EL FUTBOL COMO RITUAL SOCIAL
-El futbol como ritual social: símbolos, cábalas, creencias y sentido de comunidad
Pepe Herrera
El futbol suele entenderse como un deporte, un espectáculo o una forma de entretenimiento. Sin embargo, desde una perspectiva antropológica y social, representa mucho más que un simple juego. A su alrededor se construyen creencias, símbolos, rituales, identidades colectivas y formas de pertenencia que permiten comprender aspectos fundamentales de la experiencia humana.
La relación que muchas personas establecen con el futbol comparte elementos tradicionalmente asociados con la religión, aunque no se trate de una práctica religiosa en sentido estricto.
Los seres humanos como constructores de significado – Para comprender este fenómeno, es necesario reconocer que los seres humanos somos, ante todo, seres simbólicos. En palabras de Miguel Lisbona Guillén, investigador del Centro de Investigaciones Multidisciplinarias sobre Chiapas y la Frontera Sur (CIMSUR), las personas construyen significados para entender el mundo, organizar su experiencia cotidiana y relacionarse con los demás.
Esa construcción de significado ocurre a través de prácticas y códigos compartidos socialmente. Los símbolos, los lenguajes, las narrativas y los rituales permiten interpretar la realidad y establecer vínculos de pertenencia con una comunidad.
Lisbona Guillén aclaró que con frecuencia se piensa que los rituales pertenecen exclusivamente al ámbito religioso. Sin embargo, la vida cotidiana está llena de ellos. Los saludos, las despedidas, las celebraciones de cumpleaños, los aniversarios, las graduaciones y las festividades nacionales son ejemplos de prácticas ritualizadas que ayudan a estructurar la experiencia social. Estas acciones se repiten siguiendo ciertas reglas, poseen significados compartidos y permiten a las personas orientarse dentro de la vida colectiva.
Sin rituales, la vida social sería profundamente distinta. Los seres humanos no solo necesitan normas para convivir, sino también espacios simbólicos donde expresar emociones, construir identidades y generar experiencias compartidas. Una sociedad completamente desprovista de rituales se asemejaría a una organización mecánica y deshumanizada, incapaz de producir creatividad, pertenencia o experiencias colectivas significativas.
Por ello, el futbol no está al margen de este proceso; al contrario, constituye uno de los espacios contemporáneos donde la capacidad humana de simbolizar se manifiesta con especial intensidad. Muchas personas organizan parte de su vida alrededor de los partidos de su equipo favorito. Los fines de semana, los torneos internacionales y los campeonatos se convierten en momentos esperados que marcan el paso del tiempo y generan expectativas compartidas.
Para algunos aficionados, asistir al estadio, reunirse con amigos para ver un partido o seguir determinadas costumbres antes de cada encuentro forma parte de una rutina tan significativa como cualquier otra práctica ritual.
Pero los rituales futbolísticos no se expresan únicamente en lo colectivo. También aparecen en prácticas más íntimas y personales mediante las cuales jugadores y aficionados buscan enfrentar la incertidumbre propia de la competencia.
Entre cábalas y promesas – Uno de los aspectos más visibles de esta dimensión ritual son las cábalas y promesas que rodean al deporte. Muchos jugadores y aficionados recurren a prácticas que consideran capaces de influir favorablemente en el resultado de un partido. Algunos se encomiendan a figuras religiosas, realizan oraciones, utilizan amuletos o siguen rutinas específicas antes de cada encuentro.
Otros prometen realizar determinadas acciones si su equipo obtiene una victoria importante. Existen casos de personas que prometen peregrinaciones, tatuajes, donaciones o sacrificios simbólicos como muestra de su compromiso emocional con un equipo o una causa deportiva.
Aunque estas conductas puedan parecer irracionales para quienes observan el futbol desde fuera, Lisbona Guillén considera que forman parte de comportamientos habituales en muchas otras áreas de la vida. Las personas recurren constantemente a rituales cuando enfrentan situaciones de incertidumbre.
Un estudiante puede repetir ciertas acciones antes de un examen importante; una madre puede bendecir a sus hijos antes de un viaje; un pasajero puede realizar una oración antes de abordar un avión. Estas prácticas buscan proporcionar seguridad emocional frente a acontecimientos cuyo resultado no puede controlarse completamente.
El futbol no constituye una excepción dentro de la sociedad. Las prácticas rituales presentes en el deporte reflejan necesidades y comportamientos que también aparecen en ámbitos familiares, laborales, educativos o religiosos. Más allá de generar hábitos y costumbres, estas dinámicas contribuyen a fortalecer vínculos de pertenencia y a construir formas de identificación colectiva.
Precisamente esa capacidad de producir símbolos compartidos, fortalecer identidades y generar experiencias colectivas ha llevado a diversos investigadores a establecer paralelismos entre el futbol y la religión.
Hasta cierto punto, similar a la religión – Por ello, hasta cierto punto, comentó el investigador del CIMSUR, el futbol puede asemejarse a la religión. Ambos generan espacios de congregación donde numerosas personas se reúnen alrededor de una devoción común. Los estadios, por ejemplo, funcionan como lugares de encuentro donde miles de individuos comparten emociones, símbolos y expectativas.
Las camisetas, las banderas, los himnos y los colores de los equipos cumplen funciones similares a las de los símbolos religiosos: permiten identificar a los miembros de una comunidad y diferenciarla de otras. Todos estos elementos contribuyen a la construcción de identidades colectivas.
Los aficionados no solamente apoyan a un grupo de jugadores; también respaldan una historia, una tradición y una forma particular de entender la pertenencia social. Esta dimensión simbólica explica por qué los encuentros deportivos generan pasiones tan intensas.
Además, tanto las prácticas religiosas como las futbolísticas producen experiencias de comunión colectiva. Durante un partido importante, los aficionados experimentan un sentimiento temporal de unidad. Personas con diferentes profesiones, ideologías, creencias religiosas o condiciones sociales pueden sentirse parte de un mismo grupo mientras apoyan al mismo equipo. Esa sensación de pertenencia compartida constituye una de las razones por las cuales el futbol despierta emociones tan intensas.
Sobre todo, una en particular: la esperanza. Ante situaciones adversas, las personas creyentes buscan mantener la ilusión de que, pese a las dificultades del presente, existe una promesa de cambio o redención futura. De manera similar, los aficionados sostienen la esperanza de que un partido complicado pueda cambiar en cualquier momento gracias a una jugada decisiva, un gol inesperado o un giro del juego que transforme el resultado.
En ese sentido, la esperanza deportiva funciona como un mecanismo que mantiene viva la ilusión y fortalece el vínculo emocional con la comunidad de seguidores.
Finalmente, existen contextos donde religión y futbol se entrelazan de manera explícita. Un ejemplo de ello es el artículo “El Niño Dios va al futbol: vestir una imagen religiosa al servicio de la nación mexicana”, publicado por Miguel Lisbona Guillén y Miguel A. Rivera. En este trabajo, los autores analizan cómo una imagen del Niño de Atocha es vestida con los colores de la selección mexicana y convertida simbólicamente en el “seguidor número 12”, articulando elementos de religiosidad popular, identidad nacional y pasión futbolística.
En el artículo se describe cómo la imagen religiosa no deja de ser un objeto de devoción, sino que también funciona como un condensador de identidad nacional, especialmente durante los encuentros de la selección mexicana, cuando la representación religiosa se convierte temporalmente en una expresión simbólica de la comunidad de aficionados.
Este caso muestra cómo la religiosidad popular puede articularse con la identidad futbolística en contextos específicos. Sin embargo, este tipo de asociaciones no son exclusivas de México ni de América Latina. La relación entre deporte, ritualidad y creencias aparece en sociedades muy diversas, aunque adopte expresiones particulares según cada contexto cultural.
Un fenómeno global – Aunque estas expresiones suelen ser más visibles en países latinoamericanos o africanos, también están presentes en Europa. No obstante, entre los deportistas europeos algunas de estas prácticas pasan desapercibidas para el público, aunque forman parte de la misma lógica simbólica que las observadas en otras regiones del mundo.
Un ejemplo es el del expresidente de la Federación Española de Futbol, Ángel María Villar, quien confesó ser visitante frecuente de la Basílica de la Virgen de Guadalupe, en México. Antes de la Copa del Mundo de 2010, relató que pidió “a la madre de Dios que España fuera campeona del mundo, en un acto egoísta porque hay ciertas cosas que no se deben pedir”. Tras la obtención del título, integrantes de la selección española acudieron al santuario para agradecer el triunfo ante Países Bajos.
Un caso más reciente es el de la selección de Croacia. En vísperas de su participación en la Copa del Mundo de 2026, organizada por México, Estados Unidos y Canadá, jugadores y miembros del cuerpo técnico asistieron a una misa en la capilla de San Juan de Dios, ubicada en la localidad de Ičići.
Estos ejemplos muestran que la relación entre deporte, ritualidad y creencias no es exclusiva de una región o una cultura. Por el contrario, forma parte de una tendencia ampliamente extendida que evidencia cómo los seres humanos recurren a símbolos, prácticas y narrativas compartidas para enfrentar la incertidumbre, fortalecer los vínculos colectivos y otorgar sentido a sus experiencias. En ese contexto, el futbol se convierte en mucho más que un juego: es un espacio donde se expresan algunas de las dimensiones más profundas de la vida social.
Un fenómeno que continuará – Diversos pensadores sostienen que el avance de la racionalización y la secularización provocará una disminución progresiva de las creencias religiosas y de las prácticas rituales. Sin embargo, la realidad parece mostrar un fenómeno diferente.
En lugar de desaparecer, los rituales y las formas de creencia se han diversificado. En ese sentido, Lisbona Guillén comentó que han surgido nuevas expresiones espirituales, nuevos movimientos culturales y nuevas formas de identificación colectiva.
Las personas continúan buscando formas de construir vínculos, compartir experiencias significativas y reconocerse como parte de una comunidad, aunque los espacios donde ello ocurre hayan cambiado con el tiempo.
Las nuevas generaciones no parecen estar abandonando la necesidad de ritualizar su experiencia del mundo. Más bien, están transformando las maneras en que lo hacen. Los rituales asociados al deporte, a la música, a las comunidades digitales o a diversos movimientos culturales muestran que la capacidad humana de crear símbolos y significados permanece vigente.
Por esta razón, la relación entre futbol, ritual y comunidad probablemente continuará existiendo en el futuro. Como señaló Lisbona Guillén: “Podrán cambiar los equipos, las tecnologías, las formas de consumo deportivo o los modos de participación de los aficionados, pero difícilmente desaparecerá la necesidad humana de construir identidades compartidas, generar experiencias colectivas y encontrar espacios de comunión simbólica”.
Precisamente porque esas necesidades permanecen vigentes, el futbol seguirá ocupando un lugar relevante en la vida social. Más allá de la competencia deportiva, constituye un escenario donde se expresan dimensiones profundas de la experiencia humana: la búsqueda de pertenencia, la construcción de identidades, la necesidad de esperanza, la creación de rituales y el deseo de formar parte de una comunidad.
Información: GlobalUNAM / Imagen: GlobalUNAM
La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, junio 11 del 2026
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