-Apenas tengo diez y nueva años…
Luis Miguel Cobo
¡Murió Federico! —Dios mío, ahora qué…
Fue lo peor que pensé al recibir la noticia de mi vida. Mi mejor y único amigo había muerto; me sentí solo, sin ya nadie con quien… sí, sin nadie a quien platicar mis ideas y sentimientos, sin nadie que me escuchara como lo hacía él, ya no tenía con quien ir a las fiestas para ahí conocer niñas y luego… bueno, era todo tan normal. Pero ahora solo he quedado en este planeta, —¿quién será como Federico? —Me preguntaba a cada instante; como loco he buscado entre todos los que me rodean y nadie, absolutamente nadie ha podido tomar su lugar desde hace años; gente muy cercana a él me ha traicionado, entonces, ¿para qué buscar más?, ya me he cansado y al mismo tiempo he desistido, como un cobarde temo seguir buscando, no deseo más traiciones ni tampoco desilusiones, menos aún decepciones…
Muy solo aquel 27 de marzo, entonces de pronto vino una idea a mi mente, la forma en la que debería representar, por medio de la pluma y el papel, la muerte de mi único amigo, tendría que ser algo fuerte, pero a la vez tierno…
El día que la muerte vino a mí, pues… era uno de esos odiosos y cansados días de clases, se puede decir que normal, como de diario.
Cómo deseo ahora, en estos momentos, haber usado el camión como lo había hecho diario, el día de hoy fue la excepción… Pero tengo que decir que me sentía muy seguro de mí mismo y que al mundo lo veía por debajo de mis hombros, además ya no era yo como para hacer uso de esos horribles y molestos camiones…
Recuerdo en este momento la forma en la que pude hace que mi madre me prestara su automóvil: —Mamá, por favor, casi supliqué, ya todos manejan, ya no somos unos niños, al menos yo no tengo diez y nueve años…
Cuando al fin hicieron tocar la chicharra de la escuela, eran ya las dos de la tarde, acomodé mis libros dentro de mi portafolios y unos cuantos, bajo mi brazo, por las prisas tiré varios, salí del salón de clases a toda velocidad. ¡Era libre y dueño de mí mismo hasta el día siguiente a las ocho de la mañana! Corrí tan emocionado al estacionamiento de la escuela que tropecé y caí en uno de los escalones, eran tales mis sentimientos en estos momentos que no sentí nada, cómo no, iba a conducir un automóvil, sería yo quien mandaría a mí mismo… ¡Libre!
No importa de qué forma o manera sucedió el accidente. Por la emoción de llevar yo solo el automóvil me encontraba distraído y conducía exageradamente rápido, arriesgándome como un loco, sin tener en cuenta a los demás. ¡Ah!, pero eso sí, cómo disfruté en ese momento mi libertad y cómo me divertí; subía y bajaba de velocidad el auto, del lado derecho al lado izquierdo de la calle hacía yo el automóvil, cualquier piloto profesional se quedaba pequeño junto a mí. Lo único que recuerdo es a una señora ya entrada en años, iba conduciendo su auto a muy baja velocidad, parecía una tortuga.
Escuché un ensordecedor estallido y entonces sentí un sacudimiento espantoso, como si me jalaran de un lado a otro. Vidrios y acero volaron por todas partes, como si hubieran sido lanzados a propósito. Parecía como si mi cuerpo se volteara al revés. En ese momento me escuché gritar desmedidamente, como nunca lo había hecho…
De repente desperté, todo estaba muy calmado, era un silencio inaudito, un oficial de la policía se encontraba muy cerca de mí, como si me estuviera vigilando, enseguida vi a un doctor, todo mi cuerpo estaba hecho pedazos, colmado de sangre. Pedazos de vidrio, molduras y metales por todas partes estaban regados. Era raro que no sentía nada…
—¡Oiga!, no me tape me tape la cabeza con esa sábana de color blanco. No puedo estar muerto, ¡es imposible! Apenas tengo diez y nueva años, además tengo una fiesta hoy en la noche, va a estar increíble.
Es de suponerse que yo debo de crecer más y tener una vida increíble, llena de juventud, tristezas y alegrías, no he comenzado a vivir aún, todavía me falta. ¡No puedo estar muerto! No es verdad, no puede ser cierto.

Luego fui colocado en una especie de charola, muy fea, por cierto, en la ambulancia no me trataron muy bien que digamos, es normal, ya no sentía nada. Mi familia tuvo que ir a identificarme, en ese lugar que creo se llama morgue. ¿Por qué me tuviste que ver así? Ellos no merecen ver esto. Por qué tuve que ver los ojos de mi madre, de mi querida mamá, cuando se enfrentaba a la prueba más difícil y espantosa de su vida, el identificar los restos de su hijo…
Mi padre, de repente parecía un anciano, sus facciones no indicaban nada más que eso, te dijo muy sereno al señor que estaba encargado de esta sala, —“sí… éste, esta mi hijo amado…”
El funeral fue una experiencia que a cualquiera le causaría horror, una experiencia macabra. Puede ver a todos mis familiares y amigos caminar hacia el ataúd, desfilando uno a uno, luego me contemplaron con ojos tristes que nunca jamás había visto. Algunos, mis amigos más cercanos, estaba llorando, pero lo más triste que vi cuando… ¡Oh, no! Ella, mi novia, estaba envuelta en un mar de lágrimas, cuando se acercó junto con unas amigas y tomó mi mano, casi se desmaya, pero una de las niñas que se encontraba con ella la detuvo. ¡Todo era espantoso!
Y yo que me creía no tenerle miedo a nada, el hombre más duro sobre la Tierra, yo que decía no tener sentimientos por nada… Yo que me creía el más hombre de todos… Alguien… ¡Que me despierte!
¡Sáquenme de aquí…! No soporto ver a mi mamá y a mi papá tan inconsolables, son los seres más buenos de la Tierra. Mis pobres abuelitos, están que no lo pueden creer y a causa de esto, apenas y pueden caminar. Mis hermanitos parecen robots, su hermano ha muerto y no pueden ni pestañear, como si alguien los estuviera controlando y los tuviera apagados. ¡Todos están trastornados! Es que nadie puede creer nada de esto. Es que nadie puede creer nada de esto. Yo no puedo creerlo tampoco.
Por favor, se los suplico. ¿Qué no me entienden? ¡Yo no estoy muerto! ¡Me falta mucho por vivir…! Quiero reír y cantar nuevamente, quiero hablar y bailar con todos, quiero mofarme de las cosas simpáticas. ¡Por favor no me entierren…!
¡Dios mío, te doy mi palabra que si me concedes una nueva oportunidad, seré otro, el mejor piloto y más precavido, el más calmado y sentimental de todos, ya no me portaré mal…!
¡Todo lo que te pido es una nueva oportunidad…!¡Por favor, Dios mío… una más…!
¡Solo tengo diez y nueve años…!
¡En cualquier momento somos y en un instante dejamos de ser, pero siempre ahí estaremos…!
l.m.c. – 1981
En memoria de:
Federico Gonzalezcos Grovas. / Rafel Burgunder. / Pablo Zetina. / El Mesié. / Rubén Ricalde.
FiN
© – ® 1982 – México – Del libro: “Así hemos sido” ® – México D.F. 1983 – Todos los derechos reservados. Luis Miguel Cobo / La Voz del Árabe / La Voz del Arte – NOTA MUY IMPORTANTE: Todas las historias contenidas en este libro son creación del autor, de su imaginación, por lo que cualquier semejanza con la realidad es responsabilidad única y directa de la imaginación del lector, que conste…
La Voz del Árabe / La Voz del Arte / Lm. Cobo: Autorizan la reproducción de este cuento a condición de que cite la fuente y que no sea modificado en ninguna de sus partes, ortográfica y redacción, no podrá ser utilizado con fines comerciales. Favor de informar dónde y cuándo se publica a: lavozdelarabe.int@gmail.com.
Imagen: LVÁ – Lm.CoBo.FoTo
La Voz del Árabe (LVÁ) – Lm.CoBo – Cd. de México, junio 17 del 2026
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