lunes, septiembre 7, 2026
Cultura

VINCE LOMBARDI: LA DICTADURA DEL ESFUERZO

​-​«Ganar no lo es todo, es lo único».

 Miguel Ángel Ávila*

​Cosas del destino y del marketing: la frase no la inventó el mítico entrenador de Brooklyn, sino el guionista de una película mediocre de John Wayne (Trouble Along the Way, 1953) donde una niña repelente la recitaba para deleite de la taquilla. Pero a la Historia —que suele ser bastante desmemoriada— le dio igual la propiedad intelectual y se la adjudicó a Vince Lombardi. Él, que era hombre de fe, pero no de milagros baratos, intentó matizarla después diciendo que se refería al compromiso y al coraje. Nadie le hizo caso. La barbarie norteamericana prefería la versión corta.

​Vincent Thomas Lombardi vino al mundo en junio de 1913 en Brooklyn, en el seno de una familia de inmigrantes italianos que le inculcaron dos cosas sagradas: la pasta de los domingos y un catolicismo romano, apostólico y aplastante. Quiso ser cura, de hecho, estudió para ello, pero la teología chocaba frontalmente con dos de sus pasiones terrenales: el fútbol americano —al que los obispos de la época veían como una cueva de corsarios— y las mujeres, una tentación que volvía la castidad un dogma demasiado incómodo.

​Colgó la sotana y se matriculó en Fordham con los jesuitas. Allí, donde aprendió latín y a desconfiar de la naturaleza humana, jugó de guardia y tackle en los célebres Siete Bloques de Granito. Eran tiempos en que los hombres jugaban sesenta minutos sin sustituciones, sangraban sobre el barro y no tenían asesores de imagen. De los jesuitas Lombardi no sacó una mística refinada, sino una verdad militar: el hombre es un ser imperfecto que solo se redime mediante la disciplina férrea, el sacrificio personal y una ética implacable.

​En la preparatoria Santa Cecilia de Nueva Jersey enseñaba química, física, latín y cómo destrozar al rival en el emparrillado, además de entrenar al equipo de baloncesto. Tenía una paciencia de jesuita para explicarle la lección al alumno más tarado del aula hasta que este lo entendía, exigencia pedagógica que trasladó intacta al vestuario. Para Lombardi el talento natural era una vulgaridad; lo único computable era el trabajo duro y el deseo animal de no ser un mediocre.

​Luego vino West Point. Bajo el mando del coronel Red Blaik —un tipo monacal que analizaba las cintas de partido como si planeara el desembarco de Normandía—, Lombardi entendió que el fútbol no era un juego, sino un oficio de veinticuatro horas al día. Blaik le enseñó a destilar la complejidad del juego hasta convertirla en un garrotazo simple y devastador. Allí escuchó al general Douglas MacArthur repetir aquello de «no hay sustituto para la victoria», y Lombardi tomó nota. Había fusionado la disciplina militar con la dogmática jesuita. San Ignacio de Loyola, al fin y al cabo, también había sido soldado antes de ver la luz.

​En los Giants de Nueva York coincidió con Tom Landry —un expiloto de B-17 con treinta misiones de combate sobre la Europa ocupada— quien era el coordinador defensivo, y Lombardi como coordinador ofensivo, ambos bajo la dirección de Jim Lee Howell, un exmarine cuya principal virtud estratégica era dejar trabajar a los que sabían y asegurar, entre risas, que su único rol era verificar que los balones tuvieran aire. Liderazgo puro: marcar la meta y dejar que los perros de caza hagan el trabajo.

​El verdadero mito nació en 1959, cuando Lombardi desembarcó en el erial de Green Bay, un equipo que venía de firmar un desastroso 1-13-1 (un periodista fino escribió entonces: «Los Packers abrumaron a un equipo, fueron abrumados por trece y quedaron a mano con otro»). Lo primero que hizo Lombardi no fue diseñar jugadas, sino exigir oficinas dignas y obligar a sus jugadores a viajar en saco y corbata. Entendía la estética del poder: un tipo que viste con decoro y trabaja en un entorno profesional termina por creerse invencible. Bart Starr, el quarterback, llamó a su esposa tras la primera reunión con el nuevo entrenador y le dijo solo cinco palabras: «Ahora sí vamos a ganar». No habían tocado un solo balón ni aprendido una sola jugada.

​Y vaya si ganaron. De 1959 a 1967, los Packers conquistaron cinco campeonatos de la NFL y los dos primeros Super Bowls. En la postemporada, su registro roza lo indecente: nueve victorias y una sola derrota en 1960 contra Filadelfia. Al terminar aquel juego, Lombardi miró a sus hombres a los ojos y les prometió que jamás volverían a quedar en segundo lugar. Cumplió su palabra con la precisión de un relojero.

​Tras un retiro prematuro que le duró poco —un animal de banda no sabe vivir en un despacho de moqueta—, asumió el mando de los Redskins de Washington en 1969. Fue su último acto. En junio de 1970, un cáncer de colon le fue detectado. Murió tres meses después, a los 57 años. Richard Nixon tuvo que enviar un telegrama a nombre de toda la nación y la NFL rebautizó el trofeo del Super Bowl con su nombre. Nada mal para el hijo de un carnicero de Brooklyn.

​La paradoja de Lombardi es que, debajo de su coraza de sargento de hierro y su misa diaria —rezaba el rosario conduciendo hacia el estadio—, había un tipo peligrosamente decente para su época. No toleraba el racismo en los años sesenta; mandó al diablo a la NFL cuando le «recomendaron» que aconsejara a su jugador negro Lionel Aldridge no casarse con una mujer blanca. Protegió en el vestuario a jugadores homosexuales como Jerry Smith en Washington (su propio hermano de Lombardi, Harry, lo era) en tiempos en que aquello era la apestada muerte social. A Lombardi le traía sin cuidado el color de piel, la fe o con quién se acostará cada cual: solo le importaba si tenías el coraje de dejarte el alma en el campo. Cuando su estrella Paul Hornung fue suspendido por apuestas ilegales, Lombardi viajó a Nueva York a abogar por él, pero acató la sanción sin rechistar y le recordó a la plantilla el peso de la responsabilidad moral.

​Dios, los Packers y la familia. Jamás aclaró el orden de sus prioridades, pero sospecho que las tres cosas eran, para él, variaciones de la misma fe. Nos dejó un puñado de trofeos y una frase para la posteridad que debería esculpirse en la puerta de entrada de cualquier oficina moderna:

​«Los líderes se hacen, no nacen. Se hacen a fuerza de trabajo duro, que es el precio que todos debemos pagar para alcanzar cualquier meta que valga la pena».

*Miguel Ávila Vázquez – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. ​Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. ​En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.

Imagen: Autor      

La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, septiembre 7 del 2026

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