La Voz del Árabe

DEL PETATE AL FUTÓN: LA HISTORIA CULTURAL DEL DESCANSO HUMANO

DEL PETATE AL FUTÓN: LA HISTORIA CULTURAL DEL DESCANSO HUMANO

¿Alguna vez te has preguntado si todas las personas del mundo dormimos en camas?

Catalina Chora Santosa, Abril Camila Juárez Bravo, Erika López López, Daniel Alejandro Márquez Jiménez y Karla Margarita Moreno Tamayo.

Resumen: ¿Alguna vez te has preguntado si todas las personas del mundo dormimos en camas? En este artículo exploraremos cómo desde los albores de la humanidad hemos creado objetos que han definido nuestros entornos de descanso, siempre en busca de esa sensación de seguridad ante la llegada de la noche. Conoceremos cómo gracias a la diversidad de poblaciones situadas en diferentes lugares y contextos, se fueron creando una multiplicidad de objetos para dormir adecuados a sus condiciones regionales, climáticas, culturales y sociales.

En este texto nos centraremos en la cama de Europa que posteriormente se volvió el lugar de descanso hegemónico, después nos desplazaremos por América con la hamaca y el petate, objetos ancestrales que siguen vigentes en varias comunidades; para finalmente ir a Japón a vislumbrar el uso cotidiano del futón. Cada uno de estos objetos adaptado a las necesidades, tradiciones y preferencias para que el cuerpo descanse.

Los objetos materiales no han sido particularmente importantes en las explicaciones de fenómenos sociales y culturales, no obstante, con el desarrollo de aproximaciones como la teoría del actor-red (TAR) de Bruno Latour, sabemos que los objetos son estructuras materiales que solidifican y mantienen las estructuras del mundo como lo conocemos. En este sentido, los objetos no solamente son un reflejo de la cultura, valores y estética de diferentes épocas y lugares, sino que también estabilizan la vida cotidiana de las personas.

La cama, el petate, la hamaca y el futón son más que objetos cotidianos, ellos nos cuentan parte de la historia de adaptación, creatividad y tradición de distintas culturas, impresa en el uso de objetos particulares que han permitido descansar a las sociedades del mundo en distintos tiempos.

Desde las esteras simples de épocas antiguas hasta los colchones con tecnología moderna, el descanso humano ha atravesado cambios significativos en su forma de adaptar el espacio de descanso. En este artículo exploraremos algunos de los objetos para dormir en distintas partes del mundo: las camas, petates, hamacas y futones. Cada uno inserto en una experiencia de sueño adaptada a sus propias condiciones ambientales, culturales e históricas.

De las ramas de los árboles a los lechos en las cuevas – En un momento de la evolución humana, debido al incremento de la masa corporal y la estatura, se tuvo que abandonar la construcción de nidos en los árboles, pues ya era difícil que las ramas soportaran el peso corporal, para adoptar el hábito de dormir en el suelo. Hay múltiples indicios de lo que podríamos considerar camas primitivas que aparecen en diferentes momentos y lugares, marcando una evolución interesante en la historia del descanso humano. Por ejemplo, en la cueva de Lazaret, en Francia, hace aproximadamente 150,000 años, se han encontrado evidencias de áreas delimitadas para dormir, posiblemente cubiertas con materiales vegetales. Más adelante, en Sibudu, Sudáfrica, se han identificado restos de camas hechas con hojas y pastos, que datan de hace unos 77,000 años. Se sospecha que el acondicionamiento de lechos con plantas refleja una estrategia ingeniosa con doble función, por un lado, mejorar las condiciones de descanso y, por otro, otorgar protección a los humanos de esa época. Las investigaciones de las propiedades de las plantas con las cuales estaban elaboradas las camas identificadas en Sibudu, Sudáfrica, apuntan a que estaban hechas con hojas trituradas de plantas que, al romperse, liberaban compuestos aromáticos con propiedades insecticidas y larvicidas, un detalle crucial en regiones donde las enfermedades transmitidas por vector son endémicas.

Pero quizás la evidencia mejor conservada proviene del sitio arqueológico Ohalo II, en Israel, donde restos de plataformas y materiales vegetales, cuidadosamente dispuestos, nos hablan de cómo hace unos 23,000 años los humanos ya dedicaban tiempo y esfuerzo a crear espacios específicos para descansar. La evidencia de la cama más antigua procede de una serie de viviendas en Ohalo II. Por esa época, los cazadores-recolectores disponían de un área limpia en su hogar especialmente para el descanso, libre de desechos y en la que colocaban materiales, como pasto. Los restos preservados sugieren que la cama era un lecho de hierba que consistía en una capa horizontal de hasta un centímetro de grosor, compuesta por manojos de tallos; además se especula que nuestros ancestros utilizaban algún material desconocido que incluía una sustancia pegajosa, compacta y arcillosa para proteger y mantener unidas las hierbas estrechamente dispuestas y que sobre el lecho colocaban pieles o cueros de animales. Este hallazgo propone que incluso en los albores de la humanidad, el sueño era una actividad que requería de un entorno cuidadosamente preparado.

A medida que los humanos se dispersaron por el planeta, desde las primeras migraciones fuera de África, con rumbo a Europa y Asia, cruzando el estrecho de Bering para finalmente desplazarse por América; los entornos ecológicos, los materiales disponibles y las culturas evolucionaron de manera diversa y dieron lugar al diseño de objetos confortables y seguros para el descanso, adaptados a las condiciones específicas de cada región. Podemos observar dos grandes expresiones de las variaciones en los patrones de nuestras formas de descansar relacionadas con el clima. En regiones frías, las prácticas como el uso de superficies cerradas y aislantes emergieron como una respuesta al clima, promoviendo un descanso prolongado y abrigado.

La cama, ese santuario en constante adaptación – Las poblaciones de Europa Occidental desarrollaron camas elaboradas, a menudo ubicadas en habitaciones cálidas. Estos lechos, rellenos de diversos materiales como plumas o lana, proporcionaban un aislamiento térmico que ayudaba a combatir el frío.

Antes de la Revolución Industrial, los lechos para dormir eran rudimentarios y dependían de los materiales naturales disponibles en cada región. Se utilizaban rellenos como paja, hojas, lana o plumas, también se dormía directamente sobre el suelo o en simples plataformas de madera, piedra o tejidos entrelazados. La calidad y comodidad de estos sistemas variaban significativamente según la clase social; las familias más acomodadas podían permitirse camas más elaboradas, a menudo rellenas de plumas, y curiosamente, representaban uno de los bienes de mayor valor que, incluso, se heredaban. Una cama cumplía muchas funciones a lo largo de la vida. En ella concebían y nacían, convalecían de enfermedades, hacían el amor y morían. Por el contrario, las camas rudimentarias con mantas andrajosas o simplemente el suelo sobre el que a veces se echaba paja, era el sitio del descanso de la mayor parte de la población que vivía en pobreza.

Con la Revolución Industrial, se produjeron cambios fundamentales en los materiales y diseños de los objetos para dormir. La introducción de procesos de fabricación en masa permitió reducir costos y hacer que colchones más cómodos fueran accesibles para un mayor número de personas. Nuevos materiales, como el algodón tratado y la lana mejorada, comenzaron a reemplazar los rellenos tradicionales, mientras que los avances tecnológicos trajeron innovaciones como los resortes internos, que proporcionaban un soporte más uniforme y duradero. Además, la invención del caucho vulcanizado a mediados del siglo XIX dio lugar a colchones que ofrecían elasticidad y mayor durabilidad.

Las bases para las camas también evolucionaron. Las estructuras de hierro forjado comenzaron a reemplazar a las de madera, ofreciendo mayor resistencia y protección contra plagas como las chinches o las pulgas. La industrialización no solo mejoró el diseño y la durabilidad, sino que también impulsó una mayor atención a la higiene. Esto se reflejó en colchones con cubiertas más higiénicas y en un diseño más funcional que facilitaba la limpieza.

La individualización del descanso – En términos sociales, antes de la industrialización y la estandarización de las jornadas laborales, el sueño solía ser una práctica más adaptable y que se compartía en comunidad. La hora de acostarse era fluida y las siestas comunes, la ropa de cama era mínima, las condiciones de luz eran tenues por la iluminación de la luna o el fuego, o bien, totalmente a oscuras; el espacio para dormir era relativamente ruidoso, con personas, animales y poca o ninguna barrera acústica física a las condiciones ambientales. La noche era un momento de temor por la sensación de inseguridad y desprotección al momento de dormir, el jefe de la familia tenía la responsabilidad de guiar las oraciones para tranquilizar las mentes de sus protegidos, estas apelaban principalmente a la protección divina contra los daños nocturnos. En general se compartía la cama de forma comunal debido a que representaba un importante momento de cohesión doméstica. Por ejemplo, aquellas familias de recursos bajos con ropa de cama inadecuada se colocaban todos en el mismo lecho, incluyendo invitados, organizados jerárquicamente de acuerdo a sexo y edad, compartiendo las sábanas y el calor corporal durante la noche llegando incluso en localidades rurales a ingresar animales de granja para aumentarlo. Sin embargo, conforme avanzó el tiempo este momento común comenzaba a ser mal visto en las clases altas por influencias religiosas e ideas sobre la privacidad e intimidad. A pesar de esto, por mucho tiempo persistió esta actividad que más allá de ser considerado como un momento de descanso se veía como algo que brindaba seguridad, comodidad y acercamiento familiar.

El sueño en un dormitorio privado se consolidó como un estándar en muchos hogares, marcando un reajuste en los hábitos de descanso en la sociedad moderna. Las camas individuales eran habituales en Europa a finales del siglo XIX en familias de clase media, en las que ya se marcaban las preocupaciones sobre el funcionamiento de los cuerpos y la integridad moral de la familia.

Entre plumas y telas, ¿cómo es que algunos duermen en hamaca? – Por otro lado, en regiones cálidas y húmedas, donde el sueño se fragmenta en intervalos más cortos, el uso de superficies elevadas no solo ofrecía protección contra el calor y los insectos, sino que también facilitaba un sueño breve y adaptado al entorno. Originaria de las culturas indígenas de América, la hamaca, es un ejemplo, que aprovechaba, y lo sigue haciendo, la ventilación natural para obtener un descanso fresco y ligero.

De la mano de cronistas españoles y portugueses en el siglo XV, a través de sus narraciones sobre su exploración por América en la región de las Antillas en el Caribe, sabemos por el registro de sus observaciones que la hamaca (árbol) proveniente de la voz taína, dialecto de la lengua arahuaca fue descrita como una red tejida por fibras de corteza de árbol. Compuesta por una red tejida de hilos gruesos que era atada entre dos columnas, comúnmente árboles, pendía en el aire y sostenía el peso de una persona recostada sobre ella. En los diarios de Colón, el genovés relata que, por su paso, los españoles tuvieron su primer encuentro con la hamaca cuando se percataron del particular objeto en el que la población acostumbraba a dormir y descansar, las hamacas en las que se mecían los indígenas fueron descritas como “camas y paramentos de cosas que son como redes de algodón”. Otros cronistas posteriormente detallaron su composición parecida a una manta tejida con partes abiertas como una red de dos o tres metros de largo. Sus tejidos ligeros, prácticos y frescos para el cuerpo colocaron a la hamaca como un objeto ideal para el descanso de los ibéricos frente al caluroso clima tropical del Caribe, adoptando y expandiendo su uso los marineros de los barcos, así como siendo un producto de comercio exportado y consagrándose como un elemento característico de la región.

Hoy en día el uso de la hamaca es usado por una gran parte de Latinoamérica, en las regiones costeras una parte considerable de la población prefiere usar hamaca que cama, después de tanto tiempo acostumbrados a la tradición cultural, al clima cálido, a la versatilidad y frescura de la hamaca, colocarse en posición diagonal sobre su tejido resulta la forma ideal de descansar. Su diseño sencillo, funcional y versátil, además de cómodo, la convirtieron en un objeto de uso común tanto en hogares como en espacios públicos.

Actualmente la presencia de la hamaca implica retos de adaptación en contraste con otros objetos de descanso más hegemónicos como lo es el colchón, estos desafíos han llegado incluso al área de la medicina, en la que se han impulsado iniciativas innovadoras para incluir la hamaca como parte del servicio hospitalario y elevar su calidad en función de adecuar los servicios médicos a la cultura maya prevaleciente en el estado de Campeche, México. Contemplando que las formas en que el ser humano descansa son totalmente diversas, considerar alternativas al modelo médico hegemónico permite enriquecer y reconocer la diversidad cultural y las prácticas de salud de diferentes grupos étnicos. El sueño y descanso a través de su amplia variedad plural.

¿En qué se dormía en la antigua Mesoamérica? – Situados de vuelta en América, nos adentramos a conocer al petate, una estera o pieza tejida de cestería plana comúnmente fabricada con fibras vegetales entrecruzadas de tule, carrizo, ixtle u otros materiales. Su origen se sitúa en Mesoamérica prehispánica, su forma es cuadrada o rectangular y tiene distintas funciones en torno al descanso, funciona como cama, mesa, silla o envoltorio. El petate puede tener tejidos cruzados que simbolizan las representaciones de poder y la superficie de la tierra. Si bien la función más conocida de este objeto es para recostarse y dormir, se relacionaba también a otros aspectos sociales de las comunidades mesoamericanas dentro de la vida cotidiana, era un indicador de estatus social, las clases altas utilizaban petates finamente elaborados, a diferencia de las clases bajas con diseños más sencillos. También influían aspectos relacionados con la política y religiosidad, así como tenía un papel simbólico relevante en ceremonias ligadas al ciclo de la vida y la conexión con la tierra. Era un elemento fundamental para descansar en los hogares, la antigua población mesoamericana lo utilizaba como base para dormir, parecido a un colchón, el petate se extendía sobre el suelo dentro de las casas hechas de adobe y se convertía en una superficie cómoda que regulaba la temperatura respecto al clima en el que se situara, a veces se superponía otro petate para mantener el calor en ambientes fríos y a veces un solo petate era lo suficientemente fresco para climas cálidos y húmedos.

Otro de los usos comunes del petate se relaciona a la conocida frase coloquial “se petateó” viene de la forma en que antiguamente se envolvían los cadáveres como forma de aislar las fuertes energías que emanan los muertos. Algunos hallazgos destacables de petates se ubican en Tlaltenco, La Cueva de la Candelaria y la Cueva de los Gentiles, sitios donde se encontraron varios cuerpos humanos momificados dispuestos como bultos mortuorios. Actualmente su uso ha disminuido considerablemente, pero persiste principalmente en algunas localidades de pueblos originarios y rurales de México por múltiples razones como su bajo costo, su permanencia en la cultura y el confort milenario al que muchos se han acostumbrado.

Otras latitudes: el futón japonés – Japón es otro ejemplo que podemos tomar de toda la diversidad de modos de dormir, este país insular se ubica al noroeste del océano Pacífico con una variedad de climas donde predomina el templado. Ahí es bastante característico el uso del Futón, el cual consiste en una colchoneta (shikibuton), un edredón (kakebuton) y una almohada (makura). La colchoneta al no ser tan gruesa es fácil doblarla para su almacenaje durante el día o para su exposición al sol con fines antibacterianos, el tender los futones al aire libre en las ventanas o balcones se ha convertido en parte del paisaje característico de zonas residenciales en Japón.

Tradicionalmente están hechos de algodón, con la colchoneta rellena de plumas de aves, lana u otros materiales, en general no es muy gruesa, y la almohada está rellena de frijoles o cáscara de soja. Además, se colocan sobre tatamis un tipo de piso que es básicamente una estera de junco trenzada acolchada de forma rectangular que recubre los suelos de las casas con un efecto amortiguador y regulador de temperatura. Durante el día el futón se recoge y se guarda en un espacio similar a un closet denominado oshi-ire, esto por razones de aprovechamiento eficiente del espacio para hacer otras actividades.

El origen del futón va precedido por el uso del tatami y es que en tiempos remotos el tatami era símbolo de estatus social, cuando era hecho de fibras finas se usaba como una especie de alfombra en la que se sentaban los nobles, y cuando no, como lecho para dormir por los plebeyos. Antes de llegar a ser el futón que ahora conocemos pasó por una serie de cambios, se tienen registros en Japón alrededor del periodo que abarca 794-1185 de un tipo de cama llamada yaetadami en la que se apilaban esterillas de tatami que les servía a los nobles para dormir, en ese entonces no existía la concepción de ropa de cama por lo que se dormían con su ropa del día. Como dato, en Japón se conserva la cama más antigua perteneciente a un emperador durante el siglo VIII y precisamente era una pequeña base de madera sobre la cual se encontraban restos de tatami.

Con el ingreso del algodón a Japón se comenzaron a elaborar kaimaki futon: kimonos rellenos de algodón para dormir, de igual forma se comenzaron a hacer colchones de algodón, para esto la población común utilizaba los llamados senbei futon, que eran más rígidos y menos acolchados que los que usaba la clase alta. Fue a finales del siglo XV durante la posguerra y con el abaratamiento del algodón que los futones de algodón dejaron de ser símbolo de estatus social alto y comenzaron a ser más accesibles.

El futón no es solo un objeto común, es un reflejo del estilo de vida ordenado y minimalista de los japoneses, a diferencia de la cama, al futón no necesariamente le corresponde una habitación, ya que tienen arraigada la concepción del espacio colectivo y multifuncional, además gracias a esto existe un sentimiento de más cercanía con los familiares o personas con los que se duerme dado que no existen los bordes y espacios. Aunque actualmente el uso del futón ha disminuido y muchos hogares utilizan la cama, se estima que 50% de la población japonesa sigue durmiendo en ellos.

Reflexiones finales – Al comparar estas tradiciones, apreciamos cómo la necesidad de dormir ha dado lugar a soluciones creativas y adaptadas a las condiciones ambientales y culturales. La cama, el petate, la hamaca y el futón, aunque muy diferentes en apariencia, comparten un mismo objetivo: ofrecer un espacio confortable y seguro para el descanso.

Todo lo anterior nos muestra una pequeña fracción de lo que han sido las diferentes formas en las que los humanos nos hemos relacionado unos con otros ante un momento tan vital de la vida cotidiana: el dormir. A pesar de ser una necesidad biológica, está totalmente sumergida en un contexto social, cultural y ambiental lo que ha moldeado con qué, cómo y con quién dormimos, configurando nuestras propias experiencias, pues cada quien tiene una relación diferente con el descanso y los objetos que nos permiten relajarnos hasta desvanecernos entre sueños.

Título original: Cuerpos en reposo: camas, petates, hamacas y futones – Publicado en: Medicina y Cultura

Información: GlobalUNAM / Imagen: GlobalUNAM    

La Voz del Árabe (LVÁ) – SOCIALES – Cd. de México, marzo 5 del 2026

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