La Voz del Árabe

NI ESPEJITOS NI ARCABUCES: LA GUERRA INDIA QUE BORRÓ A LOS AZTECAS

NI ESPEJITOS NI ARCABUCES: LA GUERRA INDIA QUE BORRÓ A LOS AZTECAS

– El Imperio Azteca no era precisamente una ONG ni un club de caballeros. Era una tiranía brutal…

Miguel Ávila  Vázquez*

Dedicado con todo mi amor a Pilar.

Nos han vendido durante siglos la milonga —con esa épica de charanga y pandereta que tanto nos gusta por estos lados— de que cuatro gatos castellanos, desharrapados, armados con cuatro arcabuces viejos y a caballo, se merendaron ellos solitos el poderoso Imperio Azteca. Es un cuento muy bonito para adornar libros de texto y echar el pecho en las cantinas, pero no deja de ser una solemne majadería. La pura verdad, guste o no a los mitómanos de ambos lados del Atlántico, es mucho más perra y terrenal: la infantería española era cuatro gatos, y el ejército que redujo Tenochtitlan a escombros olía a tinaja indígena de principio a fin.

​Cuando el marrullero de Hernán Cortés —que de tonto no tenía un pelo y de diplomático de navaja en mano andaba sobrado— le puso cerco a la gran urbe en 1521, apenas llevaba consigo a novecientos paisanos. El resto del paisanaje, decenas de miles de fulanos repartiendo mandobles, eran guerreros de la tierra. La parte de león de aquella fuerza no vestía jubón ni rezaba al Dios de los cristianos: eran los tlaxcaltecas y los texcocanos, gente dura y con ganas de saldar cuentas viejas.

​¿Y por qué lo hicieron? Pues porque el Imperio Azteca no era precisamente una ONG ni un club de caballeros. Era una tiranía brutal, una máquina imperial de degollar vecinos, exigir tributos asfixiantes y llevarse cautivos al sacrifero para sacarles el corazón en lo alto de la pirámide. Así que, cuando aparecieron aquellos barbudos olientes a pólvora y sudor, los pueblos sojuzgados no cayeron de rodillas deslumbrados por espejitos.

Hicieron lo que cualquier hijo de vecino con un mínimo de instinto de supervivencia habría hecho: aliarse con el diablo para liquidar al matón del barrio que los llevaba pisoteando durante generaciones. Vayan al Lienzo de Tlaxcala y verán quiénes se pintaron como los verdaderos héroes de la función. Spoiler: no son ni Cortés ni sus capitanes. Aquella supuesta «conquista de México» fue, nos pongan como nos pongan, una cruenta y sangrienta guerra civil entre indígenas.

​Por si fuera poco, los españoles trajeron consigo un aliado silencioso, sucio y devastador: la viruela. Una peste bárbara que no entendía de blasones ni de plumas de quetzal. Arrasó Tenochtitlan sin compasión y se llevó por delante a decenas de miles, incluido al mismísimo Cuitláhuac, el tipo que le había propinado a Cortés un repaso memorable en la Noche Triste y que duró apenas tres meses en el trono antes de que el virus lo mandara al otro barrio. Para cuando se montó el asedio final, la ciudad no era más que un moridero hambriento y apestado. Algún cronista de la época, con ese cinismo tan pío que se gastaba entonces, llegó a dar gracias a la Providencia porque la epidemia hizo que los mexicas «aflojasen en la guerra». Con dos huevos.

​El sitio duró casi tres meses de carnicería pura y dura, de lo más salvaje que registra la historia militar. Cortés cortó el agua, cerró los suministros, bloqueó el lago y dejó que el hambre y la peste hicieran el trabajo sucio. Se calcula que palmaron cerca de un cuarto de millón de mexicas. Y aun así, enfermos, escuálidos y acorralados, vendieron cara la piel y se negaron a capitular hasta que al pobre Cuauhtémoc, el último de la fila, lo trincaron el 13 de agosto de 1521.

​De modo que concurrían ahí dos realidades que la historiografía de brocha gorda ha preferido barrer bajo la alfombra: Tenochtitlan no cayó por la gracia de quinientos hidalgos castellanos, sino bajo el empuje implacable de una coalición de pueblos indios hartos de servidumbre, rematados por una peste fulminante que pudrió el imperio desde dentro.

​La pregunta que deberíamos hacernos hoy, mientras los iluminados de turno siguen vendiendo mitos prefabricados, es bien sencilla: ¿a quién le vino mejor construir la bonita fábula del puñado de superhombres extranjeros, y qué incómoda verdad indígena se prefirió enterrar para no arruinar el relato? 

*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. ​Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. ​En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.

Imagen: Autor

La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, agosto 17 del 2026

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