UN CUBANO EN MÉXICO
-Un niño que cortó su vida en el país donde nació, pero renació en otro…
Luis Miguel Cobo
1
Una historia que parecería cuento, una realidad que se debe platicar, de antaño a la modernidad no ha cambiado, ha empeorado.
Hoy que al parecer habrá cambios en la empobrecida isla de Cuba, esto que se platica fue una vivencia muy clara de las que nunca se olvidan cuando tienes una mente perceptiva y te gusta saber todo lo que sucede a tu alrededor, en la familia y en la escuela, y cada vez que salías a la calle cuando eras niño…
***
Corría el año de 1969, sí, del siglo pasado, cursaba el 5° año de primaria en el Instituto Patria, de los jesuitas, en avenida Moliere 222, en la colonia Polanco, hoy en el 2026 ya no existe, una tienda comercial de lujo se plantó en ese terreno tan peleado por varios años. Fue la etapa de primaria los años maravillosos, cuando se recuerda esa época de la vida se vuelve a gozar tan solo recordando tantos ires y venires a esa edad incluyendo tantas travesuras cometidas dentro de una inocencia perdonada por todos menos por la mamá y el papá, pero al final todo eso se convirtió en solo experiencias recordadas con cariño hasta la fecha.
En esos años la vida era completamente diferente a la actual, el siglo XXI ya no es parecido en nada a los años felices de la niñez del siglo XX. Pero la evolución y el curso del tiempo nadie lo puede detener, así que hoy en día el cambio está hecho, positivo o negativo se ha hecho y queramos o no tenemos que vivirlo en todos los ámbitos sociales y políticos.

Aquellos años de la primaria con los jesuitas no eran tan malos, decían que ellos eran los mejores, digamos que por la edad no comprendía mucho de los trabajos ocultos de los curas, prelados que según ellos educaban a los niños que en aquellos años pagaban mis padres $100.00 de colegiatura, cuando el padre Eduardo Chico era el director, un cura de estatura alta, anteojos de aro casi invisible, calvo de mirada seria la que causaba miedo a los niños que muy pocas veces lo mirábamos. Pero en la primaria, porque también había secundaria y preparatoria del otro lado de los patios de la primaria, el encargado o prefecto de primaria era el padre José Arellano, un viejo mal encarado de complexión robusta, voz recia y anteojos gruesos que gozaba dar anuncios cada mañana y poner en ridículo a los que llegaban tarde o habían sido reportados por alguna falla o travesura. Se la pasaba vigilando todo el día cada piso de la grandota escuela, también dando avisos a todos los salones por medio de su amado micrófono en línea directa a cada salón de clases, teníamos una bocina que igual nos escuchaba como nosotros a él cuando hablaba, daba avisos o solicitaba la presencia de algún alumno o profesor en la prefectura, era de terror escucharlo. Los prefectos adicionales o secretarios de Arellano eran el señor Sergio Gómez, el señor Francisco Blanco, y el señor Villa, los que recuerdo. Pero también el padre Justiniano era buena gente, chaparrito y calvo con anteojos, siempre de traje iba y venía por toda la escuela, tenía una gran oficina llena de libros y revistas, unas que vendía, las de Fix y Foxi y los Aguiluchos, me gustaba ser castigado por él porque me ponía a leer dentro de su oficina junto con otros compañeros. Estaba también el señor Tilín encargado de la tienda o cooperativa donde comprábamos todas las porquerías que comíamos durante los dos recreos, aunque eran porquerías de pastelitos empacados, dulces y refrescos y jugos, los famosos Boing de tetra pak, también había tortas de jamón y esas cosas, los alimentos empacados eran mucho más sanos que los actuales, hablamos de los años sesenta, era otra época, por decir un ejemplo, los twinki wonder, los submarinos, el gansito, pastelito que a todos gustaba, era una delicia mucho antes de que recomendaran congelarlo, los actuales no saben igual, quizá porque ya no son tan saludables y todo es mucho más ultraprocesado, contienen más aditamentos y saborizantes químicos que no dan el sabor natural de antaño… Y también estaba el señor Lolo y otro señor, el viejito Narciso, eran los encargados de la limpieza de la escuela y del famoso “patio amurallado”, un patio de castigo como si fuera un cubículo de la prisión de Almoloya por dar un ejemplo, la estancia ahí durante todo el recreo era el castigo que recibías si llegabas tarde o cometías alguna falta menor que mereciere un castigo mayor.
Esa gran escuela tenía dos grandes patios para el recreo, canchas de basquet, atrás los campos de futbol pavimentados, en esas canchas estacionaban los camiones escolares color naranja, eran muchos. En el patio central donde estaban las líneas de cada salón pintadas de amarillo sobre el suelo para formarnos, había varios postes con un espiro o pera de piel para golpearlo, en los que retábamos, los árboles con un cuadro de tierra en el piso donde jugábamos a las canicas, y por supuesto los vendedores ambulantes fuera de la escuela vendiendo frutas, helados, la señora de los dulces y los tacos de canasta de “el calabaza” en su bicicleta, gritaba cuando llegaba “¡ya llegó el cala…!”, cincuenta centavos cada taco, una delicia que hoy no los encuentras así, la reja de malla ciclónica que tenía como barda daba ese chance de vender y comprar fuera de la escuela, nada igual a lo de hoy, la vida como fuere era mucho más sana en todas las áreas y sentidos, con un peso podías comprar tu almuerzo o lunch y estar bien durante la mañana, un refresco “Orange Crush” chico y un pan conocido como “trenza”, de pan y miel, deliciosos, o cualquier otro alimento, solo con un peso…
El Patria, como le decíamos, tenía también un restaurante o cafetería, en una especie de sótano donde se dividía la primaria de la secundaria, donde había muchas mesas en las que los alumnos comían cuando había clases en la tarde o algún castigo después de la salida de la escuela que era a las 14:00 Hrs., pude comer varias veces ahí, nada mal, era una comida muy sabrosa y sana además de barata. También había un gran gimnasio con una cancha de basquetbol que más bien era utilizado por secundaria y preparatoria, pocas veces los de primaria lo usábamos, según recuerdo.

Los curas jesuitas también tenían, frente a la escuela, sobre la avenida Horacio equina con Moliere en Polanco, como dije, frente al Instituto Patria, la iglesia de San Ignacio de Loyola, era de ellos, o sigue siendo, de color amarillo el exterior, no muy bonita por cierto, me descolocaba mentalmente acostumbrado a otras construcciones, con un techo amarillo de dos aguas altísimo, desde el suelo hasta donde terminaba, oscura y la imagen del cristo sobre el altar tamaño gigante, como del estilo de Dalí pero en feo, a donde cada viernes primero de mes teníamos que ir a fuerza, quisieras o no, a escuchar una misa por quién sabe qué, algo que nunca entendí, pero ahí estábamos vestidos con traje de gala, azul marino, camisa blanca, casi era a fuerza que comulgaras, pero si ayudabas tocando la campana y con la patena en el momento de la comunión, de monaguillo, al final, en la sacristía, te regalaban una bolsita con recortes de obleas, de las hostias que habían dado en la misa. También esa maravillosa escuela, lo digo así porque fue mi primera escuela, donde cursé la primaria, pues había un gran teatro o salón de actos, lo recuerdo muy grande donde se realizaban las fiestas de fin de curso entregándonos diplomas y medallas, menciones honoríficas y otros, también se alquilaba para obras de teatro a otras escuelas para sus festivales y cosas así. Recuerdo muy bien que mis padres acudieron ahí cuando se presentó la obra de teatro “La criada bien criada” con María Victoria, que por cierto todos decían que era una buena obra, mucho antes de que la produjeran en televisión. Ignoro si otra escuela tendría algo parecido en aquellos años sesenta, pero con haber conocido el del Patria me fue suficiente. Era un Instituto muy grande de casi toda la cuadra, o toda ella, con varios edificios, nunca la conocí completa, solo la sección de primaria.
Y así muchas cosas más por las que podría nunca dejar de escribir detallando lo que en esa escuela teníamos y vivimos, para nosotros la mejor de todas donde convivimos muchas horas cada semana durante varios años, en verdad fue una escuela que se recuerda con cariño extrañándola porque las otras no conocemos, y otras que sí, las de curas pederastas fueron las peores…
2
Como dije antes, eran los años sesenta, vivíamos un tiempo en México, durante mi niñez hasta donde puedo recordar en mi entorno familiar y social, con mucha paz, bueno, hasta que llegó el 2 de octubre del ´68 desde meses antes con las marchas que hacían, pero esa es otra historia que también vivimos con la atención de un niño de once o doce años. Pero aun en este 1968 no había nada más que hacer que ver televisión, en blanco y negro, jugar en la calle la cascarita de futbol con la pandilla de niños que convivimos, no podían faltar las bicicletas y más tarde las patinetas y los patines metálicos, jugar con el vecino en el jardín de la casa de cada uno, había mucha tranquilidad en la calle Flamarión en la colonia Anzures en la ciudad de México, la que aún existe y también las casas que habitamos algún día ahí están de pie.
Diariamente salíamos de la casa en Flamarión a las 7.30 de la mañana o cuarto para las ocho, llegábamos a la calle de Moliere tres o cuatro minutos antes de las ocho, no había tráfico, hora en la que sonaba la chicharra para formar filas en el patio del Patria, todos en fila escuchando al padre Arellano y sus avisos, cuando terminaba de hablar y hablar se ponía un disco de música clásica que se escuchaba en el patio por las bocinas de su micrófono, Mozart, Vivaldi o quien fuere, como de fondo para llegar relajados, según él, a los salones, en fila se entraba al edificio directo a su salón cada grupo. Si fuere lunes serían los clásicos y aburridos honores a la bandera y luego al salón, como siempre.
Una vez dentro del salón la maestra, porque tendrías un maestro hasta el sexto de primaria, antes de ese año éramos niños aun, maternales, supongo por la tontería de los maestros y maestras en la primaria. Pero estaba bien. Antes de dejar las mochilas y acomodar los libros debajo del pupitre era el momento del rezo, a fuerza, rezábamos a todos los santos y luego empezaban las clases, era del gusto de cada quien, pero si gustaba o no te aguantabas, antes de cada clase se rezaba, cada llegada del recreo se rezaba, a veces molestaba porque muchos nos hartamos de tanto rezo que no sabíamos, en la primaria, para qué o por qué…
Los salones de clases eran grandes, de techos altos pintadas las paredes de color verde claro, con ventanas algunas muy angostas, en columnas horizontales de unos 25 o 30 cm de ancho, para no distraernos seguramente, otras eran normales, pero no estaban a nuestra altura, el muro era alto que las sostenía. Éramos unos treinta y cinco o cuarenta alumnos en cada salón o quizá más. Pero es cierto que la niñez de aquellos años era mucho más tranquila que la de hoy, las clases que nos impartían también eran mucho mejores que las de hoy, se leía y estudiaba más que hoy en día, estoy seguro de esto porque se nota sin mucho que ver, ahí están los intelectuales modernos, la ignorancia actual tienen muchos autores, entre ellos los programas escolares actuales de primeria y secundaria, el internet y muchas otras razones, sin olvidar la gran ignorancia de los maestros o profesores, no se necesita ser experto para notarlo y saberlo, además hay noticieros y comentaristas profesionales que lo dicen con pruebas irrefutables.
Una de las clases que gustaba más era la de educación física o gimnasia que muchas veces fue impartida en el gran gimnasio; cuando nos pasaban las famosas filminas sobre algún tema en especial correspondiente a alguna clase de historia o cualquier otra en un salón especial para eso; o la clase de música y/o canto; la de moral o catecismo, otra maestra nos impartía la clase de inglés, eran interesantes porque nos sacaban de la rutina de las otras materias “más serias”, y alguna otra actividad, era divertido y nos daban chance a mucha creatividad a esa edad.
Según se puede recordar, insisto, aquellos años sesenta fueron realmente increíbles por donde se les quiera ver, una década de muchos cambios y muchas novedades cuando eras niño, a esa edad que todo es nuevo y todo es preguntar para conocer más, en aquella época que no había y ni se imaginaba el internet abundaba la creatividad en la niñez de aquellos años en cada tarea escolar, libros y enciclopedias para investigar y resolver dudas, página por página sintiendo el papel y su olor hasta encontrar lo deseado, era increíblemente entretenido y cultural. Cada juego que se realizaba con los juguetes de aquella época, todo era normal hasta que algún suceso se ponía enfrente y podía cambiar tu vida y forma de pensar, más aun cuando no conocías el mundo, cuando ni siquiera imaginabas que además de tu hogar, tu colonia, la escuela, tu familia y tus conocidos afuera había un gran mundo que marchaba igual que el tuyo, mejor o mucho peor que cualquier otro… Detalles de la vida que te crean experiencia y muestran la verdadera realidad de lo que tendrás que aprender y prepararte para tu vida futura.
3
Las clases de aquel día marchaban bien, como siempre la maestra tomaba lista en la mañana, luego hablaba y hablaba, hacía preguntas, revisaba tareas, tomábamos apuntes dictados por ella, escribía en el pizarrón y copiábamos, eran las clases de una primaria bien hecha, así, nada que ver con lo hoy, la comparación no es por molestar, pero era mucho mejor, digamos que más profesional.
Era el medio día, seguramente de primavera por el calor que hacía, habíamos llegado del primer recreo, muchos con sudor escurriendo en la cara por los juegos en el patio, otros tranquilamente llegábamos con el pequeño paquetito de los famosos “charritos” de harina que no terminamos o los cacahuates japoneses, antes de comenzar la clase muchas veces la maestra mandaba a varios compañeros al baño para que se lavaran la cara y las manos, un signo educativo que nos servía de mucho, limpio se estudia mejor.
La maestra impartía alguna clase cuando a la mitad llegó interrumpiendo el padre Arellano, una vez dentro del salón, todos de pie lo miramos, saludamos y luego de ordenar que tomáramos asiento comenzó a decirnos algo que nadie esperaba.
Lo acompañaba un niño que para muchos fue extraño, diferente a nosotros, algo tenía que llamaba mucho la atención, su mirada de asombro, mirando de un lado a otro del salón parecía como si buscara algo, sus facciones finas de niño con las mejillas sonrojadas, a punto de reír tratando de estar serio. Todos enfocados en ese niño esperábamos que hablara el rector hasta que lo hiso,
—Jóvenes buenas tardes, —respondimos al saludo, continuó, —a partir de hoy tendrán un nuevo compañerito, es él, se llama Augusto Ruiz, viene del país de Cuba, así que por favor trátenlo bien y espero que hagan una buena amistad con él. —Luego se dirigió a la maestra dándole indicaciones y abandonó el salón.
—A ver niños, ¡pongan atención! —Dijo casi gritando la maestra Elena, todos guardamos silencio rápidamente poniendo atención a lo que nos diría, —a ver, tu y tú vayan al patio amurallado y pídanle al señor Lolo una banca y la suben, por favor. —Aquellos dos compañeros salieron corriendo del salón hasta dos pisos abajo para subir el pupitre para Augusto, una vez que llegaron con el mueble la maestra dio indicaciones para mover la fila de pupitres y acomodar el suyo en la primera fila del lado izquierdo frente a su escritorio, pegado a la pared frente a la puerta, casualmente yo estaba en el mismo lugar, pero en la segunda fila, nos mirábamos de frente los dos, uno a la derecha otro a la izquierda, siendo los primeros de ambas filas, luego había a mi derecha unas tres o cuatro filas más y la puerta del salón.
Salimos al segundo recreo, todos en fila hasta llegar a la planta baja. Augusto vestía un pantalón de casimir muy gastado de color negro, una camisola blanca y un saco de color gris oscuro también desgastado por el uso, de lana y con el calor que hacía… Sonriente siempre, las mejillas sonrojadas con el pelo lacio cayendo un copete sobre la frente que acomodaba a cada momento. Los pantalones eran un poco más anchos de lo normal, lo que lo hacía ver no muy alto, teníamos casi la misma estatura. Fue en el recreo que lo encontré caminando solo frente a los bebederos de color blanco en el pequeño patio junto a la puerta de entrada que daba a la avenida Horacio, a un lado de las escaleras grises de caracol por las curvaturas que tenían, anchas de cemento o concreto puro.
Nos miramos, yo caminaba por ahí, nos topamos y sonreímos, —¿cómo te llamas chico? —Me dijo preguntando en un tono totalmente nuevo y desconocido para mí, lo miré fijamente en silencio primero pensando en que ese no era una fonética y tono de voz conocido, hasta que respondí,
—Soy Luis, ¿tu cómo te llamas? —Sonrió mirándome,
—Oye chico, ya lo dijo el cura allá arriba, me llamo Augusto. —Dijo sin dejar de reír.
—Y ¿por qué hablas así? —Pregunté.
—Porque así hablo, chico, caráa…, tu hablas diferente…
—Pero es que se oye diferente, hablas diferente, se oye chistoso,
—Pues porque así hablamos en mi país, Cuba, La Habana, oye chico es mi país.
—¿Y dónde está? ¿Está muy lejos?
—Bueno sí, ¿no sabes dónde está Cuba?
—No… —El silencio no duró mucho, en pocas palabras y entendiendo poco me explicó dónde estaba. La clase de geografía era limitada en ese grado escolar, solo estudiábamos México y su geografía, los inicios de la Rosa de los Vientos o puntos cardinales, estados y capitales, extensión geográfica y esas cosas.
Ese día fue el principio de una gran y afectuosa amistad entre Augusto y yo. En el salón de clases se le puso el apodo de “el chico” porque nunca te llamaba por tu nombre, te decía “oye chico mira que está mal, oye chico es un juego…” y así muchas veces, para todo lo decía y para nosotros era simpático escucharlo, su tono y fonética era diferente para nosotros, por lo menos para mí que no había escuchado otro idioma o forma de hablar que no fuera el español capitalino y el inglés, apenas tendría diez u once años de edad, pero era simpático más aún cuando se enojaba con un compañero que se apellidaba Tamayo, era quien más lo molestaba, pero solo por molestar de manera simpática y nada más, al final todos reíamos incluyendo a Augusto. Era inteligente y aplicado, cumplía siempre con todas las tareas escolares, era un buen niño, pero más un excelente amigo en ese tiempo…
4
La amistad había crecido demasiado en poco tiempo, casi siempre estábamos juntos en los recreos además de otros de mis amigos: Ramón, Pablo Ignacio, Juan Carlos y otros, jugábamos a lo que juegan los niños en la primaria, balompié, como le decía, canicas, espiro, trompo o el yoyo cuando era la temporada, o solo caminar por ahí hablando y seguíamos hablando.
Después de algún tiempo llegó el momento en el que le pregunté a mi mamá si podía invitarlo a mi casa, ahí en Flamarión, ella me dijo que le llevara el teléfono para que hablara con su mamá y se pusieran de acuerdo. Así lo hice y al día siguiente le llamó a doña Amalita, su mamá.

Mi madre ya sabía que era cubano y más o menos me explicó algo de la no muy aceptable forma de vida en la isla, que no era nada buena o positiva, al contrario, “pobrecitos” dijo mi madre varias veces. La razón fue que tenía un tío que viajaba mucho, trabajaba en el aeropuerto en Canadian Pacific Airlines, él comentaba de los lugares que había conocido, entre ellos Cuba.
Habló con la señora Amalita, se presentaron por teléfono y con gusto aceptó, sería el próximo sábado que pasaríamos por el al hotel Del Carmen en la calle de Río Rin en la colonia Cuauhtémoc. En la camioneta color verde Rambler American de mi madre llegamos por él, sería el medio día cuando ya estaban Augusto y su mamá esperando en la puerta del hotel. La miró mi madre hasta que la señora Amalita se acercó a la camioneta y saludó a Elvira, mi madre, se bajó del auto y platicaron sobre la banqueta por unos minutos. En aquellos años no era una avenida tan transitada como lo es hoy.
Ya estábamos en la casa sin saber qué hacer, a qué jugar, fue hasta que mi padre, estando muy de buenas, nos prestó unos autos de su colección Corgi Toys, eran muchos así que Augusto escogió los suyos y yo los míos, bajamos al jardín que era grande, la casa de mi abuela estaba unida a la de mis papás, así que teníamos mucho espacio para jugar.
Ya habíamos trazado sobre el piso de loseta rosa una gran pista con sus calles para que los autos circularan por ahí al mismo tiempo que inventábamos el diálogo para el juego. De repente y causando un asombro riendo y rodando los autos sobre el piso Augusto gritó,
—¡Caráa…! ¡Oye chico esta guagua no pudo pasar se estrelló, que venga la ambulancia rápido, anda…! —Lo miré serio, buscaba la ambulancia y pensaba en lo que había dicho, ¿qué dijo? Entonces solo pregunté mirándolo,
—Oye dime, ¿qué cosa es una guagua? —Sonrió sin parar, luego simplemente respondió,
—Chico, pero ¿cómo es que no lo sabes? Una guagua es esto… —me dijo mostrando un pequeño camión de pasajeros. Fue entonces cuando empecé a entender que él tenía nombres diferentes para muchas cosas, fue el comienzo de grandes dilemas para poder entendernos y comprender lo que cada uno quería decir.
Continuamos jugando en el jardín un rato más hasta que nos aburrimos y subimos a mi habitación, ahí hablamos de no recuerdo que tantas cosas, luego tomó una cámara fotográfica muy pequeña que tenía sobre un mueble, era un adorno que parecía de juguete pero sí hacía fotos, no era muy fina pero servía, empezó a hacer como si sacara fotos a lo loco, lo perseguí por toda la casa hasta que llegamos a la de mi abuela, riendo y gritando, cuando se cansó volteó frente a mí sonriendo, sosteniendo la cámara con ambas manos o los dedos por lo pequeña, apenas y podía con el juguetito, poniéndolo en su ojo me gritaba,
—¡Quieto ahí chico, déjame hacer una fotingrafía…! ¡Para hí chico, para…! —La risa no me dejaba hablar, pude contenerme y pregunté,
—Oye Augusto… —reía, —¿qué es fotingrafía? —Él también reía a carcajadas, paró un poco y dijo,
—Pues esto chico, caráa… ¡Es esto chico…! —Decía mostrando la cámara, entonces riendo le dije,
—No Augusto, no, eso es una fotografía… —Y ambos reíamos…
Cada vez que decía “caráa” era porque no se atrevía a decir la palabra completa, carajo, ese era el significado, lo confesó en secreto diciéndome que a sus papás no les gustaba que lo dijera porque era una mala palabra. Tambine me causaba gracia escucharlo cómo no podía a veces pronunciar a letra “R”, cuando decía “goldo” en lugar de gordo, “alitmética” en lugar de aritmética, “oldenado” en lugar de ordanado, y más, lo corregía y él solo me miraba riendo…
Ese día jugamos hasta cansarnos, llegada la tarde noche mi mamá sirvió la cena y muy tranquilos la comimos. Augusto era de buen diente, después me enteré por qué…
Esa noche fue una noche traumática para un niño de mi edad, era apenas 1968 y no comprendía muchas cosas, pero de todo eso mi mente grabó la mayoría, y sí, una especie de trauma de los que no se pueden olvidar nunca fue cuando llegamos al hotel Del Carmen, serían como las ocho de la noche de aquel sábado inolvidable, Augusto me dijo,
—Ven chico, ven, sube conmigo para conocer a mi papá… —Miré a mi mamá tras el volante y asintió con la cabeza, bajó del auto y lo seguí.

Entramos al hotel, un gran lobby sin alfombra, un olor extraño, a viejo, como si nunca se hubiera trapeado, a sudor humano de quienes lo habitaban, oscuro casi en su totalidad. Cuando caminábamos hacia las escaleras porque el ascensor no funcionaba por viejo la gente nos miraba, miré esas caras que nunca olvidas, serios hombres y mujeres en silencio, chicos y grandes, sus caras de tristeza evidente en cualquier momento, miradas penetrantes dominantes que te sostenían y te hacían retroceder, olía a tristeza, melancolía por su terruño, envidia de ver a los que vivíamos en un país libre en el que podías conseguir lo que quisieras, en el que podías trabajar en lo que más te gustara, un país en el que vieron las tiendas abarrotadas de comida y artículos de todo tipo, en el que podías tomar un café bueno con azúcar de primera en cualquier lugar, en donde había cientos de “guaguas” que funcionaban, automóviles nuevos del año, relucientes, policía que resguardaba a los ciudadanos, un país en el que las mujeres podían caminar solas en las calles sin ser molestadas, venían de un régimen que tenía un sistema perverso del arte de la miseria para sus gobernados, estaban ya en un país lleno de libertades en el que se podía hablar de lo que quisieras, todo eso y más que el suyo, Cuba, no tenía desde el año 1959…
Llegamos al tercer o cuarto piso, caminamos por un pasillo que era como un gran balcón, hacia mi lado izquierdo podía ver abajo aquel lobby con poca luz que parecía un cementerio viviente, hoy podríamos decir que eran todos ellos unos zombis. Llegamos a su departamento, como él le decía, que tan solo era un cuartucho de hotel de tercera con dos camas una mesa al centro con cuatro sillas, un tocador, un ropero, un pequeño baño y ya. Abrió su madre y entramos, ella sonriente como siempre me saludó, abrazó y preguntó cómo habíamos estado, bien le dije, luego habló Augusto, mira chico, él es mi papá, me acerqué y lo saludé gustoso, me sonrió preguntando cómo estaba, dije que bien… Su cara de un señor bien parecido de edad avanzada, más bien acabado por el desastre de la nefasta revolución en su país, la tristeza se miraba en él, pero también la desesperanza y angustia, de pelo cano y arrugas en la cara sonriente a medias. Una vez que Amalita me llamó y fui con ella, el padre, don Augusto, tomó asiento en la pequeña mesa que estaba al centro de la habitación.
Nos despedimos después de unos minutos y Augusto me acompañó hasta la entrada, se despidió y nos vimos hasta el lunes en la escuela, sería un día más, un día con muchas verdades que había descubierto ese sábado que muchas no las comprendía…
5
En aquellos años empezaba a comprender, con apenas diez u once años muchos detalles de la vida de los que nadie te explica, nadie te dice cómo y por qué, tan solo aquellas decenas de caras que miré el sábado en aquel hotel fue suficiente para saber que la gente también se entristecía por sus problemas, o quién sabe por qué… pero también aprendí que había gente que no vivía como yo, que había salido de su país huyendo de una terrible y horrible situación que jamás entendí hasta que llegué a la secundaria y un profesor lo explicó, más tarde en la universidad. Cuando eres pequeño, un niño y te llegan tantas verdades tan crueles de golpe es cuando maduras y comienzas a ver la vida de otra manera, es cuando muchos colores de la niñez desaparecen y nacen más opacos los de la adultez, eso es bueno y es malo, simplemente es la vida que nos lleva por sus largos y muy sinuosos caminos, a veces empedrados a veces tan lisos como una mesa de billar, es cuando logras un momento de felicidad en un momento de tu vida que seguramente no durará mucho…
En el Patria, Augusto y yo platicábamos mucho, él no podía creer que un dólar estadounidense costara tan solo doce pesos con cincuenta centavos en aquellos años sesenta, en Cuba, decía, el dólar es carísimo si lo hay… Pero tampoco creía que un auto VW costara tan solo $27,500.00 en aquella época, ¿eso cuesta chico? Le explicaba que sí, él me decía simplemente que en Cuba no lo había, que allá no había nada y lo que había era muy viejo y estaba desgastado… Pero también aprendí algo cuando en mi casa le ofrecí, antes de la cena, una rebanada de “papaya”, de inmediato soltó la carcajada, me dijo “coño, no digas eso…”, continuaba la risa, “eso no se dice, caráa… es una palabra grosera chico…”, pregunté como casi siempre que decía algo, “¿pero por qué Augusto, que tiene de malo decir papaya?”, y la risa aumentaba, “esa es la parte de la mujer chico, no lo digas…”, no paraba la risa, “entonces ¿cómo se dice?”, le pregunté sin reír, “se llama fruta bomba, chico, fruta bomba…”, entonces quedó claro, pero más cuando me lo explicaron después.
Llegó el momento en el que mi madre invitó a los papás de Augusto, fue cuando me enteré que ellos le decían “Tico”, mi padre con don Augusto, mi madre con Amalita platicaron por mucho tiempo, nosotros en el jardín y luego en el cuarto de la televisión, que era también una pequeña biblioteca que tenía mi padre, pero en la que todos nos reuníamos a ver algún programa de la tele. Por algo bajé, seguramente a la cocina, pasé por la sala y de lejos miré a la madre de Augusto llorando mirando de frente a mi madre y hablando, mi madre no le quitaba la vista, yo me angustié al ver esa escena, tenía miedo de acercarme y decidí llegar a la cocina quizá por unos vasos de agua.
Más tarde los fuimos a dejar al hotel Del Carmen, en el auto de mi padre, ellos agradecidos siempre se despidieron y bajaron del auto, mi padre los acompañó hasta la puerta y yo detrás de él.
De regreso a la casa la madre le comentó varias cosas a mi papá que no puse atención, lo último que dijo fue simplemente: “pobre gente, cómo habrá sufrido…”
Días más tarde mi madre me comentaba lo que le había platicado Amalita, era espantoso, ignoro si fue positivo o negativo que a esa edad yo me enterara de tantas cosas tan negativas, anomalías de la vida que no sabía que pudieran ser y suceder, empezando porque el padre de Tico era el dueño de una fábrica de gran tamaño de calzado en Cuba, al saber el gobierno que abandonarían la isla se las quitó, el trabajo de tantos años logrado por ese hombre y su padre en un minuto desapareció por la maléfica, ¿o maldita?, revolución cubana de los malignos barbudos barbajanes, un comunismo estúpido que empobreció la isla de ensueño y transformó en un en lugar de sufrimiento y muerte lenta para sus habitantes. Pero también dijo que esperaron mucho tiempo, meses para que los dejaran salir y México les diera la visa para pernoctar aquí porque su destino sería Miami, en la Florida.
Al fin lograron abandonar la isla, contentos de poder dejar ese infierno atrás. Cuando salían de Cuba, platicaba mi madre, les revisaron las maletas, todas sin pasar una sola, revisaron su ropa, las bolsas y todo lo que podían, les volvieron a quitar todo, a Tico algunos juguetes y recuerdos que tenía en la maleta, a ella y su esposo les quitaron de sus maletas ropa, artículos varios y a ella hasta un pequeño crucifijo que llevaba colgando en el cuello, un recuerdo de su madre… A don Augusto el reloj de pulsera que tenía con él muchos años. No les importaba nada, gente envidiosa sin humanidad mucho menos alma, es que en ese momento la familia de Augusto, todos se convertían en “gusanos” desertores de la revolución que nunca funcionó, bueno, sí, sí funcionó para los altos jerarcas y lambiscones del barbudo mayor comunista, papá Fidel y toda su familia y camaradas, el que seguramente estará sufriendo en algún lugar del universo o el mismísimo infierno…
Luego dijo que a los niños de la isla los invitaba la iglesia católica a estudiar el catecismo para acercarlos a la religión, les enseñaban muchas cosas más que eran culturales, pero a unos pasos del templo pasaba la policía o servidores del gobierno, que respetaban a los curas, pero a los niños les ofrecían dulces y algunas cosas para que estuvieran con ellos y no entraran al catecismo. Los discursos de Castro duraban horas en la televisión y cuando en la plaza los decía con la gente que asistía forzados a estar ahí parados por horas. Y platicó, en aquel tiempo mi madre lo que hoy sabemos, días completos y hasta meses para esperar que el gobierno les diera algo para su casa, comida, si llegaba y lo había recibían sus poquísimas onzas de arroz, o yuca, o frijol, o lo que fuere que pudieran comer, si alcanzaban porque se terminaban y tenían que regresar, al día siguiente o dentro de un mes, ni pensar en una buena carne o pollo, eso era solo para los privilegiados de aquellos años, era la década de los sesenta, y más controversias y más injusticia vivieron los amigos cubanos, que sin más los dejaban salir, sí, váyanse, pero aquí sus cosas, todas son de nosotros, porque su casa también fue arrebatada por el gobierno y entregada a una familia o quien fuere que estaba en turno para recibirla.
Hoy se puede pensar en esto y en mucho más de la injusticia del gobierno pseudo comunista de Cuba, nunca existió esa revolución para mejorar a la isla, fue totalmente al contrario, comentó el padre de Augusto la última vez que nos vimos, mi padre en silencio y mi madre frunciendo el ceño al escuchar aquello, ojalá amigos, hermanos, nunca vaya a suceder eso en este hermoso país que nos ha abierto las puertas tan solo como puente para llegar a la Florida, al México hermoso le agradecemos con el alma el habernos recibido…
Pero hubo más en mi niñez, de alguna forma que ignoro cuál fue, mi madre se enteró que la casa que estaba en la esquina de Flamarión esquina con la avenida Ejército Nacional, también fue refugio de cubanos que corrían a Estados Unidos o quedarse en México, esa casa, comentaba mi madre a Amalita aquel último día, era patrocinada o financiada por una de las hermanas de Fidel, al parecer fue Juanita, ella pagaba todos los gastos de aquel asilo de cubanos que pernoctaban mientras se decidía su futuro, Amalita sonrió y deseó toda la suerte a esos paisanos suyos que solamente buscaban la libertad de todo y para todo.
Después de haberme enterado de aquello, aun siendo niño, cada vez que caminaba por ahí podía ver por un ventanal grande que daba a la calle lo que había dentro de la sala de esa casa, paredes vacías sin cuadro alguno, sillones corroídos por el tiempo, alfombras descarapeladas, hombres y mujeres viejos y jóvenes sentados mirando a la nada, serios, sus facciones de tristeza no me dejaban olvidar aquel sábado en la noche en el hotel Del Carmen, aun así mirando aquellos no podía mi mente de niño casi adolescente explicarse el por qué de aquella gente casi abandonada en ese lugar, recuerdo muy bien que cierto día mi madre me entregó unas bolsas del mercado con artículos y latas de comida para llevarlos a esa casa, los llevé, tardaron en abrir pero al final que me vieron por la ventana, abrieron y me recibieron las bolsas que gargareaba con mucho trabajo. De igual manera que lo hiso, con más bolsas, unos meses antes con Augusto y sus padres, llevamos aquella despensa al hotel donde se hospedaban y recuerdo que Amalita, en la puerta de hotel llorando abrazó a mi madre agradeciendo aquel gesto tan humano que había tenido para con ellos. Yo me sentía diferente al ver y percibir aquellos actos y acciones que para un niño eran muy nuevos, había visto a mujeres y niños llorando así, pero en la televisión, nunca en vivo, un fuerte golpe más para mi mente de apenas un chaval de once años.
Pronto comprendí que la vida tenía muchas injusticias pero que eran causadas por los mismo seres humanos. Me cuesta trabajo describirlas, explicármelas a mí mismo, como sucede casi en todo, de aquellas dudas fueron llegando las respuestas poco a poco pero bien, muy bien explicadas cuando decidí estudiar periodismo…
6
Aquel día para mí fue muy triste, mi gran amigo se iba a Miami, Florida, en los Estados Unidos, pude verlos, fui al aeropuerto a despedirlos con mi madre y mi tío Armando, quien trabajaba en la Candian Pacific, él como siempre me metió a hasta la puerta del avión para ahí despedirlos.
Los tres me abrazaron como nunca lo había sentido de nadie, fue uno de esos abrazos con tanto cariño que se quedan impresos, pegados al cuerpo y también en el alma, llorando los tres nos dijimos adiós, pero más bien fue “hasta la vista…”
Y partieron rumbo a su plena y gran libertad dejando atrás tanta injusticia e inmundicia política y social. La vida les obsequió esa libertad que seguramente la aprovecharían al cien por ciento…
7
No pasó mucho tiempo cuando Augusto y yo nos carteamos a menudo, por lo menos eran dos o tres cartas al mes, aun el internet ni se imaginaba, nos platicamos tanto que eran sobres muy “pesados” para el correo, cuatro o cinco hojas escritas a mano, pero usaba el papel cebolla o papel aéreo como lo nombraban, que pesaba menos, él también lo hacía, nos platicábamos de la escuela y lo que había allá en Miami, preguntaba mucho por el Patria y le platicaba, me decía de sus padres que estaban bien. En su apartamiento, como le decía, le gustaba mucho porque al centro del jardín del conjunto había una piscina para uso de los inquilinos, eso era un paraíso para mi gran amigo.
Me comentó que su padre ya contaba con un trabajo y se sentía muy bien, había mejorado mucho en su forma de ser, al igual que Amalita, mientras Augusto estudiaba la secundaria su madre también trabajaba por medio tiempo. La paz y libertad había llego por completo a esa familia cubana que tanto había soportado y que el sufrimiento estuvo a punto de acabarlos, pero la fuerza por los deseos positivos los llevó hasta el final del camino que tanto desearon, la libertad de la democracia estadounidense, de aquellos años…
No pasó mucho tiempo, yo estudiaba secundaria, el segundo año, después de varias invitaciones de Augusto para visitarlo en Miami. Mi padre me dijo que si estudiaba y aprobaba con buenas notas me mandaría una temporada con mi amigo hasta allá. Lo hice y tuve la grandísima oportunidad de visitar a mi amigo y su familia en Miami, fue un mes grandioso, de conocer y andar de arriba abajo con ellos, nadaba mucho con Augusto, la diversión diaria no paró nunca mientras estuve ahí.
Amalita cocinaba y lo hacía muy bien, hiso varios platillos cubanos, arroz blanco, frijoles negros, probé la yuca y muchos platillos más, platicábamos mucho en la cena que era una hora diferente a la de mi casa en México, en Miami la cena era a las seis de la tarde, eso porque la comida la hacíamos a la una de la tarde, fue un cambio para mí que me llamó la atención pero no afectó en nada. Cierto día comíamos los tres y dije,
—Me gustaría mucho venir a vivir a Miami y trabajar aquí, me gusta… —Se produjo un silencio corto, el padre, don Augusto me miró serio, sentí temor, sin gesticular me dijo mirándome de frente,
—No, por favor no digas eso Luisito, aquí es muy bonito y has visto mucho de lo que hay, pero nunca será lo mismo que tu país, aquí la vida es muy difícil, nunca dejes tu país amigo, nunca lo dejes porque allá lo tienes todo… —Realmente tenía toda la razón, me quedé callado y sus palabras las pude comprender algunos años después, más aún, comprendiendo lo que él había vivido.
Fue un viaje inolvidable, Miami sí me gustó, de arriba abajo, lo que visité, todo eso quedó impregnado en mi mente de niño, luego de adolescente y más tarde de adulto.
Nuevamente llegó la triste despedida, lágrimas reprimidas de los tres, abrazos cariñosos llenos de aires amistosos que se convertían en huracanes que tratan detenerte, pero sin poder hacerlo. Abordé el avión de Mexicana de Aviación rumbo a la Ciudad de México, el Distrito Federal en aquel año, viajando solo en el avión por primera vez que me eran fascinantes, siempre quise estudiar aviación, pero terminé en periodismo…
Cuando ya estuve en México fue mi tío Armando quien me recibió en la puerta del avión, un abrazo de bienvenida y luego arregló mis papeles de internación al país en migración, él a todos conocía, luego la aduana y finalmente en la salida de pasajeros mis padres esperándome.
Durante varias semanas solo se hablaba de mi viaje a Miami y la experiencia que había tenido, muy grata, pero con muchos pensamientos encontrados. Fue inolvidable y lo extrañé por mucho tiempo…
8
El tiempo pasa sin poderse detener, la experiencia que había tenido de esa maravillosa gente cubana tan cercana fue platicada con amigos, maestros de la preparatoria y más tarde en la universidad de periodismo.
Cierto día en alguna de las clases de la facultad de periodismo el maestro, un joven revolucionario de los lava cerebros adoctrinadores de aquellos años setenta me preguntó,
—Y usted señor, ¿cuál es su ideología política? ¿Será de la izquierda socialista o la derecha capitalista? —Dijo la pregunta con todo el deseo de fastidiarme frente a los compañeros, pero de inmediato salió la respuesta de mi mente abrazada por mi corazón, simplemente respondí,
—No profesor, de ninguna de las dos, mi ideología en general es la “beatlemanía” y nada más… —Me miró serio y volvió a preguntar,
—O sea que me está cotorreando ¿verdad? Por lo menos tiene muy buen gusto música, ya siéntese… —Y no dijo nunca nada más. Después de la experiencia traumática por haber escuchado y visto tantas cosas del nefasto comunismo cubano y en general yo no quise tener nunca ninguna ideología ni siquiera parecida a lo que fue el régimen cubano que hoy en 2026, lamentablemente, viven los cubanos las desgracias e injusticias causadas desde hace más de sesenta años, espero que pronto aquellas desagradables historias escuchadas de mis queridos amigos en este tiempo se acaben, que llegue una justicia certera que les conceda libertad y una vida “normal” a tanto cubano que apenas y puede vivir…
9
Como se dijo antes, el tiempo pasa sin poder pausar un solo segundo, los años continuaron cuando estudiaba periodismo y luego en mi trabajo.
La comunicación con Augusto y su familia por una razón u otra se cortó, dejamos de saber ellos de mí y yo de ellos, pero la historia del amigo cubano en México aún continúaba.
Yo terminé la carrera de periodismo, ahí fue en donde leí y comprendí casi todo sobre la revolución cubana, dictadura nefasta como cualquier otra, o la peor hasta muchos años después, más de sesenta, hoy en el 2026 lo hemos visto, un pueblo que muere poco a poco, un gobierno que se ha enriquecido desde hace muchos años, sabemos de un hijo del papá Fidel que murió en Miami, multimillonario, al igual que los actuales, el pueblo muriendo y el presidente halando defendiendo la estúpida ley comunista o socialista que reina en la isla, cuánto y cuántos se han escapado, los balseros han sido muchos, ¿será porque se hartan de vivir bien…?
Terminé la carrera de periodismo sin querer saber nada más de la Segunda Guerra Mundial y el nefasto régimen cubano, aunque hubo muchas pláticas que me forzaban para estar enterado. Lo soporté, pero esos temas, entre verdades y falsedades no me han agradado mucho desde que nos enteramos de las verdades ocultas para mantenerlas vivas engañando al mundo.
Continuamos viviendo tratando de ser felices, muchísimas experiencias como adulto nunca olvidando lo vivido en la niñez, o tratando de no olvidarlo. Y llegó el gran momento del enamoramiento, una hermosa mujer, Rocío, logré mantener un noviazgo de algún tiempo bajo las reglas sociales del siglo XX, y llegó el hermoso momento de aquellos años porque nos casamos…
10
Así fue, probé en mi vida parte de la felicidad que en un país libre siendo demócrata, en 1982, te podías casar y vivir bien con un trabajo que te daba para vivir en tu nivel social con ánimo y ganas de subir a uno más alto, ser aspiracional de nacimiento es normalmente humano…
Planeamos Rocío y yo nuestra boda, fuimos ayudados por sus papás y los míos, el evento resultó magnífico y empezó una nueva vida para los jóvenes recién casados. Pero antes de la boda llegó el tema de la luna de miel, después de hablar y platicarlo mucho, tuvimos la facilidad de viajar a donde quisiéramos, decidimos viajar a Miami, sí, al mundo cubano en Estados Unidos. Y lo hicimos, fuimos por dos semanas a ese primaveral estado de la Florida. Cuando llegamos, en el hotel en el centro de Miami, una vez instalados me dediqué por varios minutos a buscar el teléfono de Augusto en el que era el “directorio telefónico” del lugar. Buscando siguiendo el alfabeto llegó el momento que encontré no a mi amigo, fue su mamá la que estaba inscrita porque aún tengo en la memoria los nombres completos de cada uno de ellos. Así que enseguida marqué una y dos veces, por fin respondió a la llamada, escuché su voz inconfundible, muy fina, la fonética seguía siendo cubana, lo que nunca se pierde,
—¿Amalita?
—Si, ¿quién habla?
—Soy Luis, ¿cómo están?
—Luis, ¿de México?
—Sí, ¡por supuesto!
—Luisito, ¿cómo estás? Dime ¿qué se te ofrece, en qué te puedo ayudar?
—Amalita, ustedes ¿están bien?
—Si muy bien, ¿y tú?
—Bueno, pues me case y estoy en el hotel en el centro de Miami con mi esposa, Rocío.
—Qué bueno, me da mucho gusto, mira dime ¿mañana qué tienen planeado? Podríamos verlos, ¿te parece bien? —Le pregunté a mi esposa, ya sabía la historia de Augusto, me dijo que sí, por supuesto.
Al final quedamos y llegaron al día siguiente al hotel a las diez de la mañana. El saludo fue increíble, abrazos y más abrazos, presentación de mi esposa y de la novia de Tico. De ahí nos fuimos en su auto a recorrer Miami mostrándonos muchos lugares interesantes. Entre ellos llegamos a la playa, el padre de Tico nos explicaba que toda esa playa era falsa, o sea que la hicieron porque abajo había rocas, vimos al tractor aplanando la arena que lo hacía todos los días. Detrás de nosotros había edificios y algunas tiendas, pero al frente el mar, estábamos en línea recta a la isla de Cuba, y Don Augusto lo dijo, mirando al horizonte señalando con su brazo derecho,
—Mira Luis, mira bien, allá se pueden ver los barcos estadounidenses cuidando la frontera para que no pasen los balseros, ¿los puedes ver? —Mirando al fondo se podían ver a lo lejos, era impresionante, ahí estaban resguardando la frontera marítima de un país al otro.
Después de haber recorrido varios lugares de Miami, a medio día cuando comíamos en un hermoso restaurante de pescados y mariscos sobre la playa, platicábamos unos con otros, preguntas y respuestas familiares, de trabajo, mis padres, sus saludos y muchas cosas más, sin dejar en el olvido los recuerdos gratos de aquellos años en la primaria del Patria, fueron años que vivimos bien y nos divertimos también, éramos niños buenos pero también traviesos, reíamos recordando, la novia de Tico y Rocío mi esposa preguntaban sorprendiéndose de todo aquello que platicábamos.
En cierto momento llegó el silencio, saboreábamos los deliciosos platillos, tomé un poco de vino tinto, después, de repente y sin pensarlo más les pregunté,
—Alguien de ustedes me puede explicar lo que vimos cuando salimos del aeropuerto debajo de un puente de la vía rápida, vimos a muchísima gente, —todos clavaron su mirada en mí esperando a terminar de preguntar, continué, —el conductor del taxi nos dijo que eran lo marielitos, pero no quiso hablar más del tema. ¿Qué son los marielitos, o quiénes son? —El silencio continuó, sin esperar la respuesta fue Tico quien habló, su papá continuaba comiendo.
—Mira Luis, ¡coño!, no tiene vergüenza porque fue un agravio de Fidel a este país, mandó a toda esa gente solo para molestar, es la peor gente de Cuba y este país no tuvo más remedio que recibirlos, eso que vieron es como una cárcel, a uno por uno lo están registrando, dicen que unos quedarán libres y otros serán encarcelados, lo ignoro chico, pero no es nada bueno, disculpa que hable así de mis paisanos pero es una realidad que tenemos que ver y soportar, la verdad es que no se sabe que pasará después porque no es nuevo, ese problema y la gente lleva dos años más o menos… —Una más del barbudo… pensé.
Terminamos de la comida, exquisita, todos contentos salíamos del restaurante hacia donde había quedado el automóvil de Tico estacionado, un Cadillac blanco de colección, modelo de los años sesenta muy bien cuidado, de pronto paré y miré a Tico, los demás continuaron caminando. Tico paró también junto a mí, en la acera de pie frente a frente, me armé de valor y pregunté a mi amigo Augusto, —oye Tico, dime algo, ¿extrañas a tu país? —Me miró muy serio, metió las manos a los bolsillos del pantalón, se balanceó un poco, pensaba qué decir, volteó para uno y otro lado, luego me miró de frente, quería sonreír queriendo estar serio, abrió y cerró los ojos rápidamente, por fin me dijo, —mira ahí chico, mira, —dijo señalando frente a uno de los edificios que estaba atrás de nosotros una gran bandera estadounidense que ondeaba en un asta, —quiero a mi país donde nací chico, de lejos, jamás volveré, pero a este donde vivo y trabajo libremente, chico, lo respeto mucho más… —Con eso comprendí lo que dijo en un segundo.
FiN
*Marielitos son aproximadamente 125,000-135,000 cubanos que emigraron a EEUU, principalmente a Miami, entre abril y octubre de 1980 a través del puerto del Mariel. Para 1982, la situación de estos refugiados en Miami era compleja y de gran impacto social. La llegada masiva transformó rápidamente la demografía y la economía de Miami, añadiendo una nueva ola de exiliados a la comunidad cubana ya establecida. Como un ejemplo claro podría ser la película “Cara cortada”.
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Imagen: LVÁ – Lm
La Voz del Árabe (LVÁ) – Vamos a Leer – Cd. de México, marzo 25 del 2026
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