CHALO LLEGÓ TARDE A LA ESCUELA, UN PECADO MÁS
-La vida en la escuela secundaria es fácil divertida y a veces un tormento…
Luis Miguel Cobo
Eran las siete treinta de la mañana de aquel lunes, empezaba la semana y Chalo corría a la escuela secundaria en la calle de Rosedal, de los curas Visionarios de Cristo, en la Ciudad de México, ahí estudiaba contento aunque los curas, como siempre, lo fastidiaban, él no se sentía muy religioso por lo que no asistía al templo o “iglesia” como lo suelen nombrar, y demás ritos de la religión cristiana, a pesar de que sus padres eran muy religiosos a Chalo no no le nacía este tipo de cosas en su corazón, porque así le dijeron: “todo lo que venga de Dios tiene que llegar primero al corazón”, en él esto nunca sucedió.
Ese lunes llegó temprano, corrió a la esquina para estar un ratito con sus amigos, como todo joven de secundaria, apenas adolescente, empezaba a iniciarse en diferentes acciones de adultos, en este caso eran la ganas de sentirse adulto por el solo hecho de fumar, ahí estaban en aquella esquina, fumando a las siete treinta de la mañana, aunque sintieran mareos por el humo a esa hora, por falta de alimento o por su condición física, no importaba, el hecho forzoso era fumar para no quedarse atrás delante de los amigos y no se burlaran de quien no fumara, no faltaba ningún miembro de la pandilla que lo hiciera. Eran cinco jóvenes que siempre se juntaban, inclusive para irse de pinta solo a la cafetería VIPS que se encontraba detrás de la escuela en la Av. Paseo de las Palmas, en Lomas de Chapultepec.
Platicaban fumando, se contaban lo que habían hecho durante el fin de semana, unos jugaron, otro fue llevado a fuerza a una primera comunión de su prima, el otro feliz porque había ido al Estadio Azteca con su padre a ver el partido del domingo, el otro dijo no haber salido quedándose en casa jugando y viendo televisión, y así platicaban de autos, motos, bicicletas, juguetes, y no podía faltar la plática de las niñas, las que les gustaban y las que aborrecían, hermanas de sus amigos, amigas de las amigas y así la cadena social de los jóvenes empezaba a formarse.
Ese lunes platicaban de futbol, cada uno tenía su equipo preferido, uno había ganado al otro, los equipos de dos de ellos habían empatado y así continuó la plática, de repente sonó la chicharra de la escuela avisando que ya eran la ocho de la mañana en punto, la hora de entrar a formar filas para empezar el día de clases, pero antes había que escuchar los avisos del cura prefecto desde el balcón que daba a toda la escuela, horarios, clases, reportes y un sinfín de temas que eran de poca importancia diariamente a los alumnos, tardaba cuando mucho diez minutos y luego daba la orden de subir a los salones acompañados de los maestros.
Todos corrieron, Chalo se atrasó porque cerraba su mochila escondiendo la cajetilla de los cigarros Baronet y el encendedor, tardó no más de cinco minutos, lo suficiente para llegar corriendo media cuadra y ver que la puerta de lámina color blanco estaba cerrada, en ese momento se acomodó los anteojos y no sabía si gritar, llorar, tocar fuerte la puerta o de plano largarse de ahí a su casa, lo malo era que si lo veía su madre llegar tan temprano le preguntaría por qué y se armaría todo un lío, ni hablar, Chalo prefirió quedarse en la puerta esperando junto con otros chicos a que abrieran, se habían ganado un retardo y media hora de castigo de pie en la entrada de la escuela a la vista de todos, era una especie de exhibición de los niños malos que llegaban tarde, a veces exhibidos de esa manera parecía algo así como la venta de esclavos del siglo XVII o XVIII, “eran los chicos malos e irresponsables, por eso, por haber llegado tarde uno o dos minutos…”, comentaban los curas, aunque la culpa no haya sido de ellos, pudo haberse ocasionado por el tránsito de autos, un problema de los papás, o del auto o lo que fuere, de todas maneras había que exhibirlos a sus compañeros como personas non gratas por haber llegado tarde. “¡Oh gran falta de responsabilidad y honor de los alumnos de secundaria…!”.
Eran nueve chicos, uniformados como todos, camisa blanca, suéter gris y pantalones gris Oxford, zapatos y calcetines negros, nada de chamarras que no fueran de la escuela con el escudo bien puesto y mucho menos cabello largo, era algo así como un ejército o cárcel para jóvenes en la que pagaba una colegiatura muy costosa por sólo acudir a estudiar, las normas parecían de una dictadura religiosa, sólo el cura superior podía decidir el futuro de lo que fuera, era el juez supremo, el dios de la escuela, “nuestro padre” le decían.
Ahí estaban los nueve, a un lado de las grandes puertas de lámina blanca junto a la prefectura, de pie en fila de tres cada una, a un metro de distancia cada uno, en posición forzosa de firmes, pies juntos, brazos y manos a los lados pegados a las piernas y mirada al frente sin moverse, era una pesadumbre y nada de eso gustaba a Chalo, odiaba esos reglamentos por tan solo haber llegado un o dos minutos tarde o menos, no era justo, pensaba, no lo soporto, continuaba pensando, me gustaría largarme de aquí a otra escuela, era su deseo más grande cada vez que lo castigaban o reprendían, porque Chalo no era un joven muy bien portado, como todos los jóvenes a su edad son inquietos y gustan de la fiesta y el desorden organizado, pero cuando tenía que estar tranquilo y acatar ordenes lo hacía como todos los demás, solo que él era uno de los más irreverentes y respondones, era un rebelde no irrespetuoso, era educado pero simplemente no se dejaba amenazar ni tampoco manipular a lo tonto, era simplemente su carácter y le gustaba ser de los líderes de su salón. Estudiaba lo normal y sus calificaciones mensuales a veces eran buenas, altas y a veces bajas, era la secundaria y el cambio le costaba trabajo, cursaba el segundo año, aunque no con mucho gusto, le parecían aburridas todas las clases excepto biología a la que siempre acudía y sacaba la mejor nota, amaba la naturaleza. Pero si se traba de números, fórmulas químicas y trigonometría, cálculo integral, así como fórmulas de física y esas materias él estaba fuera, eran sus mayores problemas, no podía con ellas, sus padres le habían puesto clases particulares para que no se retrasara y a veces ni así daba una.
El cura Goyo, de los Visionarios, era uno de los rectores o jefes de la escuela, hacía rondas vigilando que cada uno de los jovencitos que llegó retrasado estuviera de pie tal como lo mandaban sus “santos reglamentos”, español mal encarado, panzón, con gestos grotescos de mal gusto y pocos amigos, de voz gruesa y de escaso cabello, con su traje desgastado color verde olivo descolorido miraba a los jóvenes como el águila a su presa, vuelta tras vuelta durante aquella media hora, no dejaba un centímetro sin revisar, miraba atento porque el que fallara podía pagarlo caro, ningún movimiento estaba permitido, así era la regla, si lo hacía el castigo podía alargarse durante el tiempo de recreo encerrado en un salón estudiando cualquier cosa con otro cura. Lo único que causaban esos curas era un terrible miedo, inseguridad y desapego a los curas de esos jóvenes que no estaban educados como ellos querían. No entendían que ellos no podían educar, sí enseñar y culturizar, pero la educación se daba en el hogar de cada uno de ellos, querían demostrar que ellos lo podían todo con esos jóvenes, porque era una escuela de hombres, Chalo deseaba estudiar una escuela mixta, este era otro punto en su contra.
El sol a las ocho y veinte minutos de la mañana pegaba muy fuerte en el lugar donde estaban los jóvenes que llegaron tarde, todos los grupos ya se encontraban en sus salones, los castigados quietos, sin movimiento alguno, sólo respiraban porque sentían la funesta presencia del cura Goyo a unos metros o quizá centímetros, se notaba que el cura caminaba lento tratando de que el alumno no escuchara sus pasos para agarrarlo descuidado y castigarlo por moverse, se podía decir que ese cura era de esencia y tendencias nazis o como buen español con tendencias dictatoriales franquistas, por sus actitudes para castigar a los adolescentes de esa forma, pero había que aguantarlos porque era la manera en la que ellos educaban a sus alumnos. Goyo bien pudo ser un espiritualmente un auténtico “arcángel de Hitler”.
De pronto por el calor dos jóvenes cambiaron de postura, Chalo uno de ellos, estaba parado en el primer lugar de una de las tres filas, la que estaba más cerca de la prefectura, la otra daba a la pared, y la de en medio era visible desde cualquier ángulo.
Chalo había colocado su brazo derecho sobre la cintura, colgaba el dedo pulgar en el cinturón, la pierna derecha la había movido descansando, semi doblada aun pisando el suelo pero recargando el peso en la pierna izquierda, la pierna derecha daba al vació, era la primera fila así que era la más visible, había roto la regla de estar en posición reglamentaria de firmes hasta que el castigo “injusto” se levantara y fueren enviados a sus salones los jóvenes que habían ganado un retardo que contaba para sus notas del mes.
El águila vigilante lo miró mal parado, lo miraba desde lejos con la pierna casi doblada, descansando, el nazi disfrazado de cura caminaba lento para no distraer a su presa y poder tomarla por sorpresa, como cuando el águila baja de las alturas para cazar un pez en el lago, como el tigre camina en busca de su presa entre la maleza, así se acercaba el cura Goyo, paso a paso, quedaban apenas dos metros, el compañero de atrás lo vio, quería avisar a Chalo la cercanía del arcángel de Hitler pero no podía, seguro que lo reportarían, no podía ser chismoso frente al cura, le iría peor.
El cura nazi, el verdugo se acercaba, su cara de aburrición y trauma espiritual cambiaba a cada paso con una sonrisa maléfica, diabólica, la de un tirano, porque su cara era del español viejo enojado, con cara de diablo según los alumnos, se había hecho acreedor a decenas de apodos, nadie lo quería porque era malo en realidad, seguramente no gustaba de enseñar a jóvenes y lo hacía a fuerza, quizá gozaba de algún trauma desde niño, obligado por su superior, el padre de todos ellos y de muchos jovencitos que los traumó también a fuerza…
Llegó por fin el cura y se paró detrás de Chalo quien no se había percatado de su presencia, miró su reloj y faltaban dos minutos para regresar a su salón y dejar ese lugar que nadie quería.
El cura Goyo, el arcángel de Hitler tomó en su mano derecha el silbato cromado con el que se daba a escuchar en el patio escolar durante los recreos para llamar la atención a cualquier alumno, tenía una cadena metálica cromada con la que lo colgaba al cuello cuando no lo utilizaba; teniéndolo en la mano derecha y dejando libre la cadena comenzó a darle vueltas como un rehilete, sonreía, el compañero de atrás lo miraba sin moverse, sin poder hablar o gritarle ¡aguas!, a Chalo, la tensión en ese joven era fuerte, solo mirar podía pero decidió cerrar los ojos, Goyo daba más vueltas a la cadena, dio un ligero paso hacia atrás, se inclinó un poco solamente, calculó la puntería y acercando la mano propinó un “cadenazo” a Chalo en la pantorrilla de la pierna derecha, la que descansaba…
El joven Chalo quedó inmóvil, por segundos no escuchaba nada, la sordera por el dolor le llegó al instante, en su cabeza sentía que la sangre fluía a gran velocidad, sentía caliente, que explotaba, la pierna inmóvil, permanecía quieta, en menos de un segundo bajó la mano derecha para acariciar, sobar lo que había dejado el cadenazo que le asestó el verdugo o cura, se escuchó un gran grito del joven, se quejaba, el intenso dolor no paraba y apenas habían transcurrido unos segundos, se doblaba con el cuerpo quejándose, se hincó para no apoyar la pierna sobre el suelo, empezaron en ese pequeño lapso de tiempo a brotar algunas lágrimas en los ojos de Chalo, no soportaba el dolor, no podía ni siquiera pensar, no era un hombre maduro que pudiera en ciertos casos aguantar un cadenazo de ese tipo, era apenas un adolescente, de frágil sentimiento y piel delgada aun no madura, el dolor lo sentía como un golpe al corazón, al cuerpo completo, a su ego que de joven tiene mucho y es grande, aun su mente bloqueada sin poder pensar, pasaron dos o tres minutos hasta que pudo reaccionar, se reintegró, respiró hondo varias veces, luego pudo entonces pensar en algo, en cómo mentarle la madre al cura por lo que le hiso, en cómo golpearlo hasta matarlo si fuere necesario, si pudiera lo aniquilaría en un instante, poco a poco.
Lentamente y muy enojado se pudo levantar, subió el pantalón y pudo ver el manchón rojo como salchicha que dejó la cadena al tocar su pierna sobre el pantalón, se espantó, aumentó el coraje, pero fuerte a él mismo puedo levantarse y ponerse en la posición de firmes, como si fuera militar, el cura nazi estaba a un lado y no lo miraba, se alejaba un poco, dos o tres pasos, luego el cura lo observaba y le dijo,
—Ya lo veis, para que no desobedezcan y guardéis la postura, no es descanso es un castigo y te paraste mal… Llegasteis tarde y debéis pagar las consecuencias, para que os sirva de escarmiento a todos y no volváis a llegar tarde, aquí la entrada es a las ocho, no a las ocho un minuto, no a las ocho y cinco minutos, ¿entendisteis?
Todos asintieron con la cabeza en silencio menos Chalo, aun sobando su pantorrilla lo miraba con odio, con el más profundo que podía exteriorizar y lanzar desde su corazón, del alma con toda la energía que podía. Cuando el cura guardó silencio Chalo le preguntó,
—¿Por qué me pegó así padre?
—¡Para que aprendáis a obedecer, te lo he dicho, estabais mal parado! —Le dijo ya desde lejos. El joven aún muy enojado le dijo,
—¡Oiga cura!, dígame ¿así Jesucristo enseñaba su religión? —De inmediato Goyo volteó a verlo, regresó a corta distancia de él y le preguntó,
—¿Qué habéis dicho? —Los compañeros estupefactos, inmóviles casi sin respirar eran testigos de lo que sucedía en esos momentos, Chalo lo miraba valiente, de frente y muy enojado, adolorido en todo y por todo, le respondió,
—Pregunté que si ¿así Jesucristo enseñaba su religión? —Goyo levantó su mano a la mitad de su cuerpo, deseaba darle una bofetada al joven, pero se contuvo, se arrepintió y le respondió enojado, gritando,
—¡Pues sí, y qué…! —Con gusto por haberlo hecho enojar Chalo le dijo de frente, envalentonado,
—Pues con razón lo crucificaron…
De inmediato se escucharon risas de los jóvenes, Goyo volteó a verlos, regresó el silencio, le dijo a Chalo,
—Ya veréis como lo que habéis dicho es verdad, te vas de inmediato a la dirección y ahí esperáis.
Chalo tomó su mochila y apenas pudiendo caminar, aun adolorido, se dirigió a paso lento a la dirección general de la escuela, sintiendo en el fondo un triunfo para él por haber hecho enojar al cura.
Estando ahí gran parte de la mañana perdiendo el tiempo esperando a que localizaran a su mamá y fuera a la escuela, cuando ya el director general, el arcángel de Hitler mayor, el gran jefe de los curas Visionarios se había enterado, se enojó, pero a Chalo no le permitieron hablar con el director, le dijeron “hasta que llegue tu mamá o tu papá”, él hizo caso y se quedó sentado en el pasillo esperando a la mamá tratando de alguna manera mitigar el dolor en la pierna…

Después de que llegó la madre y platicó con ambos curas salió apenada, Chalo pedía la palabra y no lo dejaron hablar, con más coraje aun regresó con su madre a casa con un castigo de tres días de expulsión: “por falta de respeto a la autoridad escolar”.
El haberse enfrentado así a un cura de los Visionarios le costó a Chalo tres días de expulsión siendo que no tuvo la culpa de nada, solamente llegó uno o dos minutos tarde, por estar media hora de pie descansó un poco las piernas y recibió el golpe del cura que asestó el escogido por Dios, al adolescente ingenuo, el cura recibió la respuesta de ese joven y se ganó el odio del joven y de muchos otros para siempre.
Chalo desistió y suplicó a sus padres que lo sacaran de esa escuela. Se cambió a otra y su vida se transformó para bien, jamás volvió a creer en los curas ni en monjas ni nada que tuviera que ver con la religión cristiana ni tampoco ninguna otra…
Fue una gran lección para el cura Goyo, para la institución completa, un alumno adolescente puso en su lugar a un prefecto que poco tenía de ser humano y de vocación docente, les preocupaba más la colegiatura, las donaciones y que fueran obedientes, sumisos y más aún “bonitos”, porque los bonitos serían premiados con el cielo por un dios falso al que llamaban “nuestro padre”, pero al tiempo todo fue descubierto, Chalo aprendió que no eran esos señores lo que decían ser y profesaban como religiosos, eran otra cosa, además de los “arcángeles de Hitler o Satán”, tenían grandes colas de dragones diabólicos que les pisaran, fue entonces que nunca más hablaron de sus manejos y malas intenciones para con los alumnos bonitos y no bonitos en ninguna escuela que tuvieren en cualquier parte…
La pregunta sería: ¿Cuántos jóvenes, hombres y mujeres, han desertado por esta causa y otras mucho más fuertes y graves de la religión en la que nacieron?
Este fue para Chalo un pecado más por decir la verdad en la vida real…
FiN…
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Imagen: LVÁ -Lm
La Voz del Árabe (LVÁ) – Vamos a Leer – Cd. de México, septiembre 3 del 2025
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