– Y no exageraba el extremeño. En sus cartas lo dejó claro…
Miguel Ángel Ávila*
Hace más de quinientos años, en un rincón polvoriento que hoy a los biempensantes les da alergia mentar, cuatrocientos españoles desharrapados y unos novecientos tlaxcaltecas —que sabían muy bien lo que era sufrir el yugo y el cuchillo de obsidiana mexica— le dieron la vuelta a la Historia en un páramo llamado Otumba. Frente a ellos, miles de guerreros aztecas, un océano de penachos y mala leche, comandados por el Cihuacóatl Matlazincatzin.
Cualquiera con dos dedos de frente y un mapa habría dicho que aquello era un suicidio. Pero el de Medellín, un tal Hernán Cortés, no era un tipo cualquiera; era un extremeño con más astucia que escrúpulos y las ideas muy claras tras meses de partirse la cara en el Nuevo Mundo. Sabía que aquella masa humana se movía al son de su jefe: muerto el perro, se acabó la rabia. O en este caso, caído el estandarte, se disolvía el ejército.
Venían de lo lindo – Apenas una semana antes, el 30 de junio de 1520, habían tenido que salir por pies de Tenochtitlan en la llamada Noche Triste. Seiscientos españoles y casi mil aliados indígenas se quedaron allí, con las tripas al aire o arrastrados hacia los altares para que les arrancaran el corazón en honor a unos dioses con muy pocas pulgas. Con ese panorama y el miedo metido en el cuerpo, Cortés y sus capitanes enfilaron hacia Tlaxcala para lamerse las heridas y planear la revancha. No había otra.
Decidieron rodear el lago Texcoco por el norte, dejando atrás las ruinas de Teotihuacan. Al llegar a las laderas de Otumba, se toparon con el pastel: una marea blanca de guerreros mexicas que, en palabras del cronista Cervantes de Salazar, hacía parecer que «había nevado en toda aquella tierra». No había dónde correr, ni barcos para escapar, ni milagros a la vista. Solo quedaba una opción de las que gustan en la infantería española de la época: apretar los dientes y reventar al de enfrente.
«He ordenado detener y agruparnos —debió de mascullar Cortés, limpiándose el sudor de la frente—. Formar la caballería al frente y la infantería en círculo, mujeres y heridos al centro, pues estamos rodeados. Me dicen que el sitio se llama Otumba. Supongo que es un sitio tan bueno como cualquier otro para morir».
Y no exageraba el extremeño. En sus cartas lo dejó claro: no había un palmo de tierra libre de enemigos. Sin pólvora, los arcabuces eran poco más que palos pesados. Así que tocó tirar de lo clásico: rodeleros al frente tapando huecos, piqueros aguantando la embestida y ballesteros en los flancos haciendo lo que podían.
Toda la tecnología punta de la Cristiandad se reducía a veinte caballos cansados. Cortés, que de táctica sabía un rato largo, ordenó a sus jinetes que no perdieran el tiempo y cargaran con saña directos a por los tipos que llevaran las plumas más vistosas y cara de mandar.
Tras horas de carnicería, bajo un sol de justicia y con los brazos molidos de dar tajos, divisaron al tal Matlazincatzin. El tipo destacaba: vestido de negro, un yelmo con una serpiente pintada y un estandarte de plumas doradas que manejaba como el director de una orquesta sangrienta.
Cortés miró a Juan de Salamanca, se santiguaron como los hombres que saben que van a ver a Dios en cinco minutos, y al grito atávico de «¡Santiago y cierra, España!» se lanzaron al galope abriéndose paso a base de hierro y cascos entre la multitud. El de Medellín embistió al jefe mexica, lo derribó, y Salamanca, sin perder el tiempo en sutilezas, lo remató en el suelo de una lanzada certera.
Fue mano de santo – Cortés alzó el estandarte ensangrentado del caudillo muerto y la marea azteca, al ver su amuleto en manos del enemigo, se desmoronó como un castillo de naipes. Lo que iba a ser una escabechina española terminó en una huida desordenada de los mexicas.
Agotados, heridos y cubiertos de barro y sangre ajena, Cortés y sus huestes marcharon a Tlaxcala. No a descansar, sino a urdir el regreso. Porque esa es otra historia, pero a tipos como aquellos no se les dejaba a medias una conquista.
La pintura que acompaña este texto es del maestro Ferrer-Dalmau y es sobre la batalla de Otumba.
*Miguel Ángel Ávila – Me batí el cobre en las trincheras del periodismo deportivo de 1992 a 2008: dieciséis años dejando la piel en prensa escrita, radio, televisión e Internet, cuando el oficio aún olía a tinta y urgencia de cierre de edición. Pero la vida obliga a cambiar de tercio y, desde aquel año, me adentré en el implacable frente de los contact centers. Hoy, curtido por los años y la línea de fuego, ejerzo como gerente; soy el capitán que pone orden, mando y táctica para mantener a raya el caos diario de la operación. En la retaguardia, soy historiador aficionado y devoto leal de The Beatles desde los nueve años. Un hombre de la vieja escuela que defiende su oficio y sus pasiones con la terquedad de un soldado de los Tercios. Este soy yo.
Imagen: Pintura de Ferrer-Dalmau
La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, julio 13 del 2026
Las declaraciones y opiniones expresadas en esta publicación sitio web en Internet son exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de La Voz del Árabe.

