POR UN MINUTO EN LAS TORRES
-El 11 de septiembre catástrofe en Nueva York, las Torres Gemelas fueron derribadas…
Luis Miguel Cobo
Serían las nueve de la mañana de aquel 11 de septiembre del 2001 cuando nos encontrábamos en la cafetería Emir de San Mateo, Naucalpan, mi amigo Alfredo Salvador y yo, tomábamos un delicioso café platicando de algún trabajo cuando de repente en el televisor del lugar aparecieron las escenas de aquel ataque a las Torres Gemelas de Nueva York, mirábamos atónitos las imágenes, ignorábamos lo que sucedía hasta que pudimos escuchar al locutor de algún noticiero de Televisa de aquel año explicar lo sucedido. Episodio de la historia estadounidense conocido como el “11-S” o “9-11”.
El mundo dio vuelta a sus noticias, fueron las primeras planas de todos, podemos creerlo, los periódicos y noticieros del mundo. Las teorías no faltaron durante muchos años, a la fecha continúan publicándose decenas de teorías que ya se ha perdido la verdad de aquella catástrofe. Los que crean y aseguren que fueron los sauditas, sólo porque Bin Laden nació allá, suponemos que están mal informados, los que aseguran que fueron directamente los sauditas, deberán de informarse mejor, y así muchas dudas surgieron hasta la fecha. Lo que es muy creíble, que han asegurado los que saben, ha sido que fue el mismo presidente Bush hijo quien organizó la gran fiesta, cierto o falso, ya es problema de los estadounidenses, no es ni será problema de nosotros.
Pero lo que si podemos asegurar, por el tamaño de lo realizado, es que detrás de todas esas teorías conspiratorias, que se han cumplido varias, es que hay mucho, muchísimo más atrás de la desaparición de las grandiosas torres, por cierto, diseñadas y construidas bajo la supervisión de un arquitecto o ingeniero japonés, lo que recordamos se afirmó que esas torres eran como un árbol, si se caía una parte quedaba en pie la otra parte, cuando cortas una rama del árbol continúa en pie, por lo que aseguraron que fue planeado este suceso con meses de antelación…
Y hay muchas más explicaciones, en YouTube han censurado muchas, aún quedan algunas, además que se habló en aquellos años serían las guerras en Medio Oriente, Irak, por el petróleo entrometida la ONU que servía de lavadora… (El que entendió, entendió). Hubo mucho, muchísimo dinero de por medio, “Sergio, el diplomático” la película que nos dice “solo algo” del conflicto de la ONU en Irak, la encuentras en Netflix, abajo la liga del artículo… Además de varios que te despejarán tus dudas.
No terminaríamos de escribir recordando todo aquello que causó y también motivó el tirar esas torres, quien haya sido, fue uno de esos planes de lo conocido como el Nuevo Orden Mundial, del que habla y explica a la perfección en varios libros Daniel Estulin, todos los puedes encontrar y puedes verlo en su canal de YouTube.
Me platicaron una historia que me causó una fuerte inspiración, de un paisano se había salvado de morir en las Torres Gemelas aquel 11 de septiembre en Nueva York, sólo porque su esposa le había hablado a su teléfono desde México, al parecer Guadalajara, gracias a esa llamada se salvó… Fue cierto… Y recuerdo, quien me lo platicó fue mi gran amiga Ofelia M., la verdad me conmovió… Gracias. (Lm Cobo, 2002)
POR UN MINUTO EN LAS TORRES
Luis Miguel Cobo
José Carmelo estaba ya trabajando en el restaurante de comida mexicana Viva México, Bravo!, ubicado en el piso 80 de la torre sur del WTC en Nueva York. Era el encargado de la barra del restaurante, empezaba a limpiarla y a colocar los vasos y las copas en su lugar.
Mientras realizaba su trabajo platicaba con sus compañeros, se hacían bromas y hablaban de lo sucedido la noche anterior, quizá vieron alguna noticia mexicana por televisión que les causó admiración y la comentaban, o algún deporte en especial como el fútbol y que los derrotados hacían valer su fuerza bromeando ante los compañeros que estaban de parte de los ganadores, como siempre sucede. O bien, no faltaba quien solamente se dedicaba a ver películas en la televisión y platicaba sus opiniones, aunque no les haya gustado la trama. Y no faltaba el joven que siempre ocupaba las noches con alguna fémina que lo torturó a base del goce sexual gran parte del tiempo, comentaba su aventura con la dama y las causas por las que no pudo ver la película, ni las noticias ni tampoco ningún otro programa televisivo, todo había sido, según él, “gracias a que esa mujer no me dejó en paz durante toda la noche…” sus compañeros, más adultos que él, empezando por José Carmelo, se reían y le hacían burla por lo que decía, parecían historias de un galán de película pornográfica mexicana.

Entre los quince empleados de ese restaurante existía un gran compañerismo y camaradería, los amigos de José eran algunos mexicanos, otros puertorriqueños, algunos negros americanos, otros guatemaltecos y alguno que otro sudamericano. La gente de color, estadunidenses, junto con los mexicanos eran los meseros, bar tender y otro el chef. Los centroamericanos, en general, trabajaban de garroteros y lavaplatos, y así cada quien tenía su puesto designado permanentemente dentro de un afable ambiente de trabajo que disfrutaban en conjunto, aunque no se descartaba, muy de vez en cuando, alguna pequeña riña o desacuerdo entre los mismos compañeros de trabajo.
El dueño, don Jacinto Sánchez era un mexicano nacionalizado estadounidense desde hacía más de veinticinco años, tenía otro restaurante como ese en la ciudad de Chicago que era atendido por su hijo mayor, en donde también había muchos paisanos de José Carmelo. Don Jacinto era una persona muy agradable, honesta y trataba muy bien a todos sus empleados. Había preferido no contratar a ninguna mujer por el sólo hecho de no adquirir problemas causados entre los trabajadores, las únicas dos mujeres eran la cajera, su hija de 28 años, respondía con el nombre de María, quien se encargaba de abrir el establecimiento diariamente a las seis de la mañana, la otra mujer que laboraba en el Viva México, Bravo! era una sobrina llegada de Guadalajara hacía seis meses, ella era Hortensia quien se ocupaba principalmente de recibir a la gente en la puerta del establecimiento. Era una joven guapa de apenas 23 años nacida en Guadalajara, Jalisco, su cara de finas facciones llamaba mucho la atención de los altos ejecutivos y la gente en general que llegaba diariamente al restaurante.
La noche anterior José había dejado todo un tiradero, le había dado sueño y flojera de recoger todo, como su patrón había salido antes del corte de caja decidió dejar todo como estaba hasta la mañana siguiente, por eso José Carmelo había llegado un poco más temprano, aunque ese día trabajaría más tiempo no le importaba, valía más la pena salirse antes y descansar tranquilamente, al día siguiente tendría que hacer un poco más de trabajo…
José viajaba a México, directo a Guadalajara cada año si todo marchaba bien, o cuando se ofreciera algo antes de esa fecha que planeaba con mucha anterioridad, por ejemplo, cuando su hermano enfermó gravemente y murió, tuvo que viajar de inmediato a México, aprovechó para visitar a la familia. En cuanto al dinero, cada mes enviaba a su esposa el 70% de su salario en dólares, para que viviera bien y sin problemas.
Transcurrió el tiempo, ya eran casi las ocho de la mañana y José Carmelo ya estaba a punto de terminar con el trabajo que había dejado pendiente del día anterior, él mismo se consideraba un hombre trabajador y muy responsable, la cultura y sistema gringo le habían enseñado tales formas de reglamentar su propia vida, desde que llevaba esa organización todo le funcionaba bien y mejor. Con respecto a las mujeres, José Carmelo tenía una amiguita ahí en Nueva York y trabajaba tres pisos abajo, era ayudante de cocina de una cafetería muy elegante. No se veían a diario y tampoco andaban juntos mucho tiempo, ella sabía que Juan era casado y lo respetaba, aunque pasaban la noche juntos varias veces al mes, lo hacían conscientes de solamente ser amigos tratando de no llegar a más.
Ya estaba funcionando el restaurante y la gente pedía desayunos muy ligeros al estilo mexicano, por la hora y por el trabajo de Juan Carmelo no tenía mucha actividad, era muy rara la persona que pedía una bebida alcohólica a las siete treinta de la mañana, aunque se daban casos de una cerveza o un coñac para el café, pero en sí el trabajo de Juan era muy poco en esos momentos, entonces dedicaba el tiempo a tener limpia y bien organizada la barra y todos sus instrumentos de su trabajo.
Desde muy temprano las dos torres de 110 pisos abrían sus puertas para empezar a laborar, ese martes 11 de septiembre no sería la excepción, además, Juan Carmelo y sus compañeros ya tenían bien planeado lo que harían el próximo 15 de septiembre, festejarían la Independencia de México juntos y con los clientes que fueran a cenar y a tomar tequila, como sucedía cada año, solamente faltaban cuatro días y sólo esperaban a que llegara el día, la nostalgia de su país y su gente los hacía festejar en grande, al grado que su patrón y paisano les daba todo el día 16 para que descansaran y curaran la resaca. Ya tenían las banderitas y serpentinas, gorritos y demás detalles para festejar con todos los que asistieran ahí, todo el restaurante ya estaba decorado para ese festejo, de hecho, el ¡Viva México, Bravo! era famoso en el WTC por su fiesta mexicana tan bien organizada, gran detalle que gustaba mucho a don Jacinto y hasta hacían algunos concursos entre los comensales y los mismos empleados. Lo único que se buscaba y deseaba era que todos los presentes se pasaran un verdadero y feliz grito de la independencia mexicana, ese era todo el gusto para esa gran noche…
Después de haber platicado con casi todos los empleados, chacoteando con otros y seguir con su trabajo Carmelo empezó a sentir, cuando eran cerca de las 8:00 de la mañana, un extraño dolor de cabeza y una punzada en el estómago, lo sentía pero no le hacía mucho caso, pensaba que seguramente podría ser algo que comió el día anterior… Poco más tarde se convirtió casi en crónico, empezó a sentir un miedo indescriptible, pero se lo quedó para él solo por miedo a ser objeto de burla entre sus compañeros no lo comentó con nadie, pero lo sentía, ahí estaba y se lo guardó, pensaba que hasta lo mandarían con un doctor como se estila en ese país. Él estaba convencido de que nadie le haría caso, pero tampoco Juan sabía con certeza de qué o por qué era ese miedo que se convertía en angustia conforme pasaban los minutos…
De repente pasó junto a él un compañero, paisano, cargando una caja con manteles y le preguntó al verlo,
—¿Ora tú Pepito, pos qué tienes mano…? —José Carmelo lo miró y le respondió cuando acomodaba las últimas copas en su lugar sobre la barra,
—No pos nada, no te fijes mano, nomás es un dolorcito de panza y ya…
—Tá gueno, pero nomás te ocurre algo y echas el grito paisa, no te nos vayas a torcer aquí nomás, ¿sale?
—Sale cuate, —le respondió sonriendo, —pero no te fijes, ay nomás se pasa al rato, gracias por fijarte paisa… usté tranquilo yo nervioso…
—¡Ese…! —Le dijo su paisano y se retiró a continuar con su trabajo.
El dolor y la punzada estomacal continuaban, en momentos fuertes y en momentos nada, se preocupó y sintió un sudor leve en la nuca, de nervios porque creía que era un infarto o algo así. No hizo mucho caso al dolor y continuó trabajando.
Pasó media hora más, ya eran las 8:30 de la mañana y a las afueras del restaurante empezaba a verse movimiento de gente, ya se encontraban algunos comensales en el ¡Viva México, Bravo!, los muchachos los atendían y empezaba a salir de la cocina un leve olor muy agradable a café caliente y algunos alimentos que calentaban en las estufas, al grado que invitaba a los caminantes a pasar a comer algo, muchas veces lograban ese cometido gracias a los olores de los guisos mexicanos. Dentro del restaurante, colgados del techo había tres aparatos de televisión, grandes de color negro, a esa hora de la mañana la hija de don Jacinto ya los había encendido, cada uno en diferente canal, el primer televisor en los deportes, otro en la CNN y el tercero en algún programa de entretenimiento, generalmente musical. Todo se veía y sentía normal, nada del otro mundo, sucedía lo cotidiano y no había cambio alguno, la mañana continuaba su curso y todos vivían o trataban de vivir alegres… les esperaba un día muy especial de mucho trabajo, como siempre…
Dieron las 8:45 en punto de la mañana, de pronto sintieron un movimiento muy extraño, nuevo para muchos de los que se encontraban ahí, había sido como si temblara o se moviera la tierra, y no era así…
José Carmelo sintió ganas de vomitar, el dolor que había experimentado minutos antes más el movimiento desconocido sumaba algo muy espacial que le ocasionaron náuseas. A los pocos, muy pocos minutos escuchó que su teléfono celular sonaba, no quiso responder al llamado porque se estaba oprimiendo el vientre, sentía un cólico muy fuerte, trató, hizo el intento y por fin logró sacarlo de la funda amarrada a su cinturón, lo tomó con la mano derecha y lo abrió colocándolo en la oreja, dijo casi gritando,

—¡Bueno, hello, diga usté…! —Miró la pantalla y decía “llamada perdida”, no hubo contacto y volvió a guardar el teléfono.
Continuaba trabajando, pero sin dejar de oprimir el estómago. Subía unas botellas a las repisas que se encontraban sobre la pared frente a un espejo. Nuevamente se sentía movimiento, no sabía si se trataba de sus nervios o de la inercia que se traía por el primer movimiento. Juan Carmelo continuaba con su trabajo, el dolor por el cólico había cesado, ya se sentía mejor y trataba de olvidar esos sucesos tan raros, ya no había movimiento de tierra, según él, ya no había cólicos, todo estaba perfecto, tendría que continuar trabajando.
No transcurrió ni un minuto cuando se escuchó nuevamente el timbre de su teléfono celular, para no perder la llamada nuevamente lo extrajo rápidamente y encendió para responder gritando a la llamada,
—¡Bueno, hello… sí diga, ¿quién habla? ¡Diga usté…! —De pronto escuchó ese tono de voz que lo volvía loco, era el tono de voz de la persona a quien amaba y por quien estaba en trabajando en Nueva York, su esposa. No pensó en nada, de inmediato percibió problemas por la llamada a esa hora, algo grave para que le hablara al celular desde Guadalajara su esposa a las 8:48 de la mañana,
—¡Sí, hola, viejo, Carmelo ¿cómo estás…? ¡Dime…! —Le extrañó la pregunta, pero le respondió,
—Muy bien vieja, pero dime ¿a poco sabías que me sentía mal hace rato…? —Preguntó de inmediato. Su mujer le dijo muy angustiada,
—¡Estoy preocupada Juan, salte de ay…! ¡Ya Carmelito, júyete de volada, bájate y salte, están… dicen aquí que le están tirando bombas a las torres ahí onde trabajas viejo, salte ya…!
—No mujer ¿qué te crees?, pos ya nos hubieran avisado…
—¡Por favor Carmelito, lárgate de ay…! Mira que lo stoy viendo en la tele, aquí en Guadalajara, está saliendo y lo veo, viejito ¡sácate de ay…!
—No vieja ¿y la chamba qué pues?
—¡Por favor, ya no preguntes más, ya bájate y salte a la calle…! Tienes que salirte ¡ya ándale, orita…!
—Bueno, pos me voy pa’ bajo, allá tú, si me quedo sin chambear luego ni me digas nada…
—¡Ya, carajo Juan Carmelo, —lo vuelve a interrumpir, —pos qué no me entiendes, sácate de ay hombre…!
—Pos ya, ya me voy pa’ bajo, pero no te nojes ¡esa…! —Dejó su mandil sobre la barra, olvidó su chamarra y salió, sus compañeros le preguntaron a donde iba,
—¡Quiubo ese…! ¿Pos a dónde…?
—No, pos a la calle, ya, orita nos vemos… pos es que me habló mi vieja, quesque ‘stán tirando bombas a la torre, ¿tú crees?
—No pos ay sí que no sé, pero pos no le creo, pero pos bueno, si vas pa’ bajo nomás no tardes, aquí te esperamos ese…
—Tá gueno, oritita nos vemos ese… pinche chaparro, nomás bajo y subo y ya, pos pa’ darle gusto a la vieja, me gritó harto por el phone, tú ya sabes pues…
—Ora ese… aquí ‘stamos ese… no tardes… —y el muchacho continuó con su trabajo, Carmelo salió y miró que la gente esperaba a que llegaran los ascensores, se notaban desesperadas algunas de ellas, nadie hablaba y todos lo esperaban, sintió un nuevo dolor en el estomago, era susto, miedo, ignoraba lo que sucedía pero sentía algo. Dudó si seguir adelante o regresar y tratar de convencer a sus compañeros que bajaran junto con él porque algo, no sabía qué, estaba sucediendo.
Esperó casi tres minutos a que llegara el ascensor, como pudo se subió y de inmediato cerraron las puertas y bajaron. Paró en algunos pisos, se subieron algunas personas más, escuchó que decían algo, pero no entendía, esas personas estaban pálidas, preocupadas, él continuaba con el miedo y empezaba a desesperar porque el ascensor no llegaba a su destino…
Llegó a la planta baja, salió corriendo como el resto de la gente, corrió lo más que pudo y salió de la torre, cruzó la calle y empezó a ver todo lo que sucedía a sus espaldas, la torre empezaba a caer, habían llamas muy grandes, la gente se empezaba a lanzar por las ventanas… Juan Carmelo sentía ganas de regresar a la torre, ahí estaban sus únicos amigos, su amiga en la cafetería, cuando decidió acercarse un policía uniformado no se lo permitió, lo regañó diciéndole que si no se daba cuenta de lo que estaba ocurriendo…
En pocos minutos se escuchó un nuevo y gran trueno, era el segundo avión sobre la segunda torre…
José Carmelo pudo verlo todo, estaba congelado mirando, no podía parpadear, el estómago lo sentía revuelto y no podía moverse, todo su cuerpo como aquellas torres empezaba a caer… No se explicaba cómo había gente tan valiente que se aventaba por las ventas al vacío “para salvar su vida”, eso lo traumó aun más, estaba mirando a personas desesperar y morir dentro de una realidad que solamente ahí, en Nueva York, podía suceder.
Él había escogido vivir ahí, su esposa tenía rezón y le estaba agradecido, pensaba en ella y luego caminó un poco, hacia ninguna parte, estaba bloqueado y caminó, su cuerpo todo lleno de polvo del cemento que ya se encontraba en el suelo, era lo que respiraban, polvo y olor a desesperación y muerte, varillas retorcidas, cristales rotos y escombros, solamente escombros por todas partes… Gente corriendo despavorida en todo lugar, madres con sus hijos, señores en traje y otros no corrían, caminaban y se escondían, empezaban a escucharse sirenas y cláxones, escuchaba gritar a la gente: ¡estamos en guerra, nos atacan, cuídense, cúbranse…!
José Carmelo continuaba caminando, no respondía su mente, su cerebro completo estaba lleno de imágenes de todo lo que sucedía en ese momento, no se explicaba aun lo que había ocurrido, cerraba los ojos y veía a la gente volando de arriba de la torre hacia el piso, miraba a los bomberos, policías, Cruz Roja, gente de todo tipo correr de un lado para otro, él, un mexicano solo en esos momentos, solamente caminaba hacia algún lugar fuera de ahí, no sabía para dónde, él continuaba, volteaba hacia atrás y miraba solamente humo, polvo y varillas por todas partes, se alejaba rápidamente hasta que llegó a un pequeño parque y pudo sentarse debajo un árbol, solo, muy solo y escuchando a los lejos las sirenas de patrullas y ambulancias, carros de bomberos y otras que lo aturdían a lo lejos, lo estaban volviendo loco. Pero también escuchaba en su mente aquellas palabras de su mujer que no había creído…
Se colocó sentado bajo el árbol y subió las rodillas recargando su cabeza sobre ellas colocando la frente sobre sus manos que estaban entre lazadas con los dedos, cerraba los ojos y ahí estaban las llamas hasta arriba y ellos saltando al vacío, los abría y miraba el pasto bajo sus piernas, los cerraba una vez más, deseaba llorar pero no podía, miraba en su mente aquella torre caer, a esa gente correr y a ese policía regañándolo, a los autos de bomberos y todo el movimiento que se realizaba en esos momentos… Miró su reloj, eran las 9:15 de la mañana, aun era temprano, no sabía qué hacer, decidió quedarse ahí sentado y cerrar los ojos, tenía que pensar en lo que haría pero no podía, aun no se explicaba lo sucedido…
Esa misma noche, en su pequeño departamento en un barrio muy sencillo cercano al lugar en donde estaban las torres, Juan Carmelo lloraba, recordaba a sus amigos y a la gente que murió frente a él, todas aquellas víctimas que se lanzaron al vació frente a él, recordaba su miedo e indecisión por no haber regresado para hablarle a sus amigos que salieran de ahí, pero también pensaba que no le hubieran creído y que no tenía la culpa de que ellos no hayan salido de ese infierno como él lo había logrado…
En su departamento había puesto su teléfono celular a cargar, en su sector llegó la luz tarde porque había estado cortada todo el día, miraba la televisión y solamente transmitían las imágenes de esa mañana, a los mandatarios de otras naciones del mundo dando sus condolencias a Estados Unidos, a Nueva York… Acostado sobre la cama, en camiseta y sólo con los pantalones puestos, nadie sabía que ahí estaba, nadie sabía que era un mexicano sobreviviente de ese espantoso evento del que Juan Carmelo no se explicaba nada, el por qué de todo eso, el cómo de aquella inmensa catástrofe y también por qué tantas muertes a lo estúpido… No podía dormir, cerraba los ojos y ahí estaban de nuevo, cayendo al vacío aquellos hombres y mujeres, tantos y tan variados sonidos de la catástrofe, gritos, sirenas, tronidos y cientos de ruidos más que desconocía el mexicano, en el fondo se preguntaba si una guerra sería así…
La soledad en esos momentos lo deprimía aun más, estaba sintiendo lo que en verdad era estar solo, completamente solo y sin nadie a su lado, fue cuando entonces miró hacia donde estaba su teléfono, no había línea aun, miró el celular, lo atrajo hacia él y se dio cuenta de que ya estaba cargado, lo desenchufó del cable y lo encendió, marcó el número de su casa en Guadalajara y oprimió el botón para hacer contacto, después de algún tiempo por fin alguien contestó a su llamado,
—Diga, ¿quién es? —Sintió un nudo en la garganta, que el corazón salía disparado de su pecho y que los ojos se le nublaban, era tristeza, gusto, felicidad, nostalgia, todo en un segundo y que no podía caber tanto en su cabeza nuevamente, escuchó aquella voz, —sí, diga, ¿quién habla, por favor, diga usté… —De inmediato trató de hablar, los labios le temblaban, la mano temblaba también y la inseguridad lo atrapó por completo, por fin dijo,
—Sí, gueno…
—¿Quién…? —Escuchó a veces entrecortada por la señal aun débil la voz del otro lado que preguntaba nuevamente, se armó de valor, tragó saliva, con su voz temblorosa dijo entonces,
—Sí, mujer, pos soy yo… hijita, te quiero mucho, mi ‘jita linda… —lloró entonces, la joven habló,
—Pá, ¿eres tú, que te pasa pues? Habla por fa…
—Sí mijita, soy yo, tu pá… los quiero tanto… pos aquí stoy, solito y los estraño muchito… —y por fin soltó el llanto, la joven hija de Juan Carmelo no cortó la llamada, corrió a llamar a su madre para que hablara con él. Se escuchó un grito en el auricular que llamaba al mexicano en Nueva York,
—¡Carmelito, mi reyesito, ay ‘stás, mi amor…! —Aquel solamente escuchó y el llanto se reanudó, como pudo le dijo a su esposa,
—Mi reina… esa… ¿pos cómo stás…?
—¡Ya vi la tele, que gueno que ‘stás bien Carmelito, todos rezamos mucho por ti, ‘stás bien y a salvo, que gueno…!
—Sí mi amor, y me siento que los quiero bien a todos, que ya me quiero ir pa’ yá mi tierra, la estraño muchito, las quiero mucho, de veras ¿me crees verdá?
—¡Claro que sí viejito lindo, te queremos rete harto!, ¡’stás vivito…!
—Sí viejita linda, lo ‘stoy, y ya me quiero ir pá mi tierra… ya no quiero star aquí pues…
—Pos ya vente hijo, aquí es tu lugar, no allá tan lejos y con tantos problemas, vente pa’cá y a ver pos cómo nos la arreglamos… la verdá que ni falta hace que ‘stés tan lejos niño, acá tienes lo tuyo, aunque frijoles, pero pos qué pues, nos la arreglamos, si no pos qué ¿pa’ qué…? —El hombre en silencio sentía lo que escuchaba en boca de aquella sabia mujer, su mujer… había controlado el llanto y hablaba más claro, se entendía muy bien, le dijo a su mujer antes de cortar la comunicación,
—Pos ya lo pensé vieja, y pos la verdá, como tú lo dices, pos mañana o en cuantito pueda me voy pa’llá, y si ‘stás bien y me ayudas pos pa’qué me quedo aquí, solo nomás y esos problemotas… ya voy esta semana, por allá llego, pos tengo un dinerito y pos a ver cómo le hago…
—Tá gueno viejo, aquí te esperamos y cuídate mucho, te queremos…
—Yo también vieja, te quiero harto y ¿sabes qué…?
—No viejo, ¿qué tú?
—Pos que te debo la vida entera, me salvaste vieja, gracias, deveritas viejita, te mando un besote pues, que Dios te bendiga hermosa, gracias…
FiN…
“SERGIO”: SERGIO VIEIRA DE MELLO – ONU- SU PELÍCULA EN NETFLIX – https://lavozdelarabe.mx/2025/05/01/sergio-sergio-vieira-de-mello-onu-su-pelicula-en-netflix/
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Imagen: LVÁ – Lm.CoBo.FoTo
La Voz del Árabe (LVÁ) – LM.COBO – Cd. de México, septiembre 12 del 2026
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