– “Puedo realizar esta marcha y hacer que Georgia aúlle…”
Miguel Ávila Vázquez*
En octubre de 1864, al general William Tecumseh Sherman se le ocurrió proponerle a Ulysses S. Grant una maniobra tan arriesgada como carente de miramientos: mandar al diablo las líneas de abastecimiento, desentenderse del ejército confederado que andaba maniobrando en Tennessee y meterse entre pecho y espalda unos 480 kilómetros a través de Georgia, viviendo de lo que pillaran en territorio enemigo. Ningún general estadounidense se había atrevido jamás a semejante barbaridad en aquella carnicería fratricida.
«Puedo realizar esta marcha y hacer que Georgia aúlle», soltó el pájaro por carta. Y a su superior le detalló el plan sin rodeos de salón ni zarandajas: «Propongo abandonar Atlanta y el ferrocarril que nos comunica con Chattanooga, lanzarme a devastar Georgia y llegar hasta la costa».
Aquella filosofía no era un arrebato imprevisto; venía rumiada desde septiembre, cuando el propio Sherman mandó a paseo las súplicas para revocar la orden de evacuación de los civiles de Atlanta. En una carta del 12 de septiembre de 1864, dejó constancia de su lucidez de carnicero ilustrado: «La guerra es crueldad, y no se puede hacer más llevadera». Hay quien prefiere traducirlo como «La guerra es crueldad y no se puede suavizar», pero el tuétano de la frase es exactamente el mismo: para ganar una guerra hay que hacer que el prójimo sufra, y quien pretenda lo contrario no ha olido la pólvora en su puta vida. De ahí nació la célebre frase de War is hell («La guerra es el infierno»), que la posteridad le colgó a Sherman al cuello, aunque no fuera la frase literal estampada en aquella carta.
El 9 de noviembre, Sherman promulgó la Orden Especial de Campaña núm. 120, ese tipo de papel oficial redactado para salvar la cara de los mandos en los despachos. Uno de sus postulados era tan claro como voraz: «El ejército se abastecerá generosamente en el territorio durante la marcha». Eso sí, para lavar conciencias, el texto fingía ponerle límites a la barbarie: donde no hubiera resistencia armada, prohibido destrozar propiedades; pero si los guerrilleros hostigaban, los lugareños quemaban puentes o se cortaban caminos, los comandantes tenían barra libre para ordenar una devastación «más o menos implacable, según la medida de dicha hostilidad». Ya se pueden imaginar la manga ancha.
La realidad del barro, por supuesto, se pasó las instrucciones por el forro de la guerrera. Los soldados encargados de rapiñar forraje y comida —a los que bautizaron con el mote de bummers— se desparramaron por granjas y plantaciones como una plaga bíblica, y ninguno estaba para perder el tiempo respetando los escrúpulos legales de su general.
El trago más amargo y cínico se lo llevaron los afroamericanos esclavizados que creyeron ver en las columnas de la Unión a sus libertadores. Pobre gente. El ejército no tenía la menor intención, ni intendencia suficiente, para alimentar y proteger a semejante marea humana. Sherman fue expeditivo: nada de sumar bocas inútiles; los refugiados, directos a la retaguardia. La prioridad militar mandaba mantener la marcha rápida y ligera, y si las ilusiones de quienes huían de las cadenas estorbaban el paso de las tropas, mala suerte. Esa infame contradicción fue, de lejos, la herida más sucia y dolorosa de toda la campaña.
El 15 de noviembre de 1864 comenzó la marcha desde Atlanta. Al día siguiente, el propio Sherman describió en sus memorias el cuadro dantesco que dejaba a sus espaldas:
«Detrás de nosotros quedaba Atlanta, humeante y en ruinas, con el humo negro elevándose en el aire y suspendido sobre la ciudad destruida como un sudario».
Las demoliciones de instalaciones e infraestructuras militares se habían despachado a conciencia antes de partir. A lo largo del camino, la soldadesca se entretuvo saboteando las vías del tren con un método tan expeditivo como burlón: calentaban los rieles al fuego y los retorcían abrazados a los troncos de los árboles, creando las famosas Sherman’s neckties, es decir, «corbatas de Sherman».
Avanzaban cantando, cómo no, para espantar a los fantasmas. Según dejó escrito el general, en las gargantas de las columnas retumbaba «John Brown’s Body», cuyo estribillo de «Glory, glory, hallelujah!» servía de alegre banda sonora mientras los campos quedaban convertidos en un erial.
Sherman sabía que se estaba jugando el pellejo y la reputación en una sola tirada de dados. Un traspié, una derrota inesperada o quedar cercado antes de ver el Atlántico, y la operación se transformaba en catástrofe sin paliativos. En sus memorias lo admitió con desparpajo: de haber fracasado, la historia lo habría despachado como «la aventura temeraria de un loco».
Mientras tanto, los bummers seguían esquilmando a fondo el campo en busca de ganado, grano y lo que no estuviera clavado al suelo. Con los años, el general reconoció sin inmutarse «numerosos actos de saqueo, robo y violencia», despachándolos con la típica condescendencia militar como asuntos excepcionales e incidentales, justificando que rebañar el territorio era imprescindible para el éxito de la tropa. Explicaciones de despacho que conviene leerse con lupa: los bandos que prohíben tropelías no son más que tinta barata cuando la tropa va suelta, y los discursos posteriores no llenan el estómago de las familias campesinas a las que dejaron en la absoluta ruina. La campaña estaba pensada para asfixiar los recursos de la Confederación, pero los que pagaron la cuenta del hambre fueron los de siempre: los miserables que vivían de la tierra.
El 23 de noviembre, las fuerzas de la Unión plantaron las botas en Milledgeville, la mismísima capital de Georgia. La triquiñuela táctica de Sherman funcionó a la perfección: mandó sus dos alas por caminos distintos, amagando con caer sobre Macon y Augusta antes de virar al sureste. No quería conquistar ninguna de las dos plazas; le bastaba con enloquecer a los defensores confederados y mantener la tropa en marcha hacia el litoral.
El 13 de diciembre llegó el momento culminante. Los soldados del general William B. Hazen se lanzaron al asalto de Fort McAllister, junto al río Ogeechee, al sur de Savannah. Sherman se aposentó en un altozano cercano para ver el espectáculo, observando con catalejo cómo los suyos barrían las defensas. Con la fortaleza neutralizada, se abrió el telón hacia la Armada estadounidense y el aprovisionamiento marítimo.
Savannah estaba a tiro de piedra. Evacuada a toda prisa por las tropas rebeldes, la ciudad capituló el 21 de diciembre. Al día siguiente, 22 de diciembre, Sherman despachó hacia el despacho de Abraham Lincoln uno de los telegramas más famosos y petulantes de la historia militar americana:
«Me permito ofrecerle, como regalo de Navidad, la ciudad de Savannah, con ciento cincuenta cañones pesados y abundante munición, además de unas veinticinco mil pacas de algodón».
Una frase magnífica para los titulares y la galería patriotera. Sin embargo, detrás del vistoso lazo navideño lo que quedaba era un rastro negro de ceniza: raíles inservibles, fábricas reventadas, cosechas robadas y miles de familias arrojadas a una miseria espantosa.
Y quedaba, sobre todo, la tragedia silenciada de los fugitivos negros que siguieron a las columnas azules con la ingenua fe de encontrar la libertad. Para ellos no hubo miramientos. El 9 de diciembre, durante el incidente de Ebenezer Creek, el general Jefferson C. Davis ordenó retirar un puente provisional antes de que los civiles afroamericanos pudieran cruzarlo. Hombres, mujeres y niños quedaron atrapados en la orilla, a merced de la caballería confederada, y varios terminaron ahogados al arrojarse a las aguas heladas en un intento desesperado por no quedarse atrás. Aquella canallada puso al descubierto los límites morales de una contienda capaz de quebrar al bando enemigo mientras despreciaba las vidas de los más desvalidos.
Sherman publicó sus memorias en 1875, una década después de que callaran los cañones. Allí se encargó de justificar sus decisiones, pulir las aristas de la carnicería y defender sus métodos expeditivos. Todo muy medido, como suele hacer cualquier viejo general cuando agarra la pluma para asegurarse de que el juicio de la posteridad le resulte favorable. Por eso, al leer su texto conviene separar lo que el militar firmó en las órdenes, lo que sus hombres perpetraron en el fango con las manos tiznadas de hollín y lo que él decidió contar años después, cómodamente sentado frente a su chimenea.
La marcha desde Atlanta hasta Savannah le partió el espinazo a la Confederación y dejó la victoria en bandeja a la Unión, de eso no cabe duda. Pero reducir semejante hecatombe a la estampa victoriosa de un general entregando una ciudad como si fuera un paquete navideño es una simpleza para consumo de ingenuos. Sherman tocó el mar y sentenció a muerte la rebelión; pero la factura de devastación, cinismo y sangre inocente con que se pagó ese triunfo es una mancha que ninguna retórica patriótica ha podido borrar jamás de la historia.
*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.
Imagen: General William T. Sherman. Biblioteca del Congreso de Estados Unidos (Library of Congress). Imagen coloreada.
La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, noviembre 2 del 2026
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