EL SASTRE DE LAS OVEJAS NEGRAS
– Epstein no descubrió nada que no estuviera ya allí…
Miguel Ángel Ávila*
Hay que ser muy inglés, muy desesperado o estar profundamente averiado del alma para descender en noviembre de 1961 a un sótano mugriento de Liverpool, oliente a sudor rancio, orín y humedad de puerto, y ver en cuatro tipos despeinados y vestidos de cuero con tufo a cerveza barata a los futuros dueños del planeta.
Pero Brian Epstein lo vio. O tal vez, simplemente, no tenía nada mejor que hacer en aquella Gran Bretaña gris, castrada por el puritanismo victoriano y la mediocridad de posguerra, donde la homosexualidad cotizaba en los juzgados y la gente decente se aburría con la puntualidad de un reloj de cuco.
El relato oficial, endulzado para consumo de contadores y nostálgicos, dice que este muchacho de buena familia judía, elegante, educado en la RADA y con maneras de lord extraviado en provincia, descubrió a The Beatles buscando un disco para su tienda. Mentira piadosa. Epstein no descubrió nada que no estuviera ya allí, gritando y desafinando sobre el escenario del Cavern Club. Lo que hizo Brian —y aquí radica la genialidad del asunto— fue comprender que el arte, para venderse por millones, necesita pasar antes por la sastrería.
Hasta la llegada del señor Epstein, los grupos de rock and roll en las islas británicas no pasaban de ser tristes caricaturas de los yanquis, con copetes grasientos y actitud de matones de barrio bajo. Epstein miró a John, Paul, George y al pobre Pete Best (a quien luego despacharían sin anestesia para acomodar a Ringo) y entendió las reglas del gran circo: la rebeldía es un producto magnífico, siempre y cuando venga empaquetada en un traje Pierre Cardin sin solapas y termine con una reverencia coordinada ante las señoras del patio de butacas.
Convertir a cuatro salvajes de la clase obrera del Mersey en los yernos ideales de la burguesía occidental fue una maniobra maquiavélica de la que la industria del espectáculo todavía vive hoy. Epstein inventó el management moderno no desde la erudición financiera —de hecho, era un negociador deplorable que regaló el noventa por ciento del merchandising estadounidense a cuatro espabilados de corbata—, sino desde la devoción de un esteta enamorado del fenómeno que tenía entre manos.
Con un látigo de terciopelo y una fe casi mística, paseó a sus muchachos por las discográficas de Londres hasta que en Parlophone un tal George Martin, otro refinado con ganas de lío, decidió poner los micrófonos. Luego vino el asalto a las Américas. Epstein ordenó que no se pisara suelo gringo hasta tener un número uno en las listas. Y cuando «I Want to Hold Your Hand» reventó los transistores, les clavó a los norteamericanos a los cuatro de Liverpool en el programa de Ed Sullivan como quien clava una pica en Flandes.
Detrás de la Beatlemania, de Cilla Black, de Gerry and the Pacemakers y de toda la comparsa del sonido Merseybeat, no había una corporación multinacional con ingenieros de marketing; había un tipo solitario que combatía sus propios fantasmas a base de pastillas, noches de ruleta y un instinto suicida para el negocio. Inventó las giras en estadios de fútbol cuando los equipos de sonido no daban para tapar los alaridos de cuarenta mil adolescentes neuróticas, convirtiendo los conciertos en misas paganas donde nadie escuchaba una sola nota, pero todos pagaban el boleto.
En agosto de 1967, cuando el juego se le escapaba de las manos y The Beatles ya preferían buscar la iluminación en la India antes que ponerse el uniforme para tocar en vivo, a Brian se le paró el corazón por un exceso de barbitúricos. Tenía treinta y dos años. Con su muerte, la banda empezó a despeñarse en ese lento y público ajuste de cuentas que todos conocemos.
Epstein demostró que el rock and roll podía ser una industria millonaria, sí, pero sobre todo demostró que para cambiar la historia del arte no hace falta saber tocar la guitarra: basta con saber vestir a los genios, aguantarles las insolencias y tener el valor de mirar en un subterráneo apestoso para encontrar a los dioses del nuevo siglo.
*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.
Imagen: Autor
La Voz del Árabe (LVÁ) – La Voz del Arte – Cd. de México, octubre 3 del 2026
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