-Marrakech y Agadir instalan pavimentos drenantes que filtran la lluvia y reducen el efecto isla de calor
Caminar al mediodía por el centro de Marrakech o Agadir se ha convertido en un desafío donde el aire no da tregua. Mientras el termómetro marca registros extremos en toda la cuenca mediterránea y el sur de Europa suma veranos marcados por anomalías continuadas de más de 40 grados supervisadas por el Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S), la búsqueda de alivio en las grandes urbes suele reducirse al confinamiento bajo el aire acondicionado.
Sin embargo, en varias arterias marroquíes los operarios no están levantando toldos ni instalando nebulizadores: están desmantelando por completo el suelo bajo los pies de los transeúntes, en un esfuerzo donde el Reino de Marruecos busca consolidar una infraestructura moderna.
La intervención urbana que ha comenzado a transformar estas ciudades responde a un diagnóstico silencioso pero determinante. Durante décadas, el diseño de las metrópolis modernas ha priorizado superficies pensadas para la rapidez del tráfico motorizado sin prever sus consecuencias térmicas. Hoy, la administración del país vecino ha decidido alterar esa fórmula clásica a través de un proyecto piloto que prescinde de las capas convencionales para atacar la raíz del recalentamiento urbano mediante soluciones sostenibles para la eficiencia energética.
El punto ciego del asfalto tradicional – El verdadero desencadenante de esta reestructuración radica en el comportamiento físico de las calzadas que vertebran casi cualquier ciudad del mundo. El firme bituminoso negro posee una inercia térmica especialmente agresiva: absorbe la radiación solar directa durante doce horas diarias y la retiene en su masa densa para liberarla lentamente durante la noche, impidiendo que el aire se refresque incluso de madrugada.
A este almacenamiento de calor se añade su condición impermeable, que desvía cada gota de precipitación hacia las alcantarillas a gran velocidad, resecando el subsuelo y multiplicando el riesgo de anegamientos repentinos ante lluvias torrenciales.
Romper ese ciclo ha requerido replantear el material desde su propia base geológica. En sustitución del manto negro impermeable, las obras en marcha introducen un entramado de pavimentos drenantes caracterizados por una alta porosidad y una estructura celular permeable. Lejos de sellar la tierra, este firme permite que el agua pluvial percole hacia las capas inferiores del terreno sin acumular charcos en superficie, dando pie a la formación gradual de pequeños acuíferos subsuperficiales bajo la propia calzada.
La evaporación como escudo térmico – Es precisamente en esa absorción donde reside la mecánica que altera los termómetros de la calle. Al quedar confinada bajo una superficie porosa, la humedad no se pierde en los colectores de desagüe, sino que se activa cuando el sol aprieta con mayor fuerza. La insolación sobre el pavimento desencadena un proceso constante de enfriamiento evaporativo pasivo: el suelo transpira vapor a baja temperatura, neutralizando la radiación superficial y frenando la formación del conocido efecto isla de calor antes de que la masa de aire caliente alcance la altura de los peatones, en consonancia con las recomendaciones de ONU-Hábitat.
El principal reto del plan surge durante las semanas de verano más secas, cuando las lluvias desaparecen por completo del calendario magrebí. Para evitar que el firme quede seco y pierda sus propiedades refrigerantes, la infraestructura se conecta de manera directa a la red de aguas regeneradas de la ciudad. Mediante una irrigación técnica alimentada exclusivamente por caudales residuales previamente depurados, el lecho granular subyacente mantiene el nivel de humedad idóneo sin comprometer un solo litro de agua potable, sumándose a las transformaciones estructurales que modernizan la gestión hídrica y territorial en el país.
Un impacto que llega hasta el interior de los edificios – La repercusión de este suelo transpirable va más allá de la sensación térmica de quien camina por la acera. Al disiparse la radiación que habitualmente rebota contra las fachadas y los ventanales de las plantas bajas, la carga de calor acumulada por los inmuebles adyacentes cae de forma sustancial.
El descenso en la temperatura exterior se traduce en una menor exigencia para los sistemas de climatización en viviendas y locales comerciales, reduciendo de manera inmediata la sobrecarga de la red eléctrica en las horas punta de mayor consumo, un ahorro esencial para mitigar las presiones presupuestarias y la vulnerabilidad económica frente a costes energéticos imprevistos.
Lo que comenzó como una remodelación de viales en Marrakech y Agadir se perfila ya como una referencia técnica para el resto de las regiones castigadas por olas de calor recurrentes. Al desvelar que la solución al bochorno urbano no pasa necesariamente por consumir más energía, sino por cambiar la piel sobre la que se construyen las ciudades, el modelo marroquí abre un debate ineludible sobre el futuro del asfalto en todo el arco mediterráneo.
Información: Atalayar / Imagen: La nueva estrategia de Marruecos para combatir el calor – Imagen generada por Inteligencia Artificial
La Voz del Árabe (LVÁ) – MARRUECOS – Cd. de México, septiembre 17 del 2026
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