VISIÓN DE UN PUEBLO MILENARIO: EGIPTO

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-Un arqueólogo, de la misma manera que un artista, siempre está en busca de lo insólito, de lo que está más allá de nuestro alcance inmediato, de lo poco trillado.

Enrique Franco Torrijos

“Concerniente a Egipto mismo, debo extender mis opiniones con largura, porque no hay país que posea tantas maravillas”. Así se expreso Herodoto, historiador Griego en el Siglo V a.C.

Un arqueólogo, de la misma manera que un artista, siempre está en busca de lo insólito, de lo que está más allá de nuestro alcance inmediato, de lo poco trillado. Desde tiempo inmemorial, la verdad de lo que conforma la experiencia humana se encuentra en nuestro entorno, pero no siempre de manera accesible, por lo que de continuo ha sido un aliciente en mi vida profesional atisbar esa verdad. Los fotógrafos solemos perseguir con un código visual propio esas experiencias, siendo la más significante meta de todo intento fotográfico descubrir esa verdad, dándonos la sensación de que podemos tener en un manojo de imágenes, un universo virtual a nuestro alcance.

Las imágenes fotográficas son prueba incontrovertible de lo que está plasmado en ellas, es la evidencia de lo que éticamente nos está permitido observar de todo evento y, por lo tanto, representan un corte aislado en el tiempo, si las aceptamos como la cámara las ve.

En los sitios que he visitado en mis diversos viajes a Egipto, me di a observar la luz en sus diferentes cualidades, siempre bajo la premisa de descubrir el ingenio y el acierto nativo de los creadores del arte faraónico, en el que la luz del sol imprime en la arquitectura o la escultura de sus múltiples monumentos y distintos objetos de diversos materiales, una característica propia e insospechada.

Mucho del genuino deleite al buscar esos momentos mágicos en contacto con las antigüedades de Egipto, radica en la posibilidad de compartirlos.

Ese momento de asombro entre imagen e imagen, es vital en la obra de todo fotógrafo, es el eco que alimenta las mas recónditas fibras de nuestro ser, pero también, lo que nos anticipa al irreconciliable deterioro futuro de los tesoros arqueológicos egipcios, producido por factores propios del tiempo.

Bajo un cielo azul, Egipto este situado entre 24 y 31 grados en el Noreste de África, su territorio podría ser descrito como una región extremadamente seca. Las suaves arenas del desierto bajo cielos regularmente sin nubes proporcionan maravillosas condiciones para la preservación de objetos; sin embargo, bajo la aparente superficie seca del desierto en ambos flancos del río, la tierra es lodosa, saturada con el agua del Nilo.

Como resultado de los depósitos de aluvión arrastrados por el río, el nivel del agua en los valles y en el delta se eleva un milímetro cada año. El Nilo, vierte sus aguas en el Mediterráneo, del Sur al Norte, siendo el río más largo del mundo, ha sido la fuerza vital de la civilización de Egipto por el limo depositado anualmente al final del verano por los aluviones provocados por las lluvias de los monzones estivales en la cuenca superior del Nilo, en Etiopía y en el sur del Sudán y, su prosperidad creciente se debió principalmente a ese fenómeno. El total de la superficie agrícola hábil ascendía en la época ramésida a seis millones de Aruras, la medida tradicional de 2704 m², para satisfacer una población de cuatro y medio millones y sus aguas fueron también la única arteria de transporte fluvial a lo largo de mas de 6,600 Kms., pero como se ha especulado, también ha sido una amenaza perenne para la conservación de sus tesoros. El Nilo curiosamente corre de Sur a Norte, uno de los pocos ríos en el mundo que fluyen con esta orientación.

A pesar de todo, el especio vital de Egipto, entendido como tierra cultivable, se limita actualmente a menos del 7% de su territorio e incluye básicamente la parte septentrional del valle, el delta, los principales oasis y estrechas franjas costeras. Demasiado poco para una población que rebasa en la actualidad alrededor de 70 millones de habitantes, la más numerosa de África después de Nigeria y en constante crecimiento.

Del inminente riesgo provocado por la construcción de la Presa de Aswan, hoy Lago Nasser, en los años 60 del pasado siglo, solo la rápida intervención de la UNESCO, junto al esfuerzo solidario de las naciones de todo el mundo, pudieron salvarse de las aguas represadas, los templos más importantes de esa desolada región. Entre ellos, Phile, Abu Simbel, Kalabsha y otros siete magníficos complejos sagrados, que fueron totalmente desmontados y reconstruidos, piedra por piedra, en suelos más elevados, a mayor gloria de un pasado esplendoroso que los imperativos del progreso habían condenado a morir, marcando un logro sin precedentes en la historia de la arqueología mundial.

Esta es la realidad de Egipto, una tierra de fuertes contrastes que encuentra en una herencia cultural que no tiene parangón en el mundo, las razones profundas de su propia identidad en una constante relación dialéctica entre pasado y presente. Mito y realidad conviven en una dimensión accesible e inabarcable al mismo tiempo; lo antiguo y lo moderno comparten el mismo suelo sin fundirse nunca completamente, pero se encuentran y se complementan con absoluta singularidad para dar un sentido tangible a la historia ancestral de Egipto.

Para los egipcios de hace algunos milenios, el Nilo fue el elemento del que nació el mundo. El agua de las inundaciones saturada de fértil limo se retiró lentamente dejando emerger la colina primordial; sobre esta extensión de barro y piedra, se formó el “Huevo Cósmico” dando lugar al dios sol que bajo la forma de pájaro, empezó a volar iluminando la tierra en su primera mañana. A la vez, el tiempo se hizo calculable, el espacio medible, la luz resquebrajo las tinieblas y lo que no era, pasó a ser.

El milagro de la “primera vez” se repetía cada día con el nacimiento del sol y cada año en el momento de plena fecundación hasta el fin del mundo. Se fue definiendo una perspectiva cíclica y lineal de la existencia terrenal, una existencia a la que solo el dios-sol Atum podía poner fin, llevando a su Creación a confundirse nuevamente en aguas oscuras y limosas.

La amplia llanura de Gizeh, asediada hoy día por la implacable expansión de El Cairo, asiento de las grandes pirámides de la IV dinastía, las que se han convertido en emblema de la civilización faraónica, han resistido más allá de los cuarenta siglos citados por Napoleón Bonaparte, pirámides que han sido fechadas en el siglo XXV antes de Cristo.

La majestuosa Esfinge, tallada de un saliente rocoso que afloraba sobre la arena, destaca al lado de la pirámide de Kefren, con 74 metros de longitud y más de 20 metros de altura, es la escultura de mayor volumen hecha por el hombre. Representa a un ser hibrido, mitad león y mitad persona, en la que se funde la fuerza del más poderoso depredador con la inteligencia del monarca humano, para transformarlo en una divinidad solar que dirige su mirada al horizonte oriental, allí donde cada día el astro naciente confirma la regeneración del mundo. Ha sido repetidamente destruida en la antigüedad y restaurada, como lo documenta la estela conmemorativa de Tutmosis IV, colocada entre sus manos frente a un santuario.

Más allá de las pirámides de los tres faraones Khufu (Cheops), Khafre (Chephren) y Menkaure (Mycerinus) y de las de sus reinas, de proporciones claramente inferiores, el lugar alberga amplias necrópolis de miembros de la familia real, altos funcionarios y sacerdotes, que desde la IV Dinastía hasta el fin del Imperio Antiguo, disfrutaron del privilegio de ser sepultados a la sombra de las tumbas de sus soberanos y de obtener su protección para toda la eternidad.

No me ha sido dado conocer, en el transcurso de mis visitas a Egipto, los cambios y condiciones que se acusan en el lado del desierto arábigo, entre el Nilo y el Mar Rojo y la península del Sinaí y el Canal de Suez.

Zahi Hawas, egiptólogo de fama mundial, quien fuera Presidente del Consejo de Antigüedades de Egipto, en sus reflexiones sobre los  diversos descubrimientos que se han efectuado bajo las arenas del desierto egipcio, ha mencionado que entre los valiosísimos objetos de arte que el Arquitecto Británico Howard Carter encontró al descubrir la tumba de Tutankamón, fue la máscara de Oro del joven Faraón, la que se ha convertido en el icono del Arte Egipcio, de la misma manera hace mención al maravilloso busto de la Reina Nefertari, obra del escultor Tutmosis que en la actualidad se encuentra en el Museo Arqueológico de Berlín, Alemania.

El arte egipcio evolucionó notablemente a lo largo del Periodo Faraónico. Es prudente asumir de alguna manera, que los artistas que crearon estos objetos debieron empezar por obras de cierta simpleza, las que fueron evolucionando hasta convertirse en importantes obras de arte de gran valor y, seguramente con nuevas excavaciones, habrán de aflorar de las dunas del desierto, objetos que asombrarán por su perfección y belleza.

Zahi afirma seguramente, que tan solo se han encontrado el 30% de los grandes monumentos y obras de arte Egipcio y el resto, sigue enterrado bajo la cálida arena del desierto.

El Arte egipcio, su estilo, fue capaz de permanecer inalterado por milenios, siempre en busca del delicado equilibrio entre lo terrenal y el más allá.

Debo concluir estos comentarios, con la mención muy particular del esfuerzo, muy decoroso, por cierto, hecho por la Sociedad Mexicana de Egiptología, al ser comisionada para participar en la reconstrucción de la Tumba del Visir Pui em Ra de la Faraón Hatshepsut en Deir El Bahari, bajo la Dirección de la Lic. Gabriela Arrache Vertiz, de la Arqueóloga, Angelina Macías Goitia y del Arquitecto Villarroel de la Universidad del Valle de México.

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Imagen: LVÁ   

    La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, septiembre 10 del 2020

 

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