jueves, julio 2, 2026
VIDA y SALUD

ENFERMEDAD INFLAMATORIA INTESTINAL

– Enfermedad inflamatoria intestinal: una condición crónica que transforma la vida de millones de personas

Pepe Herrera

De acuerdo con estimaciones globales, aproximadamente entre cinco y seis millones de personas viven con enfermedad inflamatoria intestinal (EII), un conjunto de afecciones crónicas caracterizadas por una inflamación persistente del tracto digestivo, causada por una respuesta anormal del sistema inmunológico. En lugar de proteger al organismo frente a infecciones, virus o bacterias, este sistema identifica erróneamente al propio intestino como una amenaza y desencadena un proceso inflamatorio continuo que puede dañar los tejidos digestivos.

Esta alteración inmunológica no solo explica su origen, sino también su naturaleza crónica y sus manifestaciones clínicas. Diversos estudios, como Global evolution of inflammatory bowel disease across epidemiologic stages, han demostrado que la incidencia de esta enfermedad va en aumento, especialmente en países en desarrollo, lo que ha llevado a considerarla una epidemia emergente que no reconoce fronteras geográficas ni sociales.

Causas de la EII – Actualmente se desconoce la causa exacta de la EII. Se considera una enfermedad multifactorial en la que interactúan factores genéticos, inmunológicos, microbiológicos y ambientales. Aunque algunas personas presentan una predisposición genética, la enfermedad suele desarrollarse por la combinación de distintos factores que alteran la respuesta inmunitaria intestinal.

Entre los factores ambientales asociados con un mayor riesgo de desarrollarla se encuentran el tabaquismo, el uso frecuente de antibióticos y determinados patrones alimentarios, como la dieta occidental.

Otro elemento clave es la microbiota intestinal, el conjunto de microorganismos que habitan de manera natural en el tracto digestivo y desempeñan funciones esenciales en la digestión, el metabolismo y la regulación del sistema inmunológico.

En las personas con EII, explicó el doctor Hans Yoguinder Segura Alfaro, profesor e investigador de la Facultad de Medicina de la UNAM, en el programa Más Salud Radio: Más que gases, esta microbiota puede alterarse y provocar un fenómeno conocido como disbiosis, es decir, un desequilibrio entre microorganismos beneficiosos y potencialmente perjudiciales. Esta alteración puede contribuir tanto al desarrollo como al mantenimiento de la inflamación intestinal.

En algunos casos, se menciona que el estrés puede ser un factor desencadenante, pero es importante aclarar que, aunque puede empeorar los síntomas y favorecer la aparición de brotes, no constituye la causa directa de la enfermedad.

Tipos de enfermedad inflamatoria intestinal – Una vez comprendidos los factores que intervienen en su desarrollo, es importante distinguir las principales formas clínicas en las que se presenta la enfermedad. Dentro de la EII existen dos entidades principales: la enfermedad de Crohn y la colitis ulcerosa. Segura Alfaro destacó que, aunque ambas comparten mecanismos inflamatorios, presentan diferencias importantes.

La enfermedad de Crohn puede afectar cualquier parte del tubo digestivo, desde la boca hasta el ano, y comprometer distintas capas de la pared intestinal. Por su parte, la colitis ulcerosa se limita al colon y al recto, donde provoca inflamación y ulceraciones en la mucosa intestinal. Ambas enfermedades cursan con periodos de actividad o brotes y etapas de remisión en las que los síntomas disminuyen o desaparecen temporalmente.

Aunque ambas entidades comparten mecanismos inflamatorios, sus manifestaciones clínicas permiten reconocerlas a través de un conjunto de síntomas característicos.

Es importante aclarar que la EII difiere del síndrome de intestino irritable, conocido popularmente como “colitis nerviosa”. Mientras que esta última no produce inflamación destructiva ni daño estructural en el intestino, la enfermedad inflamatoria intestinal se caracteriza por inflamación real, úlceras, sangrado y lesiones demostrables mediante estudios médicos. En consecuencia, ambas condiciones requieren enfoques diagnósticos y terapéuticos distintos.

Síntomas – Entre los síntomas más frecuentes se encuentran la diarrea persistente, el dolor abdominal recurrente, la presencia de sangre en las heces, la pérdida involuntaria de peso, la fatiga intensa, la fiebre sin causa aparente, la anemia y la urgencia constante para evacuar.

Con frecuencia, estas manifestaciones son interpretadas como problemas digestivos pasajeros o poco relevantes, lo que retrasa la búsqueda de atención médica especializada. Sin embargo, el doctor Hans enfatizó que estos síntomas no deben normalizarse, especialmente cuando persisten durante semanas o interfieren con las actividades cotidianas.

Además de las manifestaciones digestivas, algunos pacientes pueden presentar complicaciones en otros órganos, como dolor e inflamación articular, alteraciones en la piel, problemas oculares o enfermedades hepáticas asociadas.

Consecuencias en la salud – Cuando la inflamación persiste o no se controla adecuadamente, estos síntomas pueden derivar en complicaciones más graves. La EII sin tratamiento puede ocasionar perforaciones intestinales, obstrucciones, abscesos, fístulas y un mayor riesgo de cáncer colorrectal.

Además, su diagnóstico suele retrasarse entre cuatro y ocho meses, e incluso más de un año en algunos casos, debido a que muchos pacientes normalizan los síntomas. Por ello, la detección temprana y el seguimiento médico continuo son fundamentales para prevenir complicaciones y preservar la calidad de vida.

Repercusiones psicológicas y sociales – Más allá de las complicaciones físicas, la EII también tiene un impacto profundo en la vida emocional y social de los pacientes y sus familias.

En el aspecto emocional, el proceso de aceptación suele acompañarse de un duelo relacionado con la pérdida de la salud. Los pacientes deben aprender a comprender nuevamente su cuerpo, identificar los factores que desencadenan síntomas y adaptarse a nuevas rutinas de cuidado, señaló la académica de la Licenciatura en Ciencia de la Nutrición Humana de la Facultad de Medicina, Viridiana Montserrat Mendoza Martínez.

A ello se suman sentimientos de vergüenza, frustración, aislamiento social, alteraciones en la imagen corporal e incertidumbre respecto al futuro. La preocupación constante por los síntomas y la imprevisibilidad de los brotes contribuyen al desgaste emocional, y al menos uno de cada cinco pacientes puede presentar síntomas depresivos.

Las repercusiones también alcanzan la esfera social. Actividades cotidianas como asistir a una reunión familiar, ir al cine, viajar o acudir al trabajo pueden convertirse en desafíos importantes. Muchos pacientes necesitan identificar baños cercanos antes de salir de casa debido al temor de sufrir una urgencia intestinal, lo que limita su independencia y participación social.

Tratamiento médico, nutricional y psicológico – Dado el impacto multidimensional de la enfermedad, el manejo de la EII exige un enfoque integral. La participación coordinada de médicos, nutriólogos, psicólogos y otros profesionales de la salud permite abordar simultáneamente los aspectos físicos, nutricionales y emocionales de la enfermedad, favorece la adherencia al tratamiento y mejora la calidad de vida.

En el ámbito médico se utilizan distintas clases de medicamentos, según la gravedad del padecimiento. Aunque no existe una cura definitiva, los tratamientos permiten controlar los síntomas e incluyen antiinflamatorios, inmunosupresores, terapias avanzadas y antibióticos. En algunos casos también puede requerirse cirugía.

Dentro del abordaje nutricional, la alimentación constituye uno de los pilares más importantes del tratamiento. Sin embargo, las recomendaciones dietéticas no son universales ni permanentes, ya que dependen de la etapa de la enfermedad.

Durante los brotes, Mendoza Martínez destacó que, cuando la inflamación está activa, suele ser necesario ajustar la alimentación para disminuir los síntomas y favorecer la recuperación intestinal. Entre las estrategias más comunes se encuentran la reducción de grasas, especialmente las provenientes de alimentos fritos y ultraprocesados, así como la limitación de alimentos irritantes como café, chocolate, refrescos, cítricos y algunos vegetales ácidos.

Las verduras cocidas suelen tolerarse mejor que las crudas por su facilidad de digestión, mientras que se priorizan frutas con fibra soluble que ayudan a disminuir la diarrea. En algunos casos también se recomienda reducir el consumo de lactosa, particularmente la presente en la leche de vaca, aunque ciertos quesos y yogures pueden ser bien tolerados.

Dependiendo de la gravedad de los síntomas, también puede modificarse temporalmente la textura de los alimentos mediante preparaciones blandas, trituradas, licuadas o en forma de cremas para facilitar la digestión.

No obstante, estas restricciones suelen ser temporales. Una vez que la enfermedad entra en remisión, muchos alimentos pueden reintroducirse gradualmente bajo supervisión profesional.

En relación con este punto, Vanessa Alejandra Estrada González, de la Escuela de Dietética y Nutrición del ISSSTE, señaló que uno de los problemas más frecuentes durante los brotes es el miedo a comer. El dolor abdominal, la diarrea y la inflamación llevan a muchas personas a asociar la alimentación con el malestar, lo que puede generar restricciones innecesarias y aumentar el riesgo de desnutrición.

Por ello, resaltó la importancia de acudir con un profesional de la nutrición para diseñar una intervención adecuada que permita recuperar la confianza en la alimentación, identificar alimentos seguros y ampliar progresivamente la dieta conforme la enfermedad entra en remisión.

Asimismo, Estrada González destacó que la hidratación es otro aspecto prioritario durante las fases activas, ya que las pérdidas de líquidos por diarrea pueden generar complicaciones importantes si no se corrigen adecuadamente.

En el plano psicológico, el acompañamiento profesional es esencial. La ansiedad, la depresión y el estrés pueden dificultar el seguimiento del tratamiento, por lo que el apoyo en salud mental contribuye a mejorar la adaptación al diagnóstico, reducir la carga emocional y fortalecer las estrategias de afrontamiento.

Suplementos: un factor a considerar – Dentro del abordaje nutricional, en algunos casos pueden emplearse suplementos cuando la ingesta habitual no es suficiente para cubrir los requerimientos energéticos y proteicos. Durante la EII son frecuentes las deficiencias de hierro, vitamina B12, vitamina D, calcio, zinc y magnesio, derivadas de inflamación, malabsorción o sangrado intestinal.

Con respecto a este punto, es importante recordar que los suplementos no son inocuos. Pueden interactuar con medicamentos, generar efectos adversos o incluso toxicidad, por lo que su uso debe ser siempre supervisado por profesionales de la salud.

Apoyo familiar – Finalmente, el tratamiento de la EII no puede entenderse sin considerar el entorno del paciente. La falta de comprensión por parte de familiares, amigos o compañeros de trabajo constituye una de las principales dificultades, ya que la enfermedad no siempre presenta manifestaciones visibles.

Esto puede llevar a la minimización de los síntomas o a la incomprensión de las restricciones alimentarias, lo que favorece el aislamiento social y afecta el bienestar emocional.

Por ello, el apoyo familiar y social es fundamental. La comprensión del entorno facilita la adherencia al tratamiento, reduce el aislamiento y mejora la salud mental. Acciones cotidianas como respetar las necesidades dietéticas o facilitar espacios adecuados pueden tener un impacto significativo en la calidad de vida de quienes viven con EII.

Entre el control médico y el acompañamiento integral – La EII representa mucho más que un trastorno digestivo: es una condición crónica, compleja y cambiante que impacta simultáneamente el cuerpo, la mente y la vida social de quienes la padecen. Aunque los avances médicos y nutricionales han permitido mejorar significativamente su control, aún no existe una cura definitiva, por lo que el objetivo del tratamiento se centra en mantener la enfermedad en remisión y prevenir complicaciones.

En este contexto, la detección temprana y el seguimiento médico continuo resultan fundamentales para evitar daños irreversibles y mejorar el pronóstico. Sin embargo, el manejo efectivo de la EII no depende únicamente de la intervención clínica, sino de un enfoque verdaderamente integral que incluya apoyo nutricional, acompañamiento psicológico y comprensión del entorno familiar y social.

En última instancia, vivir con EII implica aprender a convivir con la incertidumbre de los brotes, pero también con la posibilidad de estabilidad cuando existe un manejo adecuado y un sistema de apoyo sólido.

Información: GlobalUNAM / Imagen: GlobalUNAM   

La Voz del Árabe (LVÁ) – VIDA y SALUD – Cd. de México, julio 1° del 2026

Las declaraciones y opiniones expresadas en esta publicación sitio web en Internet son exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de La Voz del Árabe.  


Descubre más desde La Voz del Árabe

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

La Voz Del Árabe

El medio informativo del Mundo Árabe, transmite la cultura árabe y del mundo en general, La Voz del Árabe de México para el mundo, con temas de interés porque siempre comprometidos contigo y con la verdad... También visita La Voz del Arte...

Deja un comentario comentario, lo que quieras, siempre será bienvenido.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde La Voz del Árabe

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo