ELECCIONES EN ISRAEL: LO BUENO, LO MALO Y LO FEO

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En el mejor de los casos, pudieran encaminarse a construir por primera vez en ese territorio, una democracia, y no la pantomima que han montado desde el inicio…

Mauricio Saraya Ley*

Mucho me llamó la atención el comentario de Esther Shabot respecto a lo que sucede actualmente en el interior de aquella nación edificada sobre territorios ocupados, donde el primer ministro se aferra al poder con tal vehemencia que prefiere ceder el control a un grupo de genocidas que comulgan de su misma forma de pensar, antes que cederlo a quienes quizá, en el mejor de los casos, pudieran encaminarse a construir por primera vez en ese territorio, una democracia, y no la pantomima que han montado desde el inicio histórico de esa farsa.

Esther Shabot: El próximo 9 de abril, los israelíes asistirán a las urnas para elecciones generales, por lo que, en concordancia con lo establecido en el calendario oficial previsto, los partidos contendientes debían de quedar ya registrados y con la lista de sus miembros que aspiran a llegar al Parlamento. En ese contexto y a riesgo de incurrir en la arbitrariedad que por lo general significa cualquier clasificación, me atrevo a decir que dentro de lo ocurrido hubo lo bueno, lo malo y, también, lo feo.

Lo bueno radicaría en que contra los pronósticos que parecían irrebatibles de que Benjamín Netanyahu y su partido Likud retendrían el futuro gobierno en sus manos, ya que su ventaja en las encuestas era casi irremontable, muy en la madrugada del jueves antepasado se anunció que los dos partidos más fuertes de orientación centrista, el encabezado por el jefe del Estado mayor, Benny Gantz, y el liderado por Yair Lapid, habían concertado una fusión de sus fuerzas que, sumadas, bien pueden alcanzar y rebasar al partido Likud en la carrera electoral y pasar a integrar el nuevo gobierno. Una buena noticia, sin duda, para quienes consideran que diez años seguidos de Netanyahu en el poder han desembocado, entre otros males, en una erosión muy grave de la “supuesta” democracia israelí.

Pero también se puede localizar en el cuadro lo malo. A pesar de que la nueva formación de Gantz y Lapid —denominada Azul y blanco— ofrece dar un golpe de timón para poner un alto a la polarización social, al menosprecio de las minorías y al daño a las instituciones democráticas del país que, todas ellas, fueron prácticas comunes en los gobiernos de Netanyahu, no aparece, en la agenda de ese nuevo partido, cuando menos hasta ahora, una clara postura respecto al tema del conflicto con los palestinos y la ocupación israelí, tema de primordial importancia y que, sin embargo, parece quererse bloquear deliberadamente.

Y lo feo estriba, sin duda, en la maniobra desesperada con la que ese mismo día Netanyahu decidió responder, en su obsesión por perpetuar su máximo liderazgo en el país: sin escrúpulo alguno se dedicó a promover, mediante cabildeos y argucias, un fortalecimiento del campo de la ultraderecha donde se ubican sus potenciales aliados en un futuro gobierno.

Para ello, se encargó de que una facción vergonzosa de la militancia política del país, integrada por miembros de una agrupación de nombre Otzmá Yehudit, ingrese ahora a la carrera electoral después de años de haber sido considerada una corriente ilícita. Ello porque sustenta una ideología heredada del rabino extremista Meir Kahane, ideología explícitamente xenófoba, racista, anti—árabe, supremacista y violenta hasta el grado de no excluir al terrorismo como método de lucha. De hecho, la línea kahanista está listada por el gobierno norteamericano en calidad de terrorista. En pocas palabras y utilizando con intención didáctica una analogía, se trata de algo muy similar a que miembros del Ku Klux Klan pudieran postularse en elecciones y, eventualmente, convertirse en congresistas o hasta ministros.

Ciertamente, se trata de algo muy preocupante, o para coincidir con el título de este artículo, bastante feo. Cuando en el mundo proliferan y se multiplican las corrientes racistas, los atentados contra los diferentes, las exclusiones por motivos étnicos, religiosos o culturales, y, también, por supuesto, el llamado antisemitismo* que, como hemos observado en estas últimas semanas está alcanzando niveles alarmantes en Europa, aunque no sólo ahí, resulta tremendamente escandaloso que en el caso de Israel las ambiciones incontenibles del actual primer ministro conduzcan al país a inclinarse (o más bien a seguirse inclinando cada vez más) hacia el bando de los regímenes y sociedades ultranacionalistas y populistas tan en ascenso hoy en el mundo, con el consecuente menosprecio de los valores democráticos y de respeto a los derechos humanos.

*Antisemitismo: En la Real Academia Española hay una contradicción entre lo que consta en la última edición del diccionario del organismo, pues se puede leer: “antisemita: enemigo de la raza hebrea, de su cultura o de su influencia”. La contradicción se verifica en la misma letra en la que señala: “semita: según la tradición bíblica, descendiente de Sem; dícese de los árabes, hebreos y otros pueblos”. “El evidente y grave error consiste en que antisemita no encaja en aquella definición, porque algunos pueden ser antijudíos, antisionistas, antihebreos, o antiárabes, y en cualquier caso se trata de cuatro grupos independientes que pueden estar divorciados los unos de los otros. Incluso cada vez hay más ebreos e incluso judíos antisionistas, y esto no los hace antisemitas.

*MAURICIO SARAYA LEY – Creador de conceptos publicitarios recibió premios: “El Heraldo”, “La Letra Impresa” y “Premio Nacional Rincón Gallardo”. Más de veinte años en área creativa y dirección de arte. Escribió varios ensayos. En 2003 publica novela de suspenso “Efervescencia”. Ha escrito guiones para TV. Se han hecho adaptaciones de sus cuentos para cortometrajes. En “Ruido”, su cuarto libro, novela de denuncias con propuesta filosófica. Ha escrito variados e interesantes artículos de fondo para La Voz del Árabe desde su fundación.

Fuente: EXCELSIOR / Imagen: LVÁ

La Voz del Árabe (LVÁ) – EDITORIAL – Cd. de México, abril 4 del 2019

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