viernes, enero 23, 2026
Vamos a Leer

EL TIEMPO, LA HISTORIA, EL CAMBIO Y EL AHORA

-La diosa azteca Coatlicue fue inspiración para una obra literaria, cuento, que se presenta a continuación, porque es México y somos mexicanos…

Luis Miguel Cobo

En el museo de Antropología e Historia me divertí, aprendí, recordé y viví durante más de cuatro horas, fue algo intrascendente, jamás lo olvidaré…

Recorrí varias salas, me clavé en la Azteca, la que más me atrajo en ese momento, fue grandioso ver todas aquellas figuras, pero más las magníficas maquetas, me quedaba mirando todo aquello, lo observé viviendo, imaginando aquella época, viviendo en mente propia, imaginando estar ahí, fue increíble, viajé en el tiempo, en el momento exacto dentro del silencio mental más fantástico que jamás había tenido, momentos que nunca antes imaginé, ni con un libro, ni con películas, con nada más que estar ahí, de pie mirando, imaginando, construyendo historias en la mente que sólo esos cuadros podían producir, al minuto, al segundo por horas de tan sólo recorrer esas salas con esas maquetas… Se movían, caminaban y respiraban todos aquellos muñecos que tenía al frente, caminé un salón más, de pronto figuras dentro de vitrinas, miraba las manos del orfebre moldeando el barro, hermoso como único estaban ahí, máscaras, jarras, figuras, puñales, cucharas, todo un arsenal casero, de uso diario, hermosas decoraciones de barro en tiras trenzadas pegadas a la boca del jarro, del asa, tan antiguas que demostraban su actualidad detrás de aquellos cristales. Caminaba lento, mirando, observando y sintiendo aquellos objetos que conforme avanzaba cambiaban al frente, uno a uno miraba, continuaba imaginando, sintiendo en la mente el olor a barro viejo, nuevo, húmedo, la imaginación estaba de frente, jugaba como le daba la gana, me dejaba llevar por aquel festín interno, sin reparo alguno, la gente caminaba detrás de mí, en momentos no sabía que estaba ahí, no sentía su presencia, estaba yo solo para mí, para la imaginación que seguía coartando mi presente llevándome por un viaje al instante por el tiempo.

De pronto ante mí apareció una gran piedra, no me di cuenta hasta que llegué a estar frente a ella, o ¿ella llegó a mí? Tenía, según me di cuenta dos metros y medio de altura, era una giganta, la miré de arriba hasta abajo, los pies, una majestuosa obra, luego de observar leí que se trataba de la Coatlicue, nada menos que la diosa de la fertilidad, la patrona de la vida y la muerte, la madre de todos los dioses, me fijaba en el cráneo que estaba en su pecho, me jalaba su falda de serpientes, tan horripilante como hermosa, era la diosa de dioses, me había atraído hasta ella, a postrarme a sus pies para decirme algo, para hacer que la viera, que la reconociera como tal y venerara como diosa, reconocerla como el pasado del presente del México actual, sin dioses ni camino seguro, sin orden ni convicción de creencia alguna, social, política y religiosa, ella estaba ahí para transmitirlo, para que dijera algo que nadie quería reconocer, para hacer patente el mexicanismo puro sin falsedad de días santos e independencias dudosas, la Coatlicue que podía dar y quitar la vida miraba y la sentía, tan fría como la roca en la que estaba tallada, tan caliente como la energía interna que movía mi interior, me causaba miedo, temor a lo que en ese momento no entendía, mi mente trabajaba haciendo imágenes de lo que había sido en aquella época, de lo que era en ese momento que trataba de decirme algo, ella sabía lo que deseaba, sabía que la deseaba, que estaba enamorado, que la mujer que me esperaba también era una diosa, su compañera, al final mujeres ambas, pero yo estaba solo, atrapado por ella, sentía que no me podía alejar, me inspiraba para pensar, para trabajar, para morir y vivir al mismo tiempo, para amar y odiar sin igual, era la diosa Coatlicue quien me causaba eso…

La miré de frente, tan directo como puede, tan frío como ella, pensaba en gritar pero alguien podría descubrir la relación que se formaba en ese momento entre la diosa y yo, mentalmente hablé, le pedí me dejara libre, que todo en México estaba descompuesto, que si ella había permitido aquella conquista no era mi culpa, más bien era de ella, si manipulaba la vida y la muerte, ella pudo bien hacer algo, no permitir la intromisión extranjera en esta tierra sagrada que era y es el México que todos amamos, pero el tiempo, el desaire y falta de conciencia había causado lo que ahora se vive, culpa de ella, de todos sus súbditos, dioses que también cerraron los ojos permitiendo aquella caída del gran imperio de la raza de bronce,  su silencio me preocupaba, quizá tenía razón y se apenaba, quizá estaba enojada y otorgaba la razón al que le rezaba al frente, sabía que yo tenía razón, quizá por eso se mostraba tan fría, era una diosa y podía hacer lo que le diera la gana, pero en eso seguramente no se metía, sus hijos murieron en aquella época, sus hijos siguen muriendo, ella tan fría como lo demostraba, sabíamos ambos que era una realidad para la que no habría cura, tan sólo pensarlo me causaba agruras, me doblaba la mente como un papel en blanco sin escrito de solución alguna, ella soportada por su faldón de serpientes ahí, quieta como las acciones de líderes y sociedad, serpientes que miraban a todas direcciones inspirando al que observaba un sinfín de ideas, de acciones que jamás podrían ser cumplidas. Mi pesadilla fue de momento, de segundos u horas, había perdido el tiempo, mi mente cansada por aquella espera de una respuesta avisó, sentí un ligero dolor que me regresó al presente, sin más abandoné la sala, el museo, salí caminando hacia… cualquier lugar, bañado en sudor por la ofuscación regalada por Coatlicue, al final pensé, es una diosa como todas, como todos los inventados por el ser humano tan sólo para distraer la mente y perdernos de la realidad dejando el camino libre a la dominación humana que forma su sociedad nacional con ideologías y mentes aborregadas, guiadas por el tuerto e ignorante con más palabrería.

***

Había oscurecido, caminaba de regreso por la acera sobre avenida Reforma, hacia el norte, lento, sintiendo cada paso, atrás quedaba el museo, la gran casa de historia, pensando, sintiendo cada pensamiento, triste, sintiendo lo pensado y sintiendo que no me llevaría a nada, utopías al por mayor, sentimientos de coraje que sólo marcaban un lugar más en mi mente y abrían espacio para gastar energía jamás recuperada, continuaba mi paso, las luces de los autos daban la media luz de las siete de la noche en la avenida, miraba y no, caminaba con ganas de correr, desabotoné más la camisa, sentía calor, mucho calor, mis pensamientos caminaban al trote junto conmigo, nada nuevo, nada que pudiera hacer, Coatlicue enojada, fría como siempre había estado, yo al contrario, enojado y caliente como hacía mucho no me ponía, sin mirar a ningún lado continuaba mi paso, sin mirar nada más que al frente, a veces al suelo, no me daba cuenta de nada, nada sucedía para que me diera cuenta, el ruido espantoso de autos, autobuses, cláxones y demás contaminación era lo que se escuchaba, dentro de mí un silencio tan escandaloso que empezaba a hartarme, sin poder gritar ni decir nada, sólo escucharme decir tonterías, pensaba en que no era justo vivir eso en ese momento, total, sólo había sido una diosa de piedra inerte, perfectamente tallada por aquellos aborígenes de hacía cientos de años, creyentes fervorosos de una piedra que tenían por diosa, creían que por ella vivían y morían, se procreaban y era la mandamás de todos los dioses, ¿y quién podría creer eso sino ellos?, yo sólo creía en el presente, lo que vivía, lo que me constaba, lo que me daba felicidad y me dañaba, eso era en lo que tenía que preocuparme, nada más porque no había más, por lo menos en mi vida. Lo cierto era que aquella diosa de piedra, hechicera sin vida, fría como el hielo y aquella sala me habían causado algo, sólo pensamientos relacionados con el pasado y nada más, que mi mente convirtió al presente comparando con aquella historia vivida, manipulada por los ganadores y estudiada por nosotros los ignorantes… de pronto se apareció frente a mí la micro que había de abordar para llegar a casa, aceleré mi paso para alcanzarlo, corrí hasta donde puede, la luz de algún auto me cegó, sin ver corrí más rápido para alcanzarlo hasta que… rápido sentí un jalón hacia abajo, mis pies flotaban, no sentía el suelo, caía vertiginoso y no sabía por dónde, hacia dónde, recapacité un segundo, recordé haber visto una gran coladera abierta, de inmediato sentí que bajaba en una oscuridad jamás conocida por mí, sentí tantas cosas en tan pocas micras de segundos, la muerte, recuerdos del pasado, del presente, de cualquier tiempo, como si estuviera en la nada, la nada sería oscura se piensa, la nada me jalaba hacia abajo por una atarjea que seguramente llegaría a lo más asqueroso de una ciudad que es el desagüe, me rompería una pierna, las dos, un brazo, debería rasparlo al caer, bajando por ese conducto que me llevaría seguramente a la muerte, mi corazón latía con tanta fuerza por el susto que ya no sentía fuera parte de mí, inaudito lo sucedido,  extraño aquello que no sabía qué era, por qué a mí, por qué en ese momento que sólo trataba de alcanzar el micro para llegar a casa. Cada vez era más rápida la caída, si fuera eso, ignoraba si bajaba o subía, trataba de estirar los brazos para sostenerme sin poder hacerlo, forzaba mis reacciones sin éxito alguno, sólo pensaba una cosa a la vez, en ese momento pensaba si así sintieron todos los que habían muerto, ¿sería ese el conducto que te llevaba a la muerte?, me pregunté en un instante, ¿me habrían atropellado y estaba cruzando el famoso túnel que al final te llevaba a una luz?

Sin saber lo que jamás podría entender todo se calmó, de pronto me sentí flotando, sensación extraña, placentera, respiraba sin problema, movía mi cuerpo de manera que me sentía bajo el agua, pero no podía ver, la oscuridad me seguía asustando, me tocaba la cara, los brazos, las piernas, la cintura, todo lo que podía y todo estaba en su lugar, sin dolor, completo, me tranquilizaba, respiraba hondo esperando ver la luz que no llegaba, esperaba abrir los ojos y verme bajo la vista de médicos, enfermeras y familiares preguntando cómo estaba, pero no llegaba, la tranquilidad que vivía en ese momento me ponía nervioso, abrí más los ojos sin lograr ver nada, gritaba y no tenía voz, no me escuchaba, me desesperaba cada vez más, cada vez más el viaje lo sentía largo, infinito sin comprender nada, tendría que llegar un fin, imaginaba cuanta tragedia se me presentaba, una por una, me costaba trabajo pensar rápido, varias cosas a la vez, parecía que algo me controlaba pero no lo creía, me sentía muerto sin llegar ni al infierno ni al cielo, no creía en eso, pero mi creencia de la muerte tampoco era esa, seguramente estaba loco, enloquecía por lo que había pensado, por la nada del todo que estaba ahí en camino a ningún lugar, a ninguna parte porque estaba en ninguna parte y eso estaba fuera de toda comprensión humana, o por lo menos por mí…

***

Todo acabó, en un instante cambió el tiempo, la acción, el momento, todo.

Ya no bajaba a la nada, no pensaba, no miraba, no imaginaba, ignoraba si respiraba, si estaba ahí donde fuera, si vivía, nada sabía de mí, de lo sucedido, de lo que fuera a pasar en un futuro inmediato sin medición de tiempo que también ignoraba, pudieron haber sido segundos, minutos, horas, días, lo ignoraba todo…

Percibí a muy bajo volumen sonidos agradables, me gustaban, poco a poco reconocía cantos de aves, hermosos, no me atrevía a abrir los ojos, respiraba normal, sentía un aire increíble, puro, limpio, como si nunca hubiera fumado, respirado tanta inmundicia citadina, me sentía ligero, sentía que con sólo pensarlo podría moverme, percibí deliciosos aromas de hierba húmeda, me gustaba, no deseaba perderlos, maderas, agua, todos los aromas percibía en ese momento, deseaba quedarme así, me gustaba soñar y ese sueño no lo quería perder por nada, era un seño de sentimiento y aromas sin ver nada, me daba miedo abrir los ojos, desconocía  todo acerca de mí en ese momento, no quería saber dónde y cómo estaba, imaginaba lo peor, prefería quedarme así, según yo dormido, soñando tratando de imaginar algo que no podía, imaginaba sin poder ver la película mental de lo imaginado, era extraño, empezaba a asustarme, el miedo llegaba sin poder apoderarse de mí, llegó una fuerza extraña que de un segundo a otro me obligó para abrir los ojos, de un jalón, sin pensarlo, menos imaginar nada, y los abrí, por un momento me lastimó tanta luz, luego agradable, poco a poco mis sentidos fueron acomodándose en la mente, estaba tirado sobre hierba verde, miraba el pasto y otras plantas sin ver hacia arriba, de lado me quedé, como estaba, respirando hondo percibiendo el olvidado y agradable olor a vegetación que casi tragaba, movía lentamente los dedos, los brazos y las piernas, podía hacerlo, me gustaba, me sentía muy bien, eso me gustaba demasiado, deseaba moverme sin querer hacerlo, era tan placentero, me sentía tan bien…

—Levanta, levanta ya, tú, levanta… —escuché una voz joven, pensaba que no era mexicano, no quería voltear a verlo, no sabía dónde estaba, movía los ojos tratando de verlo, sentí miedo, no estaba al frente, —oye, ¿puede oír?, ya levanta, —repetía una y otra vez, lo escuché nervioso, —tenemos ir, levanta…

Ignoraba dónde estaba, el miedo ahora sí se apoderaba de mí, traté de reincorporarme, pude levantarme lentamente, me vi vestido de negro, pantalón y camisa, no era lo que tenía puesto en el museo, no le di importancia, una vez de pie miraba todo verde, parecía una jungla, levanté la mirada, hermosas aves surcando el cielo en pleno vuelo, las copas de los árboles de un verde puro, nunca visto por mí, el cielo azul, nubes blancas tan limpias como si fueran nuevas, era algo extraño, placentero a la vista, a los sentimientos, me sentía bien hasta que volví a escuchar la voz joven, sentía miedo de voltear, no sabía dónde estaba, quién era, cerraba los ojos tratando de ignorar la voz, de contener y controlar el miedo hasta que decidí hacerlo, de un tirón voltee, ahí estaba, sentado sobre una roca negra al parecer volcánica, me miró extrañado, sonriendo, alegre pero precavido, decidí dar uno y dos pasos hacia él, demostraba valentía pero tenía miedo, caminaba lento, lo más que podía hacia él, nos mirábamos de frente, parecía que nos hipnotizábamos, continuaba mi paso, él sin moverse esperaba, miraba alerta al desconocido, yo igual, de pronto habló, me asustó, temblé,

—Ya vamos, tú, camina, vamos, esperan tu allá… —decía claro, lo entendía, no me dejó hablar, ese castellano lo había escuchado antes, en los nativos que aún existían en provincia y la ciudad, lo miraba detallando su imagen, joven de piel morena, vestido sólo con taparrabo de tela brillante, cabello muy negro largo tratado de peinar, alborotado en partes, descalzo, no lo podía creer; la hierba olía, el aire puro, las aves cantoras en todas partes, era un paraíso, me gustaba pero el miedo aún estaba conmigo. Hacía señales con sus manos para que lo siguiera, luego con sólo una, empecé a caminar detrás de él, alucinaba que estaba en una película de la jungla, grandes troncos rodeábamos, hierba larga, nopales al por mayor, magueyes, me sentía bien pero nervioso, ignoraba dónde estaba, lo ignoraba todo de ese lugar, de mí, del muchacho que me guiaba, le pregunté su nombre, —¿cómo te llamas?, —de inmediato volteó respondiendo, poco agitado, parecía hiperactivo, —llamo Coatzin, sí, Coatzin, —dijo continuando su camino.  Caminaba rápido, a veces lento entre la maleza, por algunos claros, el paisaje me gustaba, me detuve a mirar aquello, era grandioso, parecía que estaba en otra época, no lo creía, era un accidente de algo que no sabía, empezaba a tener confianza en mí, en lo que sucedía, me gustaba. Coatzin caminaba rápido, lo seguía sin mirar al frente, él era el guía, de pronto miré al frente y apareció una colina, la observé, empinada a tal grado que no podría subir, el muchacho apresuraba el paso, ya subía cuando yo apenas lo pensaba, costaría trabajo, me adelantaba, empezaba a sentir flojera para subir aquello, el joven se apresuraba, subía veloz, como gacela, yo agitado luchaba por llegar, una o dos veces tropecé, no sentía dolor, no hice caso, continuaba subiendo, Coatzin llegó a la cima y gritaba desde arriba, —¡corre, veloz como tigrillo, corre, llega…! —Decía por mi lentitud, empezaba a fastidiarme la presión del muchacho, opté por no escucharlo y seguir mi paso. Era extraño pero mi agitación no me cansaba, mi cuerpo ejercía energía y lo sentía agitado, no había cansancio, las piedras y ramas, árboles y nopales, magueyes se interponían en el camino, pensaba en cómo lo había hecho ese joven, pero aun así no me agotaba, continuaba subiendo sin parar, aunque empezaba a sentir ganas de tomar agua…

Por fin llegué, el joven aplaudía y daba algunos saltos de alegría por haberlo logrado, reía, festejaba mi logro, moviendo su brazo derecho decía, —ven, camina aquí hay camino, —en su mal castellano, o incompleto. Miré al frente, era una explanada inmensa, tenía que seguir, varios ahuehuetes adornaban el paisaje, había menos nopales y magueyes, no dejaba de ser hermosa la combinación del café del suelo con el verde de la vegetación y el azul claro del cielo, miraba hacia arriba y las aves volaban como nunca las había visto, gozando de ese lugar que era suyo, los aires sin fin que surcaban alegremente mostrando su bello plumaje, se dejaban llevar por las corrientes de aire fresco que soplaba, lo sentía en aquella colina como traspasaba la camisa y agitaba mi cabello.

Coatzin caminaba rápido, sus piernas musculosas y tórax bien formado debajo de un peto tejido con grecas de colores se notaban en movimiento a cada paso que daba. Trataba de alcanzarlo hasta que le grité, enojado por su aguante,  —¡oye Coatzin, espera carajo! —le decía moviendo los brazos hacia abajo para que le bajara a su velocidad, que frenara el paso, sonreía continuando igual. Por fin llegó al final, paró volteando diciendo en voz alta, —¡ven, camina, para acá, llegué, sigue verás hay mucho… llegamos, tu quedas atrás! —Sin dejar su estúpida sonrisa floreciente que me hartaba, continuaba diciendo, lo miraba de frente, respiré hondo sintiendo el aire fresco, tan puro que no lastimaba mis narices, mis pulmones, era increíble cómo me sentía en ese momento. Llegué por fin, lo miraba con ganas de estrangularlo por lo que me había hecho caminar, ya me había hartado, faltaban veinte o treinta pasos para llegar a él, seguía mi paso, Coatzin movía los brazos apresurándome, no le hacía caso.

Por fin llegué, respiraba agitado, mi corazón y pulmones acelerados, sentía la sangre correr por mis piernas y brazos, pero no me sentía cansado, era insólito, me acostumbraba. El joven se acercó a mí jalándome del brazo, era la primera vez que me tocaba, se espantó, jaló con fuerza mientras lo miraba, sus facciones eran diferentes, tenía piel tersa sin defectos, su cabello revuelto lucía sedoso, limpio, de cerca era otra cosa. No dejaba de mirarlo, él a mí, sus ojos negros tenían mirada penetrante, hablaba, me jalaba, —corre, llegamos, allá abajo… —decía casi gritando, ¿abajo qué?, me preguntaba, de pronto paró, lo miraba, me miraba, señalaba con la mano hacia su lado derecho, yo lo miraba, gritó para que hiciera caso, —¡allá, abajo está, llegamos, está bueno, llegamos sí! —No  me atrevía a voltear, negaba con la cabeza, desesperado con su mano izquierda me tomó de la mandíbula forzando mi cabeza a que volteara, miré por fin a donde señalaba, allá abajo…

Sentí que el estómago me rebotaba de los intestinos a la garganta, las piernas me temblaban, los brazos quietos forzados a permanecer en su lugar deseaban moverse, en un segundo mi mente imaginativa se había bloqueado, no percibía, no comprendía, no captaba lo que mis ojos miraban, lo que fotografiaban en ese instante, poco a poco, tan lento como la mente podía hacer su trabajo en ese momento iba captando aquello, esa vista desde ese lugar no existía pero estaba ahí, empezaba a comprender lo majestuoso de aquel lugar, los colores, los objetos, lo que se movía empezaba a percibir, quedé sin habla, sin movimiento, sin audición, nunca había visto tal belleza en movimiento, tan natural, excepcional, lo que podía miraba tan perfectamente colocado. Coatzin reía, parecía contento, se mostraba alegre, yo como hechizado continuaba mirando, no podía comprender lo que estaba vereda abajo, fueron tan solo segundos que pudieron haber sido horas o semanas, no lo supe, había perdido la noción del tiempo, no importaba, qué más daba en ese momento que miraba todo aquello, ni siquiera lo había visto en las obras de los mejores pintores plásticos que ha dado México, en los extranjeros que han venido a inspirarse a este país, en ninguno, me jactaba de conocerlos a todos y gran parte de su obra.

—Coatzin, dime, —fue lo primero que hablé sin dejar de mirar el hermoso paisaje que tenía a mis pies, —¿qué lugar es ese?, ¿qué es eso…? —Miraba también hacia abajo sonriendo al mismo tiempo que dijo, contento, orgulloso, presumiendo con ambos brazos señalando aquel paisaje, —eso mi casa, gente mía, ese gusta mucho, sí, ese mi casa Gran Tenochtitlan, casa todos, bien vivimos contentos, casa dioses grandes, poder para todos, vivimos paz todos… vamos, ven… —decía mientras que mi estómago parecía no resistir la impresión, el susto por aquello que dijo el muchacho, mi mente tratando de comprender, de verlo más claro, mi cuerpo parecía no estar tranquilo, la impresión de alguna manera lo había afectado sin dolor alguno, sólo inquieto en todas partes, el sentimiento era grato, simplemente no podía creerlo.

Esperamos unos minutos a que me repusiera, ya más tranquilo deseaba bajar a ese lugar mágico, al mismo tiempo no lo deseaba, el paisaje me había atrapado, quedé inmóvil, la pirámide del Sol, de la Luna, sus canales y balsas, las calles, la gente transitando, los niños corriendo, llegaban olores de naturaleza pura, ver y sentir eso no me permitían mover, el sol radiante y el viento me estremecían por ver aquella luz natural tan limpia que alumbraba a la Gran Tenochtitlan, ninguna fotografía digital con su gran perfección podría captar lo que miraba en esos momentos, era real, grandioso, la obra de la naturaleza más hermosa, exquisita que jamás haya visto.

Miraba, gozaba, sentía, imaginaba y soñaba cuando Coatzin me llamó otra vez gritando, empezaba a no soportarlo, —¡ven, vamos, deja lugar, bajamos ya, espera tu allá…! —Lo miraba, no le importaba, —oye deja lugar, baja, espera ti, regaña mí si no baja, camina bien, yo llego ya… —insistía, lo miraba sin importar lo que estuviera haciendo, opté por hacerle caso y lo seguí, aún estaba bloqueado por lo que miraba, me costaba creer lo que había abajo, impresionado sentí miedo, un cosquilleo inusual en el estómago, luego en todo el cuerpo, ignoraba a lo que me enfrentaría, el estado del joven me alertaba de que no sería nada malo, por lo menos eso creía, su sonrisa, su actitud me decía algo, me daba confianza el hecho que no había sido agresivo en ningún momento. Nos encaminamos hacia abajo, sentí el deseo de llegar a la Gran Tenochtitlan.

***

Bajamos, creí que estaba cerca, los grandes canales no permitían cruzar a la ciudad desde donde estábamos, lejos, Coatzin se esfumó por un rato, no lo veía, sin temor dediqué ese momento a observar lo que tenía al frente, la majestuosa ciudad me atrapaba cada vez más, el tiempo no existía, no importaba, estaba ahí era lo importante, no podía pensar en nada, no había nada más en qué pensar, sólo en lo que miraba, no podía describirlo en ese momento, no podría hacerlo nunca, nadie lo creería, estaba en el principio de la historia de México, donde todo comenzó, el lugar en el que se gestó el más hermoso país del mundo, tampoco lo podía creer…

De pronto apareció el joven, me llamó abruptamente, gritando y algo molesto porque no le hacía caso, ni siquiera lo miraba, estaba clavado en el hermoso paisaje, con eso me bastaba, no necesitaba nada más, sentía que con eso mi vida se había llenado de todo o que le hacía falta.

—¡Ven, corre sube, ya ven, vamos! —Decía mirándome, algo molesto porque no le hacía caso, no me importaba. Luego de un momento decidí voltear a verlo, me asombré porque estaba parado sosteniendo una balsa a la orilla del canal, era de tamaño regular, bonita, estaba nervioso porque no le hacía caso, mirándome y señalando la balsa, ofreciéndola me invitaba a subir, —mira, por ti para ir, ven vamos, tarde llegamos, ya ven… —decía más tranquilo, pensaba en lo que sucedería, no descifraba nada, no miraba a futuro nada, parecía que todo estaba en blanco, decidí por fin acercarme a Coatzin, de inmediato subí a la balsa cuando finalmente zarpamos, él feliz conduciendo, arriando la balsa hacia el centro del canal con un gran tronco que servía de timón. Miraba como la playa se alejaba lentamente escuchando el sonido del agua que hacía el joven con su timón portátil, sentía el movimiento calmo que las aguas hacían al paso de la embarcación. La travesía fue corta, aún seguía emocionado, conmovido y asombrado por aquella tan hermosa vista que tenía al frente…

Por fin llegamos, Coatzin encalló la barca sobre la tierra de lo que sería la playa, bajamos, miré al fondo, un gran embarcadero, extraño, de piedra lucía con la gente arriando las balsas, subiendo y bajando paquetes, el movimiento era increíble, la gente trabajaba, la gente vivía tranquila. Una vez más el joven me sacó de mi observación, pero esta vez me jaló del brazo, me decía por dónde caminar y hacia dónde, luego lo seguí a paso veloz, en silencio, caminaba, a veces corría, hasta que llegamos a un lugar extraño, desde ahí podía ver la imponente, esplendorosa pirámide del Sol, jamás olvidada desde cuando la conocí, de muy pequeño, esta vez humeaba arriba, una cabaña que nunca vi, los años se la tragaron, la conquista acabó con ella.

Llegamos por atrás de todo aquello, apartados de las pirámides, plantas por todas partes, pude notar los islotes también llenos de plantas, flores, hierbas, pacas de no sé qué amontonadas, hombres y mujeres acomodando, platicando, seguramente trabajando. Me llevó hasta una gran construcción de piedra, entramos, había peroles con incienso, otros con pequeñas llamas que alumbraban el lugar, se inclinó, me dijo lo hiciera, estábamos inclinados, mirando a una pared con pinturas aztecas, hermosos, significados incongruentes para mí, con devoción bajamos la cabeza al suelo, seguro estábamos orando, lo imitaba, me concentraba en la nada sin pensar, sólo sintiendo que estaba ahí, donde estaba, me hacía sentir bien. Muy poco tiempo hasta que se puso de pie y abandonamos el lugar, salimos del sótano o santuario, caminamos por un momento más hasta que llegamos a un lugar no menos extraño, maleza, árboles, ríos o canales lo rodeaban de agua, me gustaba el olor a vegetación y humedad que predominaba, cuando llegamos al lugar exacto se mezclaba con el de incienso, de “copalli”, mi preferido, el copal, olor a vida, a tierra, dioses, olor a México… de pronto sentí oscuridad, una media luz que me desconcertó, pensaba que era la maleza, los árboles, algunas nubes que tapaban la luz del sol, pero no fue así, era ese lugar, el más sagrado, el gran templo, al que Coatzin no entró, sin miedo me empujó para que entrara, él permanecería afuera, sin sentir nada, no escuchar nada llegué al interior, más oscuro, caminé, no sé cuánto ni a dónde, hasta que llegué al lugar indicado, lo sentí porque la luz se aclaró más, todo estaba alumbrado por una especie de antorchas, peroles de aceite que daban una luz agradable, placentera, me hacían sentir mejor, el olor a copalli era exquisito, puro, tranquilizante a mis sentidos, buscaba algo que desconocía, ignoraba para qué o por qué estaba ahí, cuando llegué al que supuse era el final del camino un sonido llamó mi atención, una especie de flauta, tambores con sonido plano a madera, pero no había nadie que los produjera, estaba solo, me sentía solo y eso me atemorizaba un poco, hasta que apareció una luz que sentí me cegaba, cerré los ojos, se notaba a través de mis párpados, no los abrí por temor a deslumbrarme, al poco tiempo sentí que disminuía, la confianza regresaba a mí, instintivamente traté de abrirlos, sentí que había luz, no mucha como cuando empezó, los abrí más, quieto, sin mover una sola parte de mi cuerpo permanecí ahí esperando lo que viniera, de pronto, sin esperarlo escuché una gran voz, limpia, suave, entonada, de mujer…

—Has llegado, por fin estás aquí… —dijo, escuché desconcertado, atemorizado por quien fuera a ser que hablaba, una voz de mujer tan hermosa, ¿quién podría ser?, me preguntaba, hasta que abrí los ojos cuando noté que soportaría la luz me di cuenta, ahí estaba, erguida como la había visto siempre, dos guardias la custodiaban sin moverse, ni siquiera me veían, vestidos como siempre los habían mostrado en pinturas, guardias del ejército, pensaba, de la guardia azteca del emperador, fue lo primero que imaginé. —No te sientas mal, has llegado y eso debe ser bueno para ti, también para nosotros, porque serás el emisario de lo que veas y hables desde ahora…

—Pe…pero ¿de qué habla? ¿Yo, emisario, de qué…? —Pregunté asustado, no sabía de qué hablaba quien hablara.

—Sabes bien quién soy, me ves y has visto, sabes de qué se trata porque yo sé lo que piensas, sientes y haces, —habló decisiva, sentí fuerte su comentario, pregunté,

—¿Eres tú, acaso la diosa Coatlicue?

—Así es, la diosa de todos los dioses, la diosa de la fertilidad, la patrona de la vida y la muerte, esta soy yo. Me hablaste, me sentiste fría, sin vida, dentro de esta piedra que te fascina, me reclamaste, me ignoraste, pensaste muchas cosas de las que no recibiste respuestas, pues aquí estoy para ti, así que dime pues, ahora ¿qué deseas saber? —La miraba de frente, impávido, escuchando cada palabra que decía, pensando en aquel momento que mentalmente le dije tantas cosas en el museo, ahora me reclamaba, estaba ahí frente a ella, y ella hablando de frente conmigo, sin escondite alguno, miraba su faldón de serpientes, se movían de un lado a otro, sus pechos caídos por haber amamantado tanto, en su collar de manos y corazones humanos, se miraba movimiento, en los corazones notaba el sufrimiento por tantas vidas que habían sacrificado en su honor, las manos la glorificaban, era tan lúgubre como hermosa la escena que captaba mi mente, de pronto la cara o cráneo que estaba en su pecho me miraba, sus ojos tenían vida y la boca se movía pronunciando palabras que me hablaban, —dime entonces, hijo, ¿deseas saber algo?

—No, bueno, lo que tú me quieras decir… —respondí sin saber lo que decía, empezó platicando una historia que me conmovió desde el principio,

—Estás aquí porque así lo dispuse, porque lo pediste, deseaste hablarme, que te respondiera, pues adelante aquí estoy sólo para ti, pero también debes saber que somos una nación que vive en paz, nuestros problemas son de aquí, nuestra vida también es de aquí, nada nos perturba, nada nos molesta, pero el universo ha dictado el destino de este pueblo y nada se podrá cambiar,

—¿Qué quiere decir con eso?

—Que las cosas sucederán porque así se marcará el principio y el fin de esta era de paz, llegarán hombres que se volverán malos por su ambición conquistadora, nos despojarán de todo cuanto puedan, nos tratarán bien y mal, como quieran y nos vean, desollarán a quienes no estén de acuerdo con ellos y sus dioses que asegurarán son los verdaderos, tratarán de desaparecernos a nosotros, los dioses mexicanos, los poderosos espíritus de Texcoco, la raza de bronce dejará de ser y serán otros, los cambiarán para siempre por el yugo que pondrán sobre sus cabezas, sus creencias, someterán a toda una raza y pisarán sin piedad alguna convirtiéndolos en sus servidores por y para siempre, —la escuchaba sin parpadear, hablaba tan claro de la historia que ya conocía, que había estudiado, la que nos hicieron creer siempre, su voz clara, su tono de una tristeza y melancolía que nunca había escuchado, ahí estaba, escuchando y sufriendo por el futuro desconocido y conocido que les esperaba, —eso hijo, es el destino para el futuro de esta raza pura, simple y muy correcta, y no dejarán rastros libres de que fuimos los primeros en este lugar, tratarán de ocultarlo todo, la raza blanca se creerá superior, pisarán y destruirán nuestros sagrados templos poniendo los suyos sobre los nuestros, así serán las cosas y nadie podrá impedirlo, el universo ya dictó su veredicto y así será…

—Pero señora, esto se podría evitar, —decía preocupado por lo escuchado, —en tus manos está el control de la vida y la muerte, eres la diosa de todos los dioses, algo podrás hacer, alerta a tu pueblo que te venera y respeta, alguna forma habrá para que lo hagas y evitarlo… —las serpientes voltearon todas a verme, miraba sus lenguas moverse rápidamente, sentí miedo, los ojos del cráneo se iluminaron, los colmillos en lo que era su cabeza empezaron a moverse hambrientos, los guardias dieron un paso al frente, alistándose, no podía moverme, ¿a dónde?, permanecí ahí escuchando, —¿qué sucede, dije algo malo?

—¿Me has retado?

—No, esa no fue mi intensión, créeme, sólo daba un punto de vista,

—Lo negativo de todo esto es que ni tú ni nadie, mi pueblo, saben nada, ignoran cómo deben comportarse en las situaciones difíciles, sencillamente no saben defenderse, eso, hijo, es lo negativo de toda la historia,

—¿A qué te refieres?

—A que si ustedes supieran como estar y cómo ser, todo sería diferente, si supieran cómo unirse ante el enemigo, las cosas no sucederían como están sucediendo y ha sido siempre, es muy simple, —la escuchaba atento, las serpientes estaban normales en ese momento, los guardias habían regresado a su lugar, el cráneo bajó la intensidad de los ojos, los colmillos inmóviles, me había tranquilizado, —así de sencillo, siendo limpios de la mente, de corazón puro, con buenas intenciones, no dejándose someter permaneciendo seguros de lo que son, de lo que aman, de sus creencias, no dejándose engañar por el metal brillante, del cristal que refleja, no temiendo a los barbados, a sus animales que sólo son eso, pero sobre todo, no perder la unión entre ustedes, no dejándose influenciar por el hombre blanco, sólo así se podrá evitar el desastre que pronto vendrá, sin esto no podrá haber nada positivo desde que lleguen hasta el final de los tiempos…

—Señora, ¿eso es todo?

—Así es, eso es todo, sé lo que es la tristeza pero no puedo experimentarla, ustedes sí, y así estarán siempre, siglo tras siglo, dices que México está descompuesto, así es, pero la culpa no es de la tierra, es de quienes la pisan, porque no saben cómo, dices que los dioses cerramos los ojos en la caída del imperio, nunca los cerramos, fueron ustedes los que permanecieron ciegos, sin ganas de luchar, sin ganas de librar y ganar esas batallas que conoces, nosotros, los dioses, yo Coatlicue, diosa de dioses, no pudimos hacer nada, nunca podremos hacer nada para ayudarlos,

—¡Pero por qué…! —La interrumpí, nuevamente las serpientes y todo lo demás se alteró, retrocedí un paso y regresó la calma en ellos,

—Por eso mismo, a veces se creen dioses, superiores a los dioses, es el gran error de ustedes, no podremos hacer nada hasta que ustedes fijen en su mente que son poderosos y que deben su fuerza a los dioses, pero hay mucho que aprender al respecto, sin la unión de ustedes con el universo, de donde salimos todos los dioses, nunca podrán lograr nada, hay quienes creen, creerán, hay quienes no, y así será siempre, conforme el tiempo de ustedes pase, sin ustedes estar bien, los problemas irán en aumento, siempre, estas tierras sufrirán por muchas razones, lo sabes, lo sabrán, desde ahora hasta tus tiempos y más, nada hay que hacer, así están, mal, muy mal, porque ustedes lo han querido así, hasta que no tengan unión entre pueblos, se apoyen y sean buenos para ustedes, para sus pueblos, y sus gobernantes no los engañen y traten mal, nunca estarán bien. Son grandes los pueblos de esta nación, muy grandes sus emperadores siempre confiando en nosotros, en ellos mismos, pero los pueblos no son así, todo lo dejan a los señores y lo señores no pueden con todo, son vigilados por nosotros y algunos de ustedes, pero se portarán mal cuando dejen entrar a los barbados, a los que no hablan nuestro idioma, los que llegarán en barcos, por la tierra, por el aire, aquellos que ahora y siempre traerán cosas que los deslumbren, se harán pequeños al ver sus cabellos del color del sol sin saber que son iguales, que la piel no es diferencia, creerán más en ellos y sus dioses que en su corazón, en ustedes mismos, en su nación, sus pueblos, no hay más fuerza que la de ustedes mismos, pero, ¿cómo decirlo para que nos entiendan desde aquí?, no hay forma si no es en ustedes mismos… —Llegó un silencio que desesperaba, cuando quise hablar ella continuó, —esta, hijo, será tu lección para transmitir, para vivirla, esta será, para toda mi nación, una gran experiencia de la que nunca saldrán, sólo por eso, porque perderán la unión entre ustedes y el universo, no hay nada más que decir…

Guardó silencio, quedé impávido, de pie, de una pieza, fue poco lo que me dijo, fue mucho lo que movió en mi mente, sin poder moverme quedé ahí, en espera de algo más, no hubo nada más, todo regresó a la normalidad en ese momento, la misma luz que apareció cuando llegué volvió, cegándome, cerrando los ojos quedé hasta que la luz desapareció…

Poco a poco abrí los ojos, lastimaba la luz, nuevamente no sabía dónde estaba hasta que escuché una voz gruesa, desafinada que daba una orden en tono prepotente, imperativo, no entendía, deseaba escuchar a Coatzin, era otra la voz, el tono, a lo lejos, lentamente fui entendiendo conforme se acercaba,

—¡Señor, señor, ya es hora…! —Fue lo primero que escuché sin saber de qué se trataba, continuaba diciendo exigente, —¿qué no escucha? ¡Le digo que ya es hora, escucha bien…! —Volvió a decir casi gritando muy cerca de mí, por fin lo pude ver, uniformado parado junto a mí, escuché lo último que dijo, —¡ya es hora señor, vámonos…!

Sonreí, levanté la cabeza, pensé recapacitando y le dije, —disculpe, ya entendí, vámonos…

El museo cerraba a las ocho de la noche, ya eran la ocho y cinco minutos, por el cansancio me había quedado dormido en el lobby del hermoso Museo de Antropología.

 

FiN…

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

®-2014 – Luis Miguel Cobo.Mayo de 2014Naucalpan, México

*Queda terminantementprohibida la reproducción total o parcial de este sitio en cualquier soporte, salvo autorización expresa del director de la publicación.

 

Imagen: LVÁ       

La Voz del Árabe (LVÁ) – Vamos a Leer – Cd. de México, julio 21 del 2023

 

Las declaraciones y opiniones expresadas en esta publicación sitio web en Internet son exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de La Voz del Árabe.


Descubre más desde La Voz del Árabe

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Luis Miguel Cobo

Luis Miguel Cobo – Escritor y periodista desde hace más de 30 años, ha trabajado en medios informativos mexicanos y como gerente de Prensa & Relaciones Públicas en varias empresas trasnacionales. Fotógrafo profesional. Director General de La Voz del Árabe.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde La Voz del Árabe

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo