jueves, marzo 26, 2026
Marruecos

OBSERVATORIO MEXICANO DEL SÁHARA MARROQUÍ

-Palabras del embajador mexicano Sr. Andrés Ordóñez* en la presentación del Observatorio Mexicano del Sáhara Marroquí

Señoras y señores miembros del honorable Poder Legislativo. Señoras y señores autoridades del gobierno de la República y de la Ciudad de México. Señoras y señores del sector productivo;

Colegas del cuerpo diplomático. Colegas y estudiantes del ámbito académico. Señoras y señores representantes de los medios de comunicación. Amigos todos:

Pocos saben que, en el primer viaje de Colón a las Indias, fue Rodrigo de Triana, un morisco originario de Salé, ciudad vecina a Rabat, el primero en avistar la costa del Nuevo Mundo, o que la primera lengua en la que se intentó la comunicación entre europeos y americanos no fue el latín ni el castellano, sino el árabe. En efecto, Colón estaba convencido de que llegaría a los reinos islámicos de oriente y por ello incluyó en su tripulación intérpretes de la lingua franca de esas tierras. Así fue que un cripto judío arabizado, de nombre Luis de Torre, se dirigió a los taínos en la lengua de Mahoma cuando Colón desembarcó en lo que hoy es Cuba, el 27 de octubre de 1492.

Durante 800 años, Al Magrib (Marruecos) y Al Andalus (poco más de la mitad de los actuales España y Portugal y parte del sur de lo que hoy es Francia) conformaron una unidad de civilización. De tal suerte, la población ibérica que emigró al Nuevo Mundo durante el siglo XVI, fuera cristiana, cripto judía o cripto musulmana, estaba absolutamente arabizada y, al arraigarse en nuestro suelo, junto con ella se arraigó también la cultura árabo-amazigh.

De allí tal vez el azoro de los mexicanos al visitar Marruecos. Una parte de nosotros se confirma en el calor de la relación humana; en la semejanza entre los textiles amazighs y los oaxaqueños; en la dificultad de distinguir entre una pieza de talavera de Fez y otra de Puebla; o al constatar que el menchui marroquí se nos convierte en barbacoa de Hidalgo si le agregamos unas gotas de picante y lo posamos sobre una tortilla de maíz. Acaso haya sido más que una coincidencia que el nombre de la virgen emblemática de la identidad mexicana, Guadalupe, sea un vocablo árabe derivado de las voces uad, río, y al hub, amor: Río de amor.

Marruecos, queridos amigos, es, además de España, el único país que puede reclamar un lugar en nuestra genética cultural e identitaria y ello lo convierte en nuestro puente histórico y cultural hacia los fabulosos universos árabe, africano y, en buena medida, también judío. Mexicanos y marroquíes, junto con los hermanos españoles, somos compañeros de viaje en la aventura hispánica (no solo española) fundadora de la modernidad occidental.

En muchos sentidos, México y Marruecos son países espejo en orillas opuestas del océano Atlántico. Ambos son fronteras de los mundos desarrollado y en desarrollo. Los dos enfrentan hoy los mismo retos globales, regionales y nacionales que esa condición les impone: migración; cambio climático; tránsito de personas, armas y enervantes; la transformación de los paradigmas energético y tecnológico, y, por lo tanto, también el desafío de proporcionar a sus poblaciones educación para un mercado de trabajo integrado de manera transnacional que, en la era de la inteligencia artificial, reclama en el individuo versatilidad y capacidad de pensamiento abstracto. Otro desafío es el que supone la seguridad nacional y regional. En términos securitarios, al momento de la reconfiguración de la arquitectura internacional en términos geográficos, demográficos, políticos, económicos, tecnológicos y culturales, Marruecos es para el occidente europeo lo que México es para Norteamérica.

No obstante, también somos una rica fuente de oportunidades. En 2025 el continente africano resulta un ámbito impostergable. Según los datos más recientes del Banco Mundial, entre los 50 países de mayor crecimiento económico, el 20%, es decir la quinta parte, son africanos. La tasa de crecimiento anual del PIB de estos diez países es por lo menos del 8.2%. Ello explica por qué hoy no hay país relevante que no esté afirmando su presencia en África. Si en las últimas décadas del siglo xx la Cuenca del Pacífico se constituyó como el principal polo de atracción económica del mundo, África lo será hacia mediados del siglo xxi.

Todo lo anterior reclama de nuestras élites políticas, económicas, académicas, sociales y culturales la determinación de romper nuestros moldes y, sobre todo, superar nuestros prejuicios. Los mexicanos hemos sido históricamente renuentes a construir intereses en África. Basta consultar los informes presidenciales de los últimos cien años para constatar en ellos la invariable ausencia de ese enorme segmento de la realidad mundial. Desde que tenemos memoria todos los mexicanos aquí presentes, dos temas han disimulado nuestro desinterés real: el rechazo del apartheid en el extremo sur del continente y, en la región noroccidental de África, el choque de los intereses bipolares propios de la Guerra Fría, amparado en una interpretación parcial y ahistórica del principio universal de la libre determinación de los pueblos.

En la década de 1970, la más intransigente de la Guerra Fría, los mexicanos decidimos confundir una fuerza beligerante con un gobierno inexistente y otorgar reconocimiento de Estado a una configuración política sin territorio ni soberanía, cuya minoritaria población cautiva era (y sigue siendo) ostentada falazmente por su dirigencia como representativa de una nación mucho más amplia, que hace vida ciudadana y productiva en al menos tres países de la región.

No obstante, es necesario decir que haber otorgado a este fenómeno político la dignidad de Estado a pesar de que la ONU no lo reconoce como tal, obedeció a una lógica específica. Obsequiar los repetidos ruegos del país cuyo gobierno ha patrocinado desde entonces esa ficción fue una audaz acción de Realpolitik que, indudablemente, favoreció el interés de México en la complicadísima coyuntura nacional e internacional de 1979. En ese momento nuestro país necesitó un valedor de peso en la estructura de una organización, la Organización de Países Exportadores de Petróleo, a la cual no podíamos pertenecer debido a nuestros compromisos estratégicos. Adicionalmente, la inexistencia, hace medio siglo, de una política exterior de México hacia Marruecos y de Marruecos hacia México, hizo costeable el trueque.

Ver hoy el mundo en general y África en particular con los ojos de hace cincuenta años no sólo es absurdo, es suicida. En 2025 África se avizora como tierra de oportunidades y Marruecos cobra relevancia como un compañero de viaje ideal para adentrarnos en ese portentoso continente, no sólo por nuestros lazos históricos y similitudes idiosincráticas, sino fundamentalmente por nuestra situación geoestratégica, comunidad de retos y ventanas de oportunidad. He aquí un caso concreto a guisa de ejemplo:

La señora presidente Sheinbaum Pardo acertadamente ha postulado la determinación de su gobierno de impulsar la producción nacional de fertilizantes y de energía verde. Ante el reto alimentario que la producción agrícola significa en el siglo xxi no sólo para México, sino para el mundo en desarrollo en su conjunto, imaginemos lo que podría representar económica y políticamente para el gobierno de la cuarta transformación, una alianza estratégica para producir, a nivel global, fertilizantes a diseño para cada tipo de suelo, aprovechando la abundancia de ese indispensable recurso no renovable que es el fosfato marroquí y el enorme excedente de azufre que resulta de la purificación de nuestro petróleo; o lo que podríamos lograr compartiendo la experiencia en la producción de energía solar con un país como Marruecos, que ya genera así el 40% de la energía que consume y, además, la exporta al Reino Unido.

Es inaplazable reformular la política exterior de México hacia el África: liberarla del lastre que entorpece la proyección internacional de nuestro gobierno en ese continente. La inversión marroquí en México ya es la primera entre los países árabes y la segunda entre las naciones africanas. Nuestros empresarios ya producen en Marruecos y desde allí exportan a los países del África, Europa y el Medio Oriente, tal es el caso de BIMBO, GRUMA, TAMSA y CEMEX.

Es urgente actualizar nuestra percepción de la situación prevaleciente en el antiguo Sáhara español. Para todo propósito práctico, al cabo de medio siglo, nuestra posición sobre el llamado Sáhara occidental se encuentra en la condición de un paciente geriátrico complejo: su edad es avanzada y presenta una aguda pluripatología en la cual destacan los problemas cognitivos.

A ello es precisamente a lo que se abocará el Observatorio Mexicano del Sáhara Marroquí. Somos un grupo de ciudadanos mexicanos que rechazamos terminantemente los enfoques de suma cero en los intercambios entre las naciones. Es claro que guardamos aprecio y respeto sinceros por nuestros hermanos africanos, árabes y, desde luego, marroquíes y argelinos. Sin embargo, antes que otra cosa, nuestra preocupación y nuestras acciones tienen como guía fundamental el interés de México en una perspectiva de futuro, acorde con la complejidad real del mundo contemporáneo y contraria a los facilismos ideológicos que, pretendiendo simplificar la realidad, incurren en el engaño.

Lo reitero: estimamos urgente actualizar nuestra perspectiva sobre la realidad de nuestra tercera raíz identitaria, el África occidental, como vehículo para articular una estrategia sólida de construcción y consolidación de intereses compartidos con el continente del futuro. Todo ello pasa por la solución del diferendo geopolítico entre Argelia y Marruecos, que tiene como campo de batalla la región sur que el colonialismo decimonónico arrebató al entonces Imperio Sherifiano, hoy Marruecos, y como instrumento a una minoría de la población saharahui controlada por una dirigencia subordinada a intereses sin presente ni futuro, que nada tiene que ofrecer a México, más allá de una imagen lastimera de su pueblo a todas luces contraria a la dignidad de la nación que dice encabezar.

De allí nuestro interés en impulsar el conocimiento recíproco y el estudio y discusión de este añejo diferendo regional en una perspectiva, ya no de coyuntura, como tradicionalmente ha sido apreciado en México, sino de manera estratégica, con una óptica diacrónica y libre de retóricas mendaces, para poder evaluar realmente la legitimidad histórica de los reclamos y actuar en consecuencia. Nos interesa escuchar la voz de los saharauis, pero de todos los saharauis, incluidos los que son mayoría y son ciudadanos libres fuera de los campos de exhibición lastimosa. Nos interesa profundizar en los contenidos e implicaciones de la iniciativa marroquí para la solución del conflicto en el contexto de las realidades fácticas contemporáneas y siempre en el marco de la legalidad internacional codificada por la Organización de las Naciones Unidas.

No podemos seguir sujetando nuestra concepción del principio de la libre determinación al capricho de una minoría rapaz que, disfrazando en una retórica aparentemente independentista su subordinación a intereses ajenos a la nación que dice conducir, se ha presentado invariablemente como víctima y ha impuesto, con base en el chantaje y la desinformación, una lectura parcial de la resolución 2625 de la

Asamblea General de la ONU del 24 de octubre de 1970, que a la letra dice:

El establecimiento de un Estado soberano e independiente, la libre asociación o integración con un Estado independiente o la adquisición de cualquier otra condición política libremente decidida por un pueblo constituyen formas del ejercicio del derecho de libre determinación de ese pueblo.”

Este es el espíritu que anima y legitima el plan de autonomía que el Reino de Marruecos presentó en 2007 a petición expresa de la Organización de las Naciones Unidas. En lo legal, la población saharaui de Marruecos ostenta autonomía jurisdiccional sobre la administración y la policía locales, así como sobre sus tribunales regionales. En lo económico, los saharauis marroquíes tienen control sobre el desarrollo, la planificación, la inversión, el comercio, la industria, el turismo y la agricultura de la región, y capacidad para determinar su propio régimen fiscal y su propio monto presupuestal. La región autónoma saharaui también tiene su propio parlamento, compuesto por representantes elegidos por sufragio universal directo de toda la población, además de un jefe de gobierno elegido por dicho parlamento. El plan marroquí de autonomía también contempla la discrecionalidad de la población saharaui sobre la infraestructura hidráulica, eléctrica y de transporte; sobre la vivienda, la educación, la salud, el empleo, el deporte, la seguridad social y la cultura, incluida la promoción del patrimonio cultural hasaní. Finalmente, en el plan de autonomía el Estado marroquí conserva el control sobre los atributos de la soberanía, estos son, la bandera, el himno nacional y la moneda, así como los poderes constitucionales del jefe del Estado, la conducción de la política exterior, la política de defensa y el control de las fronteras.

Honorables integrantes de los poderes Ejecutivo y Legislativo de México, señoras y señores:

La construcción de los intereses de México en el siglo XXI tiene en Marruecos un poderoso aliado en África y, en virtud de los lazos familiares, económicos y políticos que unen a la Casa Real alauita con las monarquías del Golfo Pérsico, también en el Medio Oriente. Para tal efecto, en modo alguno significaría ofender ni romper con antiguos aliados. Lo que es indispensable es atrevernos a vencer prejuicios y superar estereotipos. En otras palabras: Debemos entender las especificidades e intereses de los dos implicados reales en el conflicto del Sáhara (Argelia y Marruecos) y respetar, desde una perspectiva verdaderamente equilibrada y necesariamente mejor informada, los tiempos y maneras en que más tarde o más temprano decidan ellos resolver su diferendo. Lo que no podemos hacer es seguir inhibiendo nuestras oportunidades en función de conveniencias ajenas que, hoy, nada nos aportan.

Si en virtud de sus intereses, México amoldó sus principios a las condiciones objetivas que imponía la década más álgida de la Guerra Fría, resulta un arcaísmo y un equívoco monumental que, una vez inscrito en el marco de las condiciones que impone la realidad política del mundo del siglo xxi, la diplomacia de México se obstine en asumir los principios como dogma y no como lo que siempre han sido: un instrumento de política exterior sujeto a interpretación, revisión y actualización permanentes. Es inadmisible que las líneas generales de política exterior se petrifiquen en artículos de fe, en detrimento de la flexibilidad que deben suponer como construcción ideológica sujeta a su propia historicidad.

Marruecos y México han perdido décadas preciosas. Marruecos, confundiendo desacuerdo con animadversión; México, interpretando África desde Nueva York y, ambos, leyéndose mutuamente en libros prestados. Parafraseando a Alfonso Reyes diremos que estamos a dos minutos de llegar tarde al banquete de África y, allí, Marruecos cobra creciente relevancia.

La carga ideológica asociada en México al tema del Sáhara ha sido una justificación para nuestra pereza conceptual y un lastre para el desarrollo de nuestros intereses globales. Si en 1979 el alineamiento con uno de los actores del conflicto resultó provechoso, hoy se antoja pertinente, en el mismo tenor de realismo político del que se hizo gala entonces, recuperar la distancia crítica y, de cara al futuro, restituir al discurso diplomático de México su dignidad retórica, entendida ésta no como excusa o palabrería, sino como el arte de persuadir, y a la doctrina de principios su histórica versatilidad como instrumento de política exterior.

Muchas gracias.

*Andrés Ordoñez – Diplomático de carrera durante 30 años; exembajador de México en Marruecos y actual investigador de tiempo completo en el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM.

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Imagen: LVÁ – Lm.CoBo.FoTo

    La Voz del Árabe (LVÁ) – MARRUECOS – Cd. de México, febrero 26 del 2025

 

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