– La misión costó casi el 40 por ciento de los aviones enviados.
Miguel Ángel Ávila*
Hay días en que la estupidez humana se viste de gala militar y decide hacer historia. El 17 de agosto de 1943 fue uno de esos días. A algún estratega de despacho con demasiados galones y muy poco barro en las botas se le ocurrió la brillante idea de mandar a casi cuatrocientos bombarderos B-17 a pasearse por el corazón del Reich. La ocurrencia, bautizada para la posteridad como la misión Doble Golpe a Regensburg y Schweinfurt, pretendía reventar las fábricas de aviones de Messerschmitt y los rodamientos alemanes. Porque claro, ¿qué podía salir mal mandando ataúdes voladores sin escolta a través del avispero de la Luftwaffe?
La comedia empezó de madrugada, a la una y media. A los muchachos del aire los despertaron para darles lo que ellos mismos bautizaron, con ese humor negro de quien se sabe carne de cañón, «La Última Cena»: huevos frescos y tocino. Nada como el estómago lleno antes de saltar al abismo. En las salas de mapas, cuando los oficiales descubrieron la ruta —un viaje sin retorno hacia las fauces de Göring—, más de uno masculló una maldición y se llevó las manos a la cabeza. El detalle sutil de la reunión fue cuando el oficial de inteligencia, como quien comenta el tiempo, dejó caer que volarían sin caza de escolta durante casi todo el trayecto. En el mapa sonaba heroico; en el cielo, al matadero.
El cielo británico amaneció cubierto de una niebla espesa y traicionera. En la sede del Mando de Bombardeo, el general Fred Anderson tuvo que decidir. Tenía tres opciones y eligió, por supuesto, la peor. En lugar de cancelar o arriesgarse a una colisión en masa, mandó primero la fuerza de Curtis LeMay hacia Regensburg y dejó en tierra, masticando rabia y esperando a que saliera el sol, a la fuerza del General Robert Williams que debía atacar Schweinfurt. Aquella decisión dividió el ataque y le regaló a la aviación alemana el lujo de merendarse a los primeros y reorganizarse con calma para cenarse a los segundos.
LeMay despegó a ciegas entre la niebla. Con un par de huevos y mucho entrenamiento en despegue por instrumentos, sacó a sus muchachos al cielo claro. Todo pareció ir bien hasta que los cazas de acompañamiento, cortos de combustible, agitaron las alas a la altura de Bélgica y se volvieron a casa. «Ahí se quedan, muchachos». Inmediatamente, el infierno se desató. Los cazas alemanes cayeron sobre los B-17 como lobos sarnosos, picando y disparando desde todos los ángulos. Llovieron piezas de fuselaje de aviones, fuego y hombres. Aun así, entre la matanza, los bombarderos llegaron a Regensburg, soltaron su carga de muerte sobre las instalaciones de la Messerschmitt con precisión implacable y continuaron un vuelo agónico de cinco horas sobre los Alpes hasta desparramarse sin combustible sobre los desiertos de Argelia. Dejaron atrás 24 bombarderos destruidos y 63 hechos chatarra inservible.
Mientras los supervivientes de LeMay intentaban conciliar el sueño en la arena africana, los dos mil hombres de Williams iniciaban su particular descenso al infierno. Llevaban cinco horas esperando en los aeródromos ingleses cuando por fin el sol disipó la niebla. Para entonces, la Luftwaffe no solo los esperaba: los deseaba. Al cruzar la frontera, los pilotos americanos vieron en el horizonte los morros amarillos de más de trescientos cazas alemanes. Fue un exterminio salvaje. Un tripulante recordó mirar hacia abajo y ver decenas de destellos en la tierra: no eran casas ni pueblos, sino «Fortalezas Voladoras» estrelladas y ardiendo.
Llegaron a Schweinfurt bajo una granizada de artillería antiaérea que abría el metal como si fuera lata de sardinas. Soltaron las bombas entre el humo y las llamas y emprendieron la sangrienta retirada. Para cuando cayeron las primeras luces del atardecer y los supervivientes empezaron a aterrizar en cualquier pedazo de hierba de Inglaterra, la cuenta era demoledora: un 20 por ciento de pérdidas en la columna de Schweinfurt.
Entre ambas fuerzas, la Octava Fuerza Aérea dejó sesenta bombarderos en el suelo enemigo o en el fondo del mar, noventa y cinco destrozados y más de quinientos hombres dados por desaparecidos, prisioneros de guerra o muertos. Una sangría en regla.
¿Y para qué sirvió semejante carnicería? Para lo de siempre: para que los políticos y generales se apuntaran medallas sobre los mapas mientras la realidad se les reía en la cara. LeMay se felicitó pensando que la fábrica de Messerschmitt no volvería a producir un solo avión. Ingenuo. Albert Speer, el eficiente y glacial arquitecto de Hitler, reconstruyó la planta en tiempo récord y dispersó la producción por bosques y cuevas.
En Schweinfurt, las bombas destrozaron maquinaria, incendiaron naves y provocaron una caída del 34 por ciento en la producción de rodamientos. Por un golpe de suerte que ni los propios americanos sabían, destruyeron el taller que fabricaba piezas para el reactor Me-262, el primer caza de combate a reacción y con ello retrasando el arma secreta de Hitler.
Schweinfurt quedó patas arriba, con las máquinas al descubierto bajo los techos reventados. Speer pasó esa noche temblando, esperando que los británicos de la RAF volvieran a la noche siguiente para rematar la faena y dejar a Alemania sin piezas para sus tanques y aviones.
Pero el mando aliado, en su infinita e insondable sabiduría estratégica, prefirió no volver. Speer no podía creérselo. Mientras los alemanes transportaban los pocos rodamientos que les quedaban en mochilas para mantener viva la maquinaria de guerra, el Mando de Bombardeo británico prefirió atacar Peenemunde, sitio de las instalaciones secretas de las V1 y V2.
Al final, la misión costó casi el 40 por ciento de los aviones enviados. El general Hap Arnold, desde su cómodo despacho al otro lado del Atlántico, tuvo que tragarse el orgullo y admitir lo que cualquier capitán con dos dedos de frente ya sabía: que mandar bombarderos a la guerra sin cazas de largo alcance que les cuiden las espaldas no es estrategia militar, es simplemente mandar a un puñado de muchachos a que los descuarticen en el cielo.
*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.
Imagen: Pintura de Robert Taylor, «Return from Schweinfurt»
La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, agosto 24 del 2026
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