sábado, marzo 14, 2026
MÉXICO

CUANDO TLÁLOC LLEGÓ A LA CDMX EN 1964

El monumento permaneció enterrado desde la época de la conquista hasta mediados del siglo xix, cuando un campesino que buscaba recolectar madera para hacer leña desenterró parte de él, siendo después totalmente descubierto.

En 1964, una cortina de lluvia torrencial recubrió la Ciudad de México con la llegada del monolito de Tláloc, llegando desde San Miguel Coatlinchán en el municipio de Texcoco.

Sucedió el 16 de abril de 1964 cuando una lluvia torrencial no paraba, mientras el monolito de Tláloc fue transportado al recién inaugurado Museo Nacional de Antropología, los capitalinos vieron una de las precipitaciones más fuertes de todo el año. Amarrado por cuerdas, la pieza de 168 toneladas fue transportada alrededor del Zócalo de la Ciudad de México en un carro que parecía de carnaval. Desde las banquetas empapadas, la gente se paró a verlo en un silencio húmedo, como si siguieran con la mirada una carroza fúnebre.

El Tláloc venía del pueblo de San Miguel Coatlinchán, en el Estado de México. Originalmente, aquel fue “el lugar de las serpientes”, por su traducción del náhuatl. Aunque la pieza fue trasladada “con el fin de conjuntar una de las colecciones arqueológicas más impresionantes y ricas del continente americano”, según la versión oficial. Los habitantes de la localidad, sin embargo, se lamentaban por la pérdida del dios del agua: sin su presencia, ya no habría quién condujera las corrientes de la Sierra de Texcoco.

El monolito de Tláloc fue encontrado, de acuerdo con el acervo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), a 50 kilómetros de la capital mexicana, la CdMx. Sobre el fondo de un arroyo seco, el dios de la lluvia estaba acostado sobre la espalda, recubierto de tierra, polvo y hierbas. Para poder transportarlo, fue necesario cavar un pozo de 3 metros de profundidad, de manera que la pieza se pudiera montar sobre vigas y cables de acero. Los habitantes de esa época eran diestros en el trabajo de la piedra, creando el principal monumento que con el tiempo haría famosa a la población y que fue una enorme escultura realizada en piedra en la que posteriormente se denominaría como Barranca de Santa Clara. Este monumento, es conocido en la actualidad como el monolito de Tláloc, sin embargo, existen versiones diferentes sobre si representa a Tláloc o a su hermana o esposa Chalchiuhtlicue, ambas deidades del agua y la lluvia en las culturas mesoamericanas.

El monumento permaneció enterrado desde la época de la conquista hasta mediados del siglo xix, cuando un campesino que buscaba recolectar madera para hacer leña desenterró parte de él, siendo después totalmente descubierto. En 1889 el pintor José María Velasco realizó una pintura del monolito, identificándolo como Chalchiuhtlicue, en 1903 el arqueólogo Leopoldo Batres lo identificó como Tláloc. Sin embargo, la población lo conoció siempre como la Piedra de los Tecomates, debido a las hendiduras circulares que el monumento tiene en su centro y que tiene forma de jícara o tecomate.

La población atribuía a la escultura diversas condiciones milagrosas, atribuyéndole el poder de atraer la lluvia si los tecomates se encontraban húmedos o poderes curativos al agua que se acumulaba en los mismos, la población ofrecía ofrendas a la escultura y le pedía que hubiera suficientes lluvias y buenas cosechas. Adicionalmente, el monumento constituyó un atractivo turístico de la población.

En 1963 y el gobierno del entonces presidente Adolfo López Mateos, que construía en la Ciudad de México el Museo Nacional de Antropología, manifestó la intención de trasladar el monolito desde la barranca de Santa Clara hasta el nuevo museo. En consecuencia, se expuso tal deseo a la comunidad que celebró una asamblea en mayo de 1963 en la cual se aceptó la donación de la escultura a cambio de varias obras públicas entre las que estuvieron: pavimentación del entronque con la carretera México-Texcoco, escuela primaria hasta sexto grado, centro de salud, pozos de agua y equipos de bombeo.

Para mover una escultura de 7 metros de alto, la maniobra no fue sencilla. Por el contrario, se necesitaron camiones y la fuerza de al menos 10 obreros. Sobre un remolque de Goodrich Euzkadi, la gente de Coatlinchán miró al dios partir con profunda tristeza.

Los pobladores humedecieron la tierra con sollozos. Ese día, no llovió en el Estado de México.

No fue hasta que la pieza llegó a la Ciudad de México que se desató una lluvia torrencial sobre la capital. De acuerdo con los registros del Museo Nacional de Antropología, los pronósticos meteorológicos no consideraban que aquel 15 de abril fuera un día particularmente húmedo. A las 3 de la madrugada, sin embargo, una cortina de agua limpió las calles de la capital, al paso del dios atado con cables de acero. El agua no paró hasta después de hora y media.

El monolito de Tláloc ingresó a la Ciudad de México en la madrugada. Se transportó a lo largo de la avenida Reforma, una de las arterias más importantes de la CdMx, hasta la plancha del Zócalo en el Centro Histórico. La gente lo perseguía a caminando, corriendo, tratando de no empaparse bajo la presión de la lluvia. Después de varias horas de camino, la pieza finalmente llegó al Bosque de Chapultepec, donde el nuevo museo estaba reuniendo su colección ambiciosa.

Ni siquiera toda la fuerza de resistencia de los pobladores pudo interferir con los planes del Estado. Mientras el gobierno federal promocionaba la llegada del dios como una victoria, los habitantes de Coatlinchán sintieron el movimiento como un rapto, que les privaría de las fuerzas telúricas del dios de la lluvia. Mientras tanto, la llegada del monolito generaba expectativa entre los capitalinos.

Los trabajos para el traslado del monolito se demoraron a lo largo de 1963 y hasta inicios de 1964, tiempo durante el cual la población comenzó a manifestar su oposición al traslado, principalmente al considerar que se perdería un atractivo turístico y por tanto la economía de la localidad se resentiría y también por consideraciones sobre la afectación a las lluvias que traería su ausencia.

De estar recostado sobre una cama árida de un arroyo antiguo, el dios llegó a la zona poniente de la capital. En ese entonces, ya se posicionaba como uno de los sectores más ricos del país. Se tiene registro de que, al menos, 60 mil espectadores aclamaron su llegada. Después de siglos de permanecer en una posición horizontal, la pieza se irguió por primera vez sobre una base honorífica, en la explanada principal del museo en la que aún permanece a la vista de todo el público transeúnte.

A cargo del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, el traslado fue descrito como “impresionante maniobra de ingeniería”. En contraste, los pobladores de Coatlinchán lamentaron la partida del dios con amargura. Frente al agujero que quedó en la tierra, posteriormente se encontraron huesos infantiles y juguetes prehispánicos, que los obreros dejaron atrás después de terminada la obra.

En aras de legitimar un discurso de un ‘México modernizado’, este tipo de raptos se practicaron en diversas partes del país. El caso del monolito de Tláloc es quizá el más icónico, porque vino a coronar uno de los frentes más impresionantes del Museo Nacional de Antropología. Incluso a 61 años del rapto de la pieza, arqueólogos, historiadores y autoridades culturales en México se cuestionan si realmente se trata del dios de la lluvia.

Existen dos teorías sobre la identidad real de la talla monolítica. Por una parte, existe la hipótesis de que se trata de una representación de la diosa Chalchiuhtlicue: una deidad femenina de los lagos y las corrientes de agua. En la cosmovisión mexica, ella fue la esposa de Tláloc. En contraste, la suposición más aceptada es que, efectivamente, el monolito representa al dios de la lluvia.

Aunque no hay certeza de que se trate de una u otro, en la actualidad, la pieza está flanqueada por una poderosa corriente de agua. En la entrada principal del museo, hay una fuente perenne, que da la bienvenida en susurros a los visitantes, día y noche. Dicen que, si se escucha con cuidado, todavía se escucha al dios hablar.

Tláloc fue una de las divinidades más antiguas y veneradas de toda Mesoamérica. Su culto se extendió por gran parte del territorio centroamericano. Fue adoptado por los nómadas aztecas, así se llamaban los mexicas cuando apenas acababan de llegar a Aztlán, que se instalaron en el lago Texcoco, asimilándolo como divinidad agrícola.

Siguió siendo uno de los dioses fundamentales de las distintas comunidades agrícolas autóctonas; originario de la cultura de Teotihuacán, dada la caída de la ciudad pasó a Tula, y de ahí su culto se esparció entre los pueblos nahuas. Los teotihuacanos tuvieron contacto con los mayas, de ahí que ellos lo adoptaran o lo identificaran en la forma del Dios Chaac. En la cosmología tlaxcalteca, Tláloc se casó primero con Xochiquétzal, Diosa de la belleza, pero Tezcatlipoca la secuestró. Tláloc se casó otra vez con Matlalcueye, y tiene una hija o hermana mayor que es llamada Huixtocíhuatl.

Como las divinidades mesoamericanas en general, posee una ambigüedad, en cuanto a que Es una Fuerza Suprema en y de la naturaleza, la naturaleza y el cosmos no representan en los términos humanos bondad o maldad, sino más bien un entramado de fuerzas, a veces en equilibrio, a veces en pugna; en ocasiones benéficas para los humanos, otras tantas desastrosas, lo cual implica que, si bien es dador de vida, providencia y benefactor, también muestra su faceta destructiva y aniquiladora. Así desciende desde el cielo para fecundar a la tierra y poder cultivar la milpa, para germinar las semillas. Así también envía «los relámpagos y rayos, las tempestades del agua y los peligros de los ríos y del mar», dicho en palabras del fraile de Sahagún. Dominaba también las fuerzas destructoras y si así era su voluntad podía enviar granizos, inundaciones, sequías, heladas y rayos fulgurantes o fulminantes.

Estaba encargado de enviar el agua a la comunidad a través de sus ayudantes, los tlaloques, Tláloc mismo multiplicado y diversificado, manifestado a los humanos como «seres enanos y antropomórficos» -como refiere Juan Carlos Pérez Guerrero-, que desde el interior de los cerros enviaban las cuatro clases de lluvias. Ellos también recibían súplicas y en su honor se realizaban ceremonias y rituales. Alain Musset asevera que, en vez de enanos, son la representación de las montañas que rodean el Valle de México y sobre las cuales parecen formarse las nubes que anuncian la lluvia. Su papel consistía en favorecer la venida de las aguas celestes, pero también protegían a los pescadores y los navegantes.

Tláloc fue uno de los más importantes en el altiplano de México, uno de los más representados y quizá también uno de los de mayor antigüedad del panteón de Mesoamérica. Aparece representado desde la época teotihuacana. Se le manifestaba siempre con unos atributos característicos:

  • Anteojeras formadas por unas serpientes que se entrelazaban y cuyos colmillos acababan siendo las fauces del dios.
  • Una especie de bigotera que no era otra cosa que su labio superior. Se cree que este gran labio era el símbolo de la entrada en la cueva que comunica con el inframundo y que deriva de la boca de las figuras olmecas.
  • La cara estaba casi siempre pintada de color negro o azul, más veces de color verde, para imitar los visos que hace el agua.
  • Llevaba en la mano una especie de estandarte de oro, largo y con forma de culebra, terminado en punta aguda; era para representar los relámpagos y los truenos que acompañan a veces al agua de lluvia.
  • En los dibujos de los códices puede verse que sus vestidos tienen pintados unas manchas que son el símbolo de las gotas de agua.

Tláloc está compuesto en sus representaciones por los tlaloques o dioses de los 4 rumbos. Cada uno de ellos manejaba y era el responsable de una vasija colocada en un rumbo. Cada vasija proporcionaba una lluvia diferente.

La residencia de Tláloc era múltiple debido a la posibilidad de división de la sustancia que lo conformaba, característica que trataremos al hablar de los tlaloques. Su morada se encontraba tanto en el Templo Mayor de Tenochtitlan, como en el Tlalocan, en el interior del cerro que lleva su nombre, el cual pertenece a la cadena montañosa Tlalocan, que separa el Valle de México del de Huexotzinco. Esto no es más que en hablando en términos Eliadianos sublimación de la Paradoja de lo sagrado y lo profano. La libertad y poder absoluto que posee la Divinidad le permite tomar cualquier forma, así como estar presente en cualquiera parte, y viendo la «Morada divina» como una extensión de la misma divinidad, con aquella sucede lo mismo.

Una representación temprana del dios de la lluvia se encuentra en los murales que pintó José Clemente Orozco en la biblioteca de la Dartmouth College entre 1932 y 1934. Se trata de un cuerpo humano sin cabeza, el lugar de cuyo rostro es ocupado por dos serpientes que se enroscan a la altura de los ojos y se entrelazan a la altura de la nariz. En el principio de la narración, Orozco representa como hombres-dioses a las deidades principales: Xipe-Tótec, Tezcatlipoca, Quetzalcóatl, Tláloc, Mictlantecuhtli, Huitzilopochtli y Huehuetéotl.

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VIDEO –https://www.youtube.com/watch?v=55Kj0V1p-Bs&t=1s

Información: INAH / Imagen: INAH  

La Voz del Árabe (LVÁ) – MÉXICO – Cd. de México, julio 12 del 2024

 

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