La Voz del Árabe

LIDERAZGO DE VERDAD, EL QUE REQUIERE COJONES

LIDERAZGO DE VERDAD, EL QUE REQUIERE COJONES

​- Porque los verdaderos líderes inspiran con el pellejo y con el ejemplo

Miguel Ávila-Vázquez*

​Hay quienes todavía me miran con el candor ingenuo del que cree en los reyes magos y me preguntan a qué me refiero cuando afirmo, sin un ápice de compasión, que en el paisanaje corporativo de hoy la falta de liderazgo es absoluta. Me refiero, por si a alguien no le había quedado claro entre tanto PowerPoint y tanto café de cápsula, a esa caterva de ejecutivos, vicepresidentes de salón, gerentes de azulejos y supervisores con corbata que lucen más másteres, MBA y diplomaturas que un aristócrata del siglo XIX títulos nobiliarios. Tipos muy leídos, sí, doctos en la jerga anglosajona del management, pero incapaces de mancharse los puños en la trinchera o de arriesgar la piel junto a los muchachos que sostienen el changarro día a día. Se les olvida, o nunca supieron en su confortable cobardía, que para saber mandar primero hay que haber tragado el barro de obedecer.

​Hoy, cualquier mequetrefe al que ascienden un escalón en el organigrama se autoproclama «líder» con una desenvoltura que solivianta el estómago. La palabra está devaluada, podrida por la demagogia de los recursos humanos.

​El liderazgo verdadero no se aprende en una escuela de negocios de IPADE o Harvard, sino en el peligro compartido.

Quien quiera entender lo que es un líder de verdad, de los que inspiran respeto y no lástima, que mire al brigadier general Robert F. Travis, comandante de la Primera División de la Octava Fuerza Aérea estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Aquel tipo no dirigía desde un despacho con calefacción; era de la calaña de hombres que se subían a la cabina cuando la mierda quemaba el aire.

​Ocurrió el 11 de enero de 1944. La misión era un infierno anunciado: devastar las fábricas de aviones nazis en Oschersleben. Cerca de 450 fortalezas volantes B-17 despegaron de la bruma británica en tres divisiones. A la cabeza de toda la escuadra, volando en un bombardero del 303.º Grupo, iba el propio Travis. Al poco de despegar, las radios escupieron la orden de retirada: el clima en las islas se ponía perro y el regreso, ocho horas después, prometía ser una trampa mortal.

Las otras dos divisiones dieron media vuelta con una disciplina de oficina. Pero Travis, curtido en una madera que ya no se fabrica, decidió seguir adelante con sus 150 bombarderos. Los cazas de escolta, al ver el panorama, tiraron de cobardía o prudencia y regresaron a base, salvo un puñado de pilotos con un par de agallas bien puestas que decidieron jugársela junto a los bombarderos.

​Lo que siguió fue una carnicería. La Luftwaffe olió la sangre y se arrojó sobre ellos sin piedad, mientras el fuego antiaéreo masticaba el cielo desde tierra. De los 150 bombarderos de Travis, cayeron 42. Aquello costó 430 aviadores entre muertos, heridos y prisioneros; los aviones que lograron arrastrarse hasta Gran Bretaña volvieron hechos un colador inservible. Fue un precio salvaje, pero las fábricas de Oschersleben quedaron reducidas a escombros. Y, sobre todo, aquellos rapaces que volaban entre la metralla siguieron a su general hasta el mismísimo infierno por una razón muy sencilla: sabían que el tipo que llevaba las estrellas en el hombro no les ordenaría jamás ir a un sitio donde él no tuviera el valor de meter la cabeza.

​Así que volvamos a la fauna actual. Miren a sus flamantes CEO, a sus vicepresidentes de folleto, a sus gerentes de sonrisa profident. ¿Cuántos de ellos serían capaces de bajarse del estrado, remangarse la camisa y sentarse a tirar del carro en el mismo puesto de combate que sus empleados? Pocos. Casi ninguno.

Porque los verdaderos líderes inspiran con el pellejo y con el ejemplo; los demás son solo burócratas con sueldo caro y mucha palabrería.

Pintura de Alex Hamilton, «A Long Way from Ridgewell», sobre la misión a Oschersleben, 11 de enero de 1944, donde vemos a elementos del Grupo 381 siendo atacados por aviones alemanes.

*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. ​Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. ​En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.

Imagen: Pintura de Alex Hamilton

La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, septiembre 14 del 2026

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