendible, rechazado la neutralidad que pretendían imponerle sus captores y, finalmente, se enfrentó al mismo sistema político que había ayudado a construir.
La historia oficial suele preferir los héroes sin grietas. González Ortega tenía demasiadas. Y quizá por eso resulta mucho más interesante. Porque debajo del bronce no hay una estatua.
Hay un hombre. Uno que ganó la guerra y perdió la pelea por el poder. Uno que ayudó a poner en pie la República y terminó encerrado por ella.
Y uno cuya derrota política terminó siendo, paradójicamente, una de las mejores pruebas de que la historia mexicana nunca fue tan limpia como después quisieron contarnos. El bronce oculta las grietas. La historia, cuando se la deja respirar, las muestra.
*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.
Imagen: Autor
La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, octubre 12 del 2026
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