GUADALUPE RODRIGO, MISIONERA DE PAZ

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Su fortaleza y determinación me cautivaron y cada día me tenía más atenta a lo que sucedía en su entorno, en la Siria destrozada por la guerra.

 Ruth Figueroa

Nunca había conocido a alguien que viviera en medio de la guerra, hace cinco años seguí a través de videos en internet y periódicos de diferentes países los acontecimientos en Siria. Cierto día al leer las noticias supe por primera vez sobre la hermana Guadalupe Rodrigo, religiosa de origen argentino, perteneciente a la congregación del Verbo Encarnado, quien relataba su experiencia como misionera en Medio Oriente. La hermana Guadalupe sonríe dulcemente, todo el tiempo sonríe, pero su gesto cambia cada que inicia sus testimonios. Me enamoré de su historia personal.

Su fortaleza y determinación me cautivaron y cada día me tenía más atenta a lo que sucedía en su entorno, en la Siria destrozada por la guerra. Ella llegó a la ciudad de Alepo en el año 2011, cuando sólo se respiraba paz. Ella siempre asegura en sus declaraciones que era una ciudad amigable, de clase media en donde las personas de distintas nacionalidades y religiones convivían sin problema, con respeto y tolerancia, en la ciudad radicaban musulmanes, católicos y judíos.

Siempre menciona que Alepo era el corazón económico de Siria. Cuando empezaron las protestas todos pensaron que era esporádico, que pasaría y olvidarían ese trago amargo, pero poco a poco se agravó todo hasta que el conflicto llegó para quedarse… En entrevista la hermana mencionó: “Parecía que no, esto no puede estar pasando en Siria”.

Cuando los habitantes de Alepo se dieron cuenta de lo que sucedía, ya tenían en la puerta los tiros, los bombardeos, los aviones, los tanques “¡Estamos en guerra, un caos, una tragedia!” “Se acabó la comida: Las verduras, las frutas, la carne. Estamos encerrados dentro de la ciudad. Se acabó el combustible, el gas. Es muy difícil tener luz, sólo tenemos una o dos horas de electricidad al día”, dijo la hermana en uno de sus testimonios al compartir lo ocurrido en esos momentos. La vida se convirtió en un acto se supervivencia cotidiana. En eso tuvo una oportunidad para salir del país y lo hablo con su familia de Argentina y ellos le respondieron: “¿Vas abandonarlos cuando más te necesitan?” Reflexionó al respecto y decidió permanecer en Alepo.

Cerraron los negocios, los niños se ausentaban en las aulas de las escuelas… Una de las pocas cosas que le hace perder la sonrisa a la hermana Guadalupe es siempre que habla de los niños. “La vida de los niños es tremenda. Muchos de ellos pasaron su infancia en medio de la guerra. ¿sabes qué hacen?”, dice con ojos de asombro, “en lugar de intercambiar figuritas intercambian balas. Llevan una cajita con las balas que hallan y las cambian entre ellos. Es dramático”. Entonces, fue surgiendo una de las crisis migratoria más grande como resultado de un creciente número de refugiados de todas las edades, buscadores de asilo con el deseo de rehacer sus vidas.

«Los grupos que están llevando adelante las batallas, tienen sus propios objetivos políticos y religiosos”, y la población civil han sufrido las consecuencias desde el comienzo del conflicto, están siendo masacrados. Se han tomado varios barrios de Alepo, en esos barrios ya no quedan habitantes, los han matado o en el mejor de los casos les dieron una hora para salir. La gente huía con lo que podían, cargando a sus hijos, a sus enfermos. Tomaban lo que podían y se iban. Ahora, desde los barrios que tienen tomados disparan hacia los barrios con misiles, cohetes, armas de todo tipo”. La hermana Guadalupe mencionaba que en Siria quedan pocos sobrevivientes y necesitan mucha ayuda.

Logré conseguir su contacto y pasaron tres años, desde 2015, para recibir una respuesta al correo electrónico que le envié a la hermana Guadalupe.

Durante todos esos años ella estuvo presente en mis pensamientos todos los días. Me preguntaba cómo estaría, si seguiría con vida, qué sentimientos tendría en esos momentos de terror y me angustiaba mucho. Me consolaba al escuchar nuevamente sus testimonios y me tranquilizaban sus palabras de firmeza y valor.

En su correo electrónico me habló de lo complicado que es estar comunicada. Ella siempre comparte con una mirada de asombro como todos se acostumbran a permanecer en medio del conflicto porque tienen que seguir sus vidas. Ella recuerda los primeros cañonazos. Cuando se escuchaba una explosión muy fuerte, se cimbra todo, se abren las ventanas por la onda expansiva, se ve el humo, por un lado, fuego por otro. Al principio quedaban paralizados, pero ahora ya no. Se abre la puerta por la explosión, se cierra y se sigue conversando.

Ante tanto drama, muchos se refugian en la espiritualidad. “La guerra te cambia, encuentras otro sentido a la vida. Muchos se aferran más a la fe te sostiene, inclusive para mantenerte sano de la cabeza”, reflexiona la hermana siempre sonriendo.

Hace menos de un año tuve una conversación con ella por teléfono y sigo en contacto con ella para compartirme los horrores de la guerra, pero también para recordarnos que no hay que perder la fe y la esperanza. Que aún en la penumbra siempre existirá un rayo de luz.

Ruth Figueroa – Originaria de Guadalajara, Jalisco, Mx. Inició su trayectoria profesional en el medio cinematográfico en 2001. Sus películas han sido comercializadas y proyectadas en Francia, Nicaragua, EUA, Nueva Zelanda, Argentina y recientemente en Venezuela. Los temas más destacados de las películas son en torno a las tradiciones mexicanas, migración y video danza. Es columnista en el periódico El Sol de León, en Avenida Digital 3.0. Es fundadora y directora del Centro Cultural Casa Aura en León, Guanajuato. En 2019 colaboradora en La Voz del Árabe.

La Voz del Árabe (LVÁ) – ESPECIALES – Cd. de México, junio 19 del 2019

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