sábado, julio 4, 2026
La Voz del Arte

EL PINTOR QUE TROPEZÓ CON EL ROCANROL

-…y el mito del Quinto Beatle.

Miguel Ávila-Vázquez

La historia oficial de la música suele ser un ejercicio de hagiografía barata, un relato edulcorado donde el talento parece obedecer a un designio divino y la gloria espera pacientemente a los elegidos. Pero el destino, que es un viejo canalla con un sentido del humor bastante retorcido, acostumbra escribir sus mejores páginas a contrapelo de las leyendas. Si no me creen, pregunten por Stuart Sutcliffe. Él no quería cambiar la historia del pop; sólo quería pintar lienzos que casi nadie entendía y, con un poco de suerte, ganarse la vida sin acabar con la nariz rota en algún callejón de Liverpool.

A finales de 1959, Sutcliffe era el estudiante más prometedor del Liverpool Regional College of Art. Tenía talento de verdad; del que se mide en técnica, disciplina y obsesión, no en acordes de tres notas. Tanto era así que obtuvo el prestigioso premio John Moores, acompañado por unas nada despreciables 65 libras esterlinas. En el Liverpool de la posguerra aquello equivalía casi a desembarcar de un transatlántico con los bolsillos llenos de oro.

La historia del arte estaba a punto de perder a un pintor prometedor. La del rocanrol, sin saberlo todavía, acababa de encontrar una de sus mejores tragedias. Y ahí fue donde la ironía decidió entrar en escena.

Stuart cometió el error —o el acierto, según quién cuente la historia— de tener como mejor amigo a un tal John Lennon. Lennon compartía un sueño bastante más ruidoso que los pinceles de Stuart. Junto a dos jóvenes llamados Paul McCartney y George Harrison intentaba convertir un grupo de aficionados en una banda de verdad. El problema era tan prosaico como todos los grandes problemas: necesitaban un bajista y necesitaban un bajo. Las sesenta y cinco libras recién ganadas por Stuart parecían ofrecer una solución inesperada. Convencer al sensible pintor de invertir aquel dinero en un enorme bajo Höfner fue, quizá, la primera gran maniobra de persuasión emocional en la historia de los Beatles. Stuart, que apenas distinguía una corchea de un tranvía, aceptó por pura lealtad hacia Lennon. El rocanrol, desde entonces, ha prosperado gracias a una combinación sorprendentemente rentable de ingenuidad, oportunismo y amistades mal entendidas.

Con ese lastre musical a cuestas, los muchachos, ahora con Pete Best como baterista que llegó a última hora, desembarcaron en los tugurios de Hamburgo en 1960. Aquello estaba muy lejos del paraíso. Era un purgatorio habitado por marineros borrachos, prostitutas exhaustas, anfetaminas baratas y maratones musicales de hasta ocho horas sobre escenarios que olían a cerveza rancia, humo y desinfectante. Stuart solía tocar de espaldas al público. No era una extravagancia artística, sino una forma bastante humana de esconder las dificultades de un hombre que jamás había querido convertirse en bajista y que sufría intentando seguir el ritmo de una música que nunca fue su verdadera vocación.

Pero Hamburgo también escondía una recompensa inesperada. Entre el humo de los clubes apareció el círculo de jóvenes existencialistas conocido como los Exis. Allí estaban Klaus Voormann, Jürgen Vollmer y, sobre todo, Astrid Kirchherr. Ellos vieron en Stuart algo que casi nadie parecía advertir: no a un músico mediocre, sino a un artista con la presencia de un James Dean salido de una escuela de pintura. Entre Astrid y Vollmer terminaron moldeando esa imagen —el flequillo, la ropa negra, la estética sobria— que pocos años después medio planeta intentaría copiar. Stuart encontró en Astrid mucho más que una compañera sentimental; encontró a alguien que comprendía al pintor que él había llevado demasiado tiempo secuestrado.

El romance con el rocanrol duró exactamente lo que tardó en agotarse la paciencia de Paul McCartney, cada vez más frustrado por compartir escenario con un bajista cuya amistad con Lennon parecía pesar bastante más que su capacidad para seguir una canción. A finales de 1961, Stuart dejó definitivamente el grupo y regresó a aquello para lo que realmente había nacido. Ingresó en la Hochschule für bildende Künste de Hamburgo bajo la tutela del vanguardista Eduardo Paolozzi. El artista crecía. El futuro parecía pertenecerle.

Pero el destino rara vez concede segundas oportunidades. Desde hacía meses Stuart sufría intensos dolores de cabeza. El 10 de abril de 1962 aquellos síntomas encontraron un desenlace devastador. Una hemorragia cerebral apagó su vida con apenas veintiún años, dejando tras de sí un puñado de cuadros extraordinarios, además de un dolor sordo en el pecho de Lennon y la sensación de que la historia había elegido el camino equivocado.

Pocos meses después, los Beatles entrarían en EMI para grabar Love Me Do y el resto pertenece a una historia demasiado conocida como para repetirla aquí.

Hoy abundan los oportunistas, los representantes, los productores, los amigos circunstanciales e incluso los músicos sustituidos que reclaman para sí el título de «Quinto Beatle». Es una discusión tan interminable como estéril. Brian Epstein, George Martin, Neil Aspinall o Derek Taylor tienen méritos suficientes para figurar en ella, cada uno por razones distintas.

Pero si alguien puede reclamar ese lugar desde la leyenda romántica, ése fue Stuart Sutcliffe. No porque fuera el mejor músico. Ni porque contribuyera decisivamente al sonido del grupo.

Sino porque fue el único que tuvo la lucidez —o quizá la inconsciencia— de abandonar la locomotora más grande del siglo XX para intentar convertirse en el pintor que siempre quiso ser. Lástima que la muerte tuviera tanta prisa…

Imagen: Autor   

La Voz del Árabe (LVÁ) – La Voz del Arte – Cd. de México, julio 4 del 2026

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