HUIDA EN BUSCA DEL MUNDO PERDIDO: PINTURA ORIENTALISTA DE FORTUNY

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Marruecos le dio a Fortuny la vitalidad y la capacidad de traducir y expresar en imágenes su visión del mundo, lo liberó de convencionalismos y cánones académicos…

 Ruth Figueroa

Mariano José María Bernardo Fortuny y Marsal, pintor, acuarelista y grabador español, quizá el pintor español más importante del siglo XIX después de Goya, nació el 11 de junio de 1838, en Reus, municipio de España en la provincia de Tarragona. Primogénito de una familia modesta, quedó huérfano a los 11 años de ambos padres  y se crió con sus 3 hermanos bajo el cuidado de su abuelo y de su tío.

Su infancia y adolescencia transcurrieron en una ambiente marcado por la fuerte personalidad de su abuelo, el cual era escultor y supo infundir en el joven Fortuny el gusto por la creación plástica y sus técnicas, asistiendo a los talleres de dibujo locales desde los 9 años, así se inicia como aprendiz de su abuelo, cuya carismática personalidad llenó de ficción y fantasía el entorno de su vida cotidiana. La influencia del mundo del teatro también sería determinante en su obra así como su atracción por las artes decorativas, contando con un increíble talento para restaurar las más diversas piezas artísticas. Con base a ello su abuelo lo inscribe a clases con un pintor local, en un taller de platería y en uno de relojería, viendo limitadas las posibilidades de su talento en la pequeña Reus. Su abuelo decide llevarlo a Barcelona, prácticamente sin dinero llegan a pie a la gran cuidad portuaria donde el joven catalán encuentra trabajo en un  taller como ayudante realizando obras de temática religiosa y donde logra mejorar su técnica de dibujo y la pintura al óleo, al punto que  su mentor le consigue una beca en la Escuela de Bellas Artes de la Lonja de Barcelona, donde su pasión por la institución le sirvió para crecer  en un momento histórico en que el arte había dejado de tener una voz única, su profesionalización lo llevaría a Roma, donde su pintura  evolucionaría de manera colosal dominando por completo el oficio, sin embargo, el gusto medio de la sociedad burguesa europea de la época estaba orientado a un romanticismo en decadencia, en temáticas que habían perdido un significado auténtico, ante ello, la historia, la cultura grecorromana o el renacimiento, eran válidos para escapar de ese tedioso presente, pero más que fugarse del tiempo, la intención de los artistas era una, huir de modo geográfico, ir más allá del mar y del horizonte a lugares exóticos, lejos de la civilización occidental, la atracción por un mundo perdido, así el vasto territorio norteafricano será desde ese momento el lugar más propicio para satisfacer esas fantasías: desconocido, lejano, inquietante, misterioso y erótico, será un oriente construido por la imaginación en el que Fortuny se enfocaría por más de siete años, la llamada pintura orientalista.

Definitivamente Fortuny supo sacar provecho del gran abanico de posibilidades que ofrecía esta temática como refugio en una época sin un sistema de creencias sólido, un momento histórico en le que se había derrumbado la sombra del pasado glorioso y no era fácil construir un nuevo presente, un limbo de la civilización de occidente donde no eran claras aún las bases de ese fututo materialista y tecnológico, aún no cumplía dos años en Roma cuando su vida rutinaria de artista se ve alterada por un suceso histórico que cobrará gran importancia en su vida, el estallido de la guerra en África, la diputación de Barcelona le propone ser cronista gráfico del suceso, él acepta de inmediato y con unos cuantos días para prepararse con destino a Marruecos, comprometiéndose a llevar a cabo diez cuadros grandes y seis medianos sobre los acontecimientos más memorables de la titánica confrontación entre los imponentes ejércitos español y marroquí. Durante dos meses y medio, de febrero a abril de 1860 Fortuny llevaría a cabo una corta pero intensa labor. El escritor francés Charles Yriarte, futuro biógrafo del artista que había sido enviado desde París como corresponsal de guerra, para relatar una invaluable descripción del pintor en Marruecos: “Silencioso y nada comunicativo, Mariano vivió en medio del caos, absorbido por la contemplación y por miles de episodios brillantes, inesperados y dramáticos se presentaban ante él, para ello no tomó precaución alguna, hizo apuntes, bocetos, croquis, se adentró en campamentos enemigos y presenció con sus propios ojos la terrible batalla de Wad-Ras, episodio protagonizado por los voluntarios catalanes que serán inmortalizados en su obra.”

Sin embargo, aún cuando desempeñó puntualmente su encomienda de cronista gráfico,  la otra cara que le ofrecía el viaje fue la más apreciada, desde el primer momento se sintió maravillado y seducido por ese nuevo mundo, fascinante, cambiante y vivo, rechazó la residencia oficial que se la había otorgado para vivir en tiendas prácticamente al aire libre,  sus ojos devoraron el espectáculo de la vida oriental, la vida en las calles, se obsesionó por capturar los momentos que serían la base de sus primeros cuadros importantes.

África lo deslumbró con sus planicies infinitas, se enamoró del paisaje y de los marroquíes, incluso aprendió nociones básicas de árabe para comunicarse con ellos, a través de bocetos, dibujos, acuarelas y tablitas de óleo, captó esos maravillosos colores a la intensa luz del sol, consiguió una sensacional ambientación por medio de composiciones aparentemente sencillas pero muy complejas en el fondo, tras terminar la guerra y su regreso a España, en 1862 solicitó a la diputación de Barcelona regresar a África para continuar  los estudios de luz de los parajes, este segundo viaje tuvo una influencia mayor al primero en su pintura, definiendo el estilo orientalista en su obra, tras su regreso a Europa, volvió a Roma,  momento en que el pintor Vertumini, uno de sus contemporáneos, no pudo describirlo mejor: “Cuando salió de Roma era un simple discípulo, cuando regresó era un artista completo.”

Marruecos le dio a Fortuny la vitalidad y la capacidad de traducir y expresar en imágenes su visión del mundo, lo liberó de convencionalismos y cánones académicos, a partir de ese momento fue considerado como el mejor pintor orientalista español, además de ser uno de los mayores divulgadores de esta temática en toda Europa, en junio de 1860, se exhibieron en una exposición en Barcelona los más de doscientos dibujos que realizó en Marruecos, entre ellos los bocetos de las piezas: “La batalla de Wad-Ras” y “La batalla de Tetuán”, cuadro que le obsesionará el resto de su vida. En 1870 regresó a España, a Granada, lugar que lo enamoró y embrujó y describiría de esta manera: “Imagínate la Villa en la cumbre de una montaña rodeada de torres moriscas y el centro el palacio árabe más bello que se puede soñar, con lujo y ornamentación tales que las paredes parecen cubiertas de encaje y tejidos de la mayor riqueza…”

Ahí en Marruecos disfrutó como nunca e incluso contempló la posibilidad de crear su propia escuela con el concepto de las academias tradicionales italianas, pero tuvo que regresar precipitadamente a Roma con el fin de dar por terminadas todas sus relaciones con su representante, la gran ciudad ahora en una Italia unificada, le pareció sórdida y ajena, trató cerrar muchos encargos para llevarse a París y terminar su contrato, asunto que no logró cerrar hasta poco antes de morir a la edad de 36 años, a causa de la malaria…

*Ruth Figueroa – Originaria de Guadalajara, Jalisco, Mx. Inició su trayectoria profesional en el medio cinematográfico en 2001. Sus películas han sido comercializadas y proyectadas en Francia, Nicaragua, EUA, Nueva Zelanda, Argentina y recientemente en Venezuela. Los temas más destacados de las películas son en torno a las tradiciones mexicanas, migración y video danza. Es columnista en el periódico El Sol de León, en Avenida Digital 3.0. Es fundadora y directora del Centro Cultural Casa Aura en León, Guanajuato. En 2019 colaboradora en La Voz del Árabe.

 Ilustración: Gastón Ortiz

La Voz del Árabe (LVÁ) – ESPECIALES – Cd. de México, septiembre 18 del 2019

 

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