– ¿usamos el pensamiento crítico o seguimos la narrativa oficial ciegamente?
Miguel Ángel Ávila*
Hay algo francamente divertido —y a la vez profundamente patético— en la ingenuidad del fanatismo. Basta rasgar un poco la pintura de la estampita del santo para que la parroquia entera excomulgue al hereje con espasmos de beatería e indignación. Ocurre con las religiones, ocurre con las naciones y, por supuesto, ocurre con cuatro muchachos de Liverpool.
Resulta fascinante cómo la humanidad necesita desesperadamente construirse catecismos. En el universo del pop, Apple Corps y una cofradía de hagiógrafos han levantado una catedral de verdad revelada. Tomen a Mark Lewisohn, por ejemplo: elevado por la turba a la categoría de San Agustín de la discografía beatle, sus tomos son leídos como si fuesen las Tablas de la Ley. La narrativa oficial exige venerar el mito incontaminado: la versión oficial de Anthology donde todos se querían tanto, la caricaturización de Yoko Ono como la malvada bruja del Norte que destruyó la utopía, la santificación de John Lennon como apóstol de la paz mundial o la absurda simplificación de un Paul McCartney reducido a fabricante de baladitas infantiles.
Si alguien comete la osadía de señalar que en Let It Be había más desidia profesional que magia cósmica, que el legendario trabajo de George Martin a veces rozaba la sobreproducción paternalista, o que las famosas sesiones de la BBC tienen pasajes francamente mejores que las grabaciones de estudio, la inquisición del coleccionismo salta a la yugular. Mesándose las barbas, el rebaño lanza la clásica interrogante inquisitorial: «¿Y tú quién te crees que eres para opinar? ¿Cuántos millones de discos has vendido?»
Como si la gloria mercantil o la aclamación del respetable fueran certificados de infalibilidad. Bajo esa misma regla de tres, deberíamos aceptar que las hamburguesas de franquicia son la cumbre de la gastronomía mundial solo por el volumen de cajas vendidas al día.
Pero esta patología trasciende a la música. Los países hacen exactamente lo mismo. Fabrican sus mitos fundacionales, barnizan a sus próceres, tapan las miserias de sus derrotas bajo el felpudo institucional y venden una Historia Escrita sin matices para que el ciudadano común compre la camiseta patriótica sin hacer preguntas incómodas.
Disentir, aplicar el rigor del pensamiento crítico y señalar que el rey está desnudo —o que el cuarteto desafinaba en sus conciertos más de lo que admite la leyenda— siempre ha sido un deporte de riesgo frente a la mediocridad ambiente. El estatus quo aborrece la duda porque la duda obliga a pensar, y pensar despeina. Sin embargo, no hay nada más saludable, más higiénico ni más intelectualmente elegante que propinarles un buen estacazo a las verdades absolutas. Retar la narrativa no es un acto de soberbia; es un imperativo de supervivencia mental contra el pensamiento único.
Que la feligresía siga rasgándose las vestiduras y quemando incienso ante los altares de vinyl. Al fin y al cabo, los dogmas solo sirven para confortar a las mentes perezosas. El resto preferimos la incómoda, pero infinitamente más estimulante, costumbre de dudar.
*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.
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La Voz del Árabe (LVÁ) – La Voz del Arte – Cd. de México, septiembre 5 del 2026
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