La Voz del Árabe

EL CAIRO 1987

EL CAIRO 1987

-De las memorias diplomáticas de Luis García y Erdmann, diplomático retirado y colaborador de este informativo.

 Luis García y Erdmann*

Volví a El Cairo del 8 al 14 de septiembre de 1987, la primera visita a esa maravillosa metrópoli que fue mi primera adscripción diplomática en 1973, si bien ya había estado en 1970 en ese museo vivo en donde convergen costumbres y tradiciones del antiguo Egipto, del cristianismo y del islam, en donde está presente África en la que geográficamente se localiza, el mundo árabe al que pertenece y en el que confluyen Europa y Asia para conformar una mezcla, una fusión de Oriente y Occidente, de tradiciones ancestrales y de nuevas corriente que hacen de El Cairo y de sus habitantes un mundo singular e incompara­ble.

El Cairo es un todo complejo difícil de explicar, lo que salta primero a la vista es el conglomerado de 14 millones de habitantes que debaten su vida en un tráfico incesante, con los cláxones en un ruido permanente, en una combinación de olores en donde se palpa una vida agitada en algunos casos infrahumana por los grandes contrastes que se dan a cada paso.

El modernismo acelerado de últimas fechas con sus vías rápidas de comunicación sobrevoladas por medio de puentes permite ver las abigarradas construcciones de los barrios populares, las azoteas que sirven también de vivienda, de almacén o de tiradero de basura. Los enormes edificios en la ruta del aeropuerto a la ciudad, los nuevos que empiezan a plagar los márgenes del Nilo y de otras partes, así como los enormes hoteles de las trasnacionales que se entremezclan con los minaretes multiformes, con los vetustos edificios habitacionales, con los más pretenciosos también de carácter habitacional, con las bellas villas rodeadas de jardines de las otrora zonas residenciales de Zamalek, Garden City, Heliópolis y Maadi, con las antes siempre visibles Torre de El Cairo, de la televisión y la mezquita de Alabastro.

La vida agitada de sus habitantes fluye por las arterias modernas y amplias de Heliópolis, las siempre congestionadas avenidas y calles del centro, por las comerciales de Kasr el Nil y Solimán Pacha, por la plaza del Tahrir. El despliegue nocturno de luminosidad, de sus escaparates repletos de artículos coloridos y de los modernos aparatos electrodomésticos de importación. Por la tradicional Kornich que corre paralela al Nilo y en donde se alineaban los majestuosos palacetes y otrora hoteles de moda el Semiramis y el Shepards que hoy ceden ante el modernismo y ahora se yerguen altos edificios en una inexorable destrucción paulatina de toda una época —similar a la suerte que corrió el Paseo de la Reforma—. El ajetreo de las otrora tranquilas calles de Zamalek que pierde su carácter de zona residencial en que viví con mi esposa para dar lugar a tiendas, oficinas y representaciones comerciales extranjeras.

Sin embargo, la vida se pulsa con mayor intensidad en su aspecto autóctono y folklórico, en las viejas y bulliciosas callejuelas, callejones de los Bazares de Khan el Khalili y del Muski en las proximidades de las puertas de Bab el Lawyia donde el tiempo no transcurre en cuanto al aspecto material en las que permanecen las huellas de la edad, sus abigarradas construcciones, sus mantas desgarradas, mugrosas ya carentes de color que cuelgan por doquier que junto con la mezcla de olores de ajo, fritanga, orines, especias y extractos de perfumes, el enjambre de moscas, la suciedad en el suelo, paredes de color ocre por las seis toneladas de arena que decían caían diario dan marco a estos escenarios sin igual en que sus personajes el verdadero pueblo lleva día a día la actuación de su existencia.

La gente se entremezcla en el escenario, pero mantienen cierta separación de acuerdo a su origen árabe que constituye la mayoría y son herederos de este país conquistado por la espada y la fe del islam, como nueva religión que surgió vigorosa se impuso en un Egipto helenizado, romanizado en decadencia. La minoría cristiano-copta, descendientes de los egipcios faraónicos se convirtieron a1 cristianismo por la evangelización de San Marcos, los nubios y otros pueblos del desierto comúnmente enmarcados como beduinos, transmigrantes del desierto. Actores de maquillaje y vestuario diferente, los rubios y los de ojos claros, provenientes del Delta, descendientes de las tropas napoleónicas o de las otomanas, los tonos semi-olivos de los árabes, los de pigmentación obscura de los nubios. Con su vestimenta a la occidental, la galabilla que poco a poco desaparece su uso en las calles de las ciudades, pero se conserva en casa y en el interior del país, en tanto las mujeres vestidas a la occidental o con sus vestidos largos negros, o de múltiples colores chillante o con sus velos negros que en ocasiones les cubren la cara, principalmente las beduinas o en la nueva aparición del hiyab, tocado que antes solo usaban las mujeres que habían hecho la peregrinación a la Meca, las que ahora usan desde temprana edad, como símbolo del renacer islámico o del fundamentalismo proveniente del Irán de Khomeini, sean sunitas o chiitas, o los niños que en menor medida usan la piyama en la calle que antes era su único ropaje diurno y nocturno de estar o salir de casa.

Actores que se apegan a su papel de extras, con la filosofía de designios de Allah con el inshallah, el malesh en donde los más representativos son les vendedores, principalmente los ambulantes, los vendedores de agua portando sus garrafas del preciado líquido de dudosa procedencia y escasa salubridad, los  que anuncian los  plátanos y camotes con sus carritos de hoja lata con chimenea, idénticos a los de sus colegas de México de otras latitudes, los vendedores de sudani (cacahuate), los que venden comida típica con sus carritos plenos de color, con adornos de remaches y espejos que tras sus vidrieras se ven los cacharros de cobre inclinados con el ful, la tameia, el koshari, arroz con fideos, shawarma. Los panaderos cargando en sus cabezas los grandes canastos o tablas en que descansa el pan «árabe» que trasportan hábilmente en bicicleta sorteando todos los obstáculos, escenas en que también participa la chiquillada y las carretas tiradas por burros, caballos o por la misma gente que trasportan los más variados artículos o sirven de mudanza a las escasas pertenencias que se entremezclen con los numerosos integrantes de la familia.

A lo largo de estas congestionadas calles y callejuelas se alinean otros mercaderes que despliegan sus sombrillas que de tiempo en tiempo aprovecha el transeúnte para un fingido interés por la mercadería que despliega en el suelo, se aprovecha la cobertura ante los calcinantes rayos solares. Además, se alinean una serie de pequeños tendejones que venden las cosas más variadas aun cuando por lo general estos se localizan por materiales, sistema antiguo y de notable organización, que va más allá de la mera localización, en verdaderas cofradías de protección y ayuda.

Cada paso dado, cada ángulo nos brinda una rica escena, un incesante palpitar de la vida expresada en gritos, carretas que entremezcladas con los habitantes que disfrutan en no hacer nada, más que sorber lentamente el vaso de té (chai) o la taza de café (ahue masbut) fumando el narguile en cuclillas o sentados en la acera de algún cafetín, apacibles y ajenos del bullicio que contrasta con las prisas de quienes pasan frente a ellos con pesados bultos haciendo malabarismos, los que tratan de sortear el camino al abordar un autobús en plena marcha sin perder el equilibrio o su carga, al destartalado camión con sus colores rojo y blanco, semi inclinado por el peso, queda por mucho tiempo detenido antes de poder  iniciar su marcha. Escena en que también participan los animales, los gatos venerados por ser ritualmente puros, los perros estos minoritarios pues son animales impuros para algunas sectas del islam, echados por doquier toman el fresco, a no ser que su hambre los lleve a escarbar entre los montones de basura para subsistir un día más y los animales semi domésticos en jaulas o amarrados los pollos, patos y otras aves, esperan semidormidos, sus últimos días, mientras aparece el cliente que dará cuenta de ellos. En ocasiones se ven transitar camellos y ovejas con el desparpajo de sus cuidadores, interrumpiendo el tráfico.

Visitamos la imponente mezquita de Alabastro o del jedive Mohamed Alí lo que me hizo recordar el estado lamentable de su casa natal en Kavala, ahora Grecia y antes perteneciente al Imperio Otomano. El palacio adjunto tiene en el fondo un recinto en donde se presidían las sesiones, en otra habitación está el lienzo con letras bordadas en hilo de oro que alguna vez cubrió la Caaba en la Meca, en otra habitación hay dos tronos con dosel con corona, las fotos del rey Faruk y Narriman la última de sus esposas.  De ahí nos dirigimos al bazar de Khan el Khalili, pasamos frente a la universidad de Al Azhar que tiene más de mil años de fundada, llegamos a la plaza de la venerada mezquita de Al Hussein, en donde bajamos para incursionar por los callejones del zoco para hacer algunas compras de suvenires, en ese ambiente incomparable probando suerte con el regateo

Por la tarde fuimos al otrora emblemático Nil Hilton, el lobby sigue igual, pero la parte posterior ya no es el estacionamiento sino un jardín rodeado con tiendas de lujo. Cruzamos la plaza del Tahrir para ir a la tienda Ding Dong a un costado del Museo de Antigüedades sobre la calle Marieta pasha, en la tienda nos reconoció de inmediato Amín uno de los viejos pregunté por Basili el dueño que fue afectuoso conmigo cuando lo conocí en 1970, en donde hice las compras, pues curiosamente Khan el Khalili estaba cerrado por un incendió. Amin me contestó que su primo falleció. La tienda sigue igual atiborrada de objetos, de antigüedades que conservan el polvo de siempre y que serán sacudidos cuando un posible cliente le interese la pieza, recuerdo que ahí compré la magnífica daga de Buhara,

La imprescindible visita al Museo de Antigüedades data de 1900 majestuoso con las riquezas de la época faraónica, lo visité por primera vez en octubre de 1970 cuando fui a Egipto al funeral del presidente Gamal Abdel Nasser, el líder del arabismo, panafricanismo y no alineamiento. El museo estaba semi obscuro con muchos sacos de arena en el suelo protegiendo la posible caída de las estatuas, ante el temor de bombardeos israelís, pues si no respetan la vida menos les importarán las antigüedades. Estar en el museo provoca la sensación de ser un Howard Carter dentro de una tumba en que a cada paso va descubriendo las enormes estatuas de basalto, los escarabajos, los pequeños ushebtis hasta llegar a los tesoros de Tutankamón. Recordé que mi esposa guio varias delegaciones mexicanas en la época en que estuve acreditado en Egipto, pues muchas veces visitó el museo mientras yo trabajaba.

La visita a Gizeh nuevamente estar frente a una de las maravillas del mundo antiguo, recordar que con anterioridad pudimos penetrar a la de Keops (Jufu) por una rampa escalonada que nos condujo a la cúspide y sentir la suerte de estar ahí, también vinieron a la memoria las veces que montamos dromedarios en la zona, un fin de nostalgia.

En auto fuimos a Sakkara, cruzamos el Nilo por el puente Tahrir  tomó la vía de Ghiza y de las pirámides, llegamos a Sakkara, la pirámide escalonada, la más antigua obra de Zoser, para mi hijo este fue su primer encuentro con el desierto que es pedregoso, corrió y trepó por los montículos de piedras, observó con detenimiento la estructura, de ahí seguimos al Serapeum, el nombre se lo dio Estrabón al asociar Apis a Serapis, se baja por una escalera de caracol a una profundidad de doce metros con 24 cámaras laterales cada una con un enorme sarcófago rectangular de basalto, granito negro o rosado  y con un peso de entre sesenta y ochenta toneladas que miden 4 metros de largo por 2,3m de ancho y 3,3m de altura con sus respectivas tapas, en ellos descansaban los cuerpos de los bueyes apis aquellos que tenían una mancha blanca del lado derecho. El sitio fue descubierto por Auguste Mariette en 1850. Es un sitio impresionante en donde surge la pregunta como hicieron tremendos sarcófagos y como están en el subsuelo. Tras la visita de mi hijo Hamid y yo montamos un camello que en realidad es dromedario y después montó un burro.

Egipto ocupa un lugar muy especial para mi esposa y para el que escribe, fue el tema primordial que nos condujo al matrimonio…

Para muchos diplomáticos al encontrase con un mundo desconocido tenían una frase: El Cairo se llega llorando y de El Cairo se sale llorando, tal es el encanto subyugante de esa capital.

*Lic. Luis García y Erdmann – Su primera adscripción en el Servicio Exterior Mexicano fue en la Embajada de México en Egipto. Director para asuntos internacionales en la Academia Nacional de Historia y Geografía. Director para asuntos internacionales y colaborador en La Voz del Árabe. Escribe a Luis: garciayerdmann@hotmail.com

Imagen: LVÁ

La Voz del Árabe (LVÁ) – CULTURA – Cd. de México, octubre 28 del 2025 

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