-De cómo España venció a Napoleón para coronar a un felón.
Miguel Ángel Ávila*
La historia, esa refinada comedia de equivocaciones, suele vestirse con los oropeles de la tragedia cuando los imperios deciden colapsar. Corría el 31 de agosto de 1813, y el grandioso experimento bonapartista —diseñado por ese genial corso que pretendió enseñarle libertad al mundo mediante el sutil método del cañonazo— se ahogaba irremisiblemente en el fango de la península ibérica.
Para entender la magnitud del circo en aquel verano, hay que retroceder un par de meses, hasta la Batalla de Vitoria en junio. Allí, el mismísimo José Bonaparte, ese rey ilustrado al que la chismografía popular bautizó injustamente como «Pepe Botella» (pese a ser abstemio, porque la historia es una sátira cruel), había empacado sus bártulos imperiales para salir huyendo de España. El hermano de Napoleón, que soñó con modernizar a un país que prefería a sus curas y a su Inquisición antes que a un afrancesado con ideas de progreso, protagonizó la fuga más patética del siglo. Salió a la carrera hacia la frontera, abandonando en su estela cañones, amantes, baúles llenos de joyas y lienzos de Tiziano y Velázquez, en un tragicómico éxodo que certificaba el fracaso de la invasión.
Sin embargo, el mariscal Soult, un monumento viviente al ego militar francés, no estaba dispuesto a tragar tanta humillación. Conquistar España se había convertido en un infierno, sí, pero él estaba convencido de que un último esfuerzo en la frontera, en las inmediaciones del río Bidasoa, bastaría para romper las líneas aliadas, socorrer la sitiada San Sebastián y restaurar el honor herido de la Grande Armée.
El problema para Soult fue que la Península Ibérica nunca fue el paseo militar que le prometieron a Napoleón. Antes de San Marcial, el mito de la invencibilidad francesa ya había sido pisoteado en el polvo de Andalucía. Había sido el general Castaños, al mando del Ejército de Andalucía, quien humilló al general Dupont en la mítica Batalla de Bailén en 1808, demostrando que a las águilas imperiales también se les podían arrancar las plumas. Le siguieron figuras de una terquedad heroica casi suicida, como Palafox en los escombros de Zaragoza, o el general Blake; por no hablar de esa pesadilla logística llamada «guerrilla», donde personajes como El Empecinado o Espoz y Mina convirtieron la retaguardia francesa en una carnicería a domicilio.
Pero volvamos al 31 de agosto, en las escarpadas alturas del monte San Marcial. Frente al imponente ejército de Soult no se encontraba el ilustre Duque de Wellington tomando el té con la impertérrita flema aristocrática que tanto irritaba a sus aliados, sino el maltratado Cuarto Ejército español, bajo el mando del general Manuel Freire. Las tropas hispanas, históricamente contempladas por el mando británico como un montón de campesinos mal vestidos, desnutridos y más propensos a la anarquía que a la doctrina militar, ocupaban las posiciones defensivas.
Lo deliciosamente absurdo del encuentro radica en la ruptura del prejuicio. Al disiparse la niebla matutina, Soult lanzó a sus veteranos a cruzar el río mediante puentes de pontones, confiado en que los españoles se dispersarían al primer destello de las bayonetas imperiales. Pero el ser humano es una criatura fascinante cuando decide llevarle la contraria a la lógica: los españoles no solo resistieron con una tenacidad feroz, sino que rechazaron cada embate francés a bayoneta calada, despeñando a los imperiales ladera abajo una y otra vez.
El Duque de Wellington, que observaba la carnicería a través de su anteojo de larga vista, estaba preparado para enviar a sus divisiones británicas al rescate. No hizo falta. El duque tuvo que tragarse su habitual condescendencia británica frente al espectáculo de bravura que se desarrollaba ante sus ojos. Renunciando a su característico esnobismo, Wellington se vio obligado a dictar un comentario que pasaría a los anales de la historia militar, una alabanza que sonaba a milagro viniendo de él:
«Bajo mis propios ojos, las tropas españolas se han portado con una bizarría superior a todo elogio… Aunque las tropas españolas no tenían experiencia previa en combate, se han comportado con el mayor coraje; y nunca he visto a las tropas de ningún país luchar mejor».
Wellington, en un insólito ataque de respeto, detuvo a sus refuerzos ingleses y permitió que fueran únicamente las divisiones españolas las que se colgaran la medalla de la jornada.
San Marcial fue la estocada definitiva, el último clavo en el ataúd de la ocupación napoleónica en España. Sin embargo, la gran paradoja filosófica de este episodio no radica en la derrota del coloso francés, ni en la humillación final del imperio. El verdadero y trágico sarcasmo de esta victoria es su consecuencia.
Aquellos soldados, desharrapados y sublimes, derramaron su sangre en las peñas del Bidasoa para despejarle el camino de regreso al trono a Fernando VII, probablemente el monarca más felón, nefasto, cobarde e ingrato que jamás haya engendrado la corona española. Desangrarse heroicamente por la patria, vencer al ejército más poderoso del mundo y obligar al aristócrata británico a inclinar la cabeza, todo… ¿para qué? Para entregarle las llaves del reino a un tirano absolutista que, apenas pisó suelo español, abolió la Constitución, restauró la Inquisición y encarceló o fusiló a los mismos liberales y héroes que habían luchado por devolverle la corona.
Esa es, sin duda, la broma más negra, mordaz y dolorosa que la historia de España nos ha legado: un pueblo gigante inmolándose en el altar de la gloria para resucitar a un rey enano.
*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.
Imagen: La Batalla de San Marcial, del maestro Ferrer-Dalmau.
La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, septiembre 21 del 2026
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