martes, octubre 6, 2026
Cultura

EL HOMBRE QUE NO SABÍA PERDER

– “Apóstol de las Derrotas” no fue el hombre que supo perder para ganar

Miguel Ávila Vázquez*

Hay que tener un par de huevos muy bien puestos —o estar rematadamente loco— para ganarse a pulso el apodo de «El Apóstol de las Derrotas» y lucirlo por la vida como si fuera el Toisón de Oro. En este rincón del mundo hispano, tan dado al espanto, al sainete y a la carnicería, el México del siglo XIX no era todavía una nación asentada: era un país con el Estado a medio construir, los ejércitos partidos en dos y los generales brotando del suelo como hongos después de la lluvia. Liberales y conservadores se mataban por la Constitución, por la religión, por las aduanas, por las charreteras y, de cuando en cuando, por cosas bastante menos solemnes.

Y entre aquella fauna de militares de pronunciamiento, abogados con espada, sacerdotes metidos en política y políticos metidos hasta el cuello en la guerra, sobresale una figura grotesca, trágica y fascinante: José Santos Degollado.

Miren ustedes a la criatura. Nació en Guanajuato el 30 de octubre de 1811, en plena insurgencia. Quedó huérfano siendo niño, estudió cuanto cayó en sus manos —geografía, filosofía, física, matemáticas, jurisprudencia, historia, teología— y acabó trabajando en Morelia como contador en la Haceduría de Rentas Decimales de la Catedral. No exactamente el currículum de un Napoleón mexicano. Más bien el de un hombre condenado, en principio, a pasar la vida entre papeles, libros y cuentas.

Pero México tenía otros planes. Degollado se metió en política, abrazó el federalismo y terminó entrando en la carrera de las armas. En 1854 se sumó a la Revolución de Ayutla y, durante la lucha contra Santa Anna, descubrió una de sus cualidades más singulares: podía levantar tropas, reorganizarlas y volver a la pelea después de haberlas perdido. En 1855 consiguió victorias importantes en Puruándiro, La Piedad y, posteriormente, en Zapotlán y Guadalajara. No era, por tanto, un inútil con charreteras. El problema era otro: cuando la guerra se convirtió en una contienda nacional entre ejércitos relativamente organizados, Degollado empezó a demostrar que su valor personal y su capacidad de improvisación no siempre iban acompañados de la prudencia operacional necesaria para mandar grandes fuerzas.

Y ahí empieza el espectáculo. En 1858, Benito Juárez lo nombró secretario de Guerra y general en jefe del Ejército Federal. Era una responsabilidad gigantesca: el gobierno constitucional estaba acosado, sin recursos suficientes y obligado a combatir a un enemigo que contaba con oficiales profesionales como Miguel Miramón y Leonardo Márquez. Degollado aceptó el mando pese a reconocer su propia falta de experiencia militar. No era falsa modestia: el hombre sabía perfectamente dónde estaban sus carencias.

A partir de entonces empezó a construirse su leyenda. No porque perdiera todas las batallas —eso sería una caricatura—, sino porque tenía la desconcertante costumbre de sobrevivir a derrotas que habrían liquidado a cualquier otro comandante.

Lo derrotaron en Salamanca, en marzo de 1858. El 2 de julio, en la barranca de Atenquique, volvió a enfrentarse a Miguel Miramón. La batalla fue sangrienta y el resultado ha sido discutido por algunas fuentes, pero el hecho militar decisivo fue que Miramón conservó la iniciativa y los conservadores terminaron imponiendo su control sobre Jalisco. Allí comenzó a adquirir consistencia la fama de Degollado como general derrotado, fama que luego convertiría en leyenda su extraordinaria capacidad para rehacer sus fuerzas.

Y entonces ocurrió algo que la caricatura del «Apóstol de las Derrotas» suele olvidar: volvió a ganar.

En septiembre recuperó la iniciativa. En octubre volvió sobre Guadalajara, sitió la plaza y el 27 de octubre consiguió tomarla. El episodio no fue precisamente una excursión campestre: exigió reorganización, concentración de fuerzas y una considerable capacidad para mantener la presión sobre una plaza defendida por fuerzas conservadoras. Poco después, sin embargo, Miguel Miramón regresó al teatro de operaciones y el 14 de diciembre derrotó a Degollado y Pedro Ogazón en San Miguel, cerca de Poncitlán. El péndulo volvía a cambiar de lado.

El 26 de diciembre llegó San Joaquín, cerca de Colima. Ahí sí se fue todo al carajo. Las fuerzas liberales quedaron prácticamente deshechas y Degollado perdió ejército y artillería. Pero otra vez hizo lo que mejor sabía hacer: reconstruir. No tenía el talento operacional de Miramón, ni la agresividad táctica de Márquez, pero poseía una resistencia política y personal fuera de lo común. Donde otro comandante veía el cadáver de un ejército, Degollado veía reclutas que todavía podían ponerse en fila.

En abril de 1859 volvió a encontrarse con la derrota, esta vez en Tacubaya. La acción fue especialmente amarga. Las fuerzas conservadoras se impusieron y Degollado tuvo que retirarse. Después, 53 prisioneros liberales fueron ejecutados, entre ellos oficiales, médicos y otras personas vinculadas con la atención de los heridos. La matanza de Tacubaya quedó grabada como uno de los episodios más atroces de aquella guerra y contribuyó a la reputación de Leonardo Márquez como uno de los jefes conservadores más sanguinarios del conflicto.

¿Y Degollado? – Pues Degollado hizo lo que parecía ser su especialidad personal: desaparecer, reorganizarse y volver a aparecer.

En noviembre de 1859 estuvo al frente de las fuerzas liberales que combatieron en Estancia de las Vacas, en Querétaro. El resultado fue otra derrota. Y aquí aparece uno de los rasgos más reveladores de su manera de hacer la guerra: no era un maestro de la conservación de fuerzas. En Estancia de las Vacas los liberales disponían de una superioridad numérica considerable y, sin embargo, fueron derrotados por las fuerzas conservadoras. Degollado podía reunir ejércitos; lo que no siempre podía hacer era utilizarlos con la economía de fuerzas que exige una guerra moderna.

Pero tampoco conviene convertirlo en un saco de boxeo con uniforme. El 1 de noviembre de aquel mismo año, Manuel Doblado y Santos Degollado habían derrotado a los conservadores en Loma de las Ánimas, cerca de Silao. Degollado podía perder una batalla y ganar la siguiente; podía perder una columna entera y semanas después volver a reunir otra. Su verdadera virtud militar no estaba tanto en la brillantez táctica como en la regeneración de la fuerza: conservar la voluntad de combatir cuando materialmente parecía que ya no quedaba ejército con el cual hacerlo. Eso explica mejor que ninguna otra cosa su célebre apodo.

El «Apóstol de las Derrotas» no era simplemente un general que perdía. Era un general que, después de perder, volvía. Y volvía. Y volvía. Hasta que los conservadores debían enfrentarse otra vez al mismo problema.

En diciembre de 1860, sin embargo, la guerra llegó a su desenlace. El 22 de diciembre, en San Miguel Calpulalpan, Jesús González Ortega derrotó decisivamente a Miguel Miramón. La victoria republicana abrió el camino para la recuperación de la capital y puso prácticamente fin a la Guerra de Reforma. Degollado no fue quien ganó aquella batalla, ni tuvo sentido atribuirle sus cañones, sus tropas o su logística como si hubiera sido el arquitecto secreto de la victoria. Su importancia había estado en la larga resistencia anterior, no en una supuesta estrategia de «perder para ganar» que la documentación no permite sostener.

Y todavía quedaba el último acto. En junio de 1861, Melchor Ocampo fue secuestrado y asesinado por una partida conservadora. Degollado, amigo suyo y una de las figuras más comprometidas con la causa liberal, quiso perseguir a los responsables. El Congreso lo había autorizado a continuar prestando sus servicios a la causa constitucional y el Ministerio de Guerra le confió el mando de las fuerzas destinadas a perseguir a los asesinos. No salió simplemente «al monte a buscar venganza» por iniciativa personal: existía una misión militar concreta. Pero en aquella decisión había también, inevitablemente, una carga personal. Ocampo no era para él un nombre más en una lista de muertos.

El 15 de junio avanzó por los Llanos de Salazar, hacia el Monte de las Cruces. Allí lo esperaba una emboscada.

Sus fuerzas comenzaron a dispersarse. Degollado intentó escapar acompañado por el teniente coronel Castañeda. Entonces una bala disparada por un hombre conocido como el indio Neri se le incrustó en la parte posterior de la cabeza. Alejandro Gutiérrez, «El Chato», le abrió una herida en el cuello y un tercer atacante le disparó a quemarropa en el pecho.

Así terminó. No en una cama. No rodeado de nietos. No redactando sus memorias ni contemplando una pensión de general retirado. Terminó en el camino, derrotado otra vez. Pero sería demasiado fácil quedarse con el chiste.

Porque Santos Degollado no fue un gran estratega en el sentido clásico del término. No fue otro Federico el Grande, ni un Napoleón de segunda mano, ni siquiera uno de aquellos generales mexicanos capaces de convertir una superioridad táctica en una victoria decisiva. Tuvo derrotas graves, cometió errores de apreciación, comprometió fuerzas en condiciones difíciles y sufrió reveses que un comandante más prudente quizá habría evitado.

Pero tuvo algo que en una guerra civil puede valer tanto como una victoria: la capacidad de volver a empezar. Lo derrotaban y levantaba otro ejército. Le destruían la artillería y buscaba otra. Perdía una plaza y volvía sobre ella. Le mataban a los hombres y reclutaba otros.

Y cuando finalmente le llegó la muerte, fue precisamente haciendo aquello que había hecho durante años: perseguir a un enemigo que todavía no estaba dispuesto a darse por vencido.  De modo que quizá el apodo no era una burla tan perfecta como parece.

El «Apóstol de las Derrotas» no fue el hombre que supo perder para ganar. Fue algo más extraño y, acaso, más mexicano: el hombre que parecía incapaz de entender que una derrota debía ser definitiva.

Y en un país donde tantas guerras terminaron sin que nadie supiera muy bien quién había ganado, Santos Degollado dejó una lección bastante menos gloriosa, pero quizá más verdadera sobre el arte de la guerra: perder una batalla es un hecho militar; conseguir que un ejército derrotado vuelva a existir es otra clase de victoria.

*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. ​Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. ​En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.

Imagen: Autor    

La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, octubre 5 del 2026

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