PÓLVORA, BARRO Y TRAICIÓN: LA TRAGEDIA DE MICHEL NEY
– Hoy su nombre está grabado en el Arco de Triunfo, en París…
Miguel Ángel Ávila*
Ney nació en Saarlouis allá por 1769, cuando la frontera era un colador y se hablaba alemán o francés según soplara el viento.
Hijo de un tonelero de Lorena, el muchacho parecía condenado a la rutina del mostrador o la notaría, ese aburrimiento burocrático que mata más hombres que las balas. Pero con dieciocho años se hartó de los tinteros, miró al horizonte y sentó plaza en la caballería. Ahí empezó la fiesta.
La Revolución Francesa, que degolló a medio escalafón aristocrático, le abrió de par en par las puertas del ascenso a fuerza de sablazos. Un tipo que no le hacía ascos a la pólvora ni pedía permiso para jugarse el pellejo. En Valmy y Mainz ya andaba liándola, cobrando tajada en forma de chatarra y plomo en el cuerpo. Porque a Ney los austriacos lo hicieron prisionero, sí, pero lo devolvieron rápido; de esos hombres uno se desembaraza antes de que le contagien las agallas al resto. Le llamaron Le Rougeaud —el pelirrojo, el rubicundo—, aunque más bien debieron llamarle el terco, porque el tipo encadenaba heridas de bala y sable con la misma naturalidad con la que un feligrés va a misa los domingos, negándose sistemáticamente a pedir la baja.
Con la llegada del 18 de Brumario y el golpe de un joven Bonaparte, a Ney le entró el melindroso remilgo republicano. Dijo que no. Pero ahí estaba su santa esposa, íntima de Hortensia de Beauharnais, para explicarle cómo funciona la política de salón: le quitó las telarañas de la cabeza y lo sentó frente al futuro Emperador. Hubo flechazo.
De ahí a Suiza como ministro plenipotenciario bajo la atenta y viperina mirada de Talleyrand, y en 1804, Napoleón le plantó en la mano el bastón de mariscal. Caña al mono. Llegaron Jena, Erfurt, Eylau, la carnicería bajo la nieve contra los rusos y el título de Duque de Elchingen. Pero la suerte es perra, y a Ney lo mandaron a España en 1808 a servir a las órdenes de ese rey de zarzuela llamado José I. Aquello era una ciénaga: curas con trabuco, paisanos emboscados tras las esquinas y un ambiente insoportable. Ney mandó al carajo los remilgos del rey intruso por consideran sus órdenes una majadería, y en Portugal acabó a cara de perro con el resto del mariscalato.
Napoleón, harto del patio de colegio, lo mandó de vuelta a casa. Pero la verdadera prueba de fuego —o de hielo— vino en 1812. La invasión de Rusia. Mientras la Grande Armée se reventaba y se congelaba en la retirada de Moscú, Ney se echó la retaguardia a las espaldas. Cuarenta días seguidos combatiendo a pisotones contra los rusos, con el mosquete en la mano como el último de los soldados. En el desastre del Beresina cruzó el puente rozando la tragedia, justo antes de que lo volaran.
Cuando se presentó ante el Corso, sucio, hambriento y sangrando, Bonaparte soltó aquello de: «Francia está llena de valientes, pero Ney es el más bravo entre los bravos».
Luego, la debacle. Leipzig, los aliados entrando en París y los mariscales —que ya olían a derrota y querían conservar sus fincas— redactando el Manifiesto de abdicación. A Ney le tocó el papelón de entregárselo a un Napoleón atónito. «¡Los soldados obedecerán a su Emperador!», gritó el pequeño gran hombre. «Sire, los soldados obedecerán a sus generales», le espetó Ney, demostrando que para matar el mito tampoco le temblaba el pulso. Vinieron los Borbones. El orondo Luis XVIII le garantizó los títulos y lo hizo Par de Francia. Pero la corte borbónica, esa muchedumbre de nobles empolvados que no habían olido la pólvora en su vida, se reía a sus espaldas del hijo del tonelero. Y claro, la cabra tira al monte.
Marzo de 1815. El Corso se escapa de Elba. En París cunde el pánico. El ministro Soult envía a Ney a detenerlo y el mariscal, en un arranque de fanfarronería cortesana, promete traer a su antiguo jefe «en una jaula de hierro». Pura palabrería. El 14 de marzo le llega una carta del Emperador. Ney mira a sus hombres, mira la carta, contempla la mediocridad que le rodea y manda la jaula al demonio. Se abraza a Napoleón en Auxerre y marchan juntos hacia la trampa final.
Llegó Waterloo. Aquello fue un desastre de improvisación y chapuza. Mientras Grouchy perseguía sombras y los prusianos de Blücher llegaban al galope para decantar la balanza, Ney cometió el error supremo. Creyó ver la retirada británica y lanzó a la caballería francesa en una carga suicida, a pechera descubierta, contra los cuadros de infantería de Wellington.

Para colmo de males —detalle patético donde los haya—, los jinetes franceses tomaron los cañones enemigos, pero no llevaban ni clavos ni martillos en la cartuchera para inutilizarlos. Un esperpento técnico digno de opereta. Los británicos aguantaron la embestida y la caballería gala se despedazó sola.
Con la derrota definitiva, a Ney le llegó la cuenta de cobro. Acusado de alta traición, la monarquía reinstaurada le preparó una trampa en un tribunal militar, pero Ney, haciendo uso de sus prerrogativas, exigió ser juzgado por la Cámara de los Pares. Craso error. Esos mismos aristócratas arrastrados le votaron la condena a muerte por 128 votos contra 33.
El 20 de noviembre lo llevaron a la trastienda del Palacio de Luxemburgo. Sin venda en los ojos, firme frente al pelotón, el mariscal ordenó su propia ejecución apelando a la historia y a Dios, pidiendo que le apuntaran al corazón. Fusilaron al hombre, pero crearon el mito. Víctor Hugo lo dejó escrito mejor que nadie: «¡Ah, desdichado Ney! Tantas veces expuesto a balas enemigas, estabas destinado a balas francesas».
Hoy su nombre está grabado en el Arco de Triunfo y sus restos descansan en el cementerio de Père Lachaise. Un soldado de verdad, de los que ya no quedan, aplastado finalmente por la política y las miserias de un país que nunca supo qué hacer con sus héroes excepto fusilarlos.
*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.
Imagen: Ney, fusil en mano y entre la tropa, cubriendo la retirada en el infierno blanco de Rusia.
La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, agosto 13 del 2026
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