jueves, septiembre 24, 2026
Cultura

LA CARNICERÍA DE PLOESTI: MISIÓN VITAL

– Quienes la idearon no eran teóricos de despacho, sino hombres curtidos que sabían lo que hablaban

Miguel Ángel Ávila*

​Miren ustedes, hay días en los que uno se levanta pensando que la estupidez humana tiene un límite, y luego lee la historia militar. El primero de agosto de 1943 fue uno de esos días en los que se pretendió cortar de una tajada la yugular del Tercer Reich: negar a la maquinaria nazi el petróleo rumano del que dependían sus tanques, sus aviones y sus divisiones en el Frente Oriental. La idea, sobre el papel, era de una lógica impecable. Quienes la idearon no eran teóricos de despacho, sino hombres curtidos que sabían perfectamente de lo que hablaban, conocían el arte del vuelo y dominaban la contabilidad de la sangre.

Sin embargo, cuando se decidió enviar a 178 bombarderos pesados B-24 Liberator a volar a la altura de las copas de los árboles bajo la llamada Operación Tidal Wave, la realidad volvió a demostrar lo de siempre: que en la guerra, entre la lucidez del plano táctico y la carnicería del combate, suele interponerse la mala fortuna, el caos y la inevitable torpeza humana.

​Los hombres del tablero y los mapas de artificio. – La criatura nació en la cabeza del coronel Jacob Smart, un oficial de Estado Mayor brillante al que se le ocurrió la arriesgada idea del ataque a bajísima altura para eludir los radares enemigos. Para dar forma táctica a la operación, el coronel Edward Timberlake diseñó la maniobra al milímetro, mientras que un tipo con alma de artista, Gerald Geerlings, se dedicó a elaborar minuciosas maquetas y mapas en relieve del objetivo. Parecía un diorama perfecto. El comandante de la Novena Fuerza Aérea, el general Lewis Brereton, compró la idea y se encargó de poner la maquinaria en marcha, asignando al mayor John Jerstad, oficial de operaciones, la coordinación fina de la masacre que se avecinaba.

​Pero el sainete no tardó en complicarse. La víspera del ataque, llegó un telegrama urgente desde Washington. El general Henry «Hap» Arnold, jefe supremo de las Fuerzas Aéreas, emitió una orden tajante: prohibido rotundamente que Smart, Timberlake y Brereton subieran a los aviones. Eran «oficiales de alto valor» para el mando. Especialmente Smart, que llevaba en la cabeza un secreto que podía cambiar el destino del mundo: conocía la existencia del todopoderoso Proyecto Manhattan para construir la bomba atómica. No podían arriesgarse a que acabara siendo interrogado por la Gestapo.

​Así que, con los cerebros de la operación a salvo y tomando café en la retaguardia, el mando operativo en el aire cayó en manos del general de brigada Uzal G. Ent. Le cortaron la cabeza estratégica al ataque justo antes de despegar, dejando a la formación huérfana de los hombres que habían mamado el plan durante meses. ¿Y el resultado? El predecible: una cadena de mandos improvisada en el aire para ejecutar una misión al milímetro. Un disparate.

​Las unidades, sus apodos y el choque de escuelas – Al frente de aquella cabalgada suicida quedaron tipos que, justicia sea dicha, tenían más valor que cerebro, o al menos más sentido del deber que instinto de conservación. El mando directo de las formaciones recayó en hombres como el coronel John R. «Killer» Kane —un tejano rudo que hacía honor a su apodo—, el coronel Leon W. Johnson, el coronel Jack W. Wood y el teniente coronel Addison Baker, quien tomó las riendas del 93º Grupo de Bombardeo ante la ausencia forzada de Timberlake.

​Allí se juntaron cinco grupos de bombardeo, una mezcla explosiva de dos mundos totalmente distintos. Por un lado, tres grupos prestados de la Octava Fuerza Aérea, acostumbrados a volar desde Inglaterra a gran altitud, en formaciones cerradas y disciplina estricta. Por otro lado, dos grupos veteranos de la Novena Fuerza Aérea, curtidos en la mugre y el calor del desierto de Libia, habituados al vuelo en formaciones poco disciplinadas y a resolver los problemas a trancazos.

​Aquella ensalada de doctrinas unió a un catálogo de valientes con nombres que hoy suenan a epitafio:
​El 44º Grupo de Bombardeo, los llamados «Eight Balls» (Los Ochos Negros, de la 8ª), liderados por Johnson.
​El 93º, los «Circus» (El Circo de Ted Timberlake, comandados en el aire por el teniente coronel Addison Baker).
​El 389º, los «Sky Scorpions» (Escorpiones del Cielo, el tercer grupo de la 8ª), bajo las órdenes del coronel Jack W. Wood.
​El 98º, los «Pyramiders» de Kane (veteranos del desierto de la 9ª).
​El 376º, los «Liberandos» (también curtidos en África por la 9ª) liderados por K. K. Compton.

​Poner a volar juntos a veteranos del desierto y a académicos del cielo inglés, con métodos de navegación y hábitos de formación diametralmente opuestos, fue echarle más leña al fuego. Y al fondo los esperaba la densa, brutal y magníficamente preparada defensa antiaérea del general de la Luftwaffe Alfred Gerstenberg, un tipo que, a diferencia de los estrategas de moqueta, sí sabía hacer su trabajo.

​El desastre del liderazgo: Cómo perderse de camino al matadero – El desastre no esperó a Rumanía para dar la cara. Cruzando el Mediterráneo, la moiré del destino —sumada a la estupidez de turno— empezó a pasar factura. El B-24 bautizado como Wingo Wango, que llevaba a bordo al navegante principal de toda la misión, entró súbitamente en stall (pérdida de sustentación) y se precipitó sin remedio al mar Adriático. Pero por si perder al hombre que llevaba la ruta de todos no fuera bastante, la caballería del error humano hizo acto de presencia: el avión que llevaba al navegante suplente de la misión decidió, desobedeciendo órdenes expresas, romper la formación y bajar a buscar supervivientes. Claro que, cargado hasta los topes de bombas y con tanques de combustible extra para el viaje de vuelta, la nave se volvió un plomo incapaz de remontar el vuelo a tiempo. Resultado: los dos navegantes clave fuera de juego en los primeros minutos de travesía.

​Para colmo, las profundas diferencias tácticas se convirtieron en veneno. El coronel «Killer» Kane, al mando de la retaguardia de la fuerza, metió a su grupo en una serie de maniobras de reunión y ajustes de potencia para mantener cohesionada su formación según los parámetros de la Novena Fuerza Aérea. Aquella maniobra tomó un tiempo precioso e imprevisto. Las formaciones de cabeza apretaron el paso mientras Kane ralentizaba la suya, abriendo una brecha irreparable hasta que ambas fuerzas se perdieron de vista por completo en el cielo. Adiós al ataque simultáneo y coordinado antes de avistar la primera chimenea.

​El momento cumbre de la jornada, la obra maestra de la incompetencia bajo presión, lo remató el coronel Keith K. Compton (líder del 376º). Huérfano de los navegantes caídos en el mar y confundido por las referencias del terreno, equivocó un punto de giro en el mapa y giró en falso hacia Bucarest, arrastrando consigo al mismísimo general Ent y a la formación de cabeza.

​Aquello no fue un error táctico; fue un desparrame. La masa de bombarderos se fragmentó definitivamente. El factor sorpresa se fue al carajo, y los B-24 empezaron a llegar a Ploesti escalonados, desorientados, entrando por donde no debían para que los artilleros de Gerstenberg —que los esperaban con el café recién hecho y los cañones de 88 mm engrasados— hicieran tiro al pato.

Los aciertos: El valor de los malditos – Si algo salvó a la Operación Tidal Wave de ser un ridículo absoluto y la convirtió en una epopeya sangrienta, fue el coraje de la carne de cañón. Los pilotos americanos, fuesen del desierto o del norte de Europa, demostraron tener unos hígados de titanio. Cuando se encontraron volando entre llamas, con las chimeneas de las refinerías rozando las panzas de sus aviones y los globos cautivos destrozando sus wings, no dieron la vuelta.

​La muestra más feroz de aquel coraje la dieron en la cabina del Hell’s Wench, el avión insignia del 93º Grupo. El teniente coronel Addison Baker y su copiloto, el mayor John Jerstad —que había vuelto voluntariamente a volar pese a haber cumplido ya sus misiones correspondientes—, vieron cómo su B-24 era alcanzado por directo fuego antiaéreo antes de llegar al objetivo. Envueltos en llamas y sabiendo que eran una antorcha volante, Baker y Jerstad se negaron a romper la formación para no desorientar a sus hombres. Mantuvieron el avión a pulso en rumbo fijo sobre el infierno de Ploesti hasta soltar las bombas sobre la refinería, estrellándose segundos después. Ninguno sobrevivió.

​Kane, Johnson, Wood y el resto de los muchachos se metieron igual en el mismísimo infierno de humo negro, esquivando las explosiones de los depósitos que ya ardían por los ataques previos y respondiendo al fuego antiaéreo con las ametralladoras de a bordo. Volaban tan bajo que las explosiones de sus propias bombas dañaban a los aviones que venían detrás. Cinco Medallas de Honor se repartieron aquel día —incluyendo a Baker y Jerstad a título póstumo, claro, que es como más baratas le salen al Gobierno—.

​El balance de la carnicería – Al final, ¿para qué sirvió tanto heroísmo estéril? Para nada, o para muy poco. El resultado fue un descalabro monumental:
​De los 178 aviones que despegaron llenos de gloria y gasolina, 54 se quedaron allí, esparcidos en pedazos por los campos rumanos o estrellados en el Mediterráneo.
​Más de 500 aviadores muertos o capturados. Una sangría de tripulaciones expertas insustituible.

​¿Y las refinerías? Sí, destrozaron un buen porcentaje. Pero resulta que el general Gerstenberg tenía repuestos, mano de obra esclava y una capacidad de organización que los altos mandos no calcularon. En pocas semanas, Ploesti producía más petróleo que antes del ataque.

​Un éxito rotundo, vamos. Una de esas victorias pírricas que los libros oficiales de historia militar intentan maquillar con palabras como «audacia» y «sacrificio», pero que cualquier sargento de infantería con dos dedos de frente resumiría con una verdad más vieja que el mundo: perdieron a sus navegantes en el mar, juntaron escuelas incompatibles, dejaron a los ideólogos a salvo en tierra y mandaron a unos tipos valientes a morir en un plan de mierda.

*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. ​Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. ​En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.

Imagen: Nicolas Trudgian, «Operation Tidal Wave».      

La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, agosto 6 del 2026

Las declaraciones y opiniones expresadas en esta publicación sitio web en Internet son exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de La Voz del Árabe.  


Descubre más desde La Voz del Árabe

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario comentario, lo que quieras, siempre será bienvenido.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde La Voz del Árabe

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo