LIBROS Y TEXTOS IMPRESOS DEBEN SEGUIR PRESENTES EN LAS AULAS
-Miguel Ángel Pallarés, de la Universidad de Zaragoza
María Guadalupe Lugo García
La tinta, el libro y textos impresos son elementos patrimoniales extraordinarios y deben llevarse a las aulas para que las nuevas generaciones los conozcan, en especial porque cada vez menos gente lee, resaltó el académico de la Facultad de Educación de la Universidad de Zaragoza, España, Miguel Ángel Pallarés Jiménez.
La historia del libro y el patrimonio que aún conservamos es aprovechable para intentar que esto no se pierda en una generación, y que la gente sepa a lo que nos referimos cuando hablamos del tema, añadió en la conferencia “La imprenta de los incunables de Zaragoza. El libro como objeto patrimonial y didáctico”.
En el Auditorio José María Vigil del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, mencionó que la bibliología cuenta con una tradición académica que considera al libro como objeto, en su aspecto material e histórico.
Estudia su producción y preservación, evolución de formatos y soportes, elementos de embellecimiento, signos de autenticidad y mérito; y también analiza su contenido, la autoría del texto y su difusión e influencia sociocultural, dado que ha sido un transmisor de conocimiento extraordinario.
El experto se pronunció por el estudio del objeto-libro. “Al patrimonio bibliográfico, a pesar de ser accesible, no se le ha sacado un excesivo partido pedagógico desde las ciencias sociales, seguramente porque no es comparable por su naturaleza con las evidencias artísticas, monumentales o arqueológicas”.
Ello a pesar de que los libros cuentan con gran potencial didáctico al tratarse de objetos fabricados por el ser humano; han sido elementos de comercio e incautación ilícita, con un recorrido histórico indudable; han asumido un rol fundamental en el desarrollo social y cultural universal; además, han sido centro de veneración o animadversión, y elementos estéticos que tienen detrás una historia personal, entre otros aspectos.
Elemento de cambio – Con la imprenta, recordó Miguel Ángel Pallarés, se abrieron nuevos tiempos: el libro estaba en el corazón del poder político y religioso, incluso de manera física; la lectura y la escritura eran fenómenos urbanos. Ese invento alemán se extendió rápidamente por Europa y es ejemplo de cómo el viejo continente estaba integrado por cuestiones políticas y comerciales.
No obstante, aclaró, no fue un elemento de cambio radical en la baja Edad Media, como la instalación de relojes públicos en los campanarios, que normalmente condicionaban la vida de quien vivía, pasaba o dormía en una ciudad. El analfabetismo era muy grande, y por ello la imprenta fue un factor de transformación progresivo.
Zaragoza es un buen modelo de cómo los actores relacionados con el comercio del libro, libreros, papeleros, etcétera, se “subieron al carro de la innovación”.
Los primeros impresos imitaban a los manuscritos, pero pronto aparecieron elementos que hicieron revolucionaria la imprenta. Se empezaron a divulgar textos que cumplen con el humanismo propio del Renacimiento, como los clásicos romanos, refirió.
Además, se constituyó en el gran vehículo de la reforma: los protestantes se movieron rápido con la imprenta para divulgar sus ideas. También en la literatura se presentó una gran revolución, es decir, la novela sentimental comenzó a aparecer a finales del siglo XV, así como las de caballería o las relaciones de sucesos (el “periodismo primitivo”).
De Alemania llegaron libros, y entre la gente de las compañías mercantiles germanas también arribaron profesionales de la imprenta, provenientes de Constanza. De los siete impresores que tuvo Zaragoza en el siglo XV, cuatro fueron de esa metrópoli.
Era capital del reino de Aragón y cuando llegó dicho instrumento ya había un colectivo de libreros que se caracterizó por su versatilidad. En el siglo XVI crearon la Cofradía de San Jerónimo (1537), hicieron sus estatutos y autolimitaron su oficio. Pero antes de eso, en el siglo XV, podían ser escritores, vendedores, compradores, encuadernadores, administradores, etcétera.
El mundo del libro siempre estaba cerca de donde se encontraba el poder político y administrativo de la ciudad, y “eso nunca ha desaparecido”.
Los libreros no se vieron afectados por ese instrumento en las primeras décadas. Ellos embellecieron y comercializaron los libros impresos, siguieron elaborando códices, entre otras creaciones, detalló.
La imprenta incunable imprimió en papel y pergamino. En Zaragoza arrancó en 1475, cuando Mateo Flandro sacó un único impreso, un manual para curas, Manipulus curatorum, recalcó el académico.
Se ha documentado el encargo, en 1478, de una Biblia en lengua castellana a Pablo Hurus, el alemán de Constanza que se instaló en Zaragoza, proviniendo dicha encomienda de otra ciudad aragonesa: Calatayud. “El de Hurus fue el gran taller incunable; ese impresor vendía libros de segunda mano y le solicitaban encargos para encuadernar, entre otras tareas”.
En esa época había más gente leyendo que escribiendo; asimismo, hubo un comercio internacional de ejemplares y artífices de la imprenta, y dentro de las ciudades, botigues –tiendas o comercios donde se vendía tinta a granel y papel–, además de librerías, finalizó.
Información: GacetaUNAM / Imagen: (Portada) Han asumido un rol fundamental en el desarrollo social y cultural universal.
La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA– Cd. de México, febrero 10 del 2026
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