ZELENSKY, ATRAPADO ENTRE WASHINGTON ‎Y MOSCÚ

El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, se dirige por videoconferencia a los participantes en ‎la cumbre del G20.‎

Thierry Meyssan*

Hace una decena de días, un eurodiputado con reputación de ser “de mente abierta” me decía ‎en Bruselas que el conflicto en Ucrania es ciertamente complejo, pero que lo que salta a la vista es ‎que Rusia invadió ese país. ‎

Le respondí que –a la luz del derecho internacional– Alemania, Francia y Rusia tenían la obligación de ‎hacer que se aplicara en Ucrania la resolución 2202 del Consejo de Seguridad de la ONU y que, de esos ‎‎3 países, sólo Rusia había cumplido con su deber. También le recordé la responsabilidad de proteger ‎las poblaciones cuando su propio gobierno no cumple esa responsabilidad. ‎

El eurodiputado me interrumpió y me espetó: «Si mi gobierno se quejara sobre lo que sucede con sus ‎nacionales en Rusia y atacara a ese país, ¿a usted le parecería eso normal?». «», le respondí, ‎‎«si ustedes contaran con el respaldo de una resolución de la ONU. ¿Tienen ustedes esa resolución?» ‎

Desconcertado, el eurodiputado cambió inmediatamente de tema. Después, le pregunté tres veces si ‎podíamos abordar la cuestión de los «nacionalistas integristas» ucranianos. Las tres veces se negó y ‎acabamos separándonos cortésmente. ‎

La cuestión de la «responsabilidad de proteger» [1] debería haberse planteado de manera menos ‎categórica. Ese principio no autoriza a emprender una guerra sino a realizar más bien lo que ‎pudiéramos llamar una operación policial con medios militares. ‎

Es por eso que el Kremlin es extremadamente cuidadoso a la hora de hablar del conflicto en Ucrania y, ‎en lugar de utilizar la palabra “guerra”, califica su acción como una «operación militar especial». ‎Ambas maneras de hablar designan los mismos hechos, pero la denominación «operación militar ‎especial» limita el conflicto. ‎

Desde el momento mismo en que las tropas rusas entraron en Ucrania, el presidente ruso Vladimir ‎Putin precisó que no había intenciones de anexar el país sino sólo de liberar a las poblaciones víctimas ‎de la persecución de los «nazis» ucranianos. En un largo artículo anterior expliqué que aunque la ‎palabra «nazi» está bien utilizada en su sentido histórico, ese término no corresponde a la manera ‎como esos grupos se autodesignan. Ellos utilizan la expresión «nacionalistas integrales» [2]. Es necesario recordar aquí que la ‎Ucrania actual es el único Estado del mundo que dispone de una Constitución explícitamente racista. ‎

Cuando señalamos que a la luz del derecho internacional Rusia tiene la razón, eso no significa que ‎le damos carta blanca. Su manera de aplicar el derecho es criticable. Pero en Occidente se suele ‎tildar a Rusia de «asiática», de «salvaje» y de «brutal», cuando el hecho es que las potencias ‎occidentales han actuado en numerosas ocasiones de manera mucho más destructiva. ‎

INVERSIÓN DE LA SITUACIÓN – Habiéndose precisado ya los puntos de vista de Rusia y de Occidente, salta a la vista que muchos ‎acontecimientos se han traducido en una evolución de la actitud de Occidente:
Está comenzando el invierno, una estación del año muy dura en Europa central. La población ‎rusa sabe perfectamente, desde la invasión napoleónica, cuán difícil es defender un país tan extenso. ‎Y, por consiguiente, ha aprendido a utilizar a su favor la inmensidad de su territorio y las estaciones ‎del año para vencer a los invasores. El invierno “congela” el frente durante meses. Cualquiera ‎puede ver que, contradiciendo la retórica que sostiene que “los rusos están derrotados”, la realidad ‎es que el ejército ruso ha liberado el Donbass y parte de la Novorrossiya.

Antes de la llegada del invierno, Rusia replegó a los pobladores liberados que vivían al norte del río ‎Dniéper y después retiró de allí su ejército, abandonando la parte de Jerson situada en la ribera norte ‎del Dniéper. En este momento, por primera vez, una barrera natural –el río Dniéper– hace el papel de ‎frontera entre los territorios bajo control de Kiev y los territorios contralados por Rusia. Hay que ‎recordar que, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, fue siempre la ausencia de barreras ‎naturales lo que dio al traste con todos los regímenes que se sucedieron en Ucrania. En otras ‎palabras, la parte rusa se ha garantizado las condiciones más favorables para resistir.

Desde el inicio del conflicto, Ucrania ha podido contar con la ayuda ilimitada que le han aportado ‎Estados Unidos y sus aliados. Pero las elecciones de medio mandato acaban de echar por tierra la ‎mayoría que respaldaba a la administración Biden en la Cámara de Representantes. A partir de ahora, ‎el apoyo de Washington será limitado. Y lo mismo sucederá con el respaldo de la Unión Europea, que ‎ha alcanzado su límite. Los pueblos no aceptan el alza de precio en el sector energético, el cierre de ‎ciertas industrias ni la imposibilidad de poder calentar sus hogares normalmente durante el invierno ‎que se avecina.

Y, para terminar, en ciertos círculos de poder, donde antes cantaban loas al talento del actor ‎Volodimir Zelenski como comunicador, los dirigentes europeos y occidentales en general empiezan a ‎interrogarse sobre los rumores cada más insistentes que hablan de su repentino enriquecimiento ‎personal. En 8 meses de guerra, Zelenski parece haberse hecho millonario. Claro, esa imputación es ‎por ahora imposible de verificar, pero el escándalo de 2021 sobre los Pandora Papers la hace muy ‎creíble. Así que no tiene nada de extraño que esos dirigentes estén comenzando a preguntarse si vale ‎la pena seguir desangrando a sus países para hacer “donaciones” que en definitiva no llegan a ‎Ucrania, sino que desaparecen en el hueco negro de la finanza que son las empresas off shore.‎

Los anglosajones –o sea, Londres y Washington– pretendían convertir la cumbre del G20 en Bali en un ‎encuentro antirruso.

Primero, ejercieron presiones que Rusia fuese excluida del G20 –como antes la ‎excluyeron del G8. Pero, si Rusia hubiese estado ausente, China –nada más y nada menos que el ‎primer exportador mundial– tampoco habría asistido. Ante esa dificultad, se asignó al presidente de ‎Francia, Emmanuel Macron, la misión de convencer a los demás invitados de firmar una declaración ‎resueltamente antirrusa. Sin embargo, la Declaración Final del G20 ciertamente recoge el punto de ‎vista de Occidente, pero cierra la polémica precisando que ‎ «Había otros puntos de vista y diferentes evaluaciones sobre la situación y las sanciones. ‎Reconociendo que el G20 no es el foro [adecuado] para resolver los problemas de seguridad, ‎sabemos que los problemas de seguridad pueden tener consecuencias importantes para la ‎economía mundial».

Dicho claramente, las potencias occidentales no lograron imponer su visión del mundo a los demás ‎países del planeta. ‎

LA TRAMPA – Peor aún, como ya lo habían hecho antes en el Consejo de Seguridad de la ONU, los occidentales ‎impusieron a los demás miembros del G20 una intervención del presidente Zelenski por ‎videoconferencia. Esta vez, Rusia, que en septiembre había tratado inútilmente de oponerse en ‎Nueva York a aquella actuación del actor ucraniano, esta vez aceptó su nueva actuación en Bali. En el ‎Consejo de Seguridad, Francia, país que en aquel momento presidía ese órgano de la ONU, incluso ‎violó alegremente su reglamento interno para que Zelenski pudiera hablar ante el Consejo por ‎videoconferencia [3]. ‎

Pero en la Cumbre del G20, Indonesia, como país anfitrión, mantuvo una posición estrictamente ‎neutral y no tenía intenciones de dar la palabra a Zelenski sin contar con el consentimiento de Rusia. ‎Zelenski, que no sabe cómo funcionan las cosas en esas instancias cayó de lleno en lo que era, a ‎todas luces, una trampa. ‎

Después de haber tratado de ridiculizar la acción de Moscú, Zelenski llamó que se excluyese a Rusia del ‎‎«G19» (sic). En resumen, hablando en nombre de los anglosajones, Zelenski se atrevió a dar una ‎orden a los jefes de Estado y/o de gobierno y ministros de Exteriores de las 20 principales potencias ‎mundiales… y no le hicieron caso. En realidad, la disyuntiva que se planteó a esos dirigentes no era ‎sobre Ucrania sino someterse o no al orden mundial estadounidense. El hecho es que todos ‎los participantes de Latinoamérica, de África y cuatro participantes asiáticos respondieron que la dominación ‎estadounidense ha terminado. Ahora el mundo es multipolar. ‎

Los occidentales seguramente sintieron el piso moverse bajo sus pies. Y no fueron los únicos. ‎Zelenski también vio, por primera vez, como sus padrinos –que hasta ahora se creían los dueños del ‎mundo– lo abandonaban sin vacilar para tratar de conservar sus propias posiciones por un poco más de ‎tiempo. ‎

Incluso es posible que Washington estuviese en contubernio con Moscú. Estados Unidos se da cuenta ‎de que las cosas se están poniendo feas para sus intereses y no vacilará en usar al régimen ucraniano ‎como chivo expiatorio. El director de la CIA, William Burns, ya se reunió en Turquía con el director ‎del SVR, Serguei Narichkin. ‎

Esos contactos entre los jefes de la CIA y del SVR llegan después de los que el consejero de seguridad ‎nacional Jake Sullivan sostuvo con varios responsables rusos. Sin embargo, Washington no tiene nada ‎que negociar en Ucrania. Dos meses antes del inicio de la operación rusa en Ucrania, yo explicaba ‎que el fondo del problema no tenía nada que ver con ese país, ni tampoco con la OTAN. Se trata ‎esencialmente del fin del mundo unipolar. ‎

Así que no hay que sorprenderse al ver que, sólo días después de la bofetada que recibió en el G20, ‎Zelenski contradijo públicamente –por primera vez– a sus padrinos estadounidenses cuando acusó a ‎Rusia de haber disparado un misil contra Polonia y manteniendo después esa acusación a pesar de que ‎el Pentágono ya lo había desmentido –en realidad se trataba de un misil antiaéreo ucraniano. Lo que ‎buscaba Zelenski era lograr lo mismo que los nacionalistas integristas de Petliura lograron con el ‎Tratado de Varsovia –firmado el 22 de abril de 1920 con el régimen de Pilsudki–, empujar Polonia a ‎entrar en guerra contra Rusia. Es la segunda vez que Washington le pone la luz roja a Zelenski. ‎

Es poco probable que esas contradicciones vuelvan a manifestarse públicamente. Occidente tendrá que ‎flexibilizar sus posiciones. Ucrania ha recibido dos advertencias y en los próximos meses tendrá que ‎sentarse a negociar con Rusia. Y Zelenski ya puede ir pensando en prepararse para huir porque sus ‎sufridos compatriotas no le perdonarán haberlos engañado. ‎

*Thierry Meyssan – Intelectual francés, presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace. Sus análisis sobre política exterior se publican en la prensa árabe, latinoamericana y rusa. Última obra publicada en español: De la impostura del 11 de septiembre a Donald Trump. Ante nuestros ojos la gran farsa de las «primaveras árabes» (2017).

 

[1El autor se refiere a la famosa «R2P», que tanto ‎mencionaron los grandes medios de difusión para justificar las intervenciones de Occidente en Yugoslavia y en Libia. Nota de Red Voltaire.

[2En Red ‎Voltaire los designamos como «nacionalistas integristas».

[3El reglamento interno del Consejo de Seguridad de la ONU precisa que ‎los dirigentes que intervienen ante el Consejo deben estar físicamente presentes en la sala. Nota de ‎‎Red Voltaire.

Artículo bajo licencia Creative Commons  – La Red Voltaire autoriza la reproducción de sus artículos a condición de que se cite la fuente y de que no sean modificados ni utilizados con fines comerciales (licencia CC BY-NC-ND). Fuente: «Londres y Washington se hacen discretos», por Thierry Meyssan, Red Voltaire , 20 de febrero de 2022, www.voltairenet.org/article215760.html

 

Información: Red Voltaire / Imagen: El presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, se dirige por videoconferencia a los participantes en ‎la cumbre del G20

 

La Voz del Árabe (LVÁ) – INTERNACIONAL – Cd. de México, noviembre 24 del 2022

 

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