jueves, marzo 12, 2026
Vamos a Leer

PULGARCITO

-30 de abril – Hoy en México se celebra el día del niño, por lo que entregamos un cuento clásico para niños y para los no muy niños…

Hermanos Grimm*

 Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego, mientras su mujer hilaba, sentada a su lado. Dijo el hombre: —¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa, mientras en las otras todo es ruido y alegría! —Sí, —respondió la mujer, suspirando—. Aunque fuese uno solo, y aunque fuese pequeño como el pulgar, me daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida.

Sucedió que la mujer se sintió descompuesta, y al cabo de siete meses trajo al mundo un niño que, si bien perfectamente conformado en todos sus miembros, no era más largo que un dedo pulgar.

Y dijeron los padres: —Es tal como lo habíamos deseado, y lo querremos con toda el alma. En consideración a su tamaño, le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo alimentaban tan bien como podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan pequeño como al principio. De todos modos, su mirada era avispada y vivaracha, y pronto mostró ser listo como el que más, y muy capaz de salirse con la suya en cualquier cosa que emprendiera.

Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar leña, dijo para sí, hablando a media voz: —¡Si tuviese a alguien para llevarme el carro! —¡Padre! —exclamó Pulgarcito—, yo te llevaré el carro. Puedes estar tranquilo, a la hora debida estará en el bosque. Se puso el hombre a reír, diciendo: —¿Cómo te las arreglarás? ¿No ves que eres demasiado pequeño para manejar las riendas? —No importa, padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la oreja del caballo y lo conduciré adonde tú quieras. «Bueno —pensó el hombre—, no se perderá nada con probarlo».

Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el caballo y puso a Pulgarcito en su oreja, y así iba el pequeño dando órdenes al animal: —¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!. Todo marchó a pedir de boca, como si el pequeño hubiese sido un carretero consumado, y el carro tomó el camino del bosque. Pero he aquí que cuando, al doblar la esquina, el rapazuelo gritó: —¡Arre, arre!, acertaban a pasar dos forasteros.
—¡Toma! —exclamó uno, ¿qué es esto? Ahí va un carro, —el carretero le grita al caballo y, sin embargo, no se le ve por ninguna parte. —¡Aquí hay algún misterio! —asintió el otro—. Sigamos el carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en el bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en que el padre estaba cortando leña.

Al verlo Pulgarcito, gritó: —¡Padre, aquí estoy, con el carro, bájame a tierra! El hombre sujetó el caballo con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba de la oreja del rocín a su hijito, el cual se sentó sobre una brizna de hierba. Al ver los dos forasteros a Pulgarcito quedaron mudos de asombro, hasta que, al fin, llevando uno aparte al otro, le dijo: —Oye, esta menudencia podría hacer nuestra fortuna si lo exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. —Y, dirigiéndose al leñador, dijeron: —Véndenos este hombrecillo, lo pasará bien con nosotros. —No —respondió el padre—, es la luz de mis ojos, y no lo daría por todo el oro del mundo.

Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a un pliegue de los calzones de su padre, se encaramó hasta su hombro y le murmuró al oído: —Padre, déjame que vaya; ya volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres por una bonita pieza de oro. —¿Dónde quieres sentarte? —le preguntaron. —Ponme en el ala de vuestro sombrero; podré pasearme por ella y contemplar el paisaje: ya tendré cuidado de no caerme. Hicieron ellos lo que les pedía, y, una vez Pulgarcito se hubo despedido de su padre, los forasteros partieron con él y anduvieron hasta el anochecer. Entonces dijo el pequeño: —Déjame bajar, lo necesito. —¡Bah!, no te muevas —le replicó el hombre en cuyo sombrero viajaba el enanillo—. No voy a enfadarme; también los pajaritos sueltan algo de vez en cuando. —No, no —protestó Pulgarcito-, yo soy un chico bien educado; bájame, ¡deprisa! El hombre se quitó el sombrero y depositó al pequeñuelo en un campo que se extendía al borde del camino. Pegó él unos brincos entre unos terruños y, de pronto, escabullase en una gazapera que había estado buscando. —¡Buenas noches, señores, pueden seguir sin mí! —les gritó desde su refugio, en tono de burla. Acudieron ellos al agujero y estuvieron hurgando en él con palos, pero en vano, Pulgarcito se metía cada vez más adentro, y como la noche no tardó en cerrar, hubieron de reemprender su camino enfurruñados y con las bolsas vacías. Cuando Pulgarcito estuvo seguro de que se habían marchado, salió de su escondrijo. «Eso de andar por el campo a oscuras es peligroso —dijo, al menor descuido te rompes la crisma». Por fortuna dio con una valva de caracol vacía: «¡Bendito sea Dios! —exclamó—. Aquí puedo pasar la noche seguro». Y se metió en ella. Al poco rato, a punto ya de dormirse, oyó que pasaban dos hombres y que uno de ellos decía. —¿Cómo nos las compondremos para hacernos con el dinero y la plata del cura? —Yo puedo decírtelo —gritó Pulgarcito. —¿Qué es esto? —preguntó, asustado, uno de los ladrones—. He oído hablar a alguien. Sa pararon los dos a escuchar, y Pulgarcito prosiguió: —Llévenme con ustedes, yo los ayudaré. —¿Dónde estás? —Busca por el suelo, fíjate de dónde viene la voz —respondió. Al fin lo descubrieron los ladrones y la levantaron en el aire: —¡Infeliz microbio! ¿Tú pretendes ayudarnos? —Mira —respondió él—. Me meteré entre los barrotes de la reja, en el cuarto del cura, y les pasaré todo lo que quieran llevar. – Está bien -dijeron los ladrones—. Veremos cómo te portas. Al llegar a la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en el interior del cuarto, y, ya dentro, gritó con todas sus fuerzas: – ¿Quieren llevarse todo lo que hay aquí? Los rateros, asustados, dijeron: —¡Habla bajito, no vayas a despertar a alguien!

Mas Pulgarcito, como si no los hubiese oído, repitió a grito pelado: —¿Qué quieren? ¿Van a llevarse todo lo que hay? Óyele la cocinera, que dormía en una habitación contigua, e, incorporándose en la cama, se puso a escuchar. Los ladrones, asustados, habían echado a correr; pero al cabo de un trecho recobraron ánimos, y pensando que aquel diablillo sólo quería gastarles una broma, retrocedieron y le dijeron: —Vamos, no juegues y pásanos algo.

Entonces Pulgarcito se puso a gritar por tercera vez con toda la fuerza de sus pulmones: —¡Se los daré todo enseguida; sólo tienen que alargar las manos! La criada, que seguía al acecho, oyó con toda claridad sus palabras y, saltando de la cama, precipitase a la puerta, ante lo cual los ladrones echaron a correr como alma que lleva el diablo.

La criada, al no ver nada sospechoso, salió a encender una vela, y Pulgarcito se aprovechó de su momentánea ausencia para irse al pajar sin ser visto por nadie. La doméstica, después de explorar todos los rincones, volvió a la cama convencida de que había estado soñando despierta. Pulgarcito trepó por los tallitos de heno y acabó por encontrar un lugar a propósito para dormir. Deseaba descansar hasta que amaneciese, y encaminarse luego a la casa de sus padres.

Pero aún le quedaban por pasar muchas otras aventuras. ¡Nunca se acaban las penas y tribulaciones en este bajo mundo! Al rayar el alba, la criada saltó de la cama para ir a alimentar al ganado. Entró primero en el pajar y tomó un brazado de hierba, precisamente aquella en que el pobre Pulgarcito estaba durmiendo.

Y es el caso que su sueño era tan profundo, que no se dio cuenta de nada ni se despertó hasta hallarse ya en la boca de la vaca, que lo había arrebatado junto con la hierba. —¡Válgame Dios! —exclamó—. ¿Cómo habré ido a parar a este molino? Pero pronto comprendió dónde se había metido. Era cosa de prestar atención para no meterse entre los dientes y quedar reducido a papilla. Luego hubo de deslizarse con la hierba hasta el estómago. —En este cuartito se han olvidado de las ventanas —dijo—. Aquí el sol no entra, ni encienden una lucecita siquiera. El aposento no le gustaba, y lo peor era que, como cada vez entraba más heno por la puerta, el espacio se reducía continuamente. Al fin, asustado de veras, se puso a gritar con todas sus fuerzas: —¡Basta de forraje, basta de forraje! La criada, que estaba ordeñando la vaca, al oír hablar sin ver a nadie y observando que era la misma voz de la noche pasada, se espantó tanto que cayó de su taburete y vertió toda la leche.

Corrió hacia el señor cura y le dijo, alborotada: —¡Santo Dios, señor párroco, la vaca ha hablado! —¿Estás loca? —respondió el cura, pero, con todo, bajó al establo a ver qué ocurría. Apenas puesto el pie en él, Pulgarcito volvió a gritar: —¡Basta de forraje, basta de forraje! Se pasmó el cura a su vez, pensando que algún mal espíritu se había introducido en la vaca, y dio orden de que la mataran. Así lo hicieron, pero el estómago, en el que se hallaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero.

Allí trató el pequeñín de abrirse paso hacia el exterior, y, aunque le costó mucho, por fin pudo llegar a la entrada. Ya iba a asomar la cabeza cuando le sobrevino una nueva desgracia, en forma de un lobo hambriento que se tragó el estómago de un bocado. Pulgarcito no se desanimó. «Tal vez pueda entenderme con el lobo», pensó, y, desde su panza, le dijo: —Amigo lobo, sé de un lugar donde podrás comer a gusto.

—¿Dónde está? —preguntó el lobo. —En tal y tal casa. Tendrás que entrar por la alcantarilla y encontrarás bollos, tocino y embutidos para darte un hartazgo—. Y le dio las señas de la casa de sus padres. El lobo no se lo hizo repetir; se escurrió por la alcantarilla, y, entrando en la despensa, se hinchó hasta el hartarse. Ya harto, quiso marcharse; pero se había llenado de tal modo, que no podía salir por el mismo camino. Con esto había contado Pulgarcito, el cual, dentro del vientre del lobo, se puso a gritar y alborotar con todo el vigor de sus pulmones. —¡Cállate! —le decía el lobo—. Vas a despertar a la gente de la casa. —¡Y qué! —replicó el pequeñuelo—. Tú bien te has llenado, ahora me toca a mí divertirme —y reanudó el griterío. Despertaron, por fin, su padre y su madre y corrieron a la despensa, mirando al interior por una rendija. Al ver que dentro había un lobo, volvieron a buscar, el hombre, un hacha, y la mujer, una hoz. —Quédate tú detrás —dijo el hombre al entrar en el cuarto—. Yo le pegaré un hachazo, y si no lo mato, entonces le abres tú la barriga con la hoz. Oyó Pulgarcito la voz de su padre y gritó: —Padre mío, estoy aquí, en la panza del lobo. Y exclamó entonces el hombre, gozoso: – ¡Alabado sea Dios, ha aparecido nuestro hijo! —y mandó a su mujer que dejase la hoz, para no herir a Pulgarcito. Levantando el brazo, asestó un golpe tal en la cabeza de la fiera, que ésta se desplomó, muerta en el acto. Subieron entonces a buscar cuchillo y tijeras, y, abriendo la barriga del animal, sacaron de ella a su hijito. —¡Ay! —exclamó el padre—, ¡cuánta angustia nos has hecho pasar! —Sí, padre, he corrido mucho mundo, a Dios gracias vuelvo a respirar el aire puro.

—¿Y dónde estuviste? —¡Ay, padre! Estuve en una gazapera, en el estómago de una vaca y en la panza de un lobo. Pero desde hoy me quedaré con ustedes. —Y no volveremos a venderte por todos los tesoros del mundo —dijeron los padres, acariciando y besando a su querido Pulgarcito. Le dieron de comer y de beber y le encargaron vestidos nuevos, pues los que llevaba se habían estropeado durante sus correrías.

FiN

 

Hermanos Grimm – fueron dos folcloristas y lingüistas alemanes, conocidos hoy en día por sus cuentos infantiles y de hadas (1812-1822). Esta colección de relatos, conocida en el mundo angloparlante como los Cuentos de hadas de los Grimm , impulsó el estudio moderno del folclore. Se encontraban entre los eruditos alemanes más importantes de su época.

Los hermanos Grimm fueron Jacob Ludwig Carl Grimm, nació el 4 de enero de 1785, en Hanau, Hesse-Kasse, Alemania. Muere el 20 de septiembre de 1863, en Berlín. Wilhelm Carl Grimm, nació el 24 de febrero de 1786, en Hanau, Hesse-Kassel, Alemania. Muere el 16 de diciembre de 1859 en Berlín. Juntos recopilaron varias colecciones de música y literatura folclóricas. Jacob, en particular, realizó una importante labor en lingüística histórica y filología germánica, que incluyó la formulación de la ley de Grimm, una notable contribución al estudio de las lenguas indoeuropeas.

Tras cursar el bachillerato en Kassel, los hermanos siguieron los pasos de su padre y estudiaron derecho en la Universidad de Marburgo (1802-1806) con la intención de incorporarse al servicio civil. En Marburgo, se vieron influenciados por Clemens Brentano, que despertó en ambos el amor por la poesía popular y Friedrich Karl von Savigny, cofundador de la escuela histórica de jurisprudencia, les enseñó un método de investigación anticuaria que constituyó la base de toda su obra posterior. Otros también influyeron profundamente en los hermanos Grimm, en particular el filósofo Johann Gottfried von Herder, con sus ideas sobre la poesía popular. En esencia, siguieron siendo individuos, creando su obra según sus propios principios.

En 1805, Jacob acompañó a Savigny a París para investigar manuscritos legales de la Edad Media, al año siguiente se convirtió en secretario del ministerio de guerra de Kassel. Debido a su salud, Guillermo permaneció sin empleo regular hasta 1814. Tras la entrada de los franceses en 1806, Jacob se convirtió en bibliotecario privado del rey Jerónimo de Westfalia en 1808 y, un año después, en auditor del Consejo de Estado, pero regresó al servicio de Hesse en 1813 tras la derrota de Napoleón. Como secretario de la legación, fue dos veces a París (1814-1815) para recuperar libros y pinturas valiosos que los franceses habían tomado de Hesse y Prusia. También participó en el Congreso de Viena (septiembre de 1814-junio de 1815). Mientras tanto, Guillermo se había convertido en secretario de la biblioteca del elector de Kassel (1814), y Jacob se unió a él allí en 1816.

A los cuentos infantiles y domésticos les siguió una colección de leyendas históricas y locales de Alemania, Deutsche Sagen (1816-1818), que nunca alcanzó gran popularidad, aunque influyó tanto en la literatura como en el estudio de la narrativa popular. Los hermanos publicaron entonces, en 1826, una traducción de la obra de Thomas Crofton Croker. Leyendas y tradiciones de hadas del sur de Irlanda, que introducen la edición con una extensa introducción propia sobre el saber popular de las hadas. Al mismo tiempo, los hermanos Grimm se centraron en los documentos escritos de la literatura antigua, publicando nuevas ediciones de textos antiguos, tanto en lenguas germánicas como en otras. La destacada contribución de Guillermo fue… Die deutsche Heldensage, “El relato heroico alemán”, una colección de temas y nombres de leyendas heroicas mencionadas en la literatura y el arte desde el siglo VI al XVI, junto con ensayos sobre el arte de la saga.

 

 

Información: EBritánica / Imagen: EBritánica

La Voz del Árabe (LVÁ) – Vamos a Leer – Cd. de México, abril 30 del 2025

 

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