LÍBANO EN SU 78° ANIVERSARIO DE INDEPENDENCIA

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-Desde aquel 22 de noviembre de 1943, cuando comienza Líbano consiguió su independencia de Francia que lo tenía sometido desde 1920.

En el marco de la festividad de la Independencia de Líbano, La Voz del Árabe (LVÁ) dedica a sus amigos libaneses en México y el mundo este pequeño homenaje como un festejo a distancia de tan importante fecha.

Para todos los lectores de este medio informativo, se dedica de igual manera, aprender es avanzar y este artículo dedicado al pequeño gran país de interesante historia, nos enseña cómo se formó en la región árabe, nos dice que tan fuertes han sido hasta la fecha, ni dudarlo…

Del amigo de LVÁ, Dr. Ulises Casab Rueda, esta gran y certera redacción de la historia del Líbano, agradecemos siempre a Ulises por su colaboración y autorización para publicar este en verdad interesante artículo, recomendable siempre para, como se dijo, avanzar porque es aprender.

Muchas felicidades LÍBANO, hayitos, hermanos de México, del mundo, estamos siempre unidos…

 

LÍBANO, LA HISTORIA

Dr. Ulises Casab Rueda

La Constitución de 1926, que redactaron Pedro Trad y Miguel Chiha, reconoce los 10 452 kms. cuadrados del territorio nacional libanés. A vuelo de pájaro su frontera comienza al sur de Naqura, cruza el río Hasbani y llega a Deir el Achair y el Hermón (2682) al oriente de Masnaa.

En el Jabal ech Sharqi llega no lejos de Yahfufa, serpentea el Anti-Líbano (Jabal Lubnan al Sharqi), y culmina con el Birquet el Fukhte (2372), desciende por el Jabal Hauerta y casi toca el lago sirio de Homs; pasa por la ribera del Eleuterio, o nahr el Kébir, que al norte de Arida vierte sus aguas.

Su mar de azul añil baña los 220 kms. del Sahel costero que llenan millares de radas y puntas rocosas. A la mitad y a lo largo se yergue una alta cordillera de nieves perpetuas. Es la canaanita Libanon o Laban, la djebel Lubnan que cantaron las táuricas liras de la Ur Caldea; cuya hechicera serranía sedujo a los mesopotámicos Nimrud y Gilgamesh y al faraón Snefru.

La montaña, desde el djebel Niha de Jezzín (1853 mts. de altitud) se ensancha y se eleva en el Kenissá (2091), el Sannín (2628), el Mnaitre (2702) y culmina en el Qornet el Sauda (3083) para descender desde la cima del Qornet el Hamra (1002) al nivel del Mediterráneo.

En este edénico exiguo solar, con suaves lluvias invernales, calurosos veranos, húmedos picachos, ríos y nevados, bernales y escarpas, valles y gargantas, granjas y florestas que dan presencia y movimiento a una gran diversidad de animales y vegetales, de tierra, de agua y de aire.

Sus solares muestran una presencia humana lúcida y una zona donde aprendió a conquistar su hábitat y a cuidarse de las bestias. A producir fuego, a moldear la arcilla en ladrillos; y al domeñar a los árboles y domesticar a los animales, se convirtió en el esplendor del planeta.

Hace seis mil años, hordas de pastores nómadas amorreos de Mari, llegaron a las fuentes de agua en la vieja Siria. Levantaron viviendas y tiendas, que convirtieron en prósperas villas. Una parte fue a la costa, y fueron identificados como cananeos por los egipcios, fenicios por los griegos y púnicos por los romanos.

Y se lanzaron al mar en pos del sustento comerciando objetos y cosas a compra y venta o a trueque. Su migración pacífica buscando mejores condiciones de vida, propició una colonización sin derramar sangre y un libre traslado e intercambio de ideas, conocimientos y creencias.

Sobrevivieron, guardando un tenue equilibrio con los egipcios y los mesopotámicos. Su sabia actitud les permitió gozar de una apretada libertad o, una precaria independencia y autonomía. Su diplomacia les valió abrir con imaginación y constancia la puerta de la supervivencia.

Del cuarto al segundo milenio aparecieron inventos y creaciones como: el arado, la hoz, la rueda, el torno del alfarero, el barco con vela, la metalurgia y la escritura, herramienta que revelará un mundo especial de seres.

En el siglo XX a.C., las metrópolis fenicias, se dedican al comercio, la religión y la cultura. Se mueven dispersas pero unidas por un afán de convivencia, prosperidad y soberanía. Admiran el honor, la virtud, la justicia y la rectitud, y veneran a sus deidades.

Poblaron los riscos y alzaron viviendas en las islas de Arvad (Arados) y Tiro (Ssur), con casas de 6 niveles y contrapartes en (Amrit y Paletiro); las industriales Ugarit (Minat al Baida) y Sidón, las religiosas Biblos (Jbail) y Beirut

Todas poseían poderosas flotas mercantes, que durante mil años se habilitó como marina de guerra. El Lucero polar de la Osa menor o Astro fenicio les orientaba, sus bien selladas naves remeras, llevaban plantas y animales, mercancías, ricos y pobres, indeseables y devotos.

Sus navegantes llevan al Egipto la púrpura para las telas faraónicas, la madera para los templos y los palacios; los trigales y viñedos, y del mercado nilota llegaban a Fenicia: cosméticos, perfumes, papiros, tinturas, piedras, metales, exóticos y raros objetos de tierras diversas.

A principios del s. XVII a.C., las hordas hicksas llamadas Sos o ladrones corredores del desierto, que surgían de la planicie siria, imponen la leva y marchan para ganar la batalla por el delta del Nilo. Sujetan durante dos siglos a los egipcios mareños y devastan sus riquezas, pero son rechazados por Ahmós I (siglo XVI a.C.) y los príncipes de la Tebas de las cien puertas.

El egipcio Thutmés III triunfa en las batallas de Gargamish y de Mejido a finales del siglo XV a.C., provocando la desaparición de los reyes pastores. La autonomía fenicia caduca y pagan tributos, su flota queda incluida en la armada egipcia.

Todo el país cayó en anarquía, el pueblo sufrió humillaciones, cárceles y atropellos; pero rebelados suspendieron el impuesto, la exportación o la importación de productos y bienes. Y alentados por los hititas cometieron abiertos actos de subversión. No tenían más que tres posibilidades al enfrentarse a enemigos superiores: Una, aliarse, Dos, resistir y tres, suicidarse en holocaustos.

Seti I y Ramsés II tratan en vano de sepultar a insurrectos y aliados; los anales del siglo XIV a.C., consignan que en la planicie de la Homs de Siria, los beligerantes pactan la paz de los abetos (batalla de Qadesh).

Una centuria después, los amoritas, hurritas e hititas son expulsados de Canaán por una turba de sirio-arameos; asimilan la cultura fenicia y les imponen su lenguaje; poco después arriban desde Creta y las islas del Egeo los Pueblos del Mar, son los palestinos o filisteos cuyas armas de hierro, destruyen los puertos fenicios.

Llega también desde la Ur Caldea, la tribu de Abraham de Terah, y ocupa la tierra que mana leche y miel, salvo la porción que ocupa el hoy Líbano. Y de inmediato los israelitas abrevan la civilización fenicia.

Los siglos XII al IX a.C. señalan el eclipse de los imperios poderosos y los fenicios llegan a su Edad Dorada en libertad. Establecen agencias de compra venta y trueque de objetos y cosas en todas las costas mediterráneas: como Utica (ciudad vieja) y Cartago (ciudad nueva), a su turno será la incomparable rival de Roma.

Franquean los pilares de Hércules o de Melqart en Gibraltar, la roca de Gabriel o de Tarik Ibn Zyad. Llegan al mar de las tinieblas (Tarshis-Iberia), las islas británicas (Cassitéridas), las Azores, el África y América; pasan los Dardanelos, el mar Negro y el Mármara, el Báltico, van al África Central y los linderos persas.

Todo cuanto el hombre adquirió, creó o inventó, lo porteó en barcos calafateados herméticamente y cuyos operarios, fabricaban lejos de la mirada de los espías. Compran y venden de todo: armas, aperos de labranza, papiros, gemas, metales, marfiles, vidriados, muebles, maderas.

Vestidos, perfumes telas, husos, gomas, resinas (ámbar), tinturas de múrices y el carmesí-escarlata de los insectos del roble; vajillas, amuletos, sellos, flores, , especias, aceites, mieles frutales, animales, esclavos, etc.

El alfabeto fonético que es sin duda su mayúsculo triunfo racional, es obsequiado por intermedio de los cadmeos tebanos, junto con otros conocimientos, religión, matemáticas, astronomía, arte mercantil, etc.) a los griegos, que a su vez lo transmiten a Europa y a casi todo el mundo.

Revolucionan la metalurgia, trabajan el cobre y el bronce (alean cobre y estaño), el acero a partir del hierro y el carbón. Usan el plomo para dar lustre a los envases; Descubren el vidrio transparente. Perfeccionan la cerámica con la rueda del alfarero. La agricultura básica (trigo, aceituna, uva) alcanza un nivel asombroso; alzan altos edificios, sólidas murallas y máquinas torreadas.

Establecen las procesiones y los ritos mistéricos, las ceremonias cultuales, adoran al padre Cielo Urano y a la Tierra Gaia, a las fuerzas de la naturaleza. Entierran a sus muertos en posición fetal, creen en un más allá desconocido y alimentan una esperanza en la vida futura.

Creían en un ser supremo que aventaja al primero de los adelantados como Qusor Ptah, que cuando el mundo era un caos le dio las leyes de la existencia. El mito de las Estaciones del año es la base de la leyenda de Baal-Adonis, (señor de la resurrección) y de Baalat-Astarté (señora del amor fecundo). El dios Baal representaba a la fuerza de la naturaleza fecunda y era enemigo de Mot (la muerte), que lo vencía al fin del verano estacional, pero resucitando a la caída de las lluvias otoñales, salía renovado de su letargo y reinaba en la tierra, hasta que de nuevo caía fulminado.

Recaía su gobierno de estirpe divina en los sacerdotes que podían ser reyes soberanos; los nobles provenían de la aristocracia. Sin embargo el Consejo de los Ancianos Sufetes, orientaba la marcha de la sociedad.

Pasado su esplendor, sufrirán en las siguientes centurias la despótica crueldad de los invasores asirios como Assurnasirbal II y tras la batalla de Karkar (855 a.C.), Salmanazar III, Tiglat Pileser III, Sargón II (721 a.C.), reducen sus movimientos. Assarhadón (676 a.C.) reemplaza a sus habitantes con elamitas y caldeos.

Asiria, debilitada sucumbe ante Nabopolasar y su hijo Nabucodonosor II sitia en el 587 a.C. durante trece años a Tiro, que capitaneaba la resistencia fenicia. Son notorias las decisiones de Tiro de no capitular ante contingentes superiores. (En el ínter, los tirios bajo las órdenes del faraón Necao circunvalan el África).

Los persas, Ciro el Grande, su hijo Cambises y su nieto Darío I les permiten una libertad vigilada. Otorgan a Sidón la jefatura de la quinta satrapía (536 a.C.), lo enrolan en las Guerras Médicas contra los griegos jónicos, La Fenicia entera goza de prosperidad y paz religiosa, la cultura semita y el arameo reemplazan al cananeo.

En la batalla de Isso en Cilicia (332 a.C.), Alejandro (hijo de Filipo), bate al tercero de los Daríos y los puertos fenicios, uno a uno van cayendo rendidos salvo Tiro, que resiste 7 meses. Alejandro instaura una política de mezclas totales de helenos y persas; pero muere en Babilonia en el 323 a.C.

Después de un efímero gobierno de Laomedón, las ciudades pasan de los diadocos ptolomeidas y lágidas a los seleucos nikatorios y antígonos; El gusto por la elegancia, el lujo y el erotismo afloran, las ciudades se divierten con juegos deportivos y fiestas triunfales. Brillan Alejandría y Antioquía y las deidades sufren el sincretismo.

El esplendor helenístico va a ser aniquilado por los romanos, que ya han vencido a los cartagineses en la batalla de Zamma (202 a.C.). Roma al mando de Pompeyo conquista toda Fenicia en el año 64 a.C. Procura el progreso y confiere derechos y privilegios imperiales a sus urbes, otorga a sus habitantes el título de ciudadanos y una relativa autonomía política.

Se hermosean las villas y los suburbios, se levantan arcos de triunfo; florecen la cultura, se consagran los intelectuales, brillan los artífices y se acuñan monedas (excepto las de oro), se decoran las casas palatinas y los santuarios religiosos.

Construyen muelles y puentes, cisternas y termas, instalan sistemas de riego en la agricultura, (en las casas hay alimentos, perfumes, bálsamos, telas…); prospera las industrias (púrpura, cerámica, vidrio); reina la dinastía sirio fenicia de Arqa, que culmina con Alejandro Severo (y Felipe el Árabe de Haurán).

Bajo Augusto César Octavio, la muchedumbre va de la provincia fenicia a la capital romana; De acuerdo con Dionisio el Exiguo, en el año 754 (o 749) del imperio romano y correspondiente al tres o cuatro de nuestra cronología, nació en Belem de Judea, Jesús el ungido Cristo (Christus), que habría de morir a los treinta y tres años de edad.

Inspirado en su victoria sobre Majencio (In hoc signo Vinces), Constantino decreta el edicto de Milán (313 d.C.) anunciando la venia para profesar el cristianismo en Roma, que socavada por los misioneros, es dividida a la muerte de Teodosio I (395 d.C.) en la propia Roma y Bizancio. El emperador Teodosio II decreta (401 d.C.) la división administrativa: Fenicia Prima o Marítima y Fenicia Libanesa o Segunda.

Los bizantinos abren industrias (vidrio, seda, púrpura) y la dotan de una vigorosa actividad mercantil con intercambios de todo tipo, el arte religioso y el arquitectónico aumentan la belleza y mejoran los edificios y basílicas, su Escuela de Derecho es garante de la legalidad desde los tiempos romanos.

Los persas sassánidas (Cosroes I Anuchirvan), se apoderan de la Cruz del Gólgota. Esta acción recordada con dolor por el emperador Heraclio, alienta la reconquista de la reliquia apoyado por el patriarca Sergius, la cual es recuperada (efímeramente) en 628 y remitida a Jerusalén. Los fenicios cansados por las imposiciones bizantinas, colaboran con los árabes por afinidad étnica, religiosa y cultural;
Cuatro años después de la muerte del Profeta Mahoma (Abdul Kassim Mohammed ibn Abdalláh ibn el Muttalib, ibn el Koraich) en 636 d. C. (14 de la Hégira 15-VII-622), Bizancio cae en la batalla de Yarmuk en el Jordán, a los golpes sangrientos de los islámicos. Y bajo el primer califa Abu Baker, fue ganada por Khalid ben al Walid, convertido en la espada de Aláh, por su brillantez táctica y fulgurante estrategia, es digno de figurar en los anales militares.

En la batalla de Siffin (657 d.C.), el piadoso pionero de la expansión del Islamismo, Alí ben abi Taleb derrota a Moawiya ben Alí Sufyan. Sin embargo, éste es designado (at tahkim), por el califa Omar como gobernador de Siria y comendador de los creyentes (Amir Al-Muminin). Su gobierno captura Chipre, Rodas, Lidia y amaga al Bósforo.

Perseguidos por otros cristianos y conducidos por el patriarca Juan Marón, arriban a Líbano desde el Orontes superior los maronitas. Esta comunidad religiosa se había formado en el anacoretismo de San Marón, la doctrina calcedonica, la espiritualidad antioquena y el culturalismo arameo. Inician una batalla religiosa y física por la super vivencia, yendo de un lugar a otro (Yanúh, Mayfuq, Kfarhay…), aprendiendo a sostenerse como conglomerado nacional, tanto étnico como confesional.

Surgen los mardaítas monteros del Tauro (jarajimas gargumoyas del Amanus), que detienen a los árabes. Pero los bizantinos acuerdan con Abdel Malik enviarlos a cualquier lugar de su territorio, destruyendo la muralla de bronce del imperio. Las fronteras omeyyas se extienden desde el Turquestán hasta los Pirineos en España; el primer invasor árabe en España (cuya flota comandaba el cristiano libanés ibn Nussair)

La victoria de Yazid (hijo de Moawiya) sobre al Hussein ben Alí, en la batalla de Karbalá de Iraq el 10 de octubre de 680 d.C., año 58 de la Hichra (Hégira), le da la supremacía, pero el mundo musulmán se escindió en Chíitas y sunnitas. La media luna islámica substituye a la tau cristiana y las iglesias mesiánicas, se transmutan en mezquitas coránicas.
Caídos los omeyyadas en la batalla del Gran Zaab en el 750 ante Marwan II, el polo del poder arábigo se desplazará al Iraq, a la Bagdad de los abbasidas. La prosperidad luce en todos los aspectos de la vida libanesa, gracias a la reactivación de las actividades portuarias y los sistemas de riego. La bonanza industrial corre al par de la presencia de sabios. Envían a la prestigiada tribu Tanukh, para guardar la costa libanesa.

El druzismo se instala en la montaña (rama chíita fatimita cuyo fundador Hakim ben Amerllah del Cairo, destruyó el Sepulcro de Jesús. Sus guías o hadís son Anushtakin o Bashitikin Al Darazi Hamza al Labad o curtidor), y en el siglo XI, diversas condiciones sociales y circunstancias políticas, le obligan al encuentro del maronismo. En términos genéricos, se respetan en lo básico, compitiendo velada pero lealmente por la preeminencia. Sus luchas y sus alianzas (que bajo ninguna circunstancia son sencillas), llenan el teatro histórico libanés y procuran conjuntamente superar sus diferencias, trabajando por la grandeza de su país.

La participación árabe pura se diluye y, en la postrera etapa aparecen poderes alternos, como los Ben Marón cairotas (977-1171). Comparten el mando con los seljukidas de Isfahan (1058-1157), que habían podido derrotar en la batalla de Manzikert a los bizantinos tardíos, bajo el mando militar de Alp Arslan.

La batalla de Zallaca (1087) donde los almorávidas triunfan sobre los castellanos, hace temblar a los paupérrimos gobiernos europeos, que codician las riquezas orientales, alientan sentimientos anti islámicos. Y blandiendo la espada vocean con ardiente misticismo la rugiente arenga: ¡Dios lo quiere! (Dieu le volt o le veut). Y la repetían gritando enardecidos por doquiera, estimulados por los cardenales y adeptos del Papa francés Urbano II; por su parte los islámicos, al par que tasaban sus cabezas les llamaban infieles (kaferin).

El emperador bizantino Alexis Comnéne, permite el libre paso del Bósforo a los cruzados, bajo la promesa de recuperar sus bienes (disgustado por la cruzada bandida del ermitaño Pierre), Edessa sucumbe ante Balduino de Bouillon (1097); Belmonte de Tarento (1099) conquista Antioquia (Antakia) y, Jerusalén (Palestina) queda en poder de Godofredo de Bouillon Otros cruzados fueron: Roberto de Flandes, Etienne de Blois y Tancredo de Altavilla. los puertos libaneses (Trípoli, Beirut, Saida) se rinden entre 1109 y 1110, excepto Tiro que para variar soporta un poco más, hasta que capitula en 1124.

La cristianía (del reino latino) tendrá a Jerusalén, la codiciada joya de las cruzadas, más no incursionará más allá del Orontes (Nahr el Assy) y las crestas libanesas. En 1144 Imad Eddine Zanky, attabegh de Mosul asalta Edessa (Urfa turca, donde Moawiya alzaría una iglesia), destruye a los europeos (Templarios, Teutónicos, Hospitalarios); y asola los condados de Trípoli y de Antioquía. Esta acción desencadena la segunda cruzada (Conrado de Alemania y Luis VII de Francia).

La expedición sufre una derrota total y propicia, la vertiginosa ascensión del fundador de la dinastía ayyubida: Saladino (Salah ed Din) al cargo de Gran Visir en 1169. Este formidable caudillo musulmán vigila férreamente a los cruzados, impone conciliador y apoyado persuasivamente en su poderío, una tregua con los príncipes cristianos.

Pero cuando Renaud de Chatillón (Señor de la Karak Jordana), secuestra a su hermana, Saladino, irritado se lanza contra los franco-latinos (como Guy de Lusignan) y los aniquila totalmente en 1187 en la batalla de Hattín. En un gesto magnánimo deja salir sanos y salvos (excepción de sus riquezas y sus armas) a los sobrevivientes del desastre, en una actitud contraria a la de los cristianos vencedores en Jerusalén (que masacraron sin piedad a 60 000 muslimes inermes).

Repele a una “indestructible” tercera cruzada en 1192 (Federico I Barbarroja de Alemania (Hahenstaufen, Felipe II (Augusto) de Francia y el inglés Ricardo Corazón de León (que conquistó San Juan de Acre). Después de su muerte, otras expediciones europeas también son repelidas: la cuarta (Constantinopla), las tres siguientes que tienen un mismo destino: (Egipto) y la octava (Túnez).

Restos de los castillos de los cruzados, son inmóviles testigos de la arquitectura militar europea, mientras las cúpulas y las torres orientales inciden en el arte europeo; lo mismo pasa con las industrias del vidrio, cerámica, telas y perfumes. Algunos cruzados se quedan en feudos cristianos; otros se embarcan a Rodas, Chipre y Cilicia desde donde y de cuando en cuando ejecutan ataques fulgurantes a los puertos y bloquean económicamente a los musulmanes, apañados por una bula papal (Nicolás IV).

Los adeptos de Jesús orientalizan sus costumbres, y los seguidores de Mahoma se europeízan, pero la propaganda y las ideas muslimes y cristianas recíprocamente influyen al bando opuesto. Mientras tanto, la sabiduría grecorromana se difunde en Europa, transportada en las alas del mundo árabe-musulmán, que ha tomado la antorcha de la cultura mundial.

Cuando los árabes recuperan Jerusalén en 1244, cesan las enemistades entre el Islam y la Cristiandad, porque ahora deben afrontar a un enemigo común y más formidable que ellos: las hordas mongolas centroasiáticas, a quienes nada ni nadie detienen, hasta que los mamelucos lo logran en la batalla de Aín Jhalut (1260), dos años después de la caída de Bagdad.

Los mamelucos de Egipto (Baibars, Qalawun y Qait Bay) gobiernan de 1282 a 1516 al Líbano, cuyos habitantes deseosos de sustraerse del conflicto entre cristianos y musulmanes, que no tiene prontos visos de solución, se refugian en las altas montañas de su país para tratar de vivir en paz.

Los druzos se asientan en las faldas del Hermón, los chíitas van al Kesruán y al norte de la Beckaa, los sunnitas ocupan el Sahel y los maronitas toman las escarpas de Trípoli. La revuelta del Kesruán (nussairié, chíita y druza de 1292) es sofocada por los mamelucos, que ejecutan deportaciones masivas y aterradoras matanzas, provocando movimientos migratorios de los sublevados, que huyen a la Beckaa (chíitas), al Chuf (druzos), Akkar (nussairiés) y Kesruán (maronitas).

Los grupos menores de islámicos llamados genéricamente kesruanitas por el distrito donde habitaban, comprendían a los metualis (que desean reunirse con los demás chíitas de Saida, Tiro y la Beckaa), los alawitas (del Waditaím) y los druzos (separados de sus hermanos del Chuf por el Metn); todos ellos considerados por los mamelucos como rebeldes, fueron masacrados o dispersos (1305).

Ésta acción originó un vacío humano, que es aprovechado por los maronitas, La costa es en ese tiempo protegida desde Beirut a Saida por los árabes Buthor-Tanukh; de Beirut a Trípoli y Akkar quedan a cargo los banu Sayfa, mientras los chíitas de Béchara al Husseini resguardan el sur.

Los sultanes nilotas, reanudan las transacciones mercantiles y la libre empresa con los europeos; se abren consulados y hay una actividad creativa sin paralelo, a la cual se unen los intelectuales y los artistas renombrados que huyeron de la Bagdad arrasada en 1258 por los mongoles de Hulagú.

Los ortodoxos controlan (s. XV) la situación eclesiástica, los jacobitas y los melquitas abren sus templos, logrando un privilegiado trato social. Las subvenciones y las dispensas a los cónsules para juzgar a sus connacionales provocan un descontento musulmán (y darían paso a las capitulaciones europeas). Un edicto (marsum), restringe la libertad cristiana, las vejaciones, los ultrajes y los asesinatos alcanzan un clímax insoportable.

Los turcos esteparios del Asia Central, llamados otomanos u osmanlis que sirvieron como esclavos de los árabes abbasidas, se apoderaron del gobierno bajo el califato de Al Mutassim. Fundan un estado libre en torno a Brussa, donde, a expensas de los seljukidas y bizantinos, inician en 1516 su bestial dominación en Líbano, que concluirá en 1914.
Durante ese aciago lapso concurren trascendentales hechos: el triunfo en la batalla de Marj Dabiq (seguida de la victoria en la batalla de Raydaniyyah) les da el poder a los otomanos. Esto es aprovechado por los emires Maan para encabezar a los feudatarios montañeses, que rinden acatamiento a Selim II, impresionados, los turcotomanos los aceptan complacidos. A su vez, los príncipes libaneses, aprovechando esta coyuntura construyen las bases de la emancipación.

Con el primero de los Fakhereddín arranca la moderna historia, pero es asesinado en sombrías y turbias circunstancias. Le sucede su hijo Qurqmaz I, que encuentra una tenaz oposición entre los yemenitas del Gharb, los Sayfa de Akkar y los Furaikh de la Beckaa; incapaz de afrontar la guerra muere traicionado en Qalaat Niha.

El arquitecto de la emancipación nacional es Fakhereddín II, quien después de estar exiliado con Los Médicci (Ferdinand y Cosme II); recibe una grata impresión del modo de vida occidental y a su retorno a la patria, busca el progreso e instituye una fuerte armada.

Gracias a su poderío económico-político-militar, la Sublime Puerta Turca lo eleva al rango de Sultán al Barr (sultán de la montaña o del continente). En su reinado todas las confesiones religiosas alcanzaron una libertad y un progreso sin paralelo en el mundo libanés, donde musulmanes y cristianos marchaban juntos con espíritu solidario y mutuo respeto.
Su dominio territorial (sembrado de edificios, khanes comerciales y fortines torreados sobre muros), se extendía a Palmira, Antioquía y Safad. El emir Melhem firma la paz con los otomanos y recupera el poder en La Montaña, en 1658 sus hijos Qurqmaz II y Ahmad rigen conjuntamente, pero al no poder controlar a los partidos yemenita y qaisita, la situación es aprovechada por Mohammed pachá.

El astuto albanés les embosca en Mazbud y mata a Qurqmaz, sólo se salva Ahmad, quien en 1665 aniquila a los Alammeddine, apuntalando la supremacía qaisita. Pero muerto en 1697, no deja descendencia masculina y en Samcaniyah es elegido su sobrino Béchir I de Rachaya.

Los turcos inclinados por Haydar de Hasbaya y nieto, vía una hija del mismo Ahmad Maan, permiten que Béchir I fuese regente, mientras el joven de doce años accediera a una mayor edad. Muerto Béchir I misteriosamente en 1706, Haydar asume el poder con el beneplácito turco; en su emirato triunfa en la celebérrima batalla de Aíndara en 1711, donde a la cabeza de sus amigos qaisitas (Khazen, Abillama, Hamadé), bate en toda la línea a los contingentes yemenitas.

Seguro de su situación militar reordena el sistema feudal libanés; retirado de la vida cortesana y sumergido en sus meditaciones religiosas, abdica en 1729 en favor de su hijo Melhem, el cual practica una política conciliatoria y a su vez deja el poder a Yussuf, su pequeño heredero, a quien asiste como regente su sobrino Kassim Omar.

Sus vástagos mayores (Ahmad y Manzur) se rebelan y co-gobiernan el país; ambos son apoyados: Ahmad del yazbaki de los Imad, y Manzur del jumblatti. En plena enemistad, Ahmad renuncia favoreciendo a Manzur (en 1763), quien 7 años después en Baruk abdica en favor de Yussuf, ya mayor de edad.

Yussuf, sufre los ataques de su sobrino Béchir II Kassem Omar, quien le arrebata el poder aliándose con el siniestro señor de Siria Ahmad el Djazzar, cuya muerte abre el camino del propio Béchir II, quien ya se había sacudido otro pérfido: Dáher el Omar.

Béchir II practica una actitud neutral exterior y consolida el interno, eliminando a sus opositores. Favorece a las masas que lo siguen esperanzadas; el arribo del pachá Abdalláh al poder en Acre lo pone en apuros y se retira al Haurán. De retorno, Béchir ayuda a Abdalláh a derrotar al pachá Derwiche de Damasco, los otomanos reconfirman sus derechos sobre el Monte Líbano y le extienden otros, sobre Saida, Acre y Trípoli, hasta que cae de su gracia.

Béchir Jumblatt recomienda ante los otomanos a Abbas Chéhab, que asume el liderazgo libanés. Béchir II es deportado al Egipto y otra vez de regreso, se deshace de sus enemigos y logra engrandecer al Líbano. Un grave error le hace apoyar al albanés Mohammad Alí, que confiado ataca a Siria. Tenía en mente la idea de resucitar un imperio árabe fuera de la órbita turca y, de paso restituir el esplendor de los omeyyas, los abbasidas y los fatimitas; El populacho exaltado por este proyecto panarabista apoyó sin restricciones la reacción anti otomana.

Aliado del gran Béchir, el hijo de Mohammad Alí (Ibrahim) conquista Siria en 1832 y envalentonado resuelve atacar el corazón otomano, pero las potencias europeas detienen su avance (en Konya) a la capital del imperio.

El gobierno de Ibrahim fue bien recibido al principio, gozaron de justas medidas fiscales, se reorganizan los tribunales y se revisa el catastro, se crean consejos municipales con igualdad de derechos para musulmanes y cristianos, etc., a pesar de ello, pronto vinieron los abusos egipcios: ultrajan al pueblo, aumentan los impuestos desorbitadamente y propician rebeliones druzas, que son extinguidas con tropas cristianas.

En 1839 la delicada situación social libanesa se deteriora y los sublevados (islámicos, cristianos y druzos), reunidos en Deir el Qamar (y después en el ara de San Elías en Antelias), juran combatir a los ocupantes egipcios. Y unidos a los jefes de las juntas de Baalbeck, Trípoli, Zahlé y Saida, organizan un consejo insurgente y atacan a las guarniciones egipcias, el indeciso Béchir II se inclina por Ibrahim y los golpea.

Llegado el mes de julio, los rusos, ingleses, austriacos y prusos deciden apoyar a Turquía; las tropas aliadas angloturcas desembarcan en Jouniéh en septiembre, y los egipcios se ven obligados a retirarse. Al siguiente octubre Béchir Magno es desterrado a Malta y luego va a Constantinopla donde muere en 1850. Un Firmán con el sello del Gran Sultán turco, obsequia al príncipe Béchir III Chéhab el Emirato de la Montaña el mismo mes.

El nuevo gobernante sostenido por la clerecía maronita, afronta la oposición de los Jumblatt y de los más de los emires en liza (druzos y algunos cristianos), que prefieren el gobierno de Salman Chéhab, una vez más, la masa politizada convirtió en religioso un asunto civil y el conflicto social, devino en una lucha entre druzos y cristianos; hacia 1841 los feudatarios desconocen por la fuerza a Béchir III y capturan Deir el Qamar, y sólo al siguiente año la autoridad turca lo destituye.

El otomano austriaco Omar Pachá, gobierna en 1842 en el palacio de Beiteddín, pero no es reconocido por los maronitas que deseaban un príncipe montañés cristiano; encolerizado Omar, ensaya vanamente contrapuntear a druzos y maronitas. Esta crisis es aprovechada por las cuatro potencias comprometidas en la paz libanesa; que imponen a los turcos la partición de Líbano en dos caimacamas o distritos (qaim maqam), uno druzo al sur y el otro cristiano al norte del eje Beirut-Damasco.

Formalizada la infortunada división, el norte fue confiado al emir Haydar Abillama y el sur al príncipe Ahmad Arslan; ésta pésima decisión política internacional que no fue la primera ni iba a ser la última, y que se acompañaba de funestos errores de apreciación religiosa y social, y sin tomar en mínima cuenta siquiera, los intereses de los actores del drama, colocó en grave desventaja social, económica y administrativa a las minorías de los caimacatos.

Francia pretende que los cristianos sureños queden bajo la jurisdicción de Haydar; Inglaterra que algún día apoyará a los protestantes, sostiene que deben plegarse al de Ahmad; Rusia apoya a los ortodoxos y Austria aspira a defender a los católicos.

Sin visos de solución, la disputa fratricida estalla en 1845, Turquía manda al Chékib Effendi a imponer el orden, avisando a los representantes de las potencias extranjeras que no intervengan en problemas otomanos.

Desarmada la población beligerante y confirmado el sistema de los caimacamas, la Sublime Puerta Turca decide agregar a cada uno de los distritos constituidos, un consejo autónomo (madjlis), consagrado a atender los negocios civiles (incluso de otro tipo) de las colectividades menores (cristianas en el sur y druzas en el norte), reduce a su mínima expresión las prerrogativas feudales (mukatajis) y arbitra impositivamente sobre las recaudaciones en la Montaña.

Exasperados por los altos impuestos, los campesinos kesruaneses se agrupan en 1858, en torno a Tanios Chahín logrando abolir los privilegios feudales de los Khazen, que son expulsados de sus tierras. Dos años adelante la guerra civil arrasa a la Montaña y pierden la vida millares de inocentes cristianos (y naturalmente una minoría islámica). Francia -secundada por Inglaterra- interviene militarmente enviando al general de Beaufort; Estambul manda a Fuad Pachá para establecer el orden y castiga sumariamente a los culpables.

Un comité internacional (Francia, Austria, Prusia, Inglaterra, Rusia y el enviado turco), paraliza el conflicto, que pone fin a los caimacamas, para colocar al Líbano bajo el mando de un mutassarrif (gobernador) cristiano, de cualquier nacionalidad y designado por el Gran Sultán, con poder ejecutivo y asistido por un consejo consultivo administrativo (madjlis al idarah), que representaba a las grandes áreas libanesas (salvo La Beckaa, Waditaím, Saida, Beirut y Trípoli).

El mutassarrif Daúd Pachá aplicó mejor los impuestos, instaló imprentas, construyó escuelas, reactivó el comercio, cultivó el tabaco, la morera y el olivo; arribaron misioneros con cultos no islámicos, se fundaron partidos políticos, renació la cultura y el nacional arabismo. Los restantes mutasarrifes no tuvieron ni el prestigio ni la voluntad de servir a Líbano (salvo Rustom y Nahúm que realizaron obras civiles como el ferrocarril).

Dejaron hacer y dejaron pasar los sucesos ya fuesen trascendentes o no; la mala administración pública, corrupta y venal, la malversación y los atropellos, sellaron el desorden y la anarquía del gobierno. Recluidos en su mágica montaña y empobrecidos por los señores feudales, los desheredados dejan entristecidos la tierra libanesa, emigran en millares buscando fortuna en otras partes del mundo; dejan a sus familiares para que uno no sea la carga del otro, y cuando pueden acumular un dinero procuran llevarlos a sus nuevos hogares.

O bien, regresan a la tierra que los vio nacer y crecer, para morir con sus parientes en vetustas viviendas. A veces es tarde y el arduo trabajo acorta la posibilidad de volver, o acaso no es posible porque al echar hondas raíces formaron armoniosos matrimonios con los autóctonos; y porque han traído hijos del país que los cobijó, flotarán entre dos mundos sin abandonar a ninguno.

Llevarán a los dos Líbanos (el continental y el de ultramar), en la mente y en la entraña. Recordarán a la vieja tierra paterna, guardándola en un recodo del corazón y amándola con toda la fuerza de la nostalgia; a la nueva tierra de sus retoños, la respetarán sin restricción, la querrán sin ambages y la defenderán con todo su poder; y tal vez con el dolor del recuerdo, repetirán todos los días que ya son gente del país que los recibió, sin dejar la ensoñación por sus Dos Líbanos, el del bled y el de afuera, y los fundirán en uno como una amorosa amante madre (al-ummm al-hanun).

No pudiendo Turquía, derrotar a los Aliados de la Primera Guerra Mundial, se concentra contra el nacionalismo árabe y ejecuta a millares de inocentes en Líbano, bloquea el acceso y la salida de alimentos, la insalubridad provoca la peste, y las ciudades vacías se transforman en pueblos muertos.

El inglés Mac-Mahon y el Cherif Hussein de La Mecca, culminan en junio de 1916, sus contactos para liberar a los árabes; pero el acuerdo secreto entre el inglés (Mark) Sykes y el francés (Georges) Picot, de mayo de 1916, fue su formal acuerdo para repartirse el Medio Oriente Árabe; más tarde (octubre 1918) las tropas aliadas y las de Faisal (Hussein) ocupan el país.

El Tratado de Versailles de 1919, ratifica el mandato de Francia en Líbano y en Siria, y se encarga al general Henri Gouraud que vaya en calidad de Alto Comisionado. Casi simultáneamente el patriarca maronita Elías Howyek demanda que el territorio libanés incluya las partes segregadas en el mutassarrifato (Saida, Beirut, Trípoli, Beckaa, Waditaím), en plena consciencia de que el estado confesional podría inclinarse al islamismo.

La conferencia de San Remo, Italia, reconfirma en 1920 el mandato francés, porque Faisal había proclamado en el Congreso Nacional de Damasco, la liberación de Siria y Líbano que no satisfizo a los libaneses. El francés Gouraud fuerza a Faisal a una lucha desigual en Maissalun, que derrotado llega a Iraq, donde asumirá la monarquía.

El 31 de agosto del mismo año, el Alto Comisionado anuncia los actuales límites del país, al día siguiente Líbano accede a una independencia nominal, porque Francia a pesar de que contribuyó a convertir a Líbano en un moderno estado, olvidó por momentos que sólo eran mandatarios para guiarlo. Al substituir a Gouraud el general Maxime Weygand anuncia en 1924, que vislumbra la creación de un gran estado árabe sirio (englobando a los libaneses).

Ésta declaración es rápidamente repudiada, así, el general Maurice Sarrail toma su lugar, quien al igual que los anteriores comisionados desoye las quejas de los dignatarios libaneses, hasta que el Djebel druzo se rebela enérgicamente. El mundo no podía quedar ajeno y Francia envía a Henri de Jouvenel, que para variar incurre en los mismos errores. La armada francesa sufre enormes pérdidas en vidas, materiales y equipos; alarmados por la escalada de la violencia, promulgan la nueva Constitución Libanesa.

Y aunque se dotaba a Líbano de un Parlamento y un presidente; el Alto Comisionado continuaba como amo y señor de la situación; es cierto que en teoría se abolía la encomienda de la Sociedad de las Naciones a Francia, pero en la práctica ésta ejercía el poder total en la vida de La Montaña. La presencia de ambas autoridades, desencadenó una gran turbación popular.

Este disgusto libanés provocó la suspensión de su Constitución de 1923 a 1943 (válida sólo entre 1937 y 1939); los medios informativos, la población y las fuerzas nacionalistas libanesas rehusaron reconocerla, alegando incompatibilidad con la proclamada emancipación por Gouraud; las frases conciliatorias del nuevo Alto Comisionado Henri Ponsot, que promete dotar al país de instituciones liberales, fusionan las cámaras libanesas.

Se logran apaciguar los ánimos caldeados de los ciudadanos, que al menos ven una oportunidad de oro para participar en el destino patrio. En ese tiempo Charles Debbas, ejercía como primer presidente libanés, pero es substituido por Habib es Saad, por la parte francesa el conde Damián de Martel reemplaza a Ponsot, que había suspendido la constitución libanesa.

Emil Eddé es electo presidente de la república libanesa y restablece parcialmente la constitución; en noviembre 13 de 1936 se firma un tratado franco-libanés, donde se reconoce la definitiva independencia del país del cedro y el cual fue rubricado por el parlamento libanés seis días después, ante las protestas de los imperialistas franceses, De Martel dimite y le releva (12-01-38) Gabriel Puaux, que suspende la constitución por la Segunda Guerra Mundial.

Gran parte del territorio francés (incluido París), es ocupado militarmente en 1940 por Alemania. Alfred Naccache arriba a la presidencia libanesa y el ocho de junio de 1941, el general Henri Catroux de la Francia Libre y el embajador británico Lampson en Egipto, anuncian la liberación de Siria y Líbano.

El general francés Charles de Gaulle busca desconocer la declaración de la soberanía libanesa, pero termina aceptándola el 26 de noviembre del mismo año, aunque pretende eludir las elecciones legislativas libres, a pesar de la oposición británica.

Naccache deja el poder en Ayub Tabet, quien decreta una ley, que altera el equilibrio confesional parlamentario, desfavoreciendo a los islámicos, en consecuencia es desplazado por Pedro Trad, que decide anularla (acorde con el comité de Argelia). El 21 de septiembre de 1943, Béschara el Khury es electo primer presidente libanés y a toda costa busca borrar del texto constitucional, cualquier mención al mandato francés.

El 8 de noviembre se modifica la constitución, para dar paso a la emancipación jurídica. Desesperado, el comisionado confina en Rachaya al presidente El Khury y a algunos parlamentarios, suspendiendo la constitución. Entonces, los libaneses (drusos, cristianos y musulmanes), apoyados por la presión anglo americana y las adhesiones árabes, logran del Comité de Argelia la excarcelación de sus autoridades.

Este país que habló el fenicio y el cananeo, el faraónico y el arameo, el caldeo y asirio, el persa y el turco, el griego y el latín, habla hoy el árabe, el francés, el inglés y también un poco de español y portugués, es desde el 22 de noviembre de 1943 el Estado Libre y Soberano de Líbano.

 

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Imagen: LVÁ        

La Voz del Árabe (LVÁ) – ESPECIALES – Cd. de México, noviembre 26 del 2021

 

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